Nacidos en sangre CAPÍTULO 8 YELENA #2
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CAPÍTULO 8 YELENA #2

Giré la cabeza lentamente. El aire se me atascó en la garganta al encontrarme con Matteo al otro lado del sofá.

Sin camiseta. Con una toalla colgando del cuello y el sudor descendiendo por su piel en un recorrido lento que me obligaba a seguirlo con la mirada.

La luz acariciaba los surcos de sus abdominales, lamiendo cada línea de su torso hasta perderse bajo la cintura baja del pantalón corto de chándal.

Tragué saliva, sintiendo un calor espeso encenderse en mi vientre y deslizarse hacia abajo sin permiso.

Mis ojos siguieron su camino, atrapados por el rastro de vello oscuro que desaparecía bajo la tela.

Un segundo. Dos. Demasiado tiempo. Pero, joder…

se estaba empalmando mientras lo observaba, y mis ojos traidores devoraban cada centímetro de él sin disimulo.

—¿Disfrutando de las vistas? —preguntó con un tono arrogante.

Mis ojos volaron hacia los suyos, encontrándome con un brillo peligroso que bailaba en su mirada. Una sonrisa engreída se dibujó en sus labios, y supe que, en efecto, me había quedado demasiado tiempo mirándolo. Otra vez lanzando mi dignidad escaleras abajo y sin freno.

—Si sigues mirándome así, principessa , voy a pensar que quieres algo.

—Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre el respaldo del sofá junto a mi cabeza.

El mismo olor amaderado que había descubierto en su camiseta me envolvió.

Una mezcla entre colonia cara, piel caliente y algo más salvaje y dulce que no sabía identificar. Mierda, olía tan bien…

—Mi niña, ¿sigues ahí? —La voz de Polina me sacó de golpe de ese atontamiento hormonal.

Mi mirada volvió al frente con rapidez y mis ojos se abrieron de par en par al darme cuenta de que toda la conversación con mi padre y Viktor había sido en inglés. Mierda. ¿Cuánto había escuchado? ¿Y cómo no lo había sentido llegar?

Lo miré de reojo un instante, solo para confirmar que Matteo seguía plantado en el mismo sitio, observándome con esos ojos grises, intensos e imposibles de leer.

—Llamaré más tarde —dije en ruso. Deslicé el dedo por la pantalla finalizando la llamada.

Tomé aire y giré mi rostro hacia él de nuevo. Los ojos de Matteo se entrecerraron lentamente. Mierda, debía haberme escuchado. No tenía ninguna duda.

—Creía que no estabas —solté, manteniendo la voz lo más neutral posible.

—Como ves, aquí estoy. —No movió ni un músculo.

Había algo en su mirada y en ese tono de voz grave y rasgado que me hacía sentir… atrapada. Como si me hubiera acercado demasiado a una bestia dormida y esta acabara de abrir los ojos.

—Empezaba a pensar que me estabas evitando, principessa —añadió, enderezándose con calma.

Un escalofrío me recorrió los brazos.

—Estaba cansada, ayer fueron… muchas emociones juntas —respondí, y al instante me mordí la lengua por haber dicho algo tan ridículamente parecido a lo que diría una esposa de verdad.

Después de todo, no le debía explicaciones.

Fue él quien me dejó ahí tirada y quien había desaparecido en mitad de la noche.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa, pero su mirada no perdió esa sombra oscura que parecía advertirme que no intentara engañarlo. Serios, afilados… Los ojos de un cazador.

—Aún tenemos una conversación pendiente, principessa.

—Su voz descendió una octava, transformándose en algo suave, casi juguetón.

Y, maldita sea, sentí cada sílaba como si me la hubiera susurrado directamente sobre la piel, formando un hormigueo cálido que descendió poco a poco hasta concentrarse en un punto bajo de mi vientre.

Carraspeé y me obligué a enfocar la mente en otra cosa.

—Me crie en la bratva , no en la mafia. No es raro que llevemos armas, y menos estando en guerra.

Matteo alzó el mentón, observándome desde arriba con los ojos entornados. Mierda. No podía apartar la mirada de él.

—No me refería a eso —respondió.

Lo miré confundida. ¿A qué otra cosa podía referirse si no?

