Nacidos en sangre CAPÍTULO 11 MATTEO
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CAPÍTULO 11 MATTEO

El disparo estalló dentro de mi cabeza antes de que mis ojos pudieran abrirse.

Siempre empieza igual. El sonido revienta en mis oídos y la sangre lo baña todo.

No necesito ver el cuerpo para saber que está ahí, pero algo me empuja hacia él.

Como si necesitara comprobar que el recuerdo sigue intacto.

Me acerco a pesar de que mi mente me grita que no lo haga, pero nunca puedo detenerme. Sé lo que viene. Cada paso pesa más que el anterior y el aire se me enreda en el pecho. Se queda ahí, se vuelve denso, imposible de tragar. Y, aun así, avanzo. Pero esta vez algo no encajaba.

Parpadeé varias veces, esperando que la imagen se deshiciera, que la pesadilla se reescribiera como siempre. Pero la imagen no cambiaba. Los ojos que me devolvían la mirada no eran los suyos .

Cerré los ojos con fuerza contando hasta cinco y, cuando volví a abrirlos, Yelena estaba tirada sobre la alfombra, observándome con esos ojos avellana, siempre tan llenos de fuego y vida, y ahora solo quedaba el vacío.

La has matado.

Está muerta por tu culpa.

No quería hacerlo.

Lo siento.

La has matado.

Me incorporé de golpe con la respiración descontrolada y el corazón latiendo con violencia contra las costillas.

Tomé una bocanada de aire, pero el sabor metálico seguía ahí, pegado al fondo de mi garganta.

Otra vez ese jodido sueño. Apoyé los codos en las rodillas y me froté los ojos con la yema de los dedos, tratando de sacarme toda esa sangre que me nublaba la visión.

«Cazzo» .

Giré la cabeza. Yelena seguía dormida a mi lado.

Su pecho subía y bajaba con ritmo tranquilo, ajena a la mierda que acababa de atravesar mi cabeza.

No tenía la intención de follármela nada más llegar a casa.

Quería saber más sobre ella, más sobre lo que su padre me había contado tras ponerse hasta las cejas de vodka con aquel prisionero colgando frente a nuestras narices.

Pero entonces la vi en el gimnasio, con mi camiseta, la maldita coleta deshecha y esas putas bragas de encaje que apenas le cubrían el culo más perfecto que había visto en mi vida, estirándose sin tener ni puta idea de lo provocadora que resultaba.

Y mi cerebro se fue a la mierda. Se me puso dura al instante.

Cómo no hacerlo; no había forma de pensar con claridad con esa imagen delante.

Solo esperaba que no hubiera notado mi agitación.

Me pasé una mano por el rostro, tratando de borrar los restos de la pesadilla mezclados con el recuerdo de Yelena, y miré la hora en el móvil.

Eran casi las seis. Cinco horas. Habían pasado cinco horas desde que me tumbé a su lado.

Cinco jodidas horas de sueño sin interrupciones.

No recordaba la última vez que eso había pasado.

Tal vez cuando tenía seis años, antes de que todo se jodiera.

Supongo que eso era un avance. O quizás solo significaba que mi cabeza estaba encontrando nuevas formas de joderme.

Me puse en pie y fui directo al gimnasio. No importa si estoy en mi casa o en el de la famiglia ; boxear es lo único que logra calmarme, lo único que me permite deshacerme de toda la oscuridad que llevo dentro y que no me consuma.

Aguanté hasta las ocho, golpe tras golpe, puño tras puño, hasta que no quedó nada más que el sonido de mis respiraciones cortas y la piel de mis nudillos ardiendo.

Antes de salir, me metí en la ducha. El agua caliente no hizo una mierda por relajarme.

Y ni el vapor, ni el ruido amortiguado contra los azulejos oscuros consiguieron despejar la presión que sentía en el pecho.

Mi padre quería verme. Podría haber llamado a Bastian o a Salva para ponerlos al tanto de los interrogatorios que estaban llevando a cabo los rusos.

