CAPÍTULO 17 YELENA
Escuché voces al otro lado de la puerta.
No sabía qué hora era exactamente, pero a juzgar por la oscuridad que se había instalado en la habitación, debía ser de noche.
En cuanto Matteo pusiera un pie en la habitación, me iba a oír.
Oh, sí. Pensaba recordarle hasta el último maldito minuto que había pasado ahí esposada, reducida a una prisionera muerta de hambre en mi propia cama.
Por la mañana, poco después de que Matteo se marchara tras humillarme al darme de comer igual que se alimenta a una mascota, había escuchado murmullos al otro lado de la puerta, pero no me atreví a pedir ayuda.
La sola idea de que alguien entrara y me encontrara esposada y desnuda como un maldito trofeo en exhibición era aún peor.
Lo había calculado a la perfección. Un golpe maestro para doblegarme sin necesidad de usar la fuerza. Fue un buen movimiento, lo reconozco. Inteligente. Frío. Estratégico. Pero eso no significa que no estuviera enfadada por su jugada, porque también fue rastrera.
Las voces se apagaron poco a poco y el silencio volvió a envolver la habitación.
La tentación de gritar su nombre se hizo cada vez más fuerte, solo para ver si estaba allí, pero por supuesto que no lo hice.
No iba a darle la satisfacción de que pensara que lo había estado esperando todo el maldito día.
Inspiré hondo, ignorando la maldita presión de las esposas que me cortaban la circulación. Sí, en cuanto pusiera un pie en la habitación, se iba a enterar.
El clic de la cerradura rompió el silencio, y mi respiración se congeló al instante. Mis músculos se tensaron, listos para lo peor, porque cabía la posibilidad de que no fuera Matteo.
La luz de la habitación se encendió de golpe, obligándome a parpadear hasta que mi vista se adaptó.
Al abrir los ojos de nuevo, vi a Matteo avanzando hacia mí con esa frialdad de depredador que vuelve con su presa después de dejarla sufrir.
La americana y el arnés con su arma no estaban.
Los había dejado fuera, como el cabrón previsor que era, asegurándose de que no pudiera ponerles las manos encima.
Lo que sí que llevaba era otra maldita bandeja con comida.
El alivio recorrió mi cuerpo con tanta intensidad que me desplomé contra el colchón sin darme cuenta. El muy bastardo sonrió ante mi reacción, y fue suficiente para recordarme que estaba enfadada con él, no aliviada.
—¿Te parece divertido dejarme así tirada todo el día? —le espeté con los dientes apretados—. Porque a mí no me hace ni pizca de gracia.
—Siento venir tan tarde, principessa , pero el día se ha complicado. —Su tono era relajado, casi indulgente—. Imagino que tendrás hambre.
Se sentó en el borde de la cama con la misma naturalidad con la que lo había hecho por la mañana.
Me fijé en la bandeja. Había un plato de pasta, probablemente traído de algún restaurante, porque no parecía la comida de Valentina.
Apreté los labios con fuerza.
—Puedes meterte la comida por donde te quepa. —Escupí cada palabra con rabia.
Matteo inclinó la cabeza, su expresión relajada se endureció por una fracción de segundo y sus ojos se oscurecieron mientras me evaluaba. Levanté el mentón, sosteniendo su mirada sin ceder ni un milímetro.
El delicioso aroma de la pasta flotó en el aire directo hacia mí.
Olía demasiado bien y yo no había comido nada más desde el desayuno; aunque me negaba a admitirlo, mi cuerpo tenía sus propias opiniones.
Mi estómago rugió, traicionándome en el momento más inoportuno.
Matteo sonrió. No. No sonrió. Se regodeó.
Pude ver cómo toda esa arrogancia que lo envolvía se instalaba en cada línea de su rostro cuando tomó un poco de pasta con el tenedor y lo acercó a mis labios.
—Abre.
Me mordí la lengua y no me moví. Ni siquiera pestañeé.
Mantuve la boca cerrada y los ojos clavados en los suyos con todo el odio que había guardado durante su ausencia.
Si tenía que hacer una huelga de hambre para que me soltara de una maldita vez, entonces lo haría.
Me negaba a ceder y a ser la muñeca sumisa que él esperaba que fuera.
Pero, como siempre, Matteo parecía leer mis pensamientos aun cuando ni siquiera yo misma los tenía del todo claros.
Se humedeció los labios lentamente, saboreando mi desafío.
—Bien —murmuró, soltando el tenedor sobre el plato—. Si no quieres comer ahora, lo harás después. —Se inclinó hacia delante y dejó la bandeja sobre la mesita de noche junto a la cama—. ¿Sabes?, hoy he descubierto algo muy interesante sobre ti, principessa.
Posó una mano sobre mi pierna, y los dedos comenzaron un recorrido lento hacia mis muslos. Lo miré en silencio, con los labios apretados, intentando concentrarme en cada palabra y no en el calor que comenzaba a formarse entre mis piernas.
—De todas las posibilidades que habían pasado por mi cabeza, nunca se me ocurrió pensar que antes de casarnos fueras militar.
