Nacidos en sangre CAPÍTULO 9 MATTEO #2
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CAPÍTULO 9 MATTEO #2

La sola idea de ella haciéndose pasar por una mujer obediente y sumisa me provocó una carcajada.

¿Obediente? Mis cojones. Y si consideramos sumisa a alguien que encaja una bofetada como una maldita luchadora de la UFC, entonces sí, claro, era la mujer más sumisa que había conocido.

Consulté el reloj de mi muñeca. Había dejado a Yelena encerrada en mi piso, y no pude evitar preguntarme qué estaría haciendo en ese momento. Tendría que haber instalado las jodidas cámaras que recomendó Enzo, pero no me gusta la idea de ser vigilado como un animal en un puto zoológico.

Viktor se detuvo ante uno de los cuadros del pasillo.

Por un segundo pensé que se pondría a hablar de arte o soltar alguna mierda sobre la pintura rusa y el valor histórico de las molduras.

Pero no. En lugar de eso, tiró del cuadro hacia sí y reveló una puerta oculta.

No era muy diferente a lo que nosotros habíamos hecho en Modesta, solo que en lugar de mover una estantería, aquí bastaba con apartar el retrato de un tipo con más barba que cara.

Comenzamos a descender, guiados por Viktor.

Las luces del techo apenas servían para distinguir los escalones de madera oscura que crujían bajo nuestro peso.

Se les debió ir el presupuesto e n la maldita estatua que habíamos visto al final del pasillo, porque aquí abajo parecía que estábamos en otra década.

Al llegar al final, Viktor se detuvo frente a una puerta de acero.

Colocó una mano sobre un panel y el lector de huellas emitió un pitido seguido del chasquido de la puerta al abrirse.

César me dirigió una mirada con la ceja alzada y yo le devolví el gesto con una mueca.

Tecnología de primera para asegurarse de que la carnicería no fuera interrumpida.

Si Enzo viera esto, se volvería loco. Nosotros tenemos que introducir el puto código de seguridad cada vez que entramos a la oficina del sótano.

Nada más abrirla nos llegaron los gemidos de dolor.

Por fin algo de música para mis oídos. Sonreí y di un paso al interior.

No sé qué esperaba encontrarme en el sótano de un ruso, pero la palabra «prisión» no es lo primero que se me viene a la cabeza.

Y, sin embargo, eso era exactamente lo que era.

Una jodida prisión. Había celdas a ambos lados, unas diez en total.

Tres de ellas ocupadas por los desgraciados que habíamos capturado durante el ataque en la boda.

Mis ojos se detuvieron en el único que mantenía la cabeza alta.

Nos observaba sin disimulo, con una mezcla de odio y esa resignación familiar de cuando ya saben que están acabados pero se resisten a doblar la rodilla.

Me encantan esos, son los que más soportan la tortura.

Nikolai Ivanov estaba sentado frente al hombre que colgaba del techo como un trozo de carne olvidado en una carnicería.

Sostenía un vaso de vodka en la mano, indiferente al espectáculo sangriento que se desplegaba ante sus ojos.

El tipo que tenía al lado, un ruso descomunal con tatuajes hasta el cuello, sostenía una navaja dentada, y la hoja descansaba con impaciencia contra la piel ya desgarrada del prisionero.

Nikolai preguntó algo en ruso con su voz grave y pausada.

La pregunta quedó suspendida en el aire un instante.

El prisionero murmuró algo ininteligible y escupió al suelo.

El cuchillo se hundió de nuevo, esta vez con más saña.

La hoja rasgó la carne, dejando tras de sí una línea de sangre que brotó sin resistencia.

El grito que salió de la garganta del tipo fue áspero, animal, y rebotó por las paredes del sótano.

El gigante dio un paso atrás y limpió el cuchillo contra su propia camiseta. Nikolai volvió a hablar. Cada vez que la respuesta no lo complacía, el cuchillo volvía a pasearse por la piel del prisionero.

Viktor se inclinó hacia su padre y le dijo algo en ruso. No entendimos una mierda; más le valía comenzar a hablar el jodido idioma que todos en esa sala entendíamos. Nikolai se giró con calma, mirándonos por encima del hombro, y alzó el vaso que sostenía en nuestra dirección.

—¿Vodka?

Noté la mirada de César clavada en mí, pero la sonrisa ya se me había escapado antes incluso de volverme hacia él.

—Sabía que nos ofrecerían vodka —comenté lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchara. Era tan predecible que hasta resultaba gracioso. Apostaría lo que fuera a que hasta el cabrón colgado del techo tenía algo de alcohol en el organismo.

Nikolai agitó ligeramente el vaso en su mano, esperando nuestra respuesta.

—¿Por qué no? —Me encogí de hombros.

Viktor ya estaba sirviendo tres vasos cuando me acerqué. Sobre la mesa, junto a las botellas, vi todo lo que el grandullón había usado: una pinza oxidada, unos alicates, algo que parecía una maza de madera con tornillos clavados… Muy artesanal; estaba deseando ver su funcionamiento.

El olor del alcohol me golpeó en cuanto Viktor me alcanzó mi vaso. Lo agarré con un asentimiento, y César tomó el suyo con menos entusiasmo, pero lo sostuvo sin rechistar.

— Na zdorovje , amigos —dijo Nikolai, levantando su vaso.

—Lo que sea que acabe de decir —respondí con una sonrisa, levantando el mío.

Nikolai y su hijo se bebieron de un trago el vodka, así que no me lo pensé y los acompañé. No está mal, pero siempre he preferido el whisky.

—¿Qué tal está mi hija? —preguntó Nikolai, pasándole su vaso a Viktor. En seguida volvió a acercarse a la mesa, se lo rellenó y se lo entregó una vez más. Por las botellas vacías sobre la mesa, m e preguntaba cómo era posible que siguiera en pie—. Espero que la estés tratando bien.

—Lo cierto es que tengo algunas preguntas que hacerle sobre ella.