CAPÍTULO 16 MATTEO
Yelena se había comido todo el desayuno que preparé para ella; tampoco le quedó otra.
No sabía cuándo volvería a casa, mi jodido padre quería que nos pasáramos por allí de nuevo por la tarde, y no podía dejar que mi mujercita se muriera de hambre todo el día.
La había dejado desnuda y sola, y no permitiría que nadie entrase a esa habitación.
—¿Para qué querías que viniera? ¿Ha pasado algo? —preguntó César en cuanto las puertas del ascensor se abrieron.
Di un último trago a mi taza de café y la dejé en el fregadero antes de dirigirme a él.
—Sí, necesito que te quedes aquí hasta que solucione unos asuntos. —Pasé por su lado y me metí en el ascensor—. Yo avisaré a Bastian.
César arqueó una ceja y estuvo a punto de decir algo, pero no le di tiempo a hacerlo.
—Yelena está en la habitación. Ni se te ocurra entrar —le advertí, lanzándole una mirada amenazante—. Y si sale en algún momento, avísame.
Era imposible que lo hiciera, pero no podía descartarlo.
Su expresión pasó del desconcierto a la sospecha.
—¿Cuántas horas has dormido? —preguntó, dando por hecho que mi insomnio crónico era el único culpable de mi agitación.
Era cierto que no había dormido mucho esa noche, pero esta vez la culpable era la principessa rusa que había dejado esposada y desnuda en mi habitación, no ese puto sueño recurrente.
No tenía tiempo de explicarle nada; tenía prisa. Prisa por descubrir la verdad detrás de mi encantadora esposa. Solté el botón y, justo antes de que las puertas se cerraran, lo señalé con el dedo.
—Lo digo en serio, César. Ni se te ocurra entrar ahí o te arrancaré los ojos con una cuchara.
Él frunció el ceño, seguramente pensando que definitivamente me había vuelto loco. Le dediqué una última sonrisa y las puertas se cerraron. Descendí hasta mi aparcamiento privado. Al salir, mis pasos me llevaron directo a la moto que Yelena había robado la noche anterior.
Me agaché, inspeccionando el desastre de cables que había dejado.
—Qué demonios… —murmuré para mí mismo.
Un puente. Le había hecho un jodido puente y, por si fuera poco, no se trataba de una chapuza cualquiera: sabía lo que hacía.
Enderecé la espalda, pasándome los dedos por la fina barba que me cubría la mandíbula.
En fin, lo arreglaría cuando volviese. Me dirigí hacia otra de mis motos, me coloqué el casco y, sin perder más tiempo, salí disparado hacia Modesta.
Aparqué en el estacionamiento de atrás y entré por la puerta de servicio.
Aún estaban limpiando el desastre de la noche anterior.
Algunos de los muchachos alzaron la cabeza al verme, haciéndome un leve gesto en señal de respeto y, como siempre, los ignoré y me dirigí directo al almacén.
Tiré de la estantería que ocultaba las escaleras del sótano y descendí.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco que retumbó en el pasillo.
Al llegar a la puerta de la oficina, introduje el código en el panel y giré el manillar tras el pitido.
—Por fin apareces. —Salva me dirigió una mirada cargada de fastidio, de pie al lado de Bastian—. ¿Se puede saber a dónde te largaste anoche?
—Sí, tuvimos que llevar a Grace al hospital —se quejó Bruno desde el sofá—. Estaba histérica. Y Grace histérica es insoportable.
—Sabía que podía confiar en vosotros —respondí con una sonrisa despreocupada. Deslicé las manos en los bolsillos y me dirigí a Enzo, ignorando lo que tuvieran que decir sobre Grace—. Necesito todo lo que puedas encontrar sobre Yelena.
El suspiro de Bastian me hizo girar la cabeza en su dirección. Me miraba con evidente cansancio, pellizcándose el puente de la nariz.
—¿Cuánto has dormido hoy?
Ya era la segunda vez que escuchaba eso. Lo cierto es que una vez acabé con Yelena, dormí… lo que quedaba de noche. Joder ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que dormí tanto. Quizás por eso estaba de tan buen humor.
—Toda la noche como un bebé —solté—. Bueno, más o menos. He estado ocupado. —Ocupado con una mujer que era puro fuego.
La mirada de Bastian dejaba claro que no me creía. Y no lo culpo; yo tampoco me creería.
Me encogí de hombros con una sonrisa y volví a mirar a Enzo.
—La información.
