Nacidos en sangre CAPÍTULO 18 MATTEO
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CAPÍTULO 18 MATTEO

No hay despertador más jodidamente efectivo que sentir el cuerpo de Yelena estremeciéndose bajo mi lengua mientras su espalda se arquea y su sabor impregna mi boca.

Me encantaba ver cómo se deshacía en mis manos y su cuerpo respondía rendido a cada embestida, suplicando sin palabras cada vez que empujaba más hondo sin darle tiempo a recuperarse.

Era la puta definición de la adicción. Jodidamente perfecta.

No sabía si alguna vez llegaría a saciarme de Yelena.

Gruñí contra su boca cuando me derramé dentro de ella, sintiendo sus uñas marcando surcos sobre mis hombros. El ardor solo potenció el placer, prolongándolo mientras su interior palpitaba a mi alrededor tras su propio orgasmo.

Dejé caer la frente sobre la curva de su cuello, apoyando los brazos a ambos lados mientras intentaba recuperar el aliento.

Sus dedos me recorrieron lentamente hasta sujetarse en mis antebrazos, como si todavía necesitara asegurarse de que yo seguía allí.

Luego sus manos cayeron rendidas sobre el colchón y dejé que bajara la pierna que había sostenido sobre mi hombro.

Alcé la cabeza para mirarla. Tenía el cabello alborotado, las mejillas encendidas y los labios hinchados de placer. Se veía tan jodidamente preciosa que por un instante olvidé que llegaba tarde.

Salí de ella con lentitud. Reaccionó con ese jadeo que dejaba escapar cada vez que mi cuerpo abandonaba el suyo; daba igual que estuviera agotada y sin aliento, siempre lo hacía y, joder, si no tuviera que irme, la habría tenido de nuevo en mis brazos, temblando y perdida en otro orgasmo.

Pero no. Mi jodido padre quería verme la cara otra vez.

Me levanté de la cama a regañadientes y crucé la habitación directo al vestidor. No quería ducharme. Necesitaba conservar su esencia y la sensación de su piel caliente contra la mía, porque acababa de darme cuenta de que necesitaba llevarla conmigo si no quería perder la cabeza.

Mientras me abotonaba la camisa, me miré en el espejo del fondo. Tenía el pecho lleno de arañazos y la marca de sus dientes sobre mi clavícula.

Cuando salí del vestidor, Yelena seguía en la cama.

No me sorprendió. La había hecho correrse varias veces desde que me desperté, eso sin contar que apenas la dejé descansar por la noche.

Le había prometido que no pararía hasta dejarla exhausta y yo siempre mantengo mi palabra.

Dudaba que pudiera moverse en lo que quedaba de mañana.

Puede que todavía me odiara. De hecho, estaba casi seguro de que lo hacía. Lo único que habíamos hecho era perdernos en el cuerpo del otro, incluso cuando mi intención en la bañera era que recuperase fuerzas. Cuando regresara más tarde, hablaríamos.

Las puertas del ascensor se abrieron y César entró en mi apartamento dejando atrás a Salva, que me dedicó un leve gesto antes de subir al ático de Bastian.

—¿Sigue esposada? —preguntó César, sin molestarse en disimular su sonrisa. Apostaría una mano a que fue Bruno quien se lo contó.

Negué con la cabeza, disfrutando del último trago de café antes de responder.

—No. Pero tranquilo, la he dejado agotada para que no te dé problemas.

—Dejé la taza en el fregadero y me acerqué a él—.

Le he dicho a Valentina que no venga hoy, no quiero que sea una distracción.

—Le tendí dos tarjetas, una copia de la llave del ascensor y una black card sin límite para sus gastos—. Dáselas cuando salga de la habitación.

—¿La dejas salir? —preguntó, arqueando una ceja.

—Todavía no, pero dásela igualmente. Le molestará. —Sonreí.

César chasqueó la lengua con diversión y agarró las tarjetas.

—Algún día te quemarás si sigues jugando con fuego.

Mi sonrisa se amplió.

—Descuida, no seré yo el que se queme.

El ascensor se abrió. Bastian y Salva ya estaban esperando dentro.

—¿Por qué esas caras tan largas? —pregunté al entrar, echando un vistazo de reojo a mi hermano y a Salva.

—Prefería cuando no dormías —gruñó Bastian.

Sonreí con suficiencia, cruzando los brazos y recostándome contra la pared del ascensor. Esta vez giré la cabeza para mirarlo.

—¿Quién dice que he dormido?

Intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada.

La reunión con mi padre olió a rancio desde el primer segundo, pero eso no es nada nuevo.

Intercambio de información unilateral, respuestas medidas y el recordatorio constante de que su palabra era ley.

Y cuando por fin se cansó de demostrar su autoridad, lo pusimos al tanto de nuestros últimos descubrimientos sobre el ataque en la boda.

—¿Eso es todo? —inquirió, golpeando la mesa con los nudillos.

