Nacidos en sangre CAPÍTULO 7 MATTEO
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CAPÍTULO 7 MATTEO

Eso sí que no me lo esperaba. Bravo por mi esposa.

Colar un arma en su propia boda era todo un logro.

Ni siquiera nosotros, con nuestro historial de desconfianza enfermiza, nos habíamos atrevido a tanto.

Todos dejamos las armas en la entrada, un gesto simbólico de paz para que la velada fluyera sin sangre.

Por supuesto, era solo eso, un símbolo. Ninguno de los presentes estaba completamente desarmado.

Bajo las americanas, en los tobillos, dentro de los chalecos, todos llevaban algo escondido.

Pero mi esposa… Si no la estuviera tocando en ese preciso instante, jamás lo habría imaginado.

Mis dedos rozaron el metal de la pistola, tibia por el contacto de su piel, encajada contra su muslo.

Yelena contuvo el aire. Desde fuera, cualquiera diría que estaba nerviosa por lo que iba a pasar a continuación, por el roce de mi boca sobre su piel y la intimidad forzada que esperaban con ese absurdo espectáculo.

Pobres ilusos. Ninguno tenía idea de lo que de verdad estaba ocurriendo bajo ese vestido.

Una Beretta Pico. Compacta. Ligera. Ideal para esconderse en un lugar al que nadie debería llegar a menos que fuera su esposo.

Sonreí. Cómo no hacerlo si mi preciosa mujercita había venido preparada para la guerra. Si seguía la tradición y bajaba la cabeza para retirar la liga con los dientes, como esperaban todos esos bastardos a nuestro alrededor, la delataría. Y yo no quería eso.

Verifiqué el seguro del arma con la yema del pulgar, manteniendo la vista fija en su rostro mientras mis dedos se deslizaban por su piel, lentos, marcando cada centímetro.

Ella se tensó. Lo sentí en su respiración, en cómo la piel suave que acababa de acariciar deliberadamente se le erizaba, en el leve temblor que apenas logró disimular.

« Por fin una reacción real » .

Los murmullos a nuestro alrededor crecieron. Esperaban espectáculo. Querían que metiera la cabeza bajo el vestido y ver cómo la boca del novio reemplazaba sus manos.

«Que se jodan».

La liga salió junto con el arma, todo en un solo movimiento lento y medido, porque no iba a despreciar la oportunidad para recordarle quién tenía el control aquí.

Levanté el trozo de encaje en el aire con una sonrisa depredadora que no tardé en borrar.

Si alguno se atrevía a tocarme los cojones, acabaría con la boca llena de plomo.

Hubo algunas quejas entre los hombres, pero ninguno protestó en voz alta.

Mientras mostraba la liga colgando de mi dedo, la mano que ocultaba la Beretta se movió a mi espalda con naturalidad, agitando la pistola apenas un instante para que César, Bruno o Enzo la tomaran sin llamar la atención. Un intercambio limpio. Silencioso. Perfecto.

Cuando volví a mirar a Yelena, tenía los labios apretados, la respiración agitada y la incertidumbre pintada en cada línea de su rostro. No tenía idea de qué había hecho con su arma, y mucho menos qué pensaba hacer con ella ahora que la había descubierto.

«Interesante. Muy, muy interesante».

—Fin del espectáculo —exclamé para que me escuchara la famiglia . No le di tiempo a reaccionar; la levanté de las piernas con un movimiento rápido y fluido y la cargué sobre mi hombro.

Un grito ahogado escapó de sus labios, perdiéndose entre las carcajadas de nuestro público.

Sus brazos se agitaron en el aire una fracción de segundo hasta que no le quedó otra que aferrarse a mí en un intento de mantener cierta dignidad.

El resultado fue el contrario al que pretendía; ahora estaba pegada a mí y podía sentir cada curva de su cuerpo moldeándose contra mí sin remedio.

Me habría encantado ver su cara en ese momento.

Casi podía imaginarme esos ojos avellana atravesándome con esa mezcla deliciosa de desconcierto y desconfianza y esa pregunta muda en los labios: «¿No piensas delatarme?

». Al igual que en la ceremonia, no temblaba ni me suplicaba que la soltara, como habría esperado. Ni siquiera intentó bajarse.

La sonrisa se ensanchó en mi rostro, dejando al descubierto mis dientes.

«Ahh, mi esposa. ¿Qué más me estás escondiendo?».

Di media vuelta con brusquedad, disfrutando de la forma en que su cuerpo perdió el equilibrio, inclinándose hacia adelante y chocando contra mi espalda; estaba perfectamente encajada sobre mi hombro.

Sonreí por dentro, poniendo mi mano en su trasero para sujetarla.

Sus manos se aferraron con fuerza a mi camisa al notarlo.

