CAPÍTULO 5 MATTEO
—Matteo, abre la maldita puerta. —La voz de Bastian retumbó al otro lado.
Los golpes vinieron después, secos, contundentes, como si estuviera a una sacudida de arrancarla de cuajo.
Lo ignoré, aún con los ojos clavados en mi reflejo.
Quería estrangular a mi padre. No era una idea pasajera ni un arranque de ira momentáneo.
No. Esto era una fantasía perfectamente construida a lo largo de los años que últimamente se repetía con una frecuencia alarmante, y después de su visita para darme una lección de vida innecesaria había cobrado más fuerza.
Era increíble la facilidad que tenía para hacerme perder los papeles.
Odiaba que me mirase como si yo fuera un animal que se había salido de su jaula.
Otra sacudida en la puerta me hizo apartar la mirada del espejo.
—¡Matteo!
Giré la cabeza apenas y clavé la mirada en la puerta. Lo último que quería ahora mismo era ver a alguien. Abrí el grifo con parsimonia y me mojé las manos para luego pasármelas por el pelo, ignorando los golpes al otro lado.
—¿Qué diablos ha pasado? —escuché gruñir a Bastian.
—Tu padre ha venido cuando no estabas. —La voz de César sonó baja; casi costaba distinguir lo que decía.
— Cazzo .
Silencio. Una nueva sacudida. Luego, golpes más fuertes. Resoplé y cerré el grifo de un manotazo. ¿Es que no podía ni tomarme un puto minuto para mí?
—Matteo, abre la maldita puerta o la echaré aba…
Abrí de un tirón, haciendo que Bastian se quedara con la palabra en la boca. Me miró con la mandíbula tensa y esa expresión asesina que haría retroceder a cualquier hombre menos a mí.
—¿Cuánto has dormido hoy? —preguntó.
Desvié la mirada rascándome el mentón y volví a fijarme en él. ¿Había dormido? Creo que no.
—Tres horas —mentí.
Avancé por su lado, golpeándole el hombro al pasar, y fui directo a por la maldita corbata. Odiaba esa cosa.
Bruno me la tendió con una sonrisa que me provocó ganas de partirle un diente.
Deseaba ver el día que le tocara a él; a él o a cualquiera de los presentes.
Se la arranqué de las manos y me la pasé por el cuello con movimientos rápidos, más preocupado por poder quitármela cuanto antes que por atarla bien.
Si alguien iba a estrangularme esta noche, que no fuera yo mismo.
—Al menos es una más que ayer, eso es bueno —comentó César desde el fondo.
—No es suficiente. —Bastian dio un paso hacia mí—. No puedes perder el jodido control esta noche. —Resoplé; había perdido la cuenta de las veces que habíamos tenido esa charla—. Eres el novio y los rusos podrían provocarte. Sobre todo cuando hayan bebido más de la cuenta. Que no te afecte.
Solté una retahíla de maldiciones en italiano cuando el nudo de la corbata de mierda se resistió.
—Joder, trae. —Bruno me la quitó de las manos con gesto exasperado y empezó a anudármela. Entrecerré los ojos, imaginando al menos una docena de formas en las que podría matarlo, muy elaboradas, todas extremadamente gráficas y creativas.
Cuando terminó, me acerqué al mueble bar, saqué la botella de whisky y me serví un vaso. El vidrio no llegó ni a tocar mis labios; Enzo apareció de la nada y me lo arrancó de la mano.
Parpadeé, mirando mi mano vacía. Lo que faltaba. Volví la vista hacia Bastian; no lo había visto mover un dedo, pero sabía que había sido cosa suya.
¿Por qué de repente quería matar a todo el mundo?
—Lo último que necesitas ahora es beber —dijo Bastian con esa voz de jodida autoridad.
Inspiré hondo y me obligué a sonreír, poniéndome mi máscara de siempre.
—Ya, claro. Porque no hay nada mejor que enfrentarse a una boda de conveniencia completamente sobrio y lleno de entusiasmo. —Aplaudí despacio, exagerando el gesto—. De verdad, Bastian, tu capacidad para hacerme la noche más llevadera es impresionante.
