CAPÍTULO 17 YELENA #2
Ahogué un grito cuando sus dientes se cerraron sobre la carne sensible de mi muslo.
Cerré los puños con fuerza, sintiendo el frío de las esposas mordiéndome la piel en una mezcla entre el dolor y placer.
Pude sentir esa maldita sonrisa dibujarse en mi carne justo antes de que hundiera de nuevo la lengua entre mis pliegues.
Me recorrió de arriba abajo, rozándome con una precisión casi cruel, rodeando mi clítoris cada vez que lo alcanzaba.
Sabía exactamente lo que hacía, cómo mantenerme justo al borde sin dejarme caer.
Tenía la mente nublada y la visión borrosa. Aun así, me negué a apartar la mirada de él, arrodillado entre mis piernas, mientras el calor se acumulaba en mi vientre, denso y desesperante, y cada roce me arrancaba un poco más de cordura.
—Matteo… —Su nombre escapó de mis labios en un gemido roto, sin filtro ni vergüenza.
—¿Ocurre algo, principessa ?
Deslizó sus manos por mi piel hasta alcanzar mis pechos; empezó a amasarlos, aunque su boca no volvió a mí. En lugar de eso se entretuvo. Sus labios tocaron la cara interna de mi muslo, bajando a mi entrepierna y volviendo a subir. Lento. Torturándome.
—Más… —supliqué, alzando mi pelvis hacia su boca.
—Las cosas se piden por favor —se burló.
—Si paras ahora, te mato.
Una risa grave vibró en su garganta y volvió a presionar su boca contra mi sexo.
Los movimientos de su lengua sobre mi piel se intensificaron.
Me penetró con ella, succionando con una ferocidad brutal, hasta que ya no pude contenerlo.
El orgasmo estalló como un latigazo que me arrancó un grito y me hizo sacudirme bajo su boca.
Sus brazos se cerraron alrededor de mis piernas, sujetándome para mantenerme allí, empujándome más allá del límite mientras trataba de escapar de su lengua incansable.
No se detuvo hasta que otra oleada me atravesó, robándome la visión por un instante.
Jamás en mi vida me había sentido tan mareada ni había experimentado tanto placer a la vez.
Mi cuerpo aún se sacudía en pequeños espasmos cuando se incorporó despacio, dejando un rastro de besos suaves en la cara interna de mis muslos. Primero una pierna, luego la otra, antes de dejarlas con suavidad sobre la cama.
Una sonrisa apareció en sus labios, malditamente arrogante y malditamente irresistible.
—No quiero que te desmayes por no haber comido nada, principessa —murmuró con esa dulzura engañosa mientras deslizaba un dedo dentro de mí y luego lo sacaba.
Mi cuerpo reaccionó solo, tomando una exhalación de aire y buscando más, necesitando más. Matteo soltó esa risa grave y juguetona que me volvía loca.
—Haremos una cosa … —Volvió a empujar su dedo y lo retiró antes de que pudiera atraparlo, riendo por lo bajo—. Primero voy a llevarte a que te des un baño… —Introdujo el dedo de nuevo, más profundo, haciéndome gemir—. Luego curaré las rozaduras de tus muñecas.
—No las tendría así si no me hubieras dejado aquí todo el día —espeté, aunque ni yo misma me creía el tono de reproche.
El dedo de Matteo se curvó dentro de mí y mi espalda se arqueó de inmediato, ahogando otro gemido.
—Lo sé —murmuró, y retiró el dedo. Protesté con un jadeo—. Primero te curo. Luego comes.
—¿Y después…? —Mi voz sonó ansiosa incluso a mis propios oídos.
Matteo me sostuvo la mirada. Gris. Fría. Y tremendamente incendiaria.
—¿Luego qué quieres, principessa ? —Esta vez entró con dos dedos, haciéndome gemir—. ¿Esto? —Los giró, acariciando ese punto sensible que ya conocía.
—Sí… —jadeé sin poder contenerme.
Su sonrisa reapareció despacio.
—Está bien. Si te acabas todo el plato —se inclinó sobre mí, dejando que sus labios rozaran mi oreja—, entonces te haré el amor toda la noche. —Su voz bajó aún más, hasta convertirse en un susurro ronco—. Hasta que tu cuerpo no pueda soportarlo más.
Asentí sin pensarlo dos veces. Matteo soltó una carcajada baja, sacó los dedos y se inclinó para coger la llave de la mesita de noche de mi lado.
Las esposas se abrieron con un clic y mis muñecas cayeron sobre la almohada, seguidas del hormigueo punzante que me recorrió los brazos mientras la sangre volvía a circular.
Entonces fui consciente de que, prácticamente, acababa de suplicarle que me follara, absorta en esa nube de placer en la que me había envuelto mientras me hablaba.
