CAPÍTULO 13 MATTEO
Decir que me sentía inquieto o nervioso sería quedarme corto.
Estaba alterado. Desquiciado, más bien. Ese sueño de mierda que se me repetía cada noche había cambiado, torcido de un modo que me helaba la sangre.
Ya no eran sus ojos los que veía, eran los de Yelena.
Siempre Yelena. Pensé que se pasaría, que dejaría de repetirse y volvería a ser el mismo jodido sueño de siempre.
Pero no lo hizo. Y eso no podía significar nada bueno.
Solté un suspiro áspero, frotándome la nuca con una mano mientras intentaba pensar con claridad.
No se lo había contado a Bastian y no se lo iba a contar, ni a él ni a nadie.
No necesitaba que se entrometieran en mi vida más de lo que ya lo hacían, pero sí que debía mandar a alguien para que la vigilara.
No porque me importara, por supuesto. Lo hacía porque si a Yelena le pasaba algo, Ivanov me abriría en canal, además de que perder la alianza con la bratva en ese momento era lo más parecido a pegarme un tiro en el pie. Sí. Por eso lo hacía.
El eco del disparo resonó en mi cabeza y me obligó a cerrar los ojos. No tuve tiempo de reaccionar. Un segundo antes, Yelena estaba ahí, mirándome con esos ojos llenos de desafío y, al siguiente, se desplomaba sobre la alfombra, tiñéndola de rojo.
«No».
Apoyé los codos sobre la mesa y me pasé una mano por el rostro, obligándome a sacudir el recuerdo de mi cabeza.
«Es solo un maldito sueño. No es real».
Quizás debía hacerle caso y buscarme a otra. Hubiera sido lo lógico. Lo fácil. Lo que haría cualquier otro hombre en mi posición. Pero habían pasado días y seguía sin poder quitármela de la cabeza.
—Un whisky bien cargado —dijo Bruno, dejando el vaso sobre la mesa.
«Por fin».
Levanté la vista justo cuando se dejaba caer en el sofá de enfrente, con la americana abierta y el pelo aún revuelto por su último revolcón en el baño privado.
Enzo y Salva llegaron detrás, cada uno con su copa.
César se había largado hacía rato con una de esas morenas de piernas interminables que tanto le gustaban, y Bruno no tardaría en ir tras otra.
Enzo no parecía muy convencido esa noche, en cuanto abren la boca y empiezan a hablar le aburren.
Salva, como siempre, iba a su ritmo. Yo, en cambio, no tenía la menor intención de moverme.
No yo, mi cuerpo, que al parecer no estaba de acuerdo.
No había estado con ninguna mujer desde que me vi obligado a casarme con Yelena, solo ella, y comenzaba a ser preocupante.
Alcé el vaso, observé el tono ámbar del whisky y le di un trago largo. El ardor bajó por la garganta, pero la visión de Yelena seguía ahí.
—Por ahí viene Grace —dijo Salva, dándome un codazo y señalando con la barbilla hacia las escaleras.
—Fantástico… —Solté el aire por la nariz sin molestarme en disimularlo.
—Seguro que está más que dispuesta a encargarse de ti —añadió Enzo con esa sonrisa de cabrón que le salía sola—. Luego vuelve y sé el loco desquiciado al que todos estamos acostumbrados, por favor. Tus cambios de humor nos tienen con dolor de cabeza.
Estuve a un segundo de mandarlo a la mierda, pero Grace se plantó frente a la mesa.
Llevaba un vestido que la hacía parecer más una lámpara que una mujer, brillando con cada movimiento como si esperara iluminar el puto local.
Agitó los dedos en un saludo que parecía más el gesto de una gata sacando las uñas.
—No esperaba encontraros a todos aquí juntos —ronroneó, clavando su sonrisa de catálogo en mí.
Le sostuve la mirada con los ojos entornados mientras el cristal del vaso rozaba mis labios por segunda vez.
El whisky ardió en mi garganta, pero no tanto como quemaba la presencia de Grace.
No se parecía a Yelena. Ni siquiera en el pelo rubio que intentaba lucir con naturalidad.
El de Grace era artificial, deslucido. Sin alma.
