Nacidos en sangre CAPÍTULO 12 YELENA
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CAPÍTULO 12 YELENA

Conozco a demasiados hombres con las manos manchadas de sangre, hombres que no han dudado en apretar un gatillo o hundir un puñal en la garganta si fuera necesario.

Hombres que duermen con la conciencia tranquila, a pesar de haber segado vidas sin pestañear.

Ninguno de ellos ha tenido jamás una pesadilla.

Matteo, en cambio, sí. Y siempre hacía lo mismo.

Primero se quedaba mirándome durante un rato en mitad de la noche, asegurándose de que no había notado nada, y cuando parecía convencido, se levantaba, se iba al gimnasio y boxeaba hasta que llegara la hora de largarse a donde fuera que se suponía que tenía que estar.

Podía pasarse horas ahí dentro, golpeando hasta destrozarse los nudillos.

Porque sí, lo había seguido y lo había visto cada noche dejarse la piel contra el cuero del saco.

Parecía tan ido que ni siquiera notaba mi presencia.

Era algo a tener en cuenta, ya que me brindaría una oportunidad perfecta cuando tuviera que acabar con él.

Pero en ese momento eso me importaba una soberana mierda.

Estaba enfadada. No, enfadada era quedarse corta.

Estaba furiosa. ¿Follamos y luego decide que no existo?

No es que estuviera esperando que volviera a tocarme, bastante humillante fue ya haber cedido con tanta facilidad.

Aunque reconozco que Matteo me había dado los dos mejores orgasmos de mi vida, eso era innegable.

Lo que me cabreaba era la forma en que me había evitado desde entonces.

Actuaba como un fantasma en su propia casa.

Quizás fuera porque me había bajado la regla después de tomarme la puñetera pastilla del día después, y menos mal que V alentina pudo traerme compresas, porque yo seguía sin poder moverme del maldito apartamento.

No por falta de medios. Gracias a Harvey, que había hackeado el sistema de acceso al ascensor, ahora podía entrar y salir cuando me diera la gana, pero, si lo hacía, el plan de mi padre podía irse a la mierda.

Dejé el plato en la mesa con un golpe seco, tan fuerte que estuve a punto de romperlo.

Valentina me lanzó una mirada acusatoria que ignoré porque estaba demasiado ocupada pensando en mi maldito marido.

Llegaba a las tantas, cuando yo ya estaba dormida.

Era tan sigiloso que solo me enteraba de que estaba en casa cuando encendía la luz del baño y abría la ducha.

Luego entraba en la cama y me daba la espalda.

Y cuando me despertaba por las mañanas, ya no estaba.

Me estaba quedando sin paciencia. Y aún tenía que dar gracias porque uno de los hombres de Matteo trajo mis cosas, aunque no me hizo ninguna gracia recibirlas como una reclusa a la que le llevan el paquete mensual.

Lo recordaba de la boda, fue uno de los que nos acorralaron cuando se dio el pequeño incidente de la Beretta.

Creo recordar que dijo que se llamaba Bruno.

Fue bastante simpático para mi sorpresa, tanto que probé a pedirle la tarjeta a él, solo por intentarlo, pero la respuesta fue un no rotundo, seguido de una disculpa vacía y una sonrisa que me dieron ganas de borrarle a golpes.

Luego desapareció por donde había venido, aunque primero tuvo el descaro de guiñarme un maldito ojo.

Ojalá se hubiera ido la luz y se hubiera quedado atrapado en el ascensor. Lo habría disfrutado tanto…

Miré la hora en el reloj de pulsera y resoplé volviendo a cambiar de canal.

Valentina se había marchado hacía una hora y el tiempo parecía no pasar nunca.

Casi me daban ganas de presionar el dichoso botón para que mi padre irrumpiera en el apartamento.

Me habría encantado ver la cara de Matteo cuando mi padre lo amenazara con arrancarle la tráquea por mantenerme ahí encerrada.

Entiendo que el ataque de Yuri lo pusiera todo patas arriba, pero no costaba tanto meterme en su agenda.

Si había una oportunidad de que no lo matara cuando todo acabase, ya no la tenía.

Cuando consiguiera pillarlo por banda, me iba a oír.

Y esta vez pensaba quedarme despierta hasta que regresara, aunque tuviera que esperar hasta que saliera el sol.

Se iba a enterar. Lo ataría con algo lo bastante fuerte como para que no pudiera soltarse, porque claro, Matteo odiaría no tener el control y verse a mi merced.

Y yo… yo lo disfrutaría. ¡Vaya si lo disfrutaría!

