CAPÍTULO 10 YELENA #3
Acostarnos no significaba nada; solo sexo en busca de placer mutuo.
Una distracción pasajera. Y después de haber visto a Matteo sin camiseta el otro día, no me importaba hincarle los dientes en esos pectorales firmes mientras mis uñas arañaban sus abdominales marcados.
O mejor, contarlos uno a uno con mi lengua.
Si esa era su idea de castigo, no sonaba nada mal.
Sus dedos recorrieron mi cuello, trazaron el borde de mi clavícula y se detuvieron en mis pechos con un agarre firme. Un jadeo se me escapó, y sentí su sonrisa crecer contra mi piel.
—Parece que alguien está ansiosa —se burló cuando mi cadera lo buscó sola.
Su pulgar rozó mi pezón por encima de la camiseta empapada de sudor.
Un chispazo de placer estalló entre mis piernas, y cualquier insulto que planeara para ponerlo en su sitio se ahogó antes de llegar a mis labios.
Y él lo notó. Alzó la vista, clavándome esos ojos grises cargados de arrogancia, y deslizó la mano hasta rozar el elástico de mis bragas. Entonces, se detuvo.
Era incapaz de moverme. Odiaba admitirlo, pero lo último que quería en ese momento era que parase. Aunque tampoco pensaba rogarle que continuara.
Un destello oscuro cruzó sus ojos al darse cuenta de que no entraba en mis planes detenerlo.
Inclinó la cabeza con esa mueca peligrosa en los labios y, sin apartar su mirada de la mía, retiró la tela de un tirón.
Sus dedos me encontraron como si hubieran nacido para eso, arrancándome una bocanada de aire al sentirlo y haciendo que mi pelvis se arqueara sola buscando más.
—No tienes idea de cuántas veces he pensado en esto de camino aquí. —Su voz bajó, rugosa, mientras trazaba círculos lentos con el dedo, como si conociera cada rincón de mi cuerpo mejor que yo misma—. Verte rendida, ver cómo te deshaces en mis manos. Cómo me perteneces.
El placer se enroscó en mi vientre, desdibujando cualquier límite entre lo que debía sentir y lo que ya no podía evitar.
—Que te den —alcancé a decir entre dientes, aunque incluso yo noté lo patético que sonó.
Matteo sonrió más y empujó un dedo dentro de mí, arrancándome un gemido humillante.
—Shh… Cuidado, Valentina podría oírte —susurró en mis labios con una sonrisa cruel.
A la mierda Valentina. No sería la primera vez que alguien me pillaba en una situación similar y no podía importarme menos. Lo necesitaba con urgencia, por más que quisiera negarlo.
Su dedo siguió empujando dentro de mí con esa cadencia que me volvía loca, volviendo a sacarlo para acariciarme el clítoris.
Me dejé caer contra la puerta, buscando sostén, buscando aire, buscando algo que no fuera él.
Pero no lo encontré. Podía culpar a Graves de esto.
De tenerme tan desesperada por sentir algo de placer que cualquier roce se sintiera como una bendición.
Con él, las pocas veces que había llegado a sentir algo, había durado tan poco que era hasta triste.
Pero algo me decía que Matteo no sería igual, y quizás por eso no estaba oponiendo ninguna resistencia.
¿Quería arrancarle la cabeza? Sí. Pero después de romperme.
—Prometo no parar hasta que me des un orgasmo —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos.
Sonó tan sucio y dominante que casi hace que me corra ahí mismo, pero no podía dejar que se saliera con la suya tan rápido.
Al menos tenía que mantener algo del orgullo que me quedaba, si es que había algo.
Retiró el dedo, riendo cuando gruñí en protesta al dejar de sentirlo.
Luego volvió con dos dedos, curvándolos para alcanzar ese punto que me nublaba la vista.
Mis manos volaron a sus hombros y me mordí el labio, conteniendo cada gemido solo para no darle la satisfacción de seguir burlándose de mí.
Podía utilizarlo para alcanzar el orgasmo, pero no dejaría que me escuchara disfrutarlo.
