CAPÍTULO 10 YELENA
Me aburría. Me aburría demasiado. Perdí la cuenta de las veces que me tumbé en el sofá, cambié de canal sin encontrar nada decente y caminé en círculos por el apartamento como un animal enjaulado. No recordaba la última vez que me había sentido tan aislada y sin nada que hacer.
Intenté salir, por supuesto. Pero la puerta del ascensor solo funcionaba con la tarjeta de Matteo, y a mí no me había dado ninguna copia. Y, por si fuera poco, mi móvil se había terminado de morir y no tenía ni idea de dónde demonios guardaba Matteo su cargador.
Suspiré, dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos mientras el agua se deslizaba por mi rostro.
Era como estar encerrada en una jaula de oro…
pero con una decoración lúgubre y aburrida.
Y para empeorar mi humor, Matteo no había vuelto en dos noches.
Lo cual, en teoría, era algo bueno. Había tenido tiempo de sobra para inspeccionar el apartamento de arriba abajo y buscar posibles salidas en caso de que todo se complicara.
Por desgracia, a no ser que tuviera un equipo de escalada, la única salida viable era ese ascensor.
Desventajas de vivir en el penúltimo piso de un rascacielos con ascensor privado directo al apartamento.
Pero lo que más me cabreaba era que se hubiera largado dejándome allí como a un florero olvidado después de nuestro encontronazo la otra mañana.
Cerré el grifo y tomé la toalla que había dejado preparada. Mis cosas aún no habían llegado y empezaba a pensar que no lo harían. Si al menos mi maldito marido hubiera vuelto, podría habérselo recordado, pero no. Seguía desaparecido.
Salí de la habitación envuelta en la toalla, ajustándome el reloj de Harvey.
Nada más pisar el espacio abierto del apartamento, me detuve en seco al ver a una mujer mayor que terminaba de limpiar la encimera de la cocina.
Llevaba un delantal atado a la cintura y el cabello canoso recogido en un moño.
—¿Quién es usted? —pregunté confundida. No la había escuchado llegar, y cuando me levanté por la mañana estaba sola.
La mujer se detuvo y me dedicó una sonrisa dulce.
—Discúlpeme, señora, pensé que Matteo le habría avisado que volvía hoy. Soy Valentina, la asistenta.
Durante un segundo, me quedé en blanco. Después, casi solté una carcajada.
Claro que no me había avisado. Probablemente, ni recordaba que me había dejado ahí.
Forcé una sonrisa y asentí, como si todo tuviera sentido.
En realidad, lo tenía. Matteo no parecía el tipo de hombre que supiera dónde se guarda el detergente o cómo se enciende el horno sin ayuda.
Contuve una risa. No, definitivamente no me lo imaginaba cocinando o manteniendo la casa limpia y en orden por su propia mano.
—Por favor, no me llames «señora». Odio las formalidades.
Valentina asintió con esa sonrisa dulce que tanto me recordaba a Polina.
—¿Te preparo algo de comer, tesoro? —preguntó, lanzándome una mirada fugaz mientras abría la nevera.
Negué con la cabeza. No tenía hambre, me había levantado tarde y hacía solo dos horas que había desayunado. Lo que quería era largarme de ahí.
—En realidad, me vendría mejor que me ayudaras con otra cosa. —Crucé los brazos sobre el pecho, dedicándole la sonrisa más dulce que sabía poner. Si ella estaba ahí, solo podía significar que tenía otra tarjeta—. Me gustaría salir.
Valentina cerró la nevera con un movimiento pausado y se giró despacio para mirarme con una expresión de lástima.
—No puedo hacer eso sin el permiso de Matteo.
Puse los ojos en blanco. Me acerqué a la isla de la cocina y apoyé las manos en la encimera, inclinándome en su dirección.
—Matteo no está —susurré. No es que fuera a escucharnos alguien, pero quería que confiara en mí—. Y no creo que le importe que salga a dar un paseo. Es lo único que quiero, necesito algo de aire.
Eso y ver si Yuri daba señales de vida. Sabía que mi padre lo estaba buscando, pero odiaba quedarme con los brazos cruzados a esperar.
—Lo siento, tesoro —casi parecía que de verdad le pesara decirme que no—, pero esas son las reglas hasta nuevo aviso.
Inspiré hondo por la nariz. No era culpa suya. Lo sabía. Pero aun así me ponía de mal humor.
—¿Por qué no puedo salir? —Crucé los brazos sobre la encimera, inclinándome hacia delante—. Perdona que te lo pregunte a ti, pero Matteo parece haberse evaporado de repente.
—Le preocupa que Vasilyev intente algo de nuevo. No es seguro.
Arqueé una ceja. Me sorprendía que Matteo hubiera puesto al día a su asistenta de los problemas que pasaba la famiglia .
Aunque, visto desde otra perspectiva, Polina siempre sabía todo lo que ocurría.
Quizás su relación no era tan diferente a la nuestra después de todo.
Pero que su asistenta tuviera más información sobre la maldita guerra con los Vasilyev que yo ya era pasarse.
Chasqueé la lengua con fastidio y me alejé hacia el sofá sin molestarme en responder. Visto lo visto, no serviría de mucho.
