CAPÍTULO 6 YELENA
Mis ojos se deslizaron por Matteo de nuevo.
Debo reconocerlo, el traje le sentaba condenadamente bien y no se parecía a ninguno de los hombres que lo acompañaban.
Tenía algo diferente, y quizás eso era lo que me llamaba la atención.
Se había quitado la americana al sentarnos a la mesa y, poco después, se había arremangado la camisa hasta los codos, dejando a la vista unos antebrazos fuertes, recorridos por esas venas marcadas que parecían una invitación silenciosa al tacto.
La tela se ceñía a sus hombros anchos y dibujaba por su torso cada músculo hasta donde el chaleco me permitía ver.
No había nada en él que no fuera impresionante.
Y por si fuera poco, esa mirada asesina que dirigía a su padre cada vez que hacía un comentario sobre mí me ponía un poco tontorrona.
Me obligué a apartar la vista. Lo último que quería era que alguien notara cuánto lo estaba mirando.
Tal vez era solo que no estaba acostumbrada; los trajes no forman parte del mundo donde me he criado, nosotros somos más de ropa táctica y tirarnos al barro.
El traje y la corbata mi padre los reserva para los negocios importantes. Como este.
Que Matteo me resultara interesante no significaba que no pensara librarme de él a la primera oportunidad que tuviera: esto era un matrimonio temporal . Mierda, ahora sueno como toda mi familia.
Fabiano Lombardi soltó otra de sus breves lecciones matrimoniales para su hijo, y por el bien del equilibrio diplomático en la mesa tuve que tragarme las ganas de decirle que entendía perfectamente el italiano.
Yo ahora era una esposa obediente, sumisa y encantadora.
De las que sonríen con gracia mientras sueñan con una botella de vodka entera, como la que tenían mi padre y Viktor delante y de la que no dejaban de dar buena cuenta.
Porque claro, Viktor me había servido un solo vaso, uno, para toda la maldita noche, y solo porque lo amenacé con montar una escena.
Había tenido razón con el insípido vino tinto.
Era lo único con lo que podía conformarme mientras fingía que no escuchaba las carcajadas de nuestros hombres en las mesas del fondo, donde sí fluía el vodka y los insultos en ruso que los italianos ni siquiera entendían. Una boda de ensueño, claro que sí.
Alargué la mano hacia mi vaso de vodka. Apenas me quedaba un trago. Estaba a punto de bebérmelo cuando escuché la voz de Fabiano Lombardi hablar en italiano.
—Yo también me la follaría si tuviera la ocasión. Con lo estrecha que debe estar, ha de apretar como el infierno.
El vaso se detuvo a medio camino. Tomé aire, conté hasta tres y lo dejé sobre la mesa en lugar de estrellárselo a la cara como me pedía mi cuerpo.
Lo miré, y el muy cabrón me sonrió.
«Menudo imbécil».
Matteo se tensó a mi lado. De reojo, vi sus dedos cerrarse alrededor del mango del cuchillo con una lentitud que no prometía nada bueno. Esta vez reparé en sus nudillos enrojecidos, con la piel agrietada en algunas zonas como si hubiera golpeado algo o a alguien no hacía mucho.
Bastian le lanzó una mirada de advertencia a Matteo, contenida, rápida.
— Sestrenka , las caras —murmuró Viktor en ruso, cortante, reprendiéndome mientras apenas lograba contener su propia risa.
Le mantuve la mirada a mi hermano; no necesitaba que me lo recordara cada cinco minutos. Además, Fabiano Lombardi estaba agotando mi paciencia con sus asquerosos comentarios sobre mí y los míos; era imposible no poner cara de asco al escucharlo hablar.
—Como vuelva a abrir la boca diciendo algo desagradable sobre mí, la vamos a tener —respondí en ruso, bajando el tono para que mi padre no me escuchara.
Mejor no decirle que sus comentarios hablaban de follarme y de cómo debía hacerlo Matteo si me resistía.
Entonces sí que habría una guerra en medio del jardín, y a la mierda la alianza.
Uno de los hombres de Fabiano se acercó y se inclinó sobre él para susurrarle algo al oído. Su boca se curvó en una sonrisa y acto seguido se giró hacia mi padre. No intercambiaron palabras, pero bastó con una mirada para que él se levantara y lo siguiera sin dudar.
Los observé marcharse. ¿De verdad tenían que hablar de negocios en ese momento?
Dirigí a Viktor una mirada, esperando alguna explicación, pero él solo se encogió de hombros.
Ni cinco segundos después, Aleksei apareció dando tumbos con una copa en la mano y una peste a vodka que se olía a cinco metros; lo agarró del brazo casi sin mediar palabra y se lo llevó con él, directo al grupo de los nuestros.
