Nacidos en sangre CAPÍTULO 15 YELENA
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CAPÍTULO 15 YELENA

Será cabrón.

Me dejó esposada al cabecero de la cama toda la noche mientras él dormía plácidamente a mi lado.

Y por si fuera poco, dejó el arma en la mesilla de noche de mi lado.

No había dejado de mirarla. Hasta el maldito trozo de metal se burlaba de mí.

Quería matarlo, de verdad que sí, no sé por qué no lo hice.

Bueno, sí. Porque si lo hacía, el plan de mi padre se iría al diablo.

Pero al menos me desquité con él. Lo que no entraba en mis planes era acabar follándomelo otra vez.

Me revolví en más de una ocasión, tirando de las esposas con la absurda esperanza de que cedieran por arte de magia . Quería matarlo. Tenía los brazos entumecidos, la espalda tensa y estaba agotada, pero el sueño no llegaba. Pateé un par de veces a Matteo, pero, si logré despertarlo, le dio igual.

—Hijo de… —bufé.

Golpeé la lengua contra el paladar. Las luces de Nueva York se filtraban sutilmente entre las cortinas oscuras y dentro de la habitación no se veía una mierda. Todo estaba en penumbra, y yo seguía más despierta que un búho con sobredosis de café.

Volví a revolverme soltando un grito de frustración, pero Matteo ni se inmutó. Nada. Ni un gruñido, ni un cambio en su respiración. No podía ser que estuviera dormido con el jaleo que estaba montando a su lado. Debía de estar fingiendo.

Las primeras luces del amanecer se colaron por la abertura de las cortinas. Cerré los puños con fuerza, clavándole la mirada a Matteo. En cuanto abriera los ojos, me iba a oír.

La alarma de su móvil comenzó a sonar y Matteo se movió por primera vez en toda la noche. Alcanzó el móvil con movimientos perezosos, la apagó y se giró hacia mí. La sonrisa engreída en su rostro fue la gota que colmó el vaso.

—¿Has dormido bien, principessa ? —preguntó con una voz de pura satisfacción.

—De maravilla —espeté—. Ahora, suéltame.

—Mmh, creo que no… Te has portado muy mal —murmuró, con ese tono adormilado y jodidamente irritante.

Se levantó sin prisa, completamente desnudo, porque, claro, habíamos vuelto a hacerlo después de que me esposara al cabezal de la cama.

Paró para recoger los trozos de la lámpara que habían salido volando con el disparo, y luego me llevó al límite otra vez, y otra, y otra más, hasta que mi cuerpo estuvo tan agotado que sentí que iba a desfallecer.

Entonces pensé que me soltaría, pero no, no lo hizo.

Simplemente se giró y se quedó dormido, aprovechando que yo no era ni capaz de procesarlo.

«Maldito bastardo».

Matteo se desperezó, estirándose sin vergüenza alguna, y se encaminó hacia el baño, ignorándome por completo.

Mis ojos lo siguieron contra mi voluntad.

Recorrieron la musculatura esculpida de su espalda, la forma en que sus hombros se tensaban con cada movimiento, la línea firme de su cintura…

hasta detenerse en un pequeño tatuaje en su nalga.

Algo insignificante y ridículo. Alcé una ceja. ¿Eso era un Mickey Mouse?

Me pasé la lengua por el labio inferior, sin darme cuenta de que lo hacía, observándolo hasta que desapareció tras la puerta.

—¡Necesito ir al baño! —exclamé, volviendo a tirar de las esposas. La vejiga me iba a explotar a este paso.

El sonido de la ducha se filtró por la puerta entreabierta del baño.

—¡Matteo! —grité. Volví a forcejear con las esposas hasta que otro grito de frustración salió de mi garganta—. ¡Te voy a matar!

Cuando por fin salió, tenía el cabello húmedo y peinado hacia atrás en un desorden perfecto, con mechones rebeldes que se resistían a quedarse en su sitio por más que se pasara los dedos, y una toalla colgaba de su cintura, apenas asegurada sobre sus caderas.

Mi mirada fue directa a él como las abejas a la miel, recorriéndolo con los ojos desde sus pectorales y bajando por esos malditos abdominales marcados.