—¿Puedes explicarme qué mierda ocurrió ayer? —intervino Bastian con ese tono frío con el que había nacido.
—¿No te lo han contado? —respondí sin inmutarme.
—Sí, pero quiero oírlo de tu boca.
Me giré lo justo para encontrar su mirada, seria, fría y calculadora, de esas que no me afectaban pero aun así no se las ahorra ni conmigo.
—¿Quieres la versión larga o la corta?
—Sin rodeos, Matteo.
—Digamos que Yelena no se tomó muy bien conocer a Grace.
—Hice una pausa, recordando no lo que le hizo a Grace, sino lo que vino después.
Lo de anoche fue otro nivel, y eso ya es decir, porque no recuerdo cuándo fue la última vez que pasé una noche sin una mujer.
Bueno, sí, desde que me casé con Yelena y terminamos en el gimnasio, pero aquello solo fue un anticipo comparado con lo de ayer.
Solo de pensarlo, quería regresar a casa con ella cuanto antes—.
Ah, y me ha jodido una de mis motos —agregué; no podía dejar que notaran hacia dónde iban realmente mis pensamientos.
—No muy bien, dice… —bufó Enzo—. Le rompió la jodida nariz.
—Grace llevaba tiempo queriendo hacerse un retoque —bromeé, pero nadie se rio. Suspiré ante la falta de humor y volví a girarme hacia Enzo, señalando el portátil cerrado sobre el billar—. La información.
Enzo alzó una ceja, mirándome con la misma expresión que tendría si me hubiera salido otra cabeza. Sus ojos se movieron a un punto detrás de mí, pidiéndole permiso a Bastian, y luego volvió a mirarme. Cómo odio cuando hacen eso.
—Creía que no tenías interés en ella.
—Y no lo tenía, hasta anoche. —Hice otro gesto hacia el portátil con las cejas levantadas.
Enzo resopló y lo abrió, inclinándose sobre el billar mientras comenzaba a teclear.
—No tiene redes sociales, si es lo que estás buscando —dijo tras una primera búsqueda rápida.
Me acerqué al billar y le quité el portátil de las manos. Bajé por el buscador. Nada, no había absolutamente nada sobre ella.
—Dijo que estaba estudiando. Quiero saber qué. —Le devolví el portátil casi tirándoselo sobre la mesa. Enzo chasqueó la lengua y volvió a inclinarse sobre el billar.
—¿Quién trajo a Yelena anoche? —preguntó Bastian. Miré a mi hermano; ya estaba otra vez con la puñetera pelota de gomaespuma de una mano a la otra.
—Nadie. Vino por su cuenta —contesté.
—¿No has puesto hombres que la vigilen? —intervino Salva, mirándome como si hubiera perdido la cabeza—. Estamos en guerra, Vasilyev podría volver a atacar. Si algo le ocurriera, podríamos tener problemas con Ivanov.
—Dudo que algo pueda ocurrirle a su hija.
Volví a mirar hacia el portátil. Necesitaba descubrir qué era exactamente lo que Nikolai nos había ocultado sobre Yelena.
—El objetivo de la otra noche era Yelena, no nosotros ni la bratva —continuó Bastian, captando por fin toda mi atención—. Uno de los rehenes que Nikolai retiene en su casa habló anoche. Viktor Ivanov ha llamado esta mañana.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Querían matarla para evitar la alianza?
—No. Según Viktor, Yuri Vasilyev lleva años interesado en Yelena —explicó Salva—. Pero su padre no es estúpido. Sabe que unir su familia con la de los Vasilyev podría traerle la ruina, y a nosotros tampoco nos conviene.
La simple mención de Yuri me heló la sangre. ¿Yelena en manos de ese bastardo? Jamás lo permitiría.
—Es cierto —confirmó Bastian—. Si Yelena se hubiera casado con él, Yuri no habría dudado en quitarse de en medio a Nikolai y a Viktor para hacerse con los negocios de su bratva .
Su familia lleva años interesada en Nueva York y, mientras los Ivanov controlen el negocio aquí, Vasilyev no puede operar.
Me daban igual los negocios. Mis dientes rechinaron al imaginarlo con ella.
La sola idea de sus manos en su piel, de su boca reclamando la de Yelena, de su voz susurrándole lo que solo yo podía oír de sus labios…
me hacía hervir la sangre. Ella era mía .
Aunque me odiara y me desafiara con esa lengua afilada que me hacía perder la cabeza.
