Nacidos en sangre CAPÍTULO 14 MATTEO #2
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CAPÍTULO 14 MATTEO #2

Enganché su pierna con la mía y la derribé sobre la cama. El colchón absorbió el impacto con un golpe sordo. No le di ni un respiro esta vez. Me lancé sobre ella impidiendo que se girase y le sujeté las muñecas contra el edredón, aplastándola bajo el peso de mi propio cuerpo.

—Estás tan preciosa cuando te enfadas, principessa —susurré contra su oído, dejando que mi aliento la rozara como una provocación más—. Pero si no aprendes a controlar esa ira, tienes las de perder.

Su grito de frustración vibró bajo mi pecho. Comenzó a revolverse desquiciada, pero solo consiguió que nuestros cuerpos encajaran más.

Mi mujer no conocía el significado de rendirse, y yo tampoco.

—¡Te voy a matar! —escupió.

Sonreí despacio, sin apartarme.

—¿Son celos eso que escucho?

—¿Por ti? Jamás. —Intentó darme un empujón con el culo, pero solo logró arrancarme una risa.

Me incliné sobre ella, asegurándome de rozar con mis labios su oreja al hablar.

—Vas a tragarte tus palabras de antes, principessa —murmuré, asegurándome de enfatizar la palabra—. Y las de ahora.

Arrastré sus muñecas por el colchón sin darle tiempo a responder.

Intentó resistirse y casi llegó a soltarse, pero logré atraparlas con una sola mano, inmovilizándolas por encima de su cabeza.

Luego deslicé los dedos libres por su cintura, lento, medido, memorizando cada curva, cada milímetro de su piel mientras mi aliento le acariciaba la nuca.

—…y te va a encantar.

Giró el rostro para mirarme. Y esa mirada… Dios, era puro fuego.

—Vete al infierno —siseó, aunque el temblor la traicionó cuando mi mano descendió un poco más.

Sonreí por el insulto. Ninguna mujer me había hablado como lo hacía ella, y me encantaba.

—Ya estoy en él, querida —susurré—. Y se siente jodidamente bien.

Deslicé la mano entre su cuerpo y el colchón hasta encontrar su centro. Una sonrisa lenta se formó en mi rostro al encontrarme con lo que ya esperaba. El motivo de esa rabia descontrolada no era solo Grace.

—Vaya, vaya… —murmuré con la voz áspera, presionando la fina tela que la cubría—. Pero si estás empapada, principessa .

—Que te den —espetó con los dientes apretados.

Metí la mano en las bragas y deslicé dos dedos entre sus pliegues, recorriéndolos con una lentitud deliberada de delante hacia atrás. El cuerpo de Yelena se tensó de inmediato, luchando por mantenerse firme, aun así no pudo contener el jadeo tembloroso que escapó de sus labios.

—¿Sabes? No he dejado de preguntarme a qué sabrás.

Retiré la mano y me llevé los dedos a la boca para saborearla. Su respiración se descontroló y vi sus pupilas dilatarse mientras me observaba. Joder, era tan dulce que ni en un millón de años me habría saciado de ella.

—Deliciosa —murmuré contra mis propios dedos—. Dame el arma, principessa , y prometo que no vas ni a acordarte de cómo se respira.

Sus dedos se aferraron con más fuerza a la pistola.

—Púdrete —escupió, y no pude hacer otra cosa que sonreír. Mi mujer era jodidamente perfecta.

—Probemos otra vez.

La rodeé de la cintura, girándola sobre la cama y quedando entre sus piernas. El metal chocó contra mi estómago. Eché un vistazo al arma que ahora me apuntaba y luego alcé los ojos hacia su rostro, encontrándome con ese brillo peligroso y tentador bailando en sus pupilas.

Una sonrisa lenta se abrió paso en mis labios mientras me llevaba las manos despacio hacia los botones de la camisa, desabrochándolos uno a uno.

Su pecho subía y bajaba cada vez más rápido, pendiente de cada movimiento.

Cuando terminé, me la quité de un tirón y la lancé a un lado.

Su mirada bajó hacia mis pantalones y luego volvió a mis ojos. Mi sonrisa creció.

—Primero el arma —exigí en un tono pausado. Yelena no se movió ni un milímetro—. Como quieras.

Comencé a retirarme. No es que pensara parar ahí, pero tenía que darle un aliciente. Tras un par de segundos, soltó un resoplido frustrado y la vi bajar la pistola. Sonreí, alargando la mano para quitársela, pero la apartó a un lado sin permitirme tocarla.

—Ya sabes lo que quiero.

Madonna Santa. Mi polla palpitó al escucharla decir esas palabras. Esta mujer iba a ser mi perdición, si es que no lo era ya.

Me desabroché el cinturón, conteniendo el impulso de arrancármelo de cuajo, y me bajé los pantalones, liberando la dolorosa erección que ella misma había provocado.

—Tu turno. —Alargué la mano de nuevo.

Yelena alzó el mentón desafiante, clavándome esos ojos avellana que tanto me gustaban. Sabía que odiaba ceder, pero no pensaba dejarle elección.

Incliné la cabeza, paciente. Esperando.

Dejó escapar el aire por la nariz con lentitud y, al fin, me entregó la pistola. En cuanto el metal tocó mi palma, le arranqué las bragas de un tirón y me coloqué entre sus piernas, alineando mi erección contra su centro.