El de Yelena, en cambio, tenía vida. Dorado, cálido, con esa textura que parecía haber nacido para enredarse entre mis dedos…
Y olía a puto coco. Ese último dato no debería haberse quedado grabado en mi cabeza, pero era imposible no notarlo cuando dormía a mi lado cada día y el aroma me envolvía quisiera o no.
Al principio no sabía lo que era, y me estaba volviendo loco con ese olor tan familiar.
Lo busqué por todas partes, en sus perfumes, en unas cremas que había guardado en su mitad del armario.
Hasta que miré en la ducha y lo vi. Un puto champú de coco.
—¿Has venido sola, Grace? —preguntó Bruno con una sonrisa ladina.
—Por favor, nunca vengo sola. Mis amigas están abajo. Puedo decirles que suban, si queréis.
—No hace falta…
—¡Por supuesto! —saltó Enzo antes de que pudiera terminar de mandarla a la mierda. Le lancé una mirada asesina, pero ni él ni los otros parecían tener intención de frenarla.
Grace sonrió y les hizo un gesto por encima de la barandilla. No tardaron en aparecer. Habían estado esperando esa señal como lobas en celo, listas para abalanzarse.
Se acomodó a mi lado, demasiado cerca para mi gusto, invadiéndome con ese perfume fuerte y denso que parecía adherirse a la ropa.
Me recosté contra el respaldo, con el vaso entre los dedos y la mirada fija en el whisky, intentando ignorar la palabrería de Grace.
Me preguntaba si Yelena ya estaría en la cama.
Tal vez, si me largaba ahora, cuando llegara estaría dormida y no tendría que enfrentarme a ella.
Podría volver a observarla en la oscuridad desde la puerta entreabierta del baño, contemplar una vez más la línea de su espalda, la curva de su cintura o la forma en que su cabello dorado se derramaba sobre la almohada.
Quedarme atrapado en ese jodido momento en el que mi cuerpo no quería moverse y mi mente libraba una batalla constante entre la tentación y el control.
Porque, joder, eso era lo que había estado haciendo los últimos días.
«Búscate a otra».
Sus palabras estallaron en mi cabeza justo cuando la mano de Grace se deslizó por mi entrepierna, descarada y sin gracia. Tal vez, si me concentraba en lo físico, podría borrar de mi piel la sensación del cuerpo de Yelena y hacer exactamente lo que ella quería. Pero no era lo que yo quería.
Antes de que pudiera apartar a Grace, ya se había acomodado sobre mis piernas, enredándome el cuello con sus brazos como llevaba intentando hacer desde hacía un rato.
¿En qué jodido momento pensé que tirármela era una buena idea?
Tenía que haber estado bajo los efectos de algo de la mercancía de Bruno.
Sus labios recorrieron mi cuello, dejando tras de sí un rastro húmedo que no provocó absolutamente nada en mí.
Ningún fuego, ningún deseo. Solo una irritación que crecía cada vez más.
No había bebido tanto. Ni tan poco. Nunca había tenido este problema.
La dejé hacer, esperando que algo, lo que fuera, se encendiera dentro de mí, pero su perfume me empalagaba, su tacto me resultaba insípido y el roce de sus uñas solo avivaba el impulso de apartarla de un manotazo.
—¿Cuánto tiempo más me vas a torturar? —ronroneó en mi oído mientras sus dedos jugueteaban con la alianza de mi dedo.
Mi mirada se desvió hacia el anillo, siguiendo el brillo del aro al girar entre sus uñas postizas.
Un calor espeso me subió desde el estómago, mezclándose con una rabia oscura que me golpeaba las sienes a cada latido. ¿Quién coño se creía que era para tocar eso?
—Matteo, quiero que te corras dentro de mí, cariño. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. —Presionó con más fuerza, buscando una respuesta.
Mi mandíbula se tensó, y mis dedos se clavaron en sus nalgas por encima del vestido con tanta fuerza que sentí el músculo contraerse bajo mi mano. Grace soltó un leve quejido y dio un respingo, aunque trató de disfrazarlo con una sonrisa.
—Vamos atrás —murmuré en su oído con sequedad.
Grace sonrió como una víbora. Qué confundida estaba. Se puso en pie, contoneándose como si acabara de conquistar el puto mundo. Pero, al girarse, se detuvo en seco.
—¿Quién eres tú? —inquirió.