No importaba. Lo había decidido anoche, incluso antes de encontrármela en la habitación con ese camisón de seda que dejaba poco a la imaginación.
Lo hice en cuanto puso un pie en Modesta.
Y no dejaría que ningún otro hombre volviera a tocarla jamás.
—Pero ahora soy yo el que está casado con Yelena, no él. —Me apoyé en la mesa de billar, forzando la sonrisa como si no fuera más que eso, un matrimonio cualquiera.
—¿Y crees que eso le importará algo cuando decida aparecer? —respondió Bastian—. A partir de ahora, llevarás escolta. Y Yelena también.
Solté un bufido.
—César está con ella ahora —dije, forzándome a centrarme en la conversación y no en la imagen que me venía a la mente de Yelena desnuda y esposada a la cama esperándome. Estaría tan cabreada cuando regresara a casa, tan llena de esa rabia descontrolada que tanto le encendía… Lo estaba deseando.
—No es suficiente. Mandaré a más hombres vigilar los alrededores del apartamento. Y, a partir de ahora, Bruno y Enzo se turnarán para ir contigo, y por las mañanas vendrás conmigo y Salva en el coche.
Chasqueé la lengua. Lo que me faltaba, tener a alguien pegado al culo todo el santo día. No me gustaba la idea de la escolta, pero sabía que Bastian no iba a dar su brazo a torcer. Tendría que deshacerme de Enzo y Bruno. Y en cuanto a Yelena… Mejor que no saliera por el momento.
—Matteo tenía razón… —soltó Enzo. Todos giramos la cabeza hacia él—. He encontrado algo en un foro, pero no vais a creer qué.
Giró el portátil hacia nosotros. La imagen de Yelena apareció en la pantalla con un fusil de asalto colgado de un hombro. Vestía ropa militar de la cabeza a los pies y el pelo recogido en una cola alta. Y joder, a mi polla le gustaba demasiado lo que veían mis ojos.
Mi vista voló hacia la figura masculina a su lado. ¿Su profesor, tal vez? Me pasé la lengua por los dientes. ¿Cómo de difícil sería matar a un militar?
—Antes de vuestra boda, formaba parte de las fuerzas especiales —añadió Enzo con una calma tan absurda que por poco me reí.
Bastian se volvió hacia mí. Tenía la mirada oscurecida, como si ya supiera que estaba a punto de escuchar algo que no le iba a gustar. Me conoce demasiado bien.
—¿Lo sabías?
—Oh, no, pero sospeché algo así cuando anoche me quitó el arma y casi me revienta la cabeza de un tiro.
Por no hablar de nuestra pequeña pelea, pero eso me lo guardé para mí.
Bruno soltó una carcajada ahogada desde el sofá.
—¿La principessa te desarmó?
Lo fulminé con la mirada por atreverse a referirse a ella de esa forma. Solo yo podía hacerlo.
—Llámala así otra vez y te arranco la lengua —siseé.
Bruno alzó las manos, conteniendo una risa.
—Deberíamos haberla buscado apenas encontraste la Beretta —intervino Enzo antes de que diera un paso para partirle la cara a Bruno. Salvado por poco.
Bastian lo miró de reojo un segundo, y después a mí. ¿No se lo comenté? Mea culpa . Se inclinó hacia delante con ese tic en la mandíbula que lo delataba y la pelota de gomaespuma casi desaparecida en su mano por la fuerza que ejercía sobre ella.
—¿Qué has hecho con ella?
Apoyé la lengua en el canino, reviviéndolo en mi mente.
Había hecho tantas cosas con ella esa noche que no sabría ni por dónde empezar; tampoco es que quisiera entrar en detalles.
Si fuera otra mujer, no me habría importado, pero Yelena era solo mía , y sus suspiros, sus jadeos y sus gemidos eran todos míos .
—Me la follé. Y ahora está esposada al cabecero de mi cama.
Silencio.
Bastian cerró los ojos, se pellizcó el puente de la nariz y soltó una exhalación lenta. No sabía si lo hacía para controlar el alivio o las ganas de pegarme un tiro él mismo antes de que Vasilyev se llevara ese placer.
—Por eso está César allí —murmuró Salva, frotándose la frente con los dedos mientras negaba con la cabeza.
Sonreí.
—Creo que ya no quiero devolver a mi mujer, hermano. Ha resultado ser bastante entretenida.
Bastian me miró con ese brillo asesino que solo él sabía usar, pero no dijo nada.