Nacidos en sangre CAPÍTULO 9 MATTEO
21%

CAPÍTULO 9 MATTEO

—Se te está hinchando.

Le lancé a César una mirada que podría haberlo matado. No se molestó en ocultar la sonrisa, pero al menos tuvo la decencia de no reírse en mi cara como Enzo o Bruno; esos dos cabrones nunca saben cuándo parar. Bueno, ni ellos ni yo. Aun así odio que la razón de su buen humor sea a costa mía.

—Vete a la mierda —gruñí, plantándole el dedo corazón.

Hice una mueca al notar el latigazo punzante en mi mandíbula.

He de reconocer que mi principessa tiene buena muñeca.

Algo sin duda a tener en cuenta, aunque no dejaría que eso volviera a suceder…

O tal vez sí, en otro contexto muy distinto.

Que una mujer tuviera el valor de levantarme la mano era algo nuevo para mí y, por alguna razón, desde que había salido de casa después de nuestro pequeño enfrentamiento estaba deseando volver y descubrir qué otros secretos guardaba.

La puerta de la oficina se abrió tras un pitido de confirmación y Bastian entró acompañado de Salva.

Se dejó caer en su butaca con ese aire imperturbable de cabrón cargado de mil preocupaciones que siempre lleva consigo.

Apenas se acomodó, su mirada se clavó en mí, o más bien en la bolsa de hielo que apretaba contra mi mandíbula.

Sus cejas bajaron al instante. Siempre me ha gustado romper la fachada impenetrable de mi hermano, hacer que se le escape alguna emoción, aunque sea solo un tic o un gesto mínimo como ese, pero esta vez no me reí.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó con el tono seco de siempre.

Apreté los labios. Otra vez a contar la jodida historia. Nada más abrir la boca, la carcajada de Bruno retumbó desde el billar, interrumpiéndome.

—Su mujer le ha pegado. —Un golpe seco resonó en la sala cuando una bola chocó contra otra en el billar, seguido del suave rodar por el tapete.

Me giré despacio en el sofá con los dientes rechinando, lanzándole una mirada asesina a Bruno. Su buen humor empezaba a agriar el mío.

—¿Quieres seguir teniendo dientes? Porque yo que tú cerraría la puta boca.

Bruno levantó las manos en señal de paz, pero su sonrisa no se borró en absoluto mientras volvía a inclinarse sobre el billar después de acertar.

«Stronzo» .

—Dejad las tonterías, tenemos cosas más importantes de las que hablar —intervino Bastian con su tono cortante de siempre.

El choque de otra bola, seguido por el resoplido de Bruno, resonó por la sala.

—Los rusos están interrogando a los hombres que capturamos, pero no podemos fiarnos de ellos. —Bastian apoyó los codos sobre la mesa y me miró entrelazando los dedos—. Matteo, irás con César a casa de Nikolai. Ya está todo hablado.

—¿Podremos participar o solo vamos en calidad de espectadores? —Tiré la bolsa de hielo sobre la mesa y me enderecé en el sofá, sentándome como un ser humano normal—. Porque si es lo segundo, prefiero quedarme aquí y que mi esposa me siga golpeando.

Enzo y Bruno soltaron una carcajada ahogada desde el billar y una sonrisa divertida se dibujó en los labios de César; incluso Salva pareció reprimir una, pero a Bastian no le hizo tanta gracia mi broma.

Se limitó a lanzarme una de esas miradas que podrían congelarte el alma.

A veces me cuesta creer que compartamos la misma sangre.

—Quiero saber todo lo que suelten sobre los Vasilyev —dijo Bastian.

—Nadie dio la voz de alarma cuando el coche se estampó contra la verja —continuó Salva, apoyando las manos sobre el escritorio junto a mi hermano—. Lo que significa que los hombres que vigilaban ya estaban muertos.

—Algo falló en la seguridad, y no podemos dejarlo pasar. —La mirada de Bastian se posó sobre mí—. Nikolai solo deja que seas tú quien entre en su casa, pero he conseguido convencerlo para que al menos César te acompañe.

—No suena muy fiable —apunté.

—No, pero no nos queda otra —suspiró Bastian—.

El hombre o los hombres que los dejaron entrar podrían ser tanto nuestros como de ellos, y no podemos arriesgarnos a tener traidores en nuestras filas.

Los hombres que capturamos eran todos rusos, por eso Nikolai se los llevó.

Hay que averiguar lo que dicen, y a ti se te da muy bien sacar información.

—Espero que no estés sugiriendo que torture a mi suegro, porque podría hacerlo.

—Y por esa razón, va César también.

—Me lo tomaré como una broma y no como lo que realmente es. —Chasqueé la lengua, volviendo a pasarme la mano por la mandíbula. La hinchazón ya había desaparecido, pero aún podía notar el ardor de la bofetada.

«Sorprendente».

—¿Y si fue uno de los nuestros? —inquirió César a mi lado.

—Pues espero que nos dejen ser creativos con el castigo —respondí, adelantándome a mi hermano.

Bastian me miró con la sombra de una sonrisa.

—Si lo es y descubres quién fue, Matteo, quizás padre te deje hacer con él lo que quieras.

Mi sonrisa se ensanchó, dejando al descubierto mis dientes.