Matteo es la clase de hombre atractivo capaz de atraer miradas, y más aún en toalla.

Y, cómo no, él era muy consciente de ello.

No me pasó desapercibida la mirada de suficiencia que me echó al darse cuenta de que me lo comía con los ojos.

Se metió en el vestidor. Eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en el maldito cabezal a la vez que soltaba un resoplido.

No sabía cómo iba a explicar esto. En realidad, no hacía falta; ni Viktor ni mi padre tenían por qué saber todos los detalles.

Y ni en sueños iba a contarle a mi hermano el poco reparo que había tenido al acostarme con Matteo.

Esta aventura no vería la luz. Aunque, técnicamente, al estar casada con él, no se consideraría una aventura.

Sacudí la cabeza.

De todos modos, cuando diéramos con Yuri y todo esto hubiera acabado, Matteo volvería a ser el enemigo. No debía olvidarlo.

Matteo reapareció minutos después con uno de sus malditos trajes impecables que le quedaban como un guante. Llevaba los primeros botones de la camisa abiertos, dejando a la vista una franja de piel donde me habría encantado clavarle los dientes.

«Ese es el espíritu, Yelena ».

—Matteo, suéltame. Necesito ir al baño —le dije, volviendo en mí. Odiaba tener que rogarle, pero si no lo hacía me acabaría meando encima, y era lo último que necesitaba para terminar con mi dignidad.

Matteo se acercó lentamente, ladeando la cabeza mientras me evaluaba con descaro.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo con hambre y ese calor líquido volvió a arremolinarse en mi centro a una velocidad insultante.

Luego, con una lentitud exasperante, tomó el arma de la mesilla y la colocó en el arnés oculto bajo la americana. ¿Podía ser más insufrible?

—Di las palabras mágicas y puede que lo haga —se burló.

Mis dientes se apretaron con tanta fuerza que creí que se partirían. Sí, podía serlo.

—¿Por favor? —siseé.

—¿Cómo dices? No te he oído bien.

—Por favor —repetí, esta vez más alto. Dios, quería matarlo.

Dio la vuelta a la cama sin apartar los ojos de mí, con esa burla implícita en su mirada que me provocaba ganas de escupirle a la cara. Abrió el primer cajón y tomó la llave, volviendo a mi lado con toda la tranquilidad del mundo.

—¿Puedes darte prisa?

—Por supuesto —se mofó, soltándome solo una de las manos a la velocidad de un caracol en coma.

Un hormigueo recorrió mi brazo al bajar la mano a su posición natural. Mientras, Matteo manipulaba mi otra mano, quitándola del marco del cabecero.

—La mano —exigió sin soltarme.

—¿Qué? —Lo miré, boquiabierta. No podía estar hablando en serio.

—La mano, principessa . No me voy a arriesgar.

Respiré hondo para no abalanzarme contra su cuello y le dediqué la mejor de mis sonrisas antes de darle la mano con una dulzura venenosa.

Me esposó de nuevo y tiró de la cadenita con firmeza, obligándome a levantarme.

Choqué contra él, aplastando mis senos contra su pecho.

Quise apartarme, pero me lo impidió con otro tirón.

—¿Debería entrar contigo? —susurró, deslizando un dedo por mi cintura en una caricia descarada.

—Atrévete y te prometo que la próxima vez no fallaré el tiro —lo amenacé. Estaba furiosa con él, pero no soy estúpida. Sabía que no podía deshacerme de Matteo aún, lo que no significaba que no pudiera herirlo por haberse ido con esa rubia de bote.

Matteo soltó una risa ligera, juguetona, que se filtró por mis huesos enviando un escalofrío a través de mi columna y que me hizo querer abofetearlo.

Soltó la cadena y por fin pude dar un paso atrás para alejarme de él.

Con una impunidad insultante, me dio una palmada en la nalga mientras iba en dirección al baño.

Mierda, no sé qué diablos me había hecho, pero me dolía todo el cuerpo.

—¿Puedes caminar? Te veo un poco dolorida.

Me detuve en la puerta del baño antes de cruzarla y me giré plantándole un dedo.