Si iba a jugar sucio, que se acostumbrara a recibir lo mismo.

Ignoré los vítores de los presentes y crucé el salón en dirección a las escaleras.

Subí los peldaños de dos en dos, perseguido por el eco de las risas.

Yelena parecía haberse rendido a la humillación de ser cargada como un saco.

Atravesé el pasillo y, al llegar a la habitación nupcial, empujé la puerta con una patada y la cerré de un portazo tras entrar.

No iba a tolerar que ningún idiota interrumpiera lo que venía.

La arrojé sobre la cama sin el menor cuidado.

El colchón absorbió el golpe, arrancándole un grito ahogado antes de que rebotara y la falda del vestido se le subiera hasta cubrirle el rostro por completo.

Me quedé observándola mientras se revolvía bajo la tela, maldiciendo entre dientes en lo que supuse que sería su idioma y ofreciéndome sin querer unas vistas jodidamente tentadoras.

Cuando al fin logró liberarse del vestido y se incorporó, me clavó la mirada con los ojos muy abiertos.

Pero no había miedo en su expresión ni rastro del temblor que esperaba.

Solo un desafío mudo, tan peligroso como tentador.

«Oh, principessa . Si supieras lo mucho que acabas de llamar mi atención».

Aflojé la corbata con un solo dedo sin apartar los ojos de ella, atento a cada gesto, deseando ver su próximo movimiento, que no tardó en llegar.

Se cruzó de brazos y alzó el mentón con un deje de aburrimiento, en un intento de demostrar que tenía la situación bajo control a pesar de que ambos sabíamos que no era así.

—No me importa acostarme contigo. —Torció el gesto y me echó un vistazo lento de arriba abajo—. De ser por mí, nunca te habría escogido para casarme, pero en una noche de fiesta no te digo que no lo hubiera hecho.

Ladeé la cabeza. ¿Qué demonios había querido decir con eso?

—¿No eres virgen?

No fue la pregunta más brillante que he hecho, lo reconozco, aunque tampoco era tan estúpida como sonó. Después de todo, había leído el informe y sabía lo que se esperaba de ella. En nuestro mundo, las esposas concertadas vienen con la pureza como tarjeta de presentación.

Yelena parpadeó dos veces. Luego se le curvó la boca con una sonrisa lenta y apareció ese brillo en los ojos que había visto en la foto.

—Pero ¿qué clase de pregunta es esa? —Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada que me atravesó de lleno.

Algo en mi pecho se agitó. Su risa era liviana, descarada incluso.

Tan viva que casi dolía—. Ayer mismo a estas horas estaba en la cama con mi…

—hizo una breve pausa, buscando la palabra adecuada— profesor. Así que creo que no, no soy virgen.

Y esa risa se convirtió en un puñal.

Un calor espeso me subió por la garganta.

Su comentario había sido un golpe bajo e intencionado, pero no eran celos lo que sentía, sino algo más primitivo, algo de lo que había huido toda mi vida cada vez que me acostaba con una mujer sin rostro ni nombre.

Pero saber que otro hombre había estado donde yo no, que había tocado lo que ahora me pertenecía, me envenenaba con una rabia absurda. Y Yelena lo notó.

Su sonrisa se ladeó con diversión y su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado.

—Interesante —murmuró, y su voz se deslizó sobre mi piel como lo había hecho su risa.

Mis ojos se estrecharon sobre ella, pero no tuve tiempo de procesarlo. Los disparos reventaron el silencio y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me giré hacia la puerta sacando el arma que llevaba oculta bajo el chaleco, listo para entrar en acción en cualquier momento.

Los disparos se intensificaron y los gritos atravesaron las paredes.

No sonaba como un altercado entre familias, sino como un ataque, y no podía venir de otro sitio más que de los Vasilyev.

En cierto modo, se lo habíamos puesto en bandeja: sus dos enemigos en un mismo lugar, una invitación abierta a la masacre.

Pero sabíamos que esto podía pasar y estábamos listos para ello.

—Cámbiate y no salgas de aquí hasta que vuelva a por ti —le ordené. Le mantuve la mirada un segundo, asegurándome de que obedeciera, y luego salí por la puerta.

—¡Devuélveme mi arma! —Su voz quedó atrapada al otro lado cuando cerré con un golpe seco. No había tiempo para sus protestas.

Los disparos aumentaron conforme me acercaba.

—¡Matteo! —Bruno me llamó desde el final del pasillo. Lo vi apostado tras un pilar junto a César mientras disparaban hacia la escalera.

Me agaché, cubriéndome tras otro pilar. Las balas no dejaban de silbar a nuestro alrededor.

—¿Dónde está Bastian? —grité.