—Deberías vestirte o cogerás frío.
Me detuve en seco y me quedé mirándola. ¿No me permitía salir, pero ahora se preocupaba por mí?
—¿Matteo vendrá pronto? —pregunté.
—Mhh… Me parece que no.
—Entonces estoy bien así. —Me desplomé en el sofá y encendí la televisión sin demasiado entusiasmo. Tampoco es que pretendiera quedarme en toalla todo el día, pero, por lo menos, esperaría un rato por no darle la razón.
Reanudé la serie que había empezado el día anterior, más por necesidad de llenar el silencio que por verdadero interés.
Mi atención iba y venía entre los diálogos de la pantalla y el aroma que empezaba a colarse desde la cocina.
No sabía qué diablos estaba cocinando Valentina, pero olía de maravilla.
Empujé mi lengua contra el interior de mi mejilla, echándole un vistazo de reojo.
« Hora de cambiar de estrategia, Yelena » .
Me giré y me quedé mirándola con la barbilla apoyada sobre el reposabrazos.
—Valentina.
—¿Sí, tesoro? —Me miró por encima del hombro sin dejar de remover lo que tenía en la sartén.
—¿Qué estás cocinando? Huele muy bien.
Valentina sonrió y volvió a girarse hacia la sartén.
— Arrabbiata . Lo dejaré preparado para que tengas algo de comer cuando me haya marchado.
Alcé una ceja. ¿Sabía que me gustaba el picante o era casualidad?
—¿Le gusta a Matteo? —pregunté. No es que me importara realmente, pero por algún lado tendría que empezar si quería averiguar más sobre mi marido.
—Siempre ha preferido sabores más suaves, pero dijo que te gustaría.
Pestañeé. En el informe que enviamos sobre mí no había nada sobre mis gustos. De hecho, nos aseguramos de que mi perfil fuera el más insulso del universo, igual que sus mujeres.
—¿Entonces has hablado con él? —inquirí.
—Llamó esta mañana.
Apreté los dientes. No debía estar tan ocupado si había tenido tiempo de decirle a Valentina que me preparase esa pasta arrabbiata . Quizás me evitaba tras nuestro encontronazo el otro día. Sonreí ante la idea. ¿Me tenía miedo? Ahogué una risa. No…, eso no podía ser. ¿O tal vez sí?
Me mordí el labio imaginándomelo. Al darme cuenta de lo que hacía, sacudí la cabeza y carraspeé, volviendo a centrarme.
—¿Y dijo dónde estaba?
—No es asunto mío, así que no le pregunté —soltó con un encogimiento de hombros que olía a mentira cocinada a fuego lento.
Chasqueé la lengua. Me incorporé un poco en el sofá, dándole un tono más íntimo a mi voz.
—¿Podrías hablarme de él? Apenas hemos cruzado un par de frases y… No sé, me gustaría conocer al hombre con el que me he casado.
Intenté sonar lo más vulnerable que era capaz, manteniéndome dentro de mi papel de esposa sumisa, obediente y posiblemente asustada.
La clase de tono que hace que una madre se derrita o que una asistenta con corazón blando suelte algo sin querer.
Valentina volvió a mirarme por encima del hombro con los ojos entrecerrados.
¿Un poco tarde para hacerme la pobrecita?
—Solo vengo a cocinar y a limpiar, tesoro. No sé mucho sobre él —mintió. Claro que mintió, podría notarlo a un kilómetro de distancia—. Le gustan los dulces, sobre todo los cannoli , aunque también tiene debilidad por las galletas de coco.
Levanté una ceja, conteniendo una sonrisa.
¿Matteo tenía alma de goloso? No digo que me sorprenda; he visto a mi hermano ponerse morado con las galletas de Polina.
A mi hermano, a mi padre, a Boris, a todos en realidad.
Caían como moscas. Pero me costaba imaginarlo a él, o a cualquiera de los estirados de la mafia, comiendo galletas de coco.
Tuve que contener una sonrisa ante la idea que me cruzó la mente. Tenía que hacer una compra urgente.
—¿No sabes nada más aparte de sus gustos por la comida? —insistí, esta vez con una pizca de frustración que no fui capaz de ocultar del todo. Valentina negó con la cabeza.
Respiré hondo, obligándome a mantener la compostura. Los interrogatorios son más fáciles cuando no tienes que pretender ser una pobre mujer sin sangre obligada a casarse.
—Ya veo… —murmuré, bajando la cabeza para ocultar mi mueca de fastidio.
—Es un buen chico, tesoro.
Me obligué a no poner los ojos en blanco.
Su madrastra había dicho exactamente lo mismo, pero eso no da información útil de ningún tipo.
¿De dónde se sacaban eso del buen chico?
No me creo que no estuvieran al tanto de su reputación en la mafia.
Quería saber qué es lo que convierte a Matteo Lombardi en una bomba de relojería.
Sonaba a que estaba loco, pero no me lo había parecido.
¿Un capullo con aires de superioridad? Sí. ¿Pero loco?
—Si tú lo dices…
Esperé a que Valentina volviera a hablar, pero no lo hizo. Se centró en la comida que estaba preparando. Hasta aquí había llegado mi conversación con Valentina.