Pero no. Quería hablar conmigo. Concretamente conmigo.

¿Desde cuándo le interesaba lo que tuviera que decir?

Ah, sí. Desde que decidió que debía casarme con la principessa de la bratva que ahora dormía plácidamente en mi cama, como si el mundo en el que vivíamos fuera un lugar seguro y no una mierda a punto de estallar.

Cerré el grifo y agarré una de las toallas que colgaban del perchero metálico en la pared.

Mis pies se movieron solos mientras me secaba, llevándome hacia la puerta del baño que había dejado entreabierta.

La abrí lo suficiente para llegar a ver a Yelena.

Me apoyé en el marco y me quedé ahí, con la toalla aún en la mano, observándola en silencio.

El cuarto estaba casi a oscuras, pero podía ver el contorno suave de su espalda, la forma en que su respiración movía apenas las sábanas. Tranquila.

Me aparté de la puerta y anudé la toalla a mi cintura. Que hubiera visto lo que Ivanov escondía tras las puertas de su casa no significaba que fuera a contárselo todo a mi padre. Le daría lo justo, lo que me conviniera. La única persona que tenía mi lealtad absoluta era Bastian.

Apreté los dedos contra el reposabrazos mientras escuchaba a Bastian contar, con esa jodida calma tan suya, todo lo que había revelado tras volver con César de casa de Nikolai: la distribución, cómo se organizaban sus hombres, la prisión subterránea…

Y, de paso, mi interés por conocer más a mi esposa.

Mi padre me dirigió una mirada de desaprobación cuando la mencionó.

«Bastian, traidor».

Me tragué el insulto y lo dejé estar. Había cosas más importantes. O, al menos, eso intentaba recordarme. La voz de mi padre seguía hablando, llena de órdenes disfrazadas de interés, pero ya no la escuchaba. Solo me había llamado para demostrarme, una vez más, quién mandaba.

Su voz se desdibujó en mi cabeza, desplazada por otro recuerdo, uno mucho más potente, capaz de reemplazar el desprecio que sentía por el hombre que me había engendrado.

Potente como el cuerpo de Yelena y esa forma en la que se arqueó bajo mis manos, en cómo su espalda se curvó mientras sus labios se entreabrían, dejando escapar esos gemidos que tanto se esforzó en ocultarme y que aún podía escuchar si cerraba los ojos.

Temblando bajo mi piel, entregándose a mí hasta romperse en mil pedazos de placer.

Odiaba reconocerlo, pero podría acostumbrarme a eso con facilidad.

Maldita sea. No debería haber sido así. La idea era demostrarle que quien mandaba era yo, no ella.

Y ahora no podía quitármela de la cabeza.

No importaba cuánto lo intentara. Cada vez que creía haber recuperado el control, su recuerdo se colaba entre mis pensamientos como una maldita enfermedad.

Había algo en ella, algo que no sabía identificar.

O tal vez era solo el placer, el más jodido y adictivo que había sentido en mi vida.

Yelena no era como ninguna mujer con la que me había acostado.

Ni siquiera como la arpía de Grace, siempre dispuesta a todo.

Era desafiante, y domarla, hacer que se rindiera a mí…

me encendía de una forma que no debería querer.

Me acomodé en la silla con un gesto discreto, incómodo por la presión de mi erección contra la tela de mis pantalones, cortesía, una vez más, de Yelena.

Ya eran las once de la mañana; tal vez mi bella durmiente todavía estaba en la cama.

Solté un suspiro; qué lástima no poder estar ahí para despertarla como se merecía.

Me habría gustado sentir de nuevo el calor de sus muslos bajo las palmas de mis manos, el aroma dulce de su piel al inclinarme entre ellos, saborearla en mi boca como había querido hacer después de provocarla con aquel gesto de sus bragas.

