Nacidos en sangre CAPÍTULO 19 YELENA
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CAPÍTULO 19 YELENA

Que me buscara un hobby , dijo.

Yo sí que le iba a buscar un hobby a él. Iba a necesitarlo cuando le partiera las piernas y tuviera que pasarse el resto de su vida en una silla de ruedas jugando al ajedrez con octogenarios en el parque.

Podía comprender que Matteo tomara medidas después de descubrir mis secretos y que hubiera intentado matarlo.

Incluso entendía que quisiera tener ojos puestos en mí las veinticuatro horas.

No era imbécil. Aceptaba todo aquello, al menos por un tiempo.

Pero que sugiriera que me buscara un hobby para no aburrirme mientras me tenía encerrada aquí…

¿Un hobby ?

Me hervía la sangre. ¿Qué esperaba? ¿Que hiciera yoga onli ne y me pusiera a tejer bufandas mientras contemplaba la vista desde la ventana como un maldito canario enjaulado? No, si él quería tenerme aquí, entonces iba a entretenerme de verdad.

Entré en la habitación y pegué un portazo. Necesitaba privacidad o, al menos, la ilusión de tenerla. Me dejé caer en la cama y solté un quejido mientras desbloqueaba el móvil. No sabía qué diablos me había hecho Matteo esa noche, pero volvía a tener agujetas en todo el cuerpo.

Resoplé, apartando de mi mente la imagen de lo que había pasado en el cuarto de baño y después en la cama, y centré la atención en el teléfono. Tenía al menos veinte mensajes de cada miembro de mi familia preguntándome si había acabado con la vida de Matteo, e incluso si yo misma seguía con vida.

Y luego estaban los de Graves. Otra vez.

Al parecer, no le había quedado del todo claro el concepto de la palabra «casarse». Escribí en el grupo familiar e ignoré deliberadamente los suyos. Lo último que me apetecía era tener que lidiar con mi ex.

Yelena: Podéis respirar en paz. El idiota italiano sigue con vida por ahora.

Cerré la conversación antes de que empezaran con su interrogatorio. Estaba convencida de que Aleksei ya se había encargado de convertirme en la cornuda oficial de la familia.

En cuestión de segundos, las notificaciones empezaron a explotar en mi pantalla. Pasé de ellas sin remordimientos.

Deslicé el dedo por la agenda de contactos hasta encontrar a Harvey y le di a llamar.

—¡Harvey! —exclamé al oír su voz—. ¿Cómo está tu pequeña?

—Dando guerra desde que salió de su madre, igual que hacías tú —suspiró, dejando entrever el cansancio y el agotamiento provocado por su hija recién nacida.

Harvey vivió con nosotros durante años hasta que conoció a su mujer y se mudó con ella a Reno.

Aun así, sigue trabajando para mi padre desde la distancia como su jefe de ciberseguridad.

—Pero ¿qué dices? Yo era fácil de manejar.

—Tú eras un gremlin —replicó sin dudar—. De día, un ángel; de noche, un demonio con planes de dominación mundial. Igual que Lila.

Escuché su suspiro al otro lado y contuve una carcajada.

—Vaya, eso promete. —Sonreí, meciendo la pierna que había cruzado—. Harvey, necesito que me hagas un favor. Quiero toda la información que puedas conseguir sobre Matteo.

—¿Se te ha resistido? —preguntó sin ocultar el tono divertido de su voz.

Fantástico, hasta él se había enterado. Gracias, Aleksei.

—No, en el último momento decidí pagarlo con otra persona. Pero, tranquilo, ha sobrevivido.

—Tu padre se alegrará de saberlo. —La risa ronca de Harvey atravesó la llamada—. ¿Qué buscas exactamente?

—No lo sé, cualquier cosa útil que encuentres sobre él. Alguna debilidad. —Me pasé la lengua por los labios—. Mejor si es vergonzosa.

—Ya hice una búsqueda rápida y no hay gran cosa aparte de los cotilleos de la prensa rosa y esas cosas. Fabiano no lo mete en los negocios como a Bastian, y lo único que he descubierto del boca a boca es que está loco.

Puse los ojos en blanco; otra vez con eso.

—¿Y ya está?

—Si se te ocurre algo, adelante.

Resoplé. Que Harvey no hubiera encontrado nada no significaba que no existiera. Todo el mundo guarda secretos. Y Matteo… Alcé las cejas. Matteo tenía uno que no iba a poder ocultarme eternamente.

—Busca su historial médico. Quiero saber si hay algo sobre…

No sé, trastornos del sueño o algo por el estilo.

—Quizás no debería investigar sobre sus pesadillas; ni siquiera sabía si servirían para usarlas en su contra, pero por algún lado tenía que empezar—.

Mientras tanto, pensaré cómo amargarle la existencia.

—Y ahí está el gremlin .

Resoplé y colgué sin despedirme, lanzando el móvil a la cama.

Deslicé la lengua por mi labio inferior, distraída.

Mi mirada se desvió al otro lado de la cama, hacia ese espacio vacío que había dejado Matteo.