Bruno soltó una risa mientras Enzo se bebía mi whisky sin miramientos.
« Stronzo di merda ».
—Salid todos —ordenó Bastian.
—¿Eso también me incluye? —pregunté, arqueando una ceja.
Su mirada fue respuesta suficiente. Chasqueé la lengua y me crucé de brazos.
Esperó a que todos salieran. Solo cuando la puerta se cerró tras Salva, se acercó a mí.
Sus manos fueron a parar a mis hombros, firme pero sin intención de retenerme.
Lo miré con los ojos entrecerrados, porque lo conocía demasiado bien y sabía lo que venía.
—No quiero escuchar basura motivadora, Bastian.
—No te la voy a dar. —Eso no se lo creía ni él.
—Entonces, ¿a qué viene este gesto fraternal de mierda?
Bastian apretó la mandíbula y su mirada se endureció, pero su tono se mantuvo calmado.
—Sé que esto es una jodida mierda para ti y sé que lo último que quieres es estar aquí poniéndote una corbata mientras te preparas para decir «Sí, quiero» delante de gente que te la suda.
—Gracias por la poesía —bufé, cortándolo—. ¿También has preparado un discurso para el brindis? Porque estoy deseando oírlo.
—Matteo. —Su voz bajó medio tono; hablaba como cuando parecía a punto de perder la paciencia. Siempre me ha gustado llevar a Bastian al límite, es entretenido—. No eres como padre.
La frase fue un disparo en plena cara. Mis dientes se apretaron automáticamente y noté cómo la sangre bombeaba dentro de mi cabeza.
—No eres él, Matteo. No importa cuánto te joda este matrimonio, no importa lo que te obliguen a hacer ni lo que sientas ahora mismo. Tú. No. Eres. Él .
Aparté la mirada. Ahí estaba la jodida charla motivacional de hermano mayor.
No sé qué mierda hacíamos hablando de sentimientos si no somos la clase de hombres que pueden permitirse tener alguno.
Lo que queramos o no, no importa; hacemos lo que hay que hacer por la famiglia y seguimos órdenes. Nada más.
—Lo dices como si no lo viera en el espejo cada vez que pierdo el control.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre él y tú?
—Bastian apretó los dedos en mis hombros, obligándome a mirarlo—.
Que a ti te importa y nunca le pondrías la mano encima.
—Inspiré hondo y espiré despacio—. Matteo, escúchame bien.
Él nunca se ha cuestionado lo que hace. Tú sí.
Y por mucho que quieras hacerte el cabrón sin corazón, sé que te importa más de lo que admites.
Me quedé callado. Jodidamente callado. Esa es la razón por la que no valgo nada para mi padre y nunca lo valdré.
Bastian bajó las manos con un suspiro.
—Solo… no hagas ninguna estupidez esta noche. Bebe después, no antes. Nada de peleas con los rusos. Y si vas a perder la cabeza, hazlo después de firmar y lejos de todos. ¿Entendido? —Sus ojos se dirigieron a mis manos—. Y ponte algo ahí. Aún tienes los nudillos hinchados.
Lo miré de reojo, con una media sonrisa cargada de ironía.
—Siempre tan práctico, hermano.
—Alguien tiene que serlo.
Solté un resoplido. Bastian me dio una palmada en el hombro y se apartó.
—Y vístete como un ser humano. No quiero que parezcas un jodido desastre —soltó, señalando con la barbilla los botones mal abrochados de mi camisa.
—Qué conmovedor. —Puse los ojos en blanco y me tomé mi tiempo en desabrocharme la camisa otra vez—. No sabía que me querías tanto.
Bastian me lanzó una de esas miradas que decían «cállate» y se giró para salir.
Suspiré y volví a abotonar la jodida camisa antes de enfundarme el chaleco. Agarré la americana de la silla y me la puse de camino a la puerta, ignorando por completo los malditos nudillos.
Bastian y César caminaron conmigo hasta la capilla.
Cada paso lo sentía más pesado que el anterior, igual que el de un preso marchando directo a la horca.
Cuando llegué al altar, mis ojos fueron directos a la primera fila.
