Nacidos en sangre CAPÍTULO 14 MATTEO
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CAPÍTULO 14 MATTEO

Yelena agarró a Grace del pelo y le estampó la cara contra el borde de la mesa. El golpe retumbó incluso por encima de la música. Fue seguido del chillido ahogado de Grace y los gritos histéricos de sus amigas.

— Ups —soltó Yelena, alzando las manos con una inocencia falsa.

Grace se llevó las manos a la cara. La sangre se deslizaba entre sus dedos mientras balbuceaba algo incomprensible y Salva, Enzo y Bruno intentaban ayudarla. Yo ni siquiera me moví. Me quedé mirando a Yelena, jodidamente fascinado.

Me había dado cuenta de que Yelena tenía carácter incluso antes de la conversación con su padre; la bofetada habló por sí sola.

Y ahora no tenía ninguna duda de que no era la mujer insulsa que intentaron vendernos.

Pero ni en un millón de años imaginé que se plantaría en Modesta para romperle la puta nariz a Grace.

No llegaba a comprenderlo. Ni el caos a nuestro alrededor, ni la escena de sangre, ni las miradas que empezaban a volverse hacia nosotros lograron apartarme de ella y de esos ojos avellana que me atravesaban con un odio frío y cortante.

Una sonrisa tiró de la comisura de mis labios mientras la presión en mis pantalones aumentaba. La rabia le sentaba jodidamente bien.

—Así no tendrá que fingir un orgasmo —espetó Yelena, cruzándose de brazos sin apartar la vista de mí—. Le he ahorrado una decepción a la pobre.

Me borró la sonrisa de golpe. No porque creyera una maldita palabra.

Sabía cuando una mujer fingía, y lo que Yelena había tenido entre mis brazos no había sido ni de lejos una actuación.

Lo que pasó entre nosotros fue jodidamente real.

Así que, si quería jugar a eso, perfecto.

Porque iba a follármela tan fuerte que no solo se tragaría sus palabras, sino también ese orgullo que mantenía con la barbilla en alto.

Yelena le dedicó una última mirada a Grace antes de girar sobre sus talones y marcharse igual que había llegado.

Grace seguía sangrando a chorros, gimiendo entre las manos de Bruno y Enzo como si se estuviera muriendo; mientras, Salva me gritaba algo que no alcanzaba a oír.

Joder, podía caerse la puta barra entera, romperse todas las botellas y hasta derrumbarse el techo, y yo no me habría enterado.

Lo único que me importaba era Yelena y su maldito culo saliendo por la puerta.

Me puse en pie y fui tras ella sin pensarlo.

Al salir de Modesta, la vi dirigirse hacia las motos aparcadas al otro lado de la acera. Hacia mi moto.

Me quedé clavado en el sitio.

—¿Cómo diablos…? —murmuré entre dientes.

Yelena se subió a la moto, se acomodó el casco y se inclinó sobre el contacto.

Nuestras miradas chocaron un segundo eterno antes de que bajara la visera, cortando el hilo que me mantenía atado a ella.

Entonces giró la cabeza hacia la carretera, hizo rugir el motor y, un instante después, desapareció tragada por la oscuridad de la noche.

Se había llevado mi puta moto y la poca calma que me quedaba.

Tardé una fracción de segundo en reaccionar. Rodeé Modesta y corrí hacia mi otra moto, la que había dejado en la parte trasera del club. El rugido del motor destrozó el silencio de la calle mientras me lanzaba tras ella.

El viento me golpeaba la cara y las luces de la ciudad pasaban como destellos fugaces.

Cada vez que creía tenerla cerca, Yelena se colaba entre el tráfico con una facilidad que me hacía maldecir.

La muy cabrona no solo sabía conducir, sabía escapar.

Y yo la iba a atrapar, aunque me dejara la vida en ello.

Sus palabras en Modesta me golpearon con más fuerza que el aire helado en la cara. Fingir un orgasmo. Como si conmigo… Como si yo fuera incapaz de arrancarle uno de verdad. Me ardió la sangre.

Pisé el acelerador más a fondo.

Para cuando llegué al edificio, el ascensor ya estaba de vuelta en el apartamento.

Ni puta idea de cómo había conseguido entrar sin la tarjeta, pero lo averiguaría.

Pasé la mía por el lector con los dientes apretados y esperé.

Sentía la rabia encajada en la mandíbula mientras los números descendían.

En cuanto las puertas se abrieron, entré y pulsé el botón de mi planta sin apartar la vista del panel digital.

Las puertas del ascensor se abrieron. Una línea de luz escapaba por la rendija de la puerta entreabierta de la habitación. Crucé el salón, directo hacia la habitación, y me detuve en el umbral al verla.

Yelena estaba ahí, tan tranquila, como si no acabara de romperle la puta nariz a Grace ni de escupirme en la cara en Modesta.

Ya no llevaba una de mis camisetas. No. Esta vez, un puto camisón de seda negro le envolvía el cuerpo y perfilaba sus pechos bajo el encaje.

Mi polla se endureció al instante, presionando contra la cremallera con una punzada dolorosa.

