Nacidos en sangre CAPÍTULO 8 YELENA
18%

CAPÍTULO 8 YELENA

Matteo se marchó poco después de dejarme en el apartamento. Lo único que dijo fue un seco «Pórtate bien» y «No me esperes despierta», y desapareció en el ascensor privado que conectaba directamente con el garaje. Ascensor que, por cierto, no funcionaba sin la dichosa tarjetita.

¿«Pórtate bien»? ¿Quién se creía que era? Como si tuviera que pedirle permiso para respirar.

Apreté el cepillo de dientes con más fuerza, restregándolo contra mis dientes hasta que las encías me escocieron.

Mis ojos estaban fijos en la gota de sangre que resaltaba sobre el blanco impoluto del lavabo.

No recordaba haberlo visto herido cuando salimos de la mansión, pero tampoco tenía idea de dónde demonios había estado después de dejarme en el apartamento.

Cuando volvió eran pasadas las cuatro de la madrugada.

Se duchó y se metió en la cama ignorando mi presencia por completo.

Bajé el cepillo, observando la mancha roja con detenimiento.

Era extraño, Matteo había tenido una pesadilla esa noche.

En el cuartel aprendí a dormir con un ojo abierto y a despertarme ante cualquier alteración en el ambiente.

Y anoche no fue distinto. Me despertó la tensión súbita en su cuerpo y su respiración agitada, como si luchara contra fantasmas que solo él podía ver.

Cuando lo escuché incorporarse, fingí que dormía.

Salió de la habitación, soltando una maldición tan baja que no logré entender, y no lo volví a ver desde entonces.

Abrí el grifo y observé cómo la gota roja se deslizaba lentamente por el desagüe sin dejar rastro.

Lo cerré con un gesto lento y me dirigí al vestidor.

Nos habíamos marchado con tanta prisa que ni siquiera alcancé a recoger la maleta que había preparado para mi misión con el italiano.

Tendría que tomar prestada algo de ropa de mi nuevo marido.

Reconozco que el vestidor era bastante grande, casi tan amplio como el de mi casa.

Mientras rebuscaba entre su ropa algo cómodo que ponerme, mis dedos tropezaron con algo inesperado.

Bueno, no tan inesperado, sabía lo que buscaba.

Los hombres son demasiado predecibles. Sonreí mordiéndome el labio y eché un vistazo hacia la puerta, asegurándome de estar sola.

Presioné el botón. La pared del fondo se abrió hacia arriba con un susurro mecánico y me encontré de cara a un expositor lleno de armas.

Solté un silbido bajo. No esperaba encontrar un arsenal de película, pero era bueno saber que tenía opciones a mi alcance cuando llegase el momento de acabar con él.

Mi idea original era usar la Beretta, pero no contaba con que fuera a quitarme la liga delante de tanta gente.

Pensé que podría llevármela a la habitación a escondidas y que podría ocultarla antes de que quisiera ponerme las manos encima.

Al perder la Beretta, ya me veía agarrando uno de los cuchillos de la cocina.

Funciona, sí, pero tampoco quería llenarme de sangre al rajarle el cuello; siempre es más limpio una bala en la cabeza.

Volví a presionar el botón y el panel descendió, cubriendo de nuevo el arsenal.

En realidad no sé de qué me sorprendía. No es el único hombre que conozco con algo así en su vestidor; supongo que es como la marca personal de los criminales con dinero.

En mi casa también las tenemos, pero en lugares menos evidentes.

Volví a revolver entre los cajones, buscando algo cómodo.

En uno de los inferiores encontré camisetas y agarré la primera que vi.

Me la pasé por la cabeza, pero en cuanto la tela rozó mi piel…

me detuve. El olor era… Cerré los ojos. Oscuro.

Cálido. Masculino. Tenía un punto a madera, a noche larga, a…

sexo. Incliné la cabeza y aspiré el aroma que todavía quedaba en ella.

«¿ Matteo olerá igual? » .

Sacudí la cabeza al darme cuenta de lo que estaba haciendo.

¿En serio estaba oliendo su camiseta como una adolescente en pleno brote hormonal?

Genial. Lo siguiente sería escribir su apellido junto a mi nombre en la esquina de una libreta que ni siquiera tenía.

Sacudí la camiseta para sacarle el aroma, estirándola después de los bordes, y cerré el armario de un portazo.

Salí de la habitación y eché un vistazo hacia el pasillo. Más tarde investigaría ese lado del apartamento, pero antes necesitaba meter comida en mi cuerpo. Encontré una cafetera italiana sobre la vitrocerámica de la cocina. Bien, al menos el café no faltaba. Abrí la tapa y eché un vistazo dentro.

—Suficiente —murmuré para mí misma, y dejé caer la tapa.

Tuve que impulsarme con la punta de los pies para alcanzar una del estante más alto, porque, claro, todo estaba diseñado para hombres de metro noventa, no para mujeres que apenas rozan el metro sesenta.

Me serví el café con cuidado y luego abrí la nevera en busca de leche.

Al menos no llevaba tres semanas caducada.