Mi mandíbula se tensó, pero mantuve la expresión neutra. Miré a Bastian de reojo, sentado a mi lado, malditamente tranquilo. Ambos sabíamos que debíamos contarle lo que habíamos descubierto sobre Yelena, pero yo no iba a darle el placer de meter sus garras entre mi mujer y yo.

—Todo por ahora —respondió Bastian con su tono frío y controlado. Ni un maldito parpadeo que nos delatara.

Mi padre giró su rostro en mi dirección por primera vez desde que puse un pie ahí.

—Te casé con esa zorra para sacar información de Ivanov. Aún espero que sirva para algo.

Los reposabrazos crujieron bajo la presión de mis manos. Vi a Bastian tensarse a mi lado, listo para detenerme si me abalanzaba sobre él. Abrí la boca, con las palabras cargadas y listas para provocar que alguno de los dos terminara con una bala en la cabeza.

—No me interesa lo que tengas que decir, Matteo. —Mi padre levantó la mano, cortándome en seco—. Bastante tengo con contener tus arrebatos para que no crean que he criado a un loco.

El eco de un disparo me atravesó la cabeza, tan nítido que por un segundo volví a aquel lugar. La sangre me golpeó las sienes y nubló la vista un instante, pero me tragué las palabras y me forcé a sonreír. Algún día ese viejo comería plomo y yo brindaría sobre su tumba. Tal vez con vodka.

—Mantenedme informado —añadió, volviendo su atención a Bastian como si yo no existiera—. Y espero que la próxima vez vengas con algo útil sobre Ivanov.

Ni siquiera me miró, pero tanto Bastian como yo sabíamos que aquello iba dirigido a mí.

Salimos del despacho en ese silencio tenso en el que siempre nos dejaba y atravesamos la mansión. Era gracioso que dijera aquello cuando el único que tenía permiso para hablar ahí dentro era Bastian. Un recordatorio más de lo mucho que me apreciaba.

Me picaban las manos por las ganas de arrancarle la jodida cabeza de los hombros. No podía esperar a que llegase el día en que por fin alguien le metiera un balazo. Joder, si tuviera la oportunidad, hasta yo mismo lo haría.

Nos dirigimos al coche aparcado bajo el techado. Salva nos esperaba fuera, fumándose un cigarro y apoyado en la carrocería.

—No parece que haya ido bien —dijo al vernos. Tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con la punta del zapato.

—¿Alguna vez va bien? —respondí seco.

Me senté en el puesto del copiloto y cerré de un portazo.

Por cosas como esa detestaba ir allí, y esta vez ni siquiera había sido nada en comparación a como solía ser.

Apoyé la cabeza contra el asiento, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Segundos después, Salva subió delante y Bastian ocupó el asiento trasero.

El motor rugió y dejamos atrás la maldita mansión. Le lancé una mirada de reojo a Bastian.

—Pensaba que ibas a contarle lo de Yelena —solté, girando la cabeza hacia él, ya más calmado.

Bastian apoyó el codo en el marco de la ventanilla sin mirarme.

—No tiene por qué saberlo todo —respondió con esa indiferencia suya—. ¿De verdad no has dormido nada hoy? —Giró la cabeza en mi dirección. Sus ojos tenían ese brillo mínimo que lo delataba cuando algo le preocupaba.

Le sostuve la mirada un segundo antes de encogerme de hombros. Es más difícil contenerme con ese hijo de puta cuando no duermo.

—Si me preguntas por las pesadillas —respondí, apoyando la cabeza contra el respaldo—, no ha habido ninguna. He estado entretenido. —Una sonrisa se dibujó en mis labios al pensar en Yelena—. Ya sabes, con cierta principessa de la bratva .

Bastian soltó un suspiro y levantó una mano como si quisiera bloquear esa imagen mental.

—Prefiero no saberlo.

Reí bajo y miré a Salva a mi lado, que me devolvió la sonrisa.

Aparté la vista hacia la ventanilla mientras la conversación entre Bastian y Salva derivaba hacia asuntos de la famiglia .

Sus voces se mezclaron en un murmullo lejano, incapaz de imponerse al zumbido que aún resonaba en mi cabeza.

El maldito eco del disparo, siempre incrustado en mi memoria.

Cerré los ojos y dejé que la imagen de Yelena apareciera, borrando poco a poco el ruido interior hasta que su cuerpo se insinuó entre mis manos.

Y, por un instante, casi podía sentirla temblando contra mí.

El coche se detuvo frente a Modesta y la realidad volvió a imponerse.

Al entrar, Salva y Bastian saludaron con un simple gesto de cabeza a los hombres que recogían los restos de alcohol y cristales del suelo.

Yo pasé de largo, no tenía tiempo ni ganas de socializar.

Solo quería llegar a uno de mis lugares favoritos del mundo.

Bajé al sótano, dejando atrás el murmullo de voces, y fui directo al final del pasillo. Tecleé el código en el panel de control. En cuanto el pitido de confirmación sonó, empujé la pesada puerta de acero, revelando a nuestro invitado.