A mi padre. Con ese porte imponente que tanto había odiado desde niño y esa sonrisa victoriosa pintada en la asquerosa cara.
Le habría quedado de maravilla un agujero de bala justo en la frente.
Era irónico; la tradición nos obligaba a casarnos frente a Dios, pero dudo mucho que alguno de los presentes creyera en él, o ninguno de nosotros hubiera estado ahí en ese momento.
Dios nos hubiera quemado vivos nada más poner un pie en su territorio.
Al lado de mi padre, María me dedicó una sonrisa suave, un intento de consuelo que apenas me llegó. Junto a ellos se encontraba Nikolai Ivanov, el hombre que ni en un millón de años pensé que se convertiría en mi suegro.
Poco después, las puertas se abrieron y Yelena entró del brazo de su hermano, con un vestido que escupía en la cara a todas las normas de decoro que las mujeres italianas de la mafia idolatraban.
Los cuchicheos entre las mujeres de la famiglia explotaron nada más verla aparecer.
Algunas apretaron los labios tan fuerte que parecían a punto de explotar, mientras otras se giraban hacia sus maridos como si esperaran que se taparan los ojos.
Pero ninguno lo hizo. Estaban demasiado ocupados devorándola con la mirada, como si acabara de aparecer una puta diosa en medio de la iglesia.
No llevaba ningún velo que le cubriera el rostro.
Y, para colmo, cada paso que daba dejaba asomar la pierna desnuda por la raja del vestido, como si la jodida tela blanca se burlara de todos los presentes.
Casi podía oír cómo las bocas se secaban y cómo los susurros se enredaban entre los bancos mientras clavaban las miradas en ella.
Me tensé sin darme cuenta, con los puños cerrados y la mandíbula apretada, mientras la seguía con la mirada.
Quería arrancarle los ojos a cada uno de los hombres que se atrevían a mirar lo que iba a ser mío.
Sin embargo, me quedé quieto, incapaz de apartar los ojos de la mujer que iba a convertirse en mi esposa.
Se detuvo frente a mí, sin temblores, sin lágrimas, sin una sola súplica.
Me miró directo a los ojos, y esa mirada no era la de alguien vencido.
No había miedo, solo juicio. De repente me di cuenta de que estaba decidiendo si yo valía algo o nada.
Esperaba a una mujer con los ojos hinchados de suplicar a su padre que no la obligara a casarse con un loco como yo. Pero Yelena no tenía nada de eso.
La estudié con calma mientras sus ojos seguían clavados en mí, midiendo cada detalle. Aun con tacones, le sacaba una cabeza. Y sus ojos… tenían una fuerza que no esperaba. Más que en aquella maldita foto de la que no me había despegado desde que Bastian me dio el informe sobre ella.
Y entonces apartó la mirada con total indiferencia, dejándome claro que ya no merecía su atención, y fijó los ojos en el cura frente al altar.
Cuando el cura lo ordenó, tomé el anillo y me giré hacia ella.
El oro de su cabello brilló bajo la luz de la capilla cuando se giró en mi dirección, pero sus ojos, esos putos ojos avellana, eran lo único que podía ver.
No tenían rastro de súplica ni de resignación.
Me miraba como un francotirador a su objetivo, midiendo cada movimiento, evaluando con qué clase de hombre estaba a punto de encadenarse para siempre.
Mi cuerpo se movió de manera automática, incapaz de apartar la mirada. Seguía ahí, tan jodidamente firme. Ni un parpadeo. No mostró ni un atisbo de duda. Le deslicé el anillo con una lentitud casi cruel, esperando verla recular o, al menos, pedirme que me detuviera.
Nada.
Pareció más un desafío, como si al permitirme ponerle ese anillo, me estuviera dejando saber que no iba a hacerme la vida fácil.
Y yo no quería que lo hiciera.
Cuando el sacerdote nos dio permiso para sellar nuestra unión con un beso, no se apartó ni se tensó.
Solo esperó. Así que lo hice. Atrapé su rostro entre mis manos y tomé lo que ya era mío.
Mis labios tocaron los suyos en un beso suave que me dejó con ganas de más y con una incomodidad más grande de lo deseable en mi entrepierna.