—Vamos, principessa . Córrete para mí. —Me mordisqueó la barbilla y me lamió el hueso de la mandíbula antes de volver a mis labios—. Sé que lo estás deseando.
Sus dedos siguieron entrando y saliendo con una lentitud deliciosa, acariciando ese punto sensible. No sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él. Solo sabía que estaba temblando, que el orgasmo me pisaba los talones por más que lo contuviera y que Matteo, con su maldita sonrisa, lo sabía.
—Ahora —murmuró, presionando los dedos hasta el fondo.
Una descarga de placer me atravesó y cualquier resto de resistencia que pudiera quedarme se borró en ese instante.
Clavé las uñas en sus hombros, sintiendo mi cuerpo tensarse y luego soltarse en una oleada abrumadora que me robó el aire, el equilibrio y la razón.
No recordaba la última vez que había sentido algo tan brutal.
—Aún no hemos acabado —murmuró contra mis labios, sosteniendo mi orgasmo.
Capturó mi boca en un beso salvaje. Sin aviso.
Sin tregua. Sus labios abrieron los míos y hundió su lengua en mi boca con la misma desesperación con la que mis caderas seguían montando su mano.
Sabía a whisky y a algo que no lograba identificar, algo que me hacía querer saborearlo hasta sentirme saciada.
Dios, odiaba lo mucho que me estaba haciendo desearlo; odiaba que cada parte de mí quisiera más de lo que me acababa de dar.
Me giró con brusquedad contra la puerta, arrancándome un jadeo cuando la madera me golpeó el pecho. Antes de que pudiera reaccionar, su boca se deslizó por mi cuello, besando, lamiendo y reclamando cada centímetro de mi piel mientras yo luchaba por recordar cómo se respiraba.
Mi pulso se detuvo al escuchar la cremallera bajando con una lentitud casi hipnótica. Giré la cabeza para mirarlo y mis ojos cayeron directos a su erección, tensa y desbordando arrogancia.
Matteo alzó la mirada y esos malditos ojos grises se clavaron en los míos, intensos y voraces, justo cuando empezó a penetrarme con una lentitud que me hizo ver estrellas.
—Mierda —jadeé.
Era grande, demasiado, y me llenaba por completo, estirándome por dentro de una forma que no había sentido jamás, acompañada de ese cosquilleo placentero que me dejaba sin aliento cada vez que profundizaba.
—Seguro que tu profesor no la tenía tan grande como yo —siseó contra mi oído, con esa arrogancia que, en otra situación, habría merecido una patada en la entrepierna.
Mis ojos se abrieron de golpe cuando terminó de hundirse con una estocada profunda. Un grito ahogado me traicionó. El calor, la presión, su maldito cuerpo invadiéndome por completo… Joder, se sentía tan bien dentro de mí. Ni siquiera sé cuándo cerré los malditos ojos.
—Entonces es eso. —Sonreí, apartando la mirada. Mi pecho subía y bajaba contra la madera de la puerta, y podía sentir mi corazón acelerado golpeando mis costillas.
No se movió. Se mantuvo dentro de mí, estático, como si me diera un segundo para asimilarlo.
O para rendirme del todo. Su mano libre ascendió por mi garganta, dejando un camino ardiente con cada roce de su piel contra la mía.
Mi pulso golpeó contra sus dedos. Se mantuvo ahí unos segundos y luego siguió subiendo hasta alcanzar mi mandíbula con firmeza, obligándome a girar la cabeza de nuevo para mirarlo.
—¿El qué? —preguntó con voz baja, y con la misma calma con la que hablaba volvió a hundirse dentro de mí. Más fuerte. Más profundo.
Un gemido escapó de mi garganta y mi espalda se arqueó ante esa oleada intensa de placer que me recorrió entera.
—Estás celoso —lo acusé.
Su respuesta fue una risa seca contra mis labios.
—No me hagas reír, principessa —murmuró, y volvió a embestir con brutalidad. No sabía dónde estaba tocando exactamente, pero quería que lo hiciera de nuevo.
Matteo sonrió, leyéndome como a un libro abierto.
