CAPÍTULO 10 YELENA #2
Apagué la tele con un clic seco y me puse en pie. Me estiré lentamente, sintiendo los músculos entumecidos protestar tras tanto tiempo quieta. Necesitaba moverme, aunque fuera dentro de mi lúgubre prisión de oro.
—Estaré en el gimnasio —le informé.
Valentina me echó una mirada y asintió.
Me dirigí a la habitación a vestirme con otra de las camisetas de Matteo. Cuando ese imbécil cruzara por fin la puerta, lo primero que iba a hacer era echarle en cara que mi ropa seguía sin aparecer. Bueno, eso y el detallito de dejarme ahí encerrada como si fuera parte del mobiliario.
Resoplé mientras me pasaba la tela por la cabeza, pero me quedé quieta un segundo al recordar nuestro último encuentro. Mi lengua se movió sola, humedeciéndome los labios al evocarlo sin camiseta. Será idiota… pero no podía negar que estaba bastante bueno.
Sacudí la cabeza para quitarme esa idea de la mente. Tendría suerte si no le arrancaba la cabeza en cuanto pusiera un pie en el apartamento.
Salí de la habitación y tomé el pasillo mientras me recogía el pelo en una cola alta. Por lo menos tenía un gimnasio en casa. Si no, ya estaría trepando por las paredes.
Al entrar, dejé la toalla sobre la cinta de correr. No había mucha maquinaria; un saco de boxeo, un banco de pesas y la cinta. Solo le faltaba un equipo de música decente.
—Genial —murmuré—. Y yo con el móvil sin batería.
Me subí a la cinta y comencé a calentar. Apenas parecía usada. O era nueva, o Matteo no era precisamente fan del cardio.
Corrí durante casi una hora, más por despejar la mente que por rutina.
Que tuviera que jugar el papel de esposa no significaba que fuera a dejar de lado mi entrenamiento, y no lo había hecho, aunque puede que hubiera variado un poquito mi horario.
Pero ese problema era de la Yelena del futuro cuando regresara a la base y tuviera que levantarse con la salida del sol.
Al final, el aburrimiento me ganó la partida. No es que tuviera ganas de atravesar kilómetros de barro como en las marchas que hacíamos en el cuartel, pero ahora mismo, hasta esa idea resultaba tentadora.
Detuve la máquina y salté al suelo. Me sequé el sudor de la frente con la toalla mientras me acercaba a la cristalera que daba a la ciudad. Apoyé la frente contra el vidrio helado, dejando que el frío atravesara el calor agobiante de mi piel y me devolviera algo de claridad.
Yuri tenía que estar escondido en algún rincón de Nueva York, pero, hasta que no diéramos con él, yo seguiría encerrada ahí, jugando mi papel de esposa sumisa.
Atrapada en un matrimonio que no había pedido, en una vida que no había elegido.
Podría haberme negado, y si accedí a esto fue para ayudar a mi padre con esa maldita alianza con los italianos.
Sabía que era algo temporal, pero odiaba estar desinformada, y aún más estar encerrada.
—¿Dónde te has escondido, Yuri? —susurré con la mirada perdida entre los edificios.
Me aparté del cristal con un suspiro bajo, tomé la botella del suelo y bebí un trago largo. Mis ojos se dirigieron al saco de boxeo que colgaba del techo.
—Bien. Imaginemos que eres Matteo.
Me calcé los guantes que había sobre un taburete, intactos, y comencé a golpear.
Con cada puñetazo imaginé que rompía esa estúpida tarjeta de ascensor, que tiraba abajo la maldita puerta y salía corriendo de ese apartamento asfixiante.
En cuanto pudiera cargar el móvil, le pediría a Harvey que hackeara el sistema del ascensor y que me diera acceso si Matteo no se dignaba a hacerlo.
Seguí dándole al saco sin descanso, una y otra vez, hasta que los brazos comenzaron a pesarme y los pensamientos comenzaron a disiparse.
Lancé un último golpe, uno que hizo que me crujieran los nudillos, y me quité los guantes, dejándolos caer al suelo con un suspiro.
Me sentía más despejada… y bastante hambrienta.
Me acerqué al espejo y comencé a estirar.
Primero el cuello, luego los hombros, los brazos hacia arriba y bajé lentamente, dejando escapar el aire de mis pulmones.
Al incorporarme, di un respingo involuntario al ver a Matteo a través del espejo, apoyado en el marco de la puerta con esa calma descarada; los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de lo más engreída curvando sus labios.
Otra vez, no lo había oído llegar, y eso era un problema a tener en cuenta.
Me giré para mirarlo por encima del hombro y mis ojos lo recorrieron solos. Llevaba parte de los botones de la camisa desabrochados, las mangas subidas hasta los antebrazos y ese aire de «me visto sin esforzarme, pero mírame bien».
—No te detengas —dijo sin borrar la maldita sonrisa—. Estaba disfrutando de las vistas. Y ya veo que tú también.
Le lancé una mirada fulminante y lo encaré.
—¿Dónde demonios te habías metido?
—Trabajo —dijo sin dar más explicaciones. Qué sorpresa—. ¿Me echabas de menos? —añadió, ampliando la sonrisa.
Solté un resoplido.
—Más quisieras.