No podía evitarlo. Recordaba cada maldito orgasmo que me había arrancado desde la noche anterior.

Una y otra vez me llevó al límite, hasta hacerme perder la noción del tiempo y el control de mi propio ser.

Y cuando mis párpados se cerraban, él encontraba la forma de despertarme de nuevo.

Con su boca. Con sus manos. Con todo su maldito cuerpo.

Había llegado a la mañana siguiente odiándolo un poco menos por lo de las esposas, sobre todo después del cuidado que puso al curarme las rozaduras.

Fue extraño y demasiado íntimo, pero no me quedó otra que dejarlo.

Y lo peor era que, por un instante, por un maldito segundo, me había sentido…

No. Ni siquiera iba a pensarlo. Además, al salir de la habitación y ver a César esperándome en el sofá, mi humor se fue a la mierda.

La gota que colmó el vaso fue cuando, con toda la tranquilidad del mundo, me entregó dos tarjetas y me informó que, por el momento, no podía usar la del ascensor.

Volví a tomar el móvil y le mandé un mensaje a Viktor.

Yelena: Dime que ya sabéis algo sobre Yuri. Matteo me ha puesto una niñera y creo que podría acabar matándolo.

La respuesta de Viktor no tardó en llegar.

Viktor: ¿Ahora te arrepientes de no haberlo matado?

Yelena: No te burles de mí, suficiente tengo con Matteo.

Viktor: Harvey ha accedido a las cámaras de algunas de las propiedades de Yuri, pero el cabrón tiene un buen equipo de seguridad y le están cortando el paso. Tiene que estar escondido en alguno de esos sitios.

Yelena: Podría tenderle una trampa, así saldrá de su escondite.

Viktor: ¿Tu marido te deja salir?

Yelena: Sigue tocándome las narices, Viktor, y ya verás.

Esperé la respuesta de Viktor. El «escribiendo» no dejaba de parpadear en la pantalla. Hice una mueca de fastidio; seguro que se estaba riendo a mi costa.

—Ten hermanos para esto… —murmuré a punto de lanzar el móvil sobre la cama, pero entonces llegó su mensaje.

Viktor: Por ahora, sigue jugando a la buena esposa y espera a que te demos luz verde. Papá no se fía de Yuri… ni de ti. Así que te quedarás ahí. Es la orden del pakhan .

Chasqueé la lengua.

Yelena: Dile a papá de mi parte que lo odio. Por muy pakhan que sea.

Bloqueé el móvil sin esperar su respuesta. Mi padre a veces se pasa de sobreprotector. Pero él es el pakhan . Él manda. Exhalé con fuerza, echando un vistazo a la puerta.

—A jugar a la buena esposa, entonces —suspiré. Por lo menos tenía algo que hacer.

Salí de la habitación con mi mejor sonrisa de niña buena y me planté frente a César. Su radar de desconfianza parpadeó al instante. Me miró con una ceja levantada.

«Adorable».

—Supongo que si pido algo podrán subírmelo, ¿no? —Alcé la black card con una sonrisa angelical. Supongo que Matteo intentaba impresionarme al darme una tarjeta con dinero ilimitado, como si no tuviera una ya.

César entrecerró los ojos, olfateando problemas.

—¿Qué vas a pedir?

«Chico listo».

—Un par de cosillas de uso femenino que necesito y que no te interesa saber.

La frase «No me lo creo» se le dibujó en la frente, pero le devolví la mejor expresión de inocencia de mi repertorio.

—Haz lo que quieras —dijo para mi sorpresa. Se encogió de hombros y volvió a fijar la vista en la pantalla del móvil con absoluto desinterés—. Y pide algo de comer, Valentina no vendrá hoy.

«Gracias por la luz verde, soldado».

Me dirigí a la isla de la cocina y subí de un salto a uno de los taburetes. Empecé a deslizar el dedo por la pantalla de mi móvil, navegando entre varias páginas web.

La imagen de Matteo encima de mí vino de repente. Sacudí la cabeza para centrar mi atención en lo que tenía delante.

Unas cuantas páginas de marcas caras, demasiados clics impulsivos y aproximadamente 400 000 dólares en donaciones más tarde —repartidos entre protectoras de animales, ONG medioambientales, unas cuantas campañas médicas contra el alzhéimer y cáncer, Médicos Sin Fronteras y un asilo de veteranos de guerra que encontré—, dejé el móvil con una sonrisa satisfecha.

La transferencia inmediata tenía sus ventajas, sobre todo si el objetivo era que todo estuviera en marcha antes de que Matteo regresara.

Lo había calculado a la perfección para que el banco lo llamara alarmado por los movimientos en su cuenta.

Aunque podría haber gastado más, pero me quedé sin ideas.

Sonreí. Técnicamente, lo estaba haciendo con fines nobles, así que todo bien. Y, con suerte, antes de que Matteo regresara, mi plan se habría completado.

—Oye, soldado.

César alzó la cabeza desde el sofá, mirándome con el ceño fruncido.

—Espero que la ropa de deporte de Matteo te venga bien —dije con una sonrisa—. Voy a patearte el culo.