Me agarró de la cintura con la mano libre y movió las caderas con ese ritmo brutal, golpeando justo como lo necesitaba, obligándome a mirarlo mientras alcanzaba ese punto exacto que me hacía ver las estrellas.
Leía cada jadeo, cada espasmo, cada gemido que brotaba de mi garganta.
—Córrete otra vez, principessa —gruñó en mi oído—. Quiero sentirte.
—Sí… —jadeé sin la más mínima vergüenza; a esas alturas, no quedaba rastro de ella.
Su mano descendió entre mis muslos y sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo con movimientos cortos y precisos que me arrancaron un gemido desgarrado.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba a su alrededor; cada embestida suya empujándome más alto, más cerca del borde, hasta que el calor me explotó dentro con una fuerza brutal.
La presión en mi vientre estalló en una oleada de placer que me recorrió entera, dejándome temblando mientras mis músculos lo apretaban sin control.
Mis piernas cedieron, pero cerró un brazo alrededor de mi cintura, firme, posesivo, impidiéndome caer mientras yo sentía que mi mundo giraba en todas direcciones como si estuviera cayendo en un abismo del que no quería salir jamás.
—Eso es… —jadeó contra mi cuello.
No podía respirar. No podía pensar. Solo podía sentir cómo mi cuerpo se rompía y se recomponía contra el suyo.
Sentí su respiración quebrada en mi nuca. Su última estocada fue profunda, intensa, y su cuerpo se estremeció dentro del mío antes de dejarse ir con un gemido grave que vibró contra mi piel, tan masculino y posesivo que me hizo estremecerme de nuevo.
Por un segundo, no existió nada más. Solo su cuerpo contra el mío, el calor sofocante de nuestro orgasmo y el modo en que seguía sujetándome como si fuera suya.
Como si no pensara soltarme nunca. Exhaló contra mi nuca y el agarre de su mano se aflojó, lento, deslizándose con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior.
—Ahora sí que somos marido y mujer —murmuró, todavía dentro de mí, con la voz rasgada.
Abrí los ojos de golpe, dejando a un lado todo ese placer que me había hecho sentir hacía tan solo unos segundos. Se había corrido, y estaba convencida de que no había usado ningún preservativo.
Una sonrisa arrogante curvó sus labios cuando se deslizó fuera. El roce me hizo jadear de nuevo, pero mi mente ya estaba en otro sitio.
Bajé la mirada con la intención de recolocarme las bragas, pero al buscar la tela de encaje solo encontré piel.
Fruncí el ceño, confundida, y giré la cabeza hacia él de un latigazo.
Matteo ya tenía la ropa en su sitio, actuando con una normalidad insultante.
Alzó una mano, con mis bragas colgando de un dedo, completamente destrozadas.
Sin decir una palabra, las apretó en su puño y se las llevó a la nariz, inhalando sin apartar la mirada de la mía. Aquello me encendió con una intensidad absurda, y quiero pensar que es porque ningún hombre se había atrevido a algo así antes.
Una mueca torcida, cargada de arrogancia, se le instaló en la boca, muy consciente de mi reacción. En lugar de devolvérmelas, las guardó en el bolsillo con esa seguridad irritante y jodidamente… excitante. Luego, con la misma calma, sacó un blíster del otro bolsillo y me lo tendió.
—Será mejor que te la tomes —dijo, alargando el blíster hacia mí con esa sonrisa de tiburón que parecía llevar tatuada en la cara—. A menos que quieras quedarte embarazada.
Apreté los dientes hasta sentir que me dolían las muelas. No sé cómo me había dejado enredar por él.
—Descuida, es lo último que quiero.
Le arranqué la pastilla de la mano y le di un empujón al pasar, más infantil que violento.
Su risa grave, corta y cargada de suficiencia, me siguió a través del pasillo.
Me dirigí hacia el cuarto de baño con ese sonido clavado en la cabeza, como un eco que me raspaba los nervios.
Necesitaba una ducha. Y un maldito exorcismo.
Jamás debía repetir esto con Matteo, por muy bueno que hubiera sido.