Supuse que era hora de desintoxicarse de tanta formalidad con la única medicina rusa que conocíamos: alcohol, gritos y algo que probablemente acabaría en pelea.
Al menos, ellos parecían estar pasándoselo en grande.
El sonido seco del cristal golpeando la mesa me hizo girar la cabeza por puro reflejo. La copa de Matteo reposaba vacía sobre el mantel. Alcé las cejas. Hacía un segundo, el vino cubría más de la mitad y ahora no quedaba ni una gota.
Se puso de pie y deslizó la mirada por la mesa antes de fijarla en mí.
—Ahora que se han ido, acabemos con esta farsa —murmuró, tendiéndome la mano.
—Matteo. —La voz de su hermano sonó como una advertencia, pero él lo ignoró y yo también.
Lo miré sin comprender a qué se refería. ¿Acabarla cómo? Aún quedaba noche por delante; no habíamos bailado, ni partido la tarta, ni fingido lo suficiente para las fotos que circularían por media Nueva York a la mañana siguiente. ¿Y ya quería arrastrarme a la habitación?
La idea hizo que un escalofrío me recorriera la espalda, pero respiré hondo y me obligué a no dejar que mi expresión me delatara.
Apreté los dientes y tomé su mano con desgana, sintiendo el calor de su piel contra la mía.
Matteo dio un tirón tan brusco para levantarme que tuve que clavar los tacones en la hierba para no tropezar y caer sobre él, y aun así tuve que valerme de mi mano libre cuando choqué con su pecho.
Me dedicó una sonrisa engreída y, sin darme tiempo a recuperar la compostura, comenzó a caminar.
Al ver que nos dirigíamos hacia el centro del jardín, sentí un alivio momentáneo.
Bien, solo era el baile, podía manejar eso.
Pero mi alivio duró exactamente tres segundos, porque Matteo no se detuvo, y tampoco lo hicieron los italianos, que se pusieron de pie y comenzaron a seguirnos con expectación.
—Espera, ¿qué estás haciendo? —pregunté, sintiendo que, por primera vez en mi vida, la voz me temblaba.
Matteo apenas me dirigió una mirada cuando respondió.
—Es el momento de arrancarte la liga con los dientes.
Mi cerebro se detuvo.
«¿ Cómo? ¿Qué? ¿Arrancarme la qué? ».
Mis ojos recorrieron el jardín con urgencia, buscando a alguien que pudiera sacarme de ahí. Viktor seguía lejos, celebrando con los nuestros; y mi padre había desaparecido junto a Fabiano. Todos entretenidos. Nadie prestaba atención a lo que pasaba.
Mi corazón latía con tanta fuerza que podía sentir la sangre golpeándome las sienes. No por la idea de que Matteo me quitara la liga con los dientes, eso era lo de menos, sino por lo que escondía en ella.
Nos rodearon más hombres, gritando entre risas y empujándose unos a otros para ver mejor.
Mi pecho subía y bajaba con cada respiración.
No podía estar ocurriendo esto, tenía que impedirlo, pero cómo iba a hacerlo sin descubrirme.
Matteo me obligó a girar hacia él con un movimiento seguro y me sostuvo en el sitio cuando mi instinto me ordenó retroceder.
Había demasiada gente mirando, demasiados ojos puestos en nosotros.
«Concéntrate, Yelena. Piensa rápido. Has salido de situaciones peores».
Calculé la distancia al único hueco entre los invitados.
Podía salir corriendo, teatral, como una novia en pánico, pero tres hombres nos rodearon y arruinaron esa idea.
Le lanzaron algunos comentarios a Matteo en italiano que mi cerebro no fue capaz de procesar porque estaba demasiado ocupada ideando métodos de fuga aptos para una esposa dócil.
Matteo soltó una risa seca y clavó una rodilla en el suelo sin darme tiempo a reaccionar.
Lo miré con el estómago encogido.
«La va a ver».
Sus manos se deslizaron por la tela de mi vestido con la lentitud de alguien que disfruta con la tortura.
El roce, lento y exasperante, hizo que todo mi cuerpo se tensara, acompañado de un hormigueo en mi vientre que no debía estar ahí, atrapado entre el instinto de pelear y la certeza de que cualquier movimiento en falso me delataría.
¿Cómo de mal estaría apartar de una patada al novio mientras te levantaba el vestido frente a un montón de hombres?
Nunca lo descubriré, porque mi mente se quedó en blanco en cuanto la tela se deslizó poco a poco hasta dejar al descubierto la pierna contraria a la raja del vestido.
Las manos de Matteo se detuvieron y mi pecho se hinchó con una exhalación profunda. Contuve el aire. Su ceja se arqueó y luego levantó la vista en mi dirección, atrapándome con esos ojos grises. Un brillo peligroso atravesó sus pupilas, lo que hizo que un nuevo escalofrío me recorriera.
Ya la había visto.