—Después de todo, la boda que atacaron fue la tuya —añadió, borrándome la sonrisa de un plumazo.

—¿Sabes, hermano? Le acabas de quitar toda la gracia. —Vi un brillo de diversión cruzando sus ojos. Al menos mi mala suerte lo divertía.

Bastian nos hizo un gesto con la mano, dándonos la señal para que nos largáramos. Me levanté del sofá y salí junto a César, atravesando el pasillo de hormigón hasta las escaleras que subían a Modesta.

—Por lo menos nos han mandado a un sitio donde seguro que nos ofrecen algo de beber —dije, empujando la puerta del almacén.

Aún era pronto para que Modesta estuviera funcionando.

Algunos de nuestros hombres descansaban en los sofás de cuero en forma de medialuna de la planta baja, con una mano en una copa y la otra en las cartas.

Riendo, bebiendo, dejándose llevar por la calma antes de la hora de apertura.

He visto a soldados pelearse por la posición que ellos ocupaban; después de todo, trabajar para nosotros en Modesta es trabajo fácil, con barra libre y sin el riesgo de ser alcanzado por un tiro.

—¿Eso es lo único que te importa? —preguntó César. Le lanzó una mirada a la mesa donde jugaban al póker, dirigiéndose a la salida de atrás.

—¿No debería? —Le devolví una sonrisa ladeada—. Ya que nos mandan de recaderos, por lo menos tomar un buen vodka ruso, aunque sepa a gasolina quemada.

César negó con la cabeza y una sonrisa asomando.

Salimos de Modesta y subimos a su coche; a la vuelta ya recogería mi moto. Me acomodé en el asiento mientras pasaba los dedos por la mandíbula, pensativo, justo donde Yelena me había dejado su sello personal. Quizás podría averiguar algo más de ella con esta visita.

El viaje fue lo bastante largo como para que me diera tiempo a revisar de arriba abajo el móvil un par de veces y aburrirme otras tres.

César detuvo el coche al llegar a la puerta de entrada hecha de acero.

Había dos tipos con más de esa ropa táctica que les gustaba llevar a los hombres de Ivanov, apostados uno a cada lado.

Uno de ellos se llevó la mano a la oreja y susurró algo en ruso.

La puerta comenzó a abrirse al instante.

Muy eficaces los rusos; admito que me sorprendieron.

Esperaba al típico capullo marcando territorio y haciendo el numerito en el que no nos dejaban entrar.

Pero no, parecían buenos perros obedientes.

Avanzamos con el coche por el camino de tierra que partía el jardín en dos. Silbé por lo bajo mientras echaba un vistazo al terreno.

—Joder, aquí dentro podría vivir toda la bratva si quisiera —murmuré sin apartar la mirada de la entrada.

La mansión de Nikolai Ivanov era una jodida fortaleza rodeada de columnas ostentosas y un jardín tan grande que hacía que la mansión de mi padre pareciera un garaje—.

Podrían esconder un puto ejército aquí y nadie se enteraría.

César soltó un resoplido.

—¿Y quién dice que no lo hacen? Será mejor que te fijes en los detalles. Ya sabes que tu padre querrá el informe completo.

Bufé por lo bajo. Solo por eso, la idea de venir había perdido todo el encanto.

César detuvo el coche frente a la entrada principal. No habíamos puesto ni un pie fuera del coche cuando la puerta se abrió y apareció Viktor en el umbral de la mansión. Entrecerré los ojos al verlo hablar con alguien que, desde mi ángulo, no alcanzaba a distinguir.

—Bueno —suspiré, saliendo del coche y ajustándome la americana—, espero que esto no sea una jodida pérdida de tiempo.

César me siguió y echamos a andar hacia Viktor, ignorando que estábamos rodeados de rusos armados hasta los dientes. En otras circunstancias, plantarnos aquí sin escolta habría sido un jodido suicidio, pero el hecho de ser «familia» me otorgaba cierto privilegio para sobrevivir.

—Ivanov —saludé con una sonrisa ladina—. Espero que no hayáis dejado al prisionero sin voz.

Viktor nos lanzó una mirada tan cálida como una ventisca en Siberia. Otro al que no le hacían gracia las bromas. Qué decepción. En la boda parecían más entretenidos, aunque, pensándolo bien, probablemente fuera mérito del vodka.

—Seguidme.

Joder, este tipo era el alma de la fiesta. Adiós a mi esperanza de un trago antes del interrogatorio.

Metí las manos en los bolsillos y lo seguimos por la mansión.

Mi mirada se deslizó por cada rincón de esa exhibición de poder.

Mármol pulido, lámparas de araña como si estuviéramos en un maldito palacio, cuadros gigantescos con marcos dorados.

No debería sorprenderme; después de todo, me he pasado la vida rodeado de lujos y mi padre siempre ha tenido un gusto algo anticuado en la decoración, pero sin duda los rusos tenían un talento especial para llevar la ostentación a otro nivel.

No era de extrañar que mi principessa fuera de la forma que era si se había criado rodeada de este nivel de opulencia.

Podía imaginármela paseándose por estos pasillos, con la nariz bien alta y ese aire de superioridad que parecía llevar pegado a la piel y que tan bien había ocultado.