Avancé hacia la puerta con la firme intención de largarme, pero cuando intenté pasar por su lado, su brazo se movió con la velocidad de un latigazo, obligándome a frenar tan de golpe que casi choqué contra su pecho.
—Pero ¿qué haces? —le espeté.
Su mirada descendió por mi cuerpo con lentitud, deteniéndose en mi camiseta — su camiseta— pegada a mi piel por el sudor. Cuadré los hombros y alcé el mentón, dejando que mirase todo lo que quisiera, si se pensaba que así iba a intimidarme, la llevaba clara.
—Estoy por cancelar el envío de tus cosas —murmuró, estirando la mano para juguetear con el bajo de la tela—. Mi ropa te queda demasiado bien.
—Por lo menos veo que no tienes pérdida de memoria —bufé, girando los ojos—. Ahora suéltame, Matteo, tengo hambre. Y créeme, no quieres conocerme con hambre. —Le dediqué una sonrisa tan dulcemente calculada que resultaba inquietante incluso para mí.
Llevé la mano hacia la suya, con la intención de apartarla con toda la gracia ensayada del mundo, pero Matteo la atrapó al vuelo con una facilidad insultante, deteniéndome en seco.
Alcé los ojos encontrándome con los suyos, grises y con ese brillo divertido en las pupilas. El cabrón lo estaba disfrutando.
—¿Sabes?, tu padre habla mucho de ti cuando se emborracha —dijo sin soltarme.
El estómago me dio un vuelco.
« Mierda, papá, ¿ qué le has contado? » .
—¿Por eso Valentina ha cocinado la arrabbiata ? —inquirí para desviar el tema.
—No sé por qué se ha esforzado tanto en venderme la imagen de niñita dócil cuando está claro que no lo eres. No hace falta que finjas, esposa mía . Aunque reconozco que tu tenacidad me la pone bastante dura.
Lo fulminé con la mirada, ignorando deliberadamente el comentario sobre su polla.
Bien, si no quería que fingiera, no tenía por qué hacerlo, al menos no en todo.
Revelar mis cartas tan pronto me dejaría en desventaja cuando llegara el momento de librarme de él, lo que no significaba que no pudiera enfrentarme a él de otras maneras.
—¿Entonces has estado con él todo este tiempo? —Tiré del brazo para soltarme, pero fue inútil. La comisura de sus labios se alzó aún más, y sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de mi muñeca, anclándome al sitio.
—Puede ser —admitió con un leve encogimiento de hombros.
Alzó la mano con una calma que rozaba la insolencia y atrapó un mechón rebelde pegado a mi piel.
No me moví. Me quedé ahí parada viendo cómo me lo apartaba con deliberada lentitud, deslizándolo tras mi oreja con suavidad.
Pero no se detuvo ahí. Sus dedos continuaron trazando una línea de fuego hasta mi mejilla.
Al darme cuenta de lo que pretendía, giré la cabeza para romper el contacto. El movimiento solo pareció divertirlo. Su sonrisa se ensanchó al instante, peligrosa y afilada, mostrando los dientes con esa clase de arrogancia que le salía natural y que, por desgracia… le sentaba condenadamente bien.
«Mierda. No puedo ponerme cachonda por su estúpida sonrisa».
En un parpadeo, acortó la distancia y me arrinconó contra la puerta.
Mi espalda chocó contra la madera con un golpe seco y el aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Estaría sorprendida por su rapidez si no fuera por el calor líquido que comenzaba a acumularse entre mis piernas, robándome cualquier reacción lógica.
—Suéltame —le exigí. Sin embargo, la firmeza en mi voz fue tan escasa que me insultó más a mí que a él.
—Mhh… Creo que no.
Se inclinó sobre mí, volviendo a trazar otra cálida línea sobre mi mejilla.
—Me debes una noche de bodas—murmuró, rozando mi oído con sus labios.
Sus dientes atraparon el lóbulo de mi oreja, arrancándome un gemido ahogado.
Tiró de él con suavidad antes de soltarlo, rozando con la nariz la piel sensible bajo mi mandíbula.
Un escalofrió me recorrió la columna y mi puño se cerró solo en un intento absurdo de contenerlo.
No podía permitir que las acciones de Matteo me afectaran tanto.
—Ya te he dicho que no tengo intención de acostarme contigo. —Apreté los dientes y alcé el mentón, mirándolo de reojo.
Su respiración seguía golpeando mi cuello, cálida. De repente, me pesaban los párpados, como si mi propio cuerpo comenzara a rendirse a su cercanía, ignorando a mi mente, que me gritaba que lo apartara antes de hacer una locura. Como arrancarle la ropa y rogarle que me follara ahí mismo.
— Mmmh … —canturreó, enterrando la cara en el hueco de mi cuello.
Aspiró lentamente. Mi cabeza se inclinó con naturalidad, exponiéndome por completo a pesar de que mi cerebro le gritaba que lo apartara.
«Maldita sea, Yelena».
—He estado pensando… —murmuró contra mi piel—. Creo que mereces un castigo por esa bofetada.
Abrí los labios para replicar, pero un grito ahogado se adelantó cuando sus dientes se clavaron en mi piel con fuerza. Lo suavizó al instante con un roce lento de su lengua.