—Sigue en el jardín. Salva y Enzo están con él —respondió Bruno entre disparos. Una de sus balas impactó en el pecho de un atacante que asomaba por la barandilla, enviándolo escaleras abajo.

—El coche debería estar esperando ya —dijo César mientras recargaba sin apartar la vista del piso inferior—. Os cubriremos hasta la salida. Yo iré con vosotros.

«Porca miseria. Justo cuando la cosa se estaba poniendo interesante».

Un chasquido a mi espalda activó todas mis alarmas. Giré la cabeza y vi aparecer la melena dorada de Yelena, asomándose por la puerta como si los disparos no fueran con ella.

Solté una maldición y salí disparado en su dirección. No había tiempo para los jueguecitos de la principessa . Esto era fuego real, y ella, para mi desgracia, ahora era mi jodida responsabilidad.

Empujé la puerta de un golpe, obligándola a dar un paso atrás.

Estaba listo para soltarle un grito, pero las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta al verla.

Los pantalones tácticos abrazaban sus caderas acentuándolas, y un jersey ajustado realzaba el contorno de su pecho lo suficiente como para que me preguntara si serían tan perfectos como parecían bajo la tela.

La imagen de novia dócil que se había empeñado en mostrar se había evaporado; más que una princesa asustada, parecía un maldito problema con piernas del que no podía apartar la mirada.

Me quedé en el umbral con la mano aún en el pomo, observándola como un idiota.

Sin tacones era más baja de lo que me había parecido antes.

Era extraño, teniendo en cuenta que su padre mide dos metros y su hermano casi los alcanza.

Debía de salir a su madre. Casi me dieron ganas de ponerle la mano en la cabeza y llevarla a mi pecho para comprobar por dónde me llegaba.

—¿Nos vamos? —La pregunta me sacó del trance a tiempo de esquivar un disparo que silbó junto a nosotros.

La tomé de la muñeca y la arrastré dentro de la habitación, girándome de inmediato para devolver el fuego. El ruso se desplomó de espaldas contra la pared, dejando un rastro de sangre oscura que acabó en el suelo de mármol.

Al otro lado del pasillo, César nos hizo señas para que nos moviéramos. El tiroteo había disminuido en nuestra posición; sin embargo, aún podía escucharse la guerra que se estaba librando más allá.

Tiré de Yelena, manteniéndola pegada a mi cuerpo mientras corríamos escaleras abajo, escoltados por César y Bruno. Había hombres por todo el suelo, algunos ya muertos, otros gimiendo y retorciéndose sobre charcos de sangre.

La mano de Yelena se alargó sin aviso, tratando de recuperar la Beretta Pico que sobresalía del cinturón de César.

—Eso no es un juguete, principessa —le susurré al oído, deteniéndola de un tirón—. Deja esto a los profesionales.

Sus labios se comprimieron en una línea, y por una fracción de segundo deseé poder detenerme y saborear esa expresión como se debe, pero un puto ruso apareció por una entrada lateral del hall y tuve que dejar de lado a mi mujer para dispararle antes de que él lo hiciera.

La bala le impactó en una pierna y el hombre se derrumbó en el suelo con un grito.

La cabeza del ruso estalló un segundo después en una lluvia de huesos y sesos.

Viktor Ivanov apareció por detrás con el arma en alto y el humo aún saliendo del cañón.

Junto a él había otro hombre, el mismo que se lo llevó durante el banquete, cubriéndole las espaldas.

—¡Salid de aquí de una maldita vez! —Hizo un gesto con la cabeza hacia la salida sin bajar su arma.

No nos lo tuvo que decir dos veces. Aferré con más fuerza la muñeca de mi mujer para que no se le ocurriera hacer otra tontería y la arrastré fuera de la mansión.

El coche blindado nos esperaba en la puerta, custodiado por cuatro hombres con las armas listas.

En cuanto nos vieron, uno de ellos abrió la puerta trasera y empujé a Yelena dentro sin darle oportunidad a protestar.

Dirigí una mirada rápida al jardín donde se libraba la peor parte.

Mi hermano estaba allí, y todo mi cuerpo me gritaba que debía correr a su lado.

« Cazzo ».

Sacudí la cabeza y subí al coche. César ya estaba delante, listo para pisar el acelerador en cuanto cerrase la jodida puerta del coche.

Más adelante, la verja de acero estaba abierta de par en par, destrozada por el impacto de un coche que la había embestido.

Al salir, el camino estaba plagado de vehículos atravesados de cualquier manera, algunos con las puertas abiertas y otros con las luces aún encendidas.

No me relajé hasta que los dejamos atrás y los faros iluminaron el camino despejado.

Solo entonces me dejé caer en el asiento, soltando un largo suspiro. Giré la cabeza y me encontré con esos ojos avellana observándome. Serenos. Malditamente calmada.