Con la taza en mano, rodeé la isla de la cocina, deslizando los dedos sobre la encimera de pizarra mientras mis ojos recorrían una vez más el espacio abierto que unía el salón y la cocina.

Cuando me dejó encerrada la noche anterior, estaba tan cabreada que no me detuve a analizar el lugar que sería mi hogar —o base de operaciones— las siguientes semanas. O, con suerte, los siguientes días.

No había ni rastro de la personalidad de Matteo en medio de aquella decoración sobria y elegante, más propia de un set de revista que de un hogar.

Me dejé caer en el sofá de cuero negro, subiendo las piernas y cruzándolas encima del asiento.

Todos los muebles eran oscuros. Alfombra oscura, aparadores oscuros, chimenea moderna pero oscura, suelo de madera oscuro.

Hasta las malditas lámparas minimalistas que colgaban del techo eran oscuras.

—Qué deprimente —murmuré para mí misma.

Di otro sorbo al café y giré la cabeza hacia los enormes ventanales que daban al exterior.

Al menos la luz natural entraba a raudales.

Tenía un balcón que se extendía a lo largo de la cristalera, pero ni una silla o mesa para poder salir a relajarte.

Chasqueé la lengua. Por lo menos, la vista no era mala.

Me incliné sobre la mesa de centro, dejando la taza directamente sobre el cristal, y tomé mi móvil. Batería baja. Genial. Otra cosa que no tenía: un maldito cargador. Marqué el número de Viktor y esperé.

— Sestrenka. —Su voz sonó ligera, animada—. No esperaba tu llamada tan pronto. Dime por favor que no te has cargado al italiano ya. Después del ataque de ayer, no es buen momento para comenzar otra guerra.

—Todavía no, descuida. Pero no te prometo nada; este lugar es un aburrimiento, no sé cuánto tiempo aguantaré —suspiré—. ¿Se sabe algo de lo que ocurrió anoche?

—Los hombres de Yuri nos tendieron una emboscada. Nada que no esperásemos. Capturamos a unos cuantos, pero aún no hemos comenzado con ellos. Ya sabes, queremos ponerlos nerviosos.

Puse los ojos en blanco. Yuri es como un niño encaprichado con un juguete que no puede tener. Jamás lo aceptaré, ya no solo porque hace tiempo que lo soporto, sino porque eso significa entregarle en bandeja de plata el negocio de mi padre.

—¿Qué tal tu noche de bodas? ¿Llegasteis a acostaros? —preguntó Viktor, cambiando de tema con descaro.

—Sí, claro. Nada como una lluvia de balas para encender la chispa —solté con sarcasmo.

La voz de mi padre se coló en la llamada, seguida de la protesta de Viktor al arrebatarle el teléfono de las manos.

—¡ Malysh !

Me froté la frente.

—¿Tú también quieres saber si me acosté con el italiano?

—¡Por el amor de Dios, Yelena!

Sonreí.

—Lo suponía. —Me incliné de nuevo sobre la mesa, tomando la taza de café—. ¿Se puede saber por qué desapareciste ayer? —inquirí dándole un sorbo.

—Tenía negocios que tratar con Fabiano —respondió con indiferencia—. Eras la novia más bonita que he visto jamás; ojalá hubiera podido llevarte al altar —se lamentó, desviando el tema de los negocios.

—No fue una boda real, ¿recuerdas? Es temporal —repetí con fastidio—. Y no me cambies de tema. ¿Cayó alguno de los nuestros?

—Un par de soldados; ya nos hemos puesto en contacto con sus familias. Y Roman se llevó un balazo en el brazo. Chillaba como un gorrino cuando lo trajimos para que Boris lo remendara.

Sonreí de lado y di otro trago al café.

—Siempre lo hace. No toma en serio las habilidades médicas de Boris. Pero ¿quién lo hace? Yo también me resistiría.

—Que antes fuera carnicero no significa que no sea bueno cosiendo —lo defendió mi padre.

—Díselo a los hombres que ahora parecen muñecos de vudú. A Boris se le da mejor desmembrar a las personas que recomponerlas.

Mi padre soltó una carcajada, pero su voz se vio interrumpida por un chillido agudo al otro lado de la línea.

—¡Mi niña! —Escuché la maldición de mi padre en segundo plano, seguido de la voz de Polina, esta vez más cerca—. ¿Estás bien? ¿Saliste herida?

Hubo un ruido seco, probablemente mi padre intentando apartarla del teléfono, pero ella ganó.

—Estoy perfectamente —respondí, suavizando la voz para ella—. Incluso he podido dormir hasta tarde.

Despegué el móvil de la oreja y eché un vistazo rápido a la pantalla. Eran casi las diez. Impresionante.

—¿Y tu marido? ¿Qué tal es?

Solté aire por la nariz. La pregunta más absurda del día.

—Sinceramente, no tengo ni la menor idea ni me importa. —Me guardé para mí la información sobre la pesadilla de Matteo; no era relevante por el momento—. Con suerte volvió anoche y le alcanzó una bala… —La palabra murió en mis labios al escuchar una exhalación pesada a mi espalda.