Vería cómo se le borraba esa sonrisa arrogante de la cara cuando empezara a romperle esos nudillos agrietados uno por uno, asegurándome de que cada chasquido resonara en la habitación como una sinfonía de venganza.

Que sintiera en su propia piel lo que es que alguien juegue contigo y luego te deje en la nada.

Y después… Uff, después me tomaría mi tiempo.

Recorrería cada maldito músculo de su cuerpo, empezando por esos pectorales firmes hasta llegar a los abdominales marcados que se cree que nadie notaba bajo sus camisas hechas a medida.

Cortaría su piel con la punta de un cuchillo del arsenal que ocultaba en el vestidor, o tal vez dejaría caer cera caliente sobre su estómago solo para ver cuánto tardaba en maldecirme.

De hecho, podía bajar más, hacer que me suplicara mientras mi mano seguía el recorrido hasta llegar a su polla.

Sí. Definitivamente, me divertiría.

El zumbido insistente del teléfono me sacó de mi fantasía de tortura. Solté un suspiro pesado, alargué la mano y tomé el móvil de la mesa de centro. Por suerte, el cargador estaba entre mis cosas y pude revivir el teléfono.

Mis dedos se quedaron suspendidos un instante al ver el nombre de Aleksei en la pantalla.

No era habitual que me llamara. Aleksei prefería mandar mensajes o, en su defecto, aparecerse sin previo aviso, generalmente con un par de botellas de vodka y una historia cuestionable sobre cómo había acabado en una pelea en un club de striptease .

Aunque tampoco descartaba que estuviera borracho, de fiesta con Viktor, y me llamara solo para soltar alguna estupidez. No sería la primera vez.

Con media sonrisa deslicé el dedo por la pantalla. Al menos me entretendría un rato.

—Dime que no has acabado en comisaría otra vez, porque ni quiero ni puedo sacarte—dije.

Aleksei rio, el sonido fue amortiguado por el estruendo de la música y el bullicio de fondo.

—He salido de caza —anunció con ligereza.

Lo que en realidad quería decir era que había ido en busca de alguna mujer para pasar la noche.

Si me llamaba a mí en ese momento, solo significaba una cosa: lo habían rechazado y estaba a punto de soltarme un discurso sobre la traición de Viktor, que seguramente ya se había largado a casa con otra.

—No me digas… —Sonreí, acomodándome contra el respaldo del sofá.

—Pero no es de eso de lo que quería hablarte.

Alcé una ceja, aunque mi interés era mínimo.

—Ve al grano, Aleksei. ¿Me vas a pedir que vuelva contigo? Porque lo veo difícil —bromeé, mirando la alianza de mi dedo.

Dejó escapar una risa floja. Ese capítulo de nuestras vidas había quedado muy atrás.

En realidad, no sé ni por qué surgió. Bueno, sí, solo quería molestar a mi padre por no dejarme salir de fiesta o tener novio como el resto de adolescentes normales.

Siempre los espantaba. Siempre. Solo podía ir escoltada y se me ocurrió que Aleksei era una buena opción, ya que solo nos llevamos unos años.

Así que me acosté con mi escolta durante un tiempo.

—Ahora mismo tengo delante a tu maridito italiano —hizo una pausa teatral— con una mujer enroscada en sus brazos.

La información tardó un par de segundos en asentarse, y entonces un calor abrasador trepó por mi garganta. Mis dedos se cerraron con tanta fuerza sobre el aparato que crujió.

«Ese maldito cabrón…».

La voz de Aleksei quedó en un segundo plano.

Me levanté del sofá con la mandíbula tan tensa que dolía y me dirigí al vestidor sin soltar el móvil.

Abrí el panel en el que Matteo escondía sus armas y agarré la primera pistola que vi.

Comprobé si estaba cargada antes de volver a llevarme el teléfono a la oreja.

Podía sentir la sangre retumbando en mis oídos, cada latido del corazón golpeando más fuerte que el anterior, bombeando rabia por mis venas como veneno. Cerré los ojos y respiré hondo, intentando apagar el incendio en mi pecho antes de que me consumiera del todo.

—Yelena, ¿sigues ahí? —inquirió Aleksei al otro lado.

—Hasta aquí llegó mi matrimonio con el italiano —dije abriendo los ojos—. Voy a matarlo.

Corté la llamada sin esperar respuesta y entré en la aplicación que Harvey había desarrollado para hackear el sistema de seguridad.

El ascensor comenzó a moverse nada más pulsar el botón. Me guardé el arma en la cinturilla de mi pantalón y, en cuanto las puertas se abrieron, salí de ese infierno de apartamento de una vez por todas.