Se volvió hacia la cama y, al apoyar la rodilla en el colchón, su mirada se cruzó con la mía. Los labios se le curvaron en una sonrisa lenta, dulce como el azúcar y afilada como un cuchillo.

—Vaya, qué pronto llegas hoy. —El sarcasmo empapaba cada palabra mientras fingía no tener ni puta idea de lo que estaba haciendo.

La sangre me rugió en los oídos.

—A la mierda. —Atravesé la habitación en tres zancadas y le agarré la mandíbula, aplastando mi boca contra la suya.

Sus labios se estrellaron con la misma furia que me recorría, intentando arrancarme el control a mordiscos, pero no pensaba dárselo.

Ahora me tocaba a mí. Le rodeé la cintura con el brazo libre y la atraje hasta que su cuerpo se fundió con el mío, hundiendo los dedos en su espalda.

Podía sentir cómo l a temperatura de su cuerpo ascendía cada vez que se arqueaba contra mí, movida por la misma necesidad jodida que me carcomía.

Sus manos recorrieron mis hombros con urgencia, deslizándose por la tela de mi americana mientras nuestras bocas seguían chocando con violencia.

Tiró de la prenda hacia atrás y el calor me recorrió entero, directo a la polla.

Mis labios devoraban los suyos, cada vez más hambrientos, mientras mi brazo seguía estrechándola contra mí.

Sus manos subieron con lentitud por mi pecho, pero en lugar de desnudarme, me empujó con fuerza, librándose de mi agarre.

Un segundo después, mi propia arma me apuntaba al pecho.

Levanté las manos despacio, tragándome la carcajada que me subía por la garganta incluso cuando el cañón de mi propia pistola me apuntaba directo al corazón.

¿Estoy mal de la cabeza por empalmarme aún más fuerte cuando mi mujer amenazaba con matarme?

Seguramente. Pero yo siempre he sido el maldito loco.

—Será mejor que la bajes. —No me molesté en ocultar lo mucho que me estaba excitando aquello. No había forma de hacerlo, estaba tan duro que dolía—. Podrías hacerte daño, principessa .

—Deja de hablarme como si no supiera usar un arma —siseó, con los labios aún hinchados por nuestro beso y la respiración entrecortada. No podía negar que algo le había afectado—. No tienes ni idea.

Deslizó el pulgar por el seguro del arma y lo quitó con un chasquido. Joder, ese sonido casi me hizo correrme en el acto.

—Y deja de llamarme así —escupió—. Lo detesto.

Mi sonrisa se ensanchó, dejando al descubierto mis dientes y provocando que sus cejas bajaran aún más.

Me terminé de quitar la americana con movimientos pausados, sin perder de vista ni un segundo el dedo que descansaba sobre el gatillo.

Yelena no se movió, ni siquiera pareció dudar.

Su postura continuó estable, atenta a cada uno de mis gestos.

—Mentira.

Me lancé hacia ella. Atrapé la muñeca con una mano y alcé el arma hacia el techo.

Un disparo retumbó en la habitación. La bala hizo saltar en pedazos la lámpara de cristal de la esquina y la lluvia de fragmentos se esparció por el suelo, rozándonos los pies.

El eco aún me perforaba los oídos cuando la empujé contra la pared para alejarla del cristal, cerrando el espacio entre nosotros antes de que pudiera volver a levantar el arma.

Pero, joder, Yelena no era ninguna muñeca de porcelana; estaba dispuesta a ponérmelo difícil.

Me soltó una patada en la espinilla que no vi venir, arrancándome un gruñido ahogado. Antes de que pudiera reaccionar, su rodilla subió directa a mi abdomen. Bloqueé el impacto con el antebrazo, manteniendo su muñeca atrapada y sintiendo la vibración del choque recorrerme el cuerpo.

Aprovechó la oportunidad para impulsarse hacia atrás buscando liberarse, pero no se lo permití. Utilicé su propio movimiento para devolverla contra la pared y acorralarla. Intentó girarse, pero no la dejé. La empujé de nuevo, cerrándole el paso con el pecho.

—¿Has acabado? —inquirí contra su oído, con una sonrisa torcida tirando de mis labios.

—¡Suéltame!

Su codo me alcanzó de lleno las costillas y el aire se me escapó en un gruñido. Aun así, no retrocedí ni un jodido milímetro.

—Tú primero, principessa —jadeé.

Su puño voló hacia mi mandíbula. Logré atraparlo al vuelo con la mano libre antes de que pudiera golpearme.

Sentí sus músculos tensarse bajo mi agarre, temblando de rabia.

El cañón seguía apuntando lejos de nosotros, y así iba a quedarse.

No iba a permitir que una jodida bala nos reventara a ninguno de los dos.

Yelena soltó un grito furioso y volvió a la carga con la maldita disciplina de un soldado entrenado, arrancándome un rugido cuando casi me disloca el hombro con una llave que ningún civil debería saber usar.

—¡Maldita sea! —gruñí, zafándome a duras penas.

Un dolor me atravesó la muñeca que sostenía el arma. No podía ser cierto. Giré la cabeza hacia ella, mirándola incrédulo.

—¿Me acabas de morder?

—¡Sí! —espetó, girando sobre sí misma para intentar escapar por mi lateral.

—¡Se acabaron los jueguecitos!