—Vete al infierno.

Cerré la puerta de una patada antes de poder ver su maldita sonrisa; era lo último que necesitaba en ese momento.

Con las esposas no podía ni ducharme, y lo único que quería era borrar cualquier rastro de lo que habíamos hecho la noche anterior. No porque lo lamentara, qué más quisiera, sino por pura rabia. Porque había sido el mejor maldito sexo de mi vida.

Terminé de asearme como pude y volví a salir del cuarto de baño con la cabeza en alto.

Matteo seguía donde lo había dejado, esperándome con la paciencia de un santo y la sonrisa de un demonio.

Su mirada me recorrió sin disimulo, haciéndome apretar los puños.

No iba a darle el gusto de que me avergonzara.

Me acerqué a él sin agachar la cabeza y me detuve tendiéndole las muñecas, harta de su jueguecito.

—Suéltame —exigí.

Matteo arqueó una ceja, divertido, antes de esbozar una sonrisa lenta y burlona. No dijo nada. Simplemente tiró de la cadena de las esposas con un movimiento seco y me atrajo hacia él.

El mundo giró de repente.

—Pero ¿¡qué narices haces!? ¡Suéltame! ¡No tiene gracia! —Pataleé al verme en el aire, retorciéndome antes de que mi cuerpo volviera a tocar el colchón.

Matteo me aplastó bajo su peso, inmovilizándome, y tiró de mis muñecas por encima de mi cabeza hasta tocar el cabecero. El clic metálico de las esposas me hizo querer gritar.

—¿Piensas dejarme aquí todo el día? —escupí, con los ojos ardiendo de rabia.

Matteo se inclinó sobre mí dejando su rostro a centímetros del mío, con esa sonrisa insolente que me hervía la sangre. Odiaba sus sonrisitas. Era tan… tan… insufribles.

—Solo hasta que aprendas la lección, principessa . No te preocupes, no dejaré que nadie entre mientras no estoy. Todo esto —me presionó un pecho con su mano— es solo mío.

Y antes de apartar la mano, me pellizcó el pezón. Tuve que apretar los labios para contener un gemido.

Matteo bajó la mirada a mis labios por una fracción de segundo y, sin darme tiempo a reaccionar, presionó su boca contra la mía en un beso feroz y posesivo.

La rabia explotó en mi pecho al escucharme gemir cuando su lengua acarició la mía.

Abrí más la boca, dejándolo profundizar el beso con la única intención de morderle la lengua, pero cuando lo hice, lo único que salió de él fue un gruñido sexy que pareció encenderlo aún más, y a mí con él.

Luego el muy cabrón se apartó, dejando un suave mordisco en mi labio.

—Buen intento, principessa . Vamos a necesitar una conversación sobre lo que me excita y lo que no, porque te veo muy perdida. Sin duda, que me muerdas lo hace —susurró, volviendo a acercarse a mis labios—. Enseguida vengo. No te muevas de aquí.

Se levantó y salió de la habitación, dejándome ahí plantada, esposada a la cama y desnuda, con el recuerdo de sus dedos sobre mi piel y el sabor de su boca en la mía.

Cuando volvió a aparecer unos minutos más tarde, traía una bandeja con una tostada y un café.

Me quedé mirándolo incrédula. ¿Ahora pretendía alimentarme?

El colchón se hundió bajo su peso al sentarse a mi lado. Colocó la bandeja sobre sus piernas y, con toda la tranquilidad del mundo, me acercó la tostada a la boca.

—¿En serio? —bufé, mirándolo sin poder creérmelo.

—No sabía si te gustaba la mermelada. ¿Te gusta?

Apreté los labios sintiendo mi pecho subir y bajar con fuerza.

—Lo tomaré como un sí. Abre.

—Te voy a matar —lo amenacé.

—Así no conseguirás que te suelte, principessa —se burló—. Abre.

Me mordí la lengua para no decirle lo que pensaba, pero abrí la boca para tomar el bocado que me ofrecía. La humillación definitiva.

Cuando terminé de comer y se marchó de nuevo, me quedé observando la puerta recién cerrada.

«Lo mato. Lo mato en cuanto vuelva».