Matteo rodeó el sofá, acortando la distancia hasta detenerse frente a mí.

Alcé la cabeza para enfrentarlo. De repente me sentí pequeña porque estaba semidesnudo y demasiado cerca, y a mi cerebro le gustaba lo que veían mis ojos.

Supongo que después de tres años de decepciones con Graves, al tener a un hombre como él tan cerca era normal que mi sistema nervioso cortocircuitara.

Extendió una cajita frente a mí. Su gesto fue tan simple que me tomó unos segundos comprender qué era.

« Anticonceptivas » .

Fruncí el ceño y, al alzar la vista, mis ojos se detuvieron un instante en su mano.

Los nudillos estaban aún más enrojecidos que la noche anterior, ligeramente hinchados y con rastros de sangre seca, como si hubiera estado golpeando algo repetidamente.

Supongo que algún desgraciado de los que debieron capturar se llevó una buena paliza.

—¿Va en serio? —escupí entre dientes, dejando a un lado lo que había visto.

Matteo inclinó la cabeza a un lado. La curva insolente de su sonrisa se expandió con una tranquilidad que me crispó hasta los dedos de los pies.

—Siempre voy en serio, principessa. Estamos casados, no quiero tener que usar preservativos y no quiero hijos.

Solté una risa seca; no podía creer lo que escuchaban mis oídos. ¿Hablaba en serio?

—Descuida —solté, dejando que las palabras se clavaran en su ego—.

No pensaba acostarme contigo. —Me crucé de brazos y respiré hondo—.

Te lo dije, te habría escogido una noche de fiesta, eso es todo.

Ayer fue la fiesta. Hoy solo eres mi marido sobre un papel.

Adelante. Búscate a otra. Tienes mi permiso, que yo haré lo mismo.

Sus labios se apretaron en una línea tan dura que borró cualquier rastro de sonrisa, sus fosas nasales se ensancharon y la mandíbula le vibró con un tic involuntario. Una señal de que había golpeado algo dentro de él.

« Bien. Que duela » .

—Te las tomarás.

—No, no lo haré —repliqué, poniéndome en pie de golpe.

Crucé los brazos sobre el pecho, y aun así tuve que alzar la barbilla para alcanzarlo con la mirada.

No pensé que echaría de menos los tacones.

Y él lo notó. Vaya si lo notó. Una sonrisa ladeada apareció en sus labios y un brillo oscuro cruzó sus ojos.

Dio un paso más, invadiendo mi espacio, y bajó la cabeza con calma, inclinándola sobre mí en ese gesto silencioso que dejaba claro quién mandaba, hasta que su respiración chocó contra mi piel y me envolvió.

Mierda. Sí. Definitivamente, la camiseta que le había robado olía a él.

—Te las tomarás, o si no…

—Si no, ¿qué? —lo interrumpí—. ¿Me las meterás a la fuerza por la garganta?

Un destello salvaje iluminó sus ojos y una sonrisa afilada sustituyó a la anterior.

—Quizás sea otra cosa lo que te meta por la garganta.

Mi boca cayó en picado. Una ola de calor me recorrió de la cabeza a los pies nublándome la visión.

El brillo en sus ojos se intensificó, alimentándose de mi reacción.

No lo pensé. Mi mano se movió por cuenta propia.

Un golpe seco resonó en la habitación cuando la palma de mi mano chocó contra su mejilla, girándole el rostro.

Tuvo suerte de que no se me ocurriera cerrarla antes; había estado a punto.

Matteo se llevó la mano a la mandíbula, con el rostro desencajado por la sorpresa. Esta vez pude ver mejor sus nudillos. Los tenía destrozados.

Sus ojos se clavaron en mí, primero con rabia, luego con incredulidad. Y después… con algo mucho peor: diversión.

—No sé si recriminarte la bofetada o aplaudir tu fuerza —dijo, con esa media sonrisa insoportable.

—Gilipollas —resoplé, dándole un empujón que no lo movió ni un milímetro, pero necesitaba ese gesto.

Podía sentir la mirada de Matteo clavada en mi espalda mientras me alejaba hacia la habitación. No me hacía falta verlo para saber que esa maldita sonrisa seguía en su cara.