Una sonrisa torcida asomó a sus labios.

Sus piernas se cerraron con fuerza alrededor de mi cintura. En un abrir y cerrar de ojos, mi espalda golpeó el colchón y ella cayó encima, anclando las rodillas a ambos lados de mi cuerpo.

Mi mano reaccionó sola, apuntándole al vientre con el cañón de la pistola.

Me sostuvo la mirada, con la respiración tan agitada como la mía.

Y entonces se movió. Sus caderas se balancearon en un vaivén lento, hipnótico, frotando su sexo contra mi erección con una provocación jodidamente deliciosa que me arrancó un gruñido.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, arrastrado por la visión de su cuerpo y la sensación cálida y húmeda que recorría toda mi longitud. Pero necesitaba más. Quería verla entera. Quería ver cada reacción de su cuerpo cuando la llevara al límite.

—Quítatelo. —Señalé el camisón de seda con el cañón de la pistola. Yelena obedeció sin rechistar, sacándolo por la cabeza y quedando completamente desnuda encima de mí—. Ahora quiero ver cómo me montas, principessa .

Detuvo el movimiento y ese brillo desafiante volvió a cruzar sus ojos.

—¿Y si no lo hago?

—Ahora —ordené, presionando el cañón contra su pecho.

El hambre se reflejó en sus ojos y, joder, casi me corro ahí mismo.

Se movió sobre mi erección y comenzó a descender lentamente, entreabriendo sus labios con un suspiro de placer mientras la llenaba.

«Demasiado lento».

Alcé mis caderas entrando de un solo empujón, sin esperar a que terminara de bajar. Su cuerpo se arqueó como acto reflejo perfecto, y ese gemido profundo que se le escapó de la garganta me atravesó como una descarga directa a mis pelotas.

Había sido un idiota al alejarme de ella. Yelena era un peligro delicioso y tentador y, por algún giro del destino, me pertenecía.

—Eres mía .

—Y tú eres imbécil —jadeó, intentando marcar un ritmo más rápido, resistiéndose a seguir el mío.

Joder, era perfecta.

Golpeé con fuerza, hundiéndome hasta el fondo y arrancándole un gemido que ni ella pudo contener. Presioné el cañón entre sus pechos, recordándole quién llevaba el control, mientras mi otra mano se cerraba con más fuerza en su cadera, obligándola a seguir mi ritmo.

Me moví despacio. Sin compasión. Enterrándome hasta el fondo una y otra vez.

Quería que sintiera cada maldito centímetro de mí, cada embestida.

Quería borrar cualquier pensamiento que no fuera yo.

Solo nosotros, el sudor, el metal y el golpe húmedo de nuestros cuerpos chocando una y otra vez, desdibujándolo todo.

No me detuve hasta que dejó de luchar contra mi ritmo y sus movimientos se mezclaron con los míos. Hasta que su cuerpo cedió y se inclinó sobre mí, rendido al vaivén que yo marcaba.

—Así… —susurré, hipnotizado por sus ojos cada vez que me hundía en ella y esa chispa de placer los iluminaba—. Buena chica.

El último empujón la hizo estallar. Un grito rasgó su garganta y echó la cabeza hacia atrás, clavándome las uñas en el abdomen justo cuando se quebró sobre mí. Sentí cómo sus paredes se contraían alrededor de mi polla, apretándome sin piedad, arrastrándome con ella a ese infierno delicioso.

—Joder… —gruñí, perdiendo el control mientras embestía más hondo, incapaz de detenerme.

La atraje hacia mí sujetándola por la nuca, y devoré su boca mientras me vaciaba dentro de ella, rugiendo contra sus labios al dejarme llevar por la misma tormenta que la consumía a ella.

Aun jadeando, se enderezó y apoyó las manos sobre mi pecho, dejando que el cañón de la pistola se deslizara perezosamente por su piel.

Permanecimos así, mirándonos, hasta que nuestros pulmones recuperaron el ritmo normal. Entonces me di cuenta de que la pistola tenía puesto el seguro. Una carcajada seca brotó de mi garganta.

—Maldita rusa… —susurré, dejando caer la pistola al suelo con un golpe seco.

—Jódete, italiano —replicó, con la voz ronca y el orgullo brillando en sus ojos.

Moví las caderas despacio, arrancándole un gemido ahogado al girarnos sobre la cama sin salir de Yelena.

La besé, invadiendo su boca con la lengua mientras mi mano tanteaba a ciegas la mesilla.

Abrí el cajón con cuidado, asegurándome de que no escuchase el tintineo del metal, y continué deslizando mis labios por su mandíbula, lamiendo y besando todo el recorrido hasta su cuello.

Podía notar cómo se mojaba de nuevo.

Volví a mover mis caderas con suavidad, manteniéndola atrapada justo donde quería. Llevé sus manos hacia atrás con un movimiento pausado, fingiendo que todo seguía siendo parte del juego. Cuando sintió el frío de las esposas cerrarse en torno a sus muñecas, giró la cabeza de golpe.

Clic .

—¿Va en serio? —me espetó.

Le dediqué una sonrisa. Salí de ella despacio, arrancándole uno de esos deliciosos jadeos.

—Siempre voy en serio, principessa . Siempre.