Contuve una sonrisa, recordando la tela suave de encaje entre las yemas de los dedos, imaginando cómo se veía con ellas puestas y cómo las apartaría para hundirme en ella de nuevo y arrancarle más de esos perfectos gemidos.

Sacudí la cabeza, molesto conmigo mismo. Cazzo . ¿Ahora fantaseaba con hacerle el amor a mi mujer? No, con hacerle el amor, no; con volver a follarla. Porque eso es lo que hice: me la follé. Y joder, estaba deseando volver a hacerlo.

—Matteo, ¿estás con nosotros? —La voz de Bastian me devolvió de golpe a la realidad.

Alcé la vista, parpadeando como un idiota. No tenía idea de en qué momento habíamos llegado a la oficina subterránea de Modesta. No podía ser que hubiera estado tan perdido en el recuerdo de Yelena que ni siquiera me había dado cuenta de que habíamos salido de la jodida casa de mi padre.

Centré la vista en mi hermano. Sus cejas se juntaron más cuando nuestros ojos se encontraron. ¿Me había pillado? No lo creo, lo más seguro era que pensara que me había vuelto a perder en el recuerdo de ese día. Pero si algo acababa de entender con absoluta claridad era que debía alejarme de Yelena.

—No —respondí con una media sonrisa ladeada. No había escuchado ni una mierda de lo que me acababa de decir.

Bastian dejó escapar el aire por la nariz.

—Vasilyev ha atacado un cargamento que salió de nuestro puerto hace tres días, lo que nos confirma que el hombre que los dejó entrar en la boda posiblemente sea de los nuestros. —Hizo una pausa, inclinándose hacia delante—. César y tú volveréis a casa de Ivanov.

—Tendríais que ver las instalaciones subterráneas que tiene Ivanov en su casa —lo corté—. Joder, Bastian, cuando te conviertas en don , más te vale dejar que monte algo así aquí abajo. Créeme, tenemos el espacio muy desaprovechado.

—¿Cuánto has dormido hoy?

Su pregunta rutinaria.

—Cinco —sonreí.

Sus cejas bajaron de golpe. Ni siquiera hizo el esfuerzo por disimular que no me creía. Normal. Yo tampoco me habría creído.

—Necesitamos un abrebotellas y algún inútil al que torturar, quiero probar algo nuevo —continué, anticipándome a sus preguntas. No necesitaba que indagara más—. Ah, y muchos clavos, de los largos.

Bastian se recostó en la silla, dejando de lado el tema del insomnio, como sabía que acabaría haciendo en cuanto comenzara a soltar ideas absurdas.

—A eso iba —dijo—. Necesitamos saber quién es el traidor. He convencido a Nikolai para que nos deje traer a uno de los hombres que capturamos y poder interrogarlo aquí mismo.

Sonreí, esta vez con sinceridad. El día mejoraba por momentos.

—Magnífico. Estaba empezando a aburrirme.

—¿De verdad has dormido cinco horas? —inquirió César, arqueando una ceja, dispuesto a no dejarlo pasar.

—¿De una a seis cuánto hay? —le espeté.

Me puse en pie. Me tenían cansado con sus preocupaciones. César y Bastian intercambiaron otra de sus jodidas miradas.

—¿Vamos? —insistí con un tono seco—. Estoy deseando poner a prueba lo que Boris nos enseñó el otro día.

—Iré con vosotros —intervino Salva, separándose de la pared en la que estaba apoyado, detrás de Bastian—. Mi padre quiere que supervise el traslado.

Bastian ladeó la cabeza en su dirección, mirándolo con los ojos entornados.

—¿Lo sabe mi padre?

—Es posible que no. —Hizo un leve encogimiento de hombros—. Querrá enterarse de lo que hay ahí; tu padre no ha compartido gran cosa con él.

Una sonrisa amplia se dibujó en mis labios.

—Ni siquiera confía en su propio consigliere … Sus días están contados —bromeé.

Porque no era ningún secreto entre nosotros lo que pensábamos de nuestros respectivos padres.