La cabeza le caía hacia adelante, con el pelo empapado pegado a la frente.

Su respiración era irregular bajo la camisa manchada de sangre.

Hasta ahora solo habíamos jugado un poco con él.

Algunos cortes aquí y allá, un par de dedos rotos, alguna uña arrancada.

Nada serio, lo justo para quitarme la tensión del cuerpo.

Pero su suerte dependía enteramente de mi humor y de cuánto me divirtiera. Y para su fortuna, me sentía generoso .

Tal vez, si tenía la brillante idea de abrir la boca y soltar el puto paradero de Yuri Vasilyev, le permitiría conservar las manos un día más, aunque no podía decir lo mismo de sus dedos; ya les tocaba. Además, empezaba a tener ganas de practicar mi puntería con su pierna.

Me acerqué a la mesa metálica a un lado de la habitación y agarré el mazo que le había copiado a Boris tras nuestra primera visita a casa de Nikolai.

Mi móvil vibró en el bolsillo justo cuando iba a empezar.

Chasqueé la lengua con fastidio y saqué el teléfono del bolsillo de mi pantalón.

El nombre de César brillaba en la pantalla.

Si él llamaba, solo podía significar una cosa.

«Mierda».

Deslicé el dedo y contesté.

—¿De verdad me has puesto una niñera? —La voz de Yelena cruzó la línea antes de que pudiera articular una sola palabra, sacándome una sonrisa inmediata. Al parecer, me había equivocado.

— Principessa. —Retrocedí hasta apoyarme en el borde de la mesa y dejé el mazo—. No esperaba tu llamada, aunque creo que ese teléfono no te pertenece.

—Ya, bueno, no tenía otra forma de contactar contigo.

Bruno me hizo un gesto hacia un cuchillo de sierra, se lo tendí y me llevé un dedo a los labios para que guardaran silencio. No quería que interrumpieran la agradable conversación con mi esposa.

—¿Dónde está? —inquirí.

—¿Tu amigo? A mi lado. Tranquilo, que no me he movido de aquí —respondió con ese veneno dulce que tanto disfrutaba de ella.

Me la imaginé en el sofá, con una de mis camisetas puestas, el cabello dorado aún revuelto y la señal de mis dientes decorándole el cuello, porque, al igual que había hecho ella, me había asegurado de marcar cada lugar donde mis labios la habían besado.

Joder, la simple imagen era suficiente para que mi polla comenzara a palpitar en mi pantalón.

—Bien. Pásamelo.

Escuché un resoplido seguido de su voz de mando:

—Ponte.

Solté una risa baja. Ni siquiera era consciente del poder que tenían sus malos modos sobre mí. Me la ponía dura solo con oírla.

Hubo un breve intercambio antes de que César hablara.

—¿No decías que estaría calmada?

—Agotada —lo corregí, sonriendo con suficiencia—. Me equivoqué. Resulta que mi principessa tiene más energía de la que pensaba. —Hice una pausa, disfrutando de mi propia jodida satisfacción—. Puedes darle mi número también, lo había olvidado. Adiós.

Colgué, aún con la sonrisa pegada a la cara, e hice un gesto a Bruno para que continuara, pero el teléfono volvió a vibrar en mi mano antes de que pudiera decir una palabra.

« Ahh, mi esposa. ¿Tanto me echas de menos?».

Volví a levantar la mano para que esperara. Bruno soltó un bufido y puso los ojos en blanco como si aquello le estuviera arruinando la diversión, pero me dio igual. Deslicé el dedo por la pantalla y llevé el móvil a la oreja.

—¿Me acabas de colgar? —inquirió Yelena indignada.

—A ti no. A él.

Yelena resopló.

—¿Puedo salir?

—No es seguro —respondí con la sonrisa aún más amplia. César ya debía haberle trasladado mis instrucciones de esa mañana; me encantaba que no se conformara.

—¿Y qué se supone que voy a hacer todo el día aquí metida?

—Te he dejado una tarjeta de crédito para tus gastos. Compra lo que quieras. Ropa. Libros. Una piscina inflable si te hace ilusión. Búscate un hobby, pero no vas a salir.

Hubo un segundo de silencio. Casi podía verla apretando la mandíbula, con esa furia silenciosa que me volvía loco; me moría por volver a casa y poder disfrutarla.

—Eres insufrible —escupió, y colgó.

Negué con la cabeza, sintiendo cómo mi sonrisa se ensanchaba aún más aunque pareciera imposible. Me encanta lo fogosa que es mi mujer. En todo. Especialmente cuando se enfada.

—¿Podemos empezar ya o vas a seguir empalmándote con tu mujercita? —saltó Bruno, gesticulando con los brazos con impaciencia.

—Tranquilo, ya he acabado.

Bruno se acercó al hombre en la silla, escudriñándolo con la mirada mientras se debatía qué dedo serrar primero. El prisionero alzó la cabeza justo cuando el filo dentado del cuchillo empezó a abrirle la piel.

Su grito fue música para mis oídos.