Mis ojos se abrieron de par en par; sentí la boca seca al instante.
—Verte con ese uniforme ha sido extremadamente revelador —susurró, dejando un beso lento sobre mi rodilla—. Y jodidamente sexy. —Alzó la mirada hacia mi rostro, aún con su boca rozando mi piel y una sonrisa juguetona bailando en sus labios.
Inspiré despacio, alzando más la barbilla. Odiaba cuando me miraba así, o al menos mi cerebro lo hacía, porque no podía decir lo mismo de mi cuerpo.
—Ayer podrías haberme matado si hubieras querido. ¿Por qué no lo hiciste?
—No podía empezar una guerra —respondí, cerrando con fuerza los puños.
La mano de Matteo continuó su ascenso, acariciando la cara interna de mi muslo con una lentitud que me provocó un hormigueo por toda la columna.
—¿Solo por eso? —Se inclinó y dejó un beso en la cara interna de mi pierna.
Me negué a responder. No podía admitir que me dejé llevar por la rabia al notar cómo me había mojado por su beso, que mi cuerpo había reaccionado igual que ahora con cada una de sus caricias. De hecho, el arma que le había robado del doble fondo del vestidor seguía bajo la cama.
Matteo sonrió al ver que no pensaba abrir la boca. Esa maldita sonrisa de depredador satisfecho que me ponía al borde entre querer matarlo y rogarle por más.
Sus labios volvieron a deslizarse sobre mi piel.
Besó mi rodilla de nuevo y, sujetándome la pierna, la abrió para arrastrar la lengua por la corva hasta llegar a la pantorrilla, robándome el aire.
No se detuvo hasta besar el talón, la planta y, finalmente, los dedos, uno a uno, provocando que se encogieran involuntariamente.
—Nunca he querido una mujer sumisa —murmuró, cambiando de pierna, siguiendo el mismo recorrido que había hecho con la anterior—. Es muy aburrido.
Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo retumbando en mis oídos.
—Entonces supongo que ya no tengo por qué fingir.
—Mi voz salió más áspera de lo que esperaba.
La idea de cerrarle las piernas alrededor del cuello y dejarlo fuera de combate me cruzó por la mente, pero mi cuerpo ya estaba atrapado en ese juego que él manejaba tan bien y se negaba a responder a las órdenes que le mandaba mi cerebro.
Matteo levantó la cabeza para encontrar mi mirada. Tenía ese brillo peligroso en las pupilas que me advertía que iba a hacerme toda clase de cosas y que iba a disfrutar cada maldito segundo.
—No soportaría que lo hicieras, principessa —susurró—. Quiero verte tal y como eres.
Mi cuerpo entero se estremeció ante esas palabras. Matteo sonrió, y la furia y el deseo se mezclaron dentro de mí en una tormenta. Quería partirle la cara por tenerme así, pero, al mismo tiempo, no quería que se detuviera.
—Tal vez lo único que quieres es una muñeca con la que jugar —dije.
Matteo soltó una risa baja que me erizó la piel desde el cuello hasta mi centro.
—¿Una muñeca, principessa ? —Sus labios bajaron hasta el interior de mi muslo, dejando un beso que me arrancó un suspiro tenso—. Si eres una muñeca, querida, eres la más jodidamente peligrosa que he tenido entre mis manos.
La cama se hundió bajo su peso cuando se acomodó entre mis piernas con la misma seguridad letal de siempre. Alzó mi pierna, dejándola con suavidad sobre su hombro, y se detuvo a observar cada centímetro de mí. Y yo no me resistí a que lo hiciera.
—Me gusta verte así, a mi entera disposición.
Mía . —Lamió la pierna que había dejado sobre su hombro de arriba abajo, sin darme la oportunidad de replicar.
Mi espalda se arqueó y un gemido escapó de mis labios como una maldita confesión.
Matteo alzó la mirada, devorándome con esos ojos grises hambrientos—. No voy a dejar a mi mujer insatisfecha.
Su lengua trazó un sendero húmedo y ardiente que me hizo gemir de nuevo. Lo miré con odio, pero, al mismo tiempo, excitada. Matteo sonrió, satisfecho, y sus labios se deslizaron aún más abajo, con una determinación que me hizo perder la cabeza.
—Estás empapada, cariño —murmuró con los ojos fijos en mi sexo—. Estoy deseando probarte.
Un suspiro tembloroso escapó de mis labios.
No podía ganarle a su juego porque ya había perdido desde el principio.
Por eso, si no puedes con tu enemigo, únete a él.
Eché la cabeza hacia atrás sin apartar los ojos de Matteo, apoyándola sobre el cabecero y abriendo la otra pierna en una invitación muda.
Las comisuras de sus labios se curvaron antes de inclinarse y hundir la lengua entre mis pliegues.
Un gemido ronco escapó de mi garganta y mi espalda se arqueó sola.
Se movió despacio, saboreándome, haciendo rodar la lengua sobre mi clítoris con una lentitud calculada.
Dejó escapar un gruñido de aprobación, como si de verdad estuviera degustando lo más exquisito que había probado.