Antes de que pudiera moverme y lanzarlo lejos de mí de una patada, Matteo me rodeó el torso con un brazo y pasó el otro por debajo de mis rodillas, levantándome en el aire y obligándome a apoyarme contra su pecho.
—¿Es que ahora piensas cuidar de mí? —pregunté con una mezcla de sarcasmo y burla. Aunque el calor en mi vientre se empeñara en contradecirme.
—Me alegra que lo hayas apreciado, porque es justo eso —dijo, besando la cima de mi cabeza.
Parpadeé observándolo y luego miré al frente, volviendo a parpadear, incapaz de pronunciar palabra.
Al entrar al baño, Matteo me dejó sobre la encimera del lavabo. Me estremecí por el contraste de temperatura del mármol. Seguí observándolo en silencio mientras abría el grifo de la bañera. Intentaba descifrarlo, entender qué demonios pasaba por su cabeza.
—La llevas clara si crees que me vas a comprar con esto — dije.
—Descuida, no es lo que pretendo.
Fruncí el ceño. Matteo era del todo incomprensible.
—¿Entonces esto es una especie de tregua o solo quieres dejarme lo bastante relajada para que no te mate mientras duermes? —inquirí, cruzándome de brazos.
Me miró por encima del hombro antes de girarse hacia mí y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa con lentitud.
—Cuando venía hacia aquí, me daba igual que me odiaras —dijo, tirando la camisa sobre el lavabo—. Solo pensaba en alimentarte y volver a follarte.
Solté la risa con un bufido.
—Vaya, qué romántico.
Matteo se quedó mirándome en silencio mientras se deshacía del cinturón y lo dejaba caer al suelo con un chasquido sordo.
Carraspeé, sintiendo la necesidad de volver a hablar.
—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
Bajó la cremallera del pantalón y se lo quitó sin prisa, dejó que se deslizara por sus piernas y lo apartó de una patada. Mis ojos descendieron automáticamente por su erección, que se alzaba gruesa y orgullosa, exigiendo toda mi atención muy a mi pesar.
—Tú.
Mi rostro se alzó de golpe.
Matteo me miraba fijamente, esperaba una reacción por mi parte que yo no estaba segura de querer o poder darle. No me sentía preparada para una conversación de ese tipo. Después de todo, lo mío no son los sentimientos.
Curvé los labios en una sonrisa y ladeé la cabeza con fingida inocencia.
—¿El tatuaje en el culo fue una apuesta o algo? —inquirí cambiando de tema.
—¿El qué?
Le señalé con la cabeza. Él entrecerró los ojos, desconfiado, antes de girarse hacia el espejo. A juzgar por su expresión, estaba viendo aquel tatuaje por primera vez en su vida. Se quedó inmóvil. Procesando.
Me mordí el labio con fuerza, pero la risa burbujeó en mi garganta antes de que pudiera detenerla.
—Estoy flipando —me burlé.
Matteo me miró y arqueó una ceja.
—Me alegra ver que te diviertes.
—Tu cara no tiene desperdicio. —Sonreí aún más, disfrutando de la expresión entre incredulidad y fastidio que cruzó su rostro al volver a echarle un vistazo a ese Mickey Mouse horrible. Si hubiera sabido que eso lo descolocaría tanto, lo habría usado a mi favor esa misma mañana.
Matteo chasqueó la lengua y luego se acercó, colocándose entre mis piernas abiertas. Sus manos se deslizaron por mi piel, dejando tras de sí un rastro ardiente que me quemó por dentro.
—Acabo de cambiar de idea.
No me dio tiempo a replicar. Sus manos se cerraron sobre mi cintura y, en un solo movimiento, me alzó y me giró, colocándome contra la encimera.
El frío del mármol me golpeó la piel desnuda, arrancándome un jadeo que se perdió en el aire.
Sentí su calor envolviéndome por detrás, alineándose con mi cuerpo mientras mis manos buscaban donde agarrarse.
Entreabrí los labios para tomar aire cuando lo sentí posicionarse justo en mi entrada, y levanté la vista hacia el espejo.
Nuestros ojos se encontraron en el reflejo.
Una sonrisa sutil tiró de sus labios justo antes de que se hundiera en mí, despacio, llenándome por completo.
Cerré los ojos un segundo, dejando escapar un gemido, ahogada en la sensación.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, suaves al principio, antes de tensarse y tirar con fuerza, obligándome a echar la cabeza hacia atrás y a abrir los ojos de nuevo.
Lo observé a través del cristal, inclinándose sobre mí.
—No cierres los ojos, principessa. —Su aliento quemó mi oído—. Mírame cuando te follo.