CAPÍTULO 4 YELENA #2
—Tu padre ha mencionado que no tienes damas de honor y que tu madre está indispuesta.
Desvié la mirada.
«No la llames así».
Odiaba cuando se referían a Olga como «mi madre». Parir no te da ese título, y ella no se había molestado ni en intentar ganárselo.
Volví a mirarla y le ofrecí una sonrisa forzada y educada para salir del paso.
—No me vendrá mal una ayuda extra —respondí, aunque Polina y yo nos bastábamos solas.
Entre Polina y María me ayudaron con el vestido de satén blanco, liso y sin artificios innecesarios.
Se sujetaba sin tirantes sobre el pecho y la falda caía con una apertura a un lado en el muslo, un pequeño recordatorio de que, aunque pudiera parecer una novia de revista, seguía siendo yo.
Menos mal que Polina fue a elegirlo; ya me veía con el típico vestido pomposo que habría llevado mi abuela.
—¿Nos dejas un momento? —inquirió María, girándose hacia Polina. Ella asintió con una sonrisa amable y salió de la habitación, llevándose la bolsa donde había traído mi ropa para el día siguiente.
María me miró con una sonrisa suave. Ya me preparaba para recibir su comentario despectivo cuando me sorprendió con todo lo contrario.
—Estás preciosa, Yelena.
—Gracias…, supongo —murmuré sin ocultar del todo mi sorpresa.
—Imagino que estarás asustada. Yo lo estuve el día que me casé con Fabiano. Tenía un año más que tú y creía que no podría dar ni un paso sin temblar.
La estudié en silencio. Había algo sincero en su forma de decirlo, algo que no sonaba ensayado.
—¿A qué ha venido exactamente? —pregunté sin andarme con rodeos. A estas alturas, fingir ignorancia me parecía una pérdida de tiempo.
—Mi Matteo necesita a alguien que lo quiera. O que, al menos, lo entienda. No es un mal hombre. Ha pasado por más de lo que deja ver. Solo ten paciencia con él, seguro que aprenderás a apreciarlo.
Decirle que no tenía miedo de esa boda no se ajustaba al teatrillo que mi padre me había pedido, así que me pasé la lengua por los labios y me giré hacia el espejo del tocador.
—¿Es cierto lo que dicen de él? —murmuré jugando mi parte, con la voz justa de inseguridad.
Me habían dicho que Matteo Lombardi estaba algo loco y que era una especie de bomba de relojería. Me costaba creerlo, habiéndome criado entre los hombres de la bratva de mi padre. Esos sí que están locos.
María apareció a mi espalda, reflejada en el espejo. Frunció los labios, eligiendo las palabras con cuidado.
—Es más complicado que eso. Matteo es muchas cosas…, pero no es mal chico. Te lo puedo asegurar. Solo tiene cicatrices que no siempre se ve que sangran.
Le dediqué una sonrisa torcida. Esa frase sonaba bonita, pero no me decía gran cosa.
Quería saber de dónde le venía esa fama de inestable.
Admito que eso me resultaba interesante, pero, conociendo a los italianos, lo mismo solo se refería a que podía alzar la voz cuando estaba borracho. Así que de interesante, nada.
—Tu hermano espera fuera para acompañarte al altar. No tardes, por favor —dijo. Me dedicó otra de sus sonrisas pesarosas y salió de la habitación.
Suspiré y tomé mi móvil, contestándole el último mensaje a Graves.
Yelena: Perdona, había olvidado decirte que me caso hoy. No sé cuándo volveré.
Me acerqué a la cómoda donde Viktor había dejado la caja con la liga que debía ponerme. Al abrirla y observar su contenido, sonreí.
Tal y como había dicho María, Viktor me esperaba como un perro guardián en la puerta de la habitación.
Al parecer, vigilaba por si se me ocurría huir, lo que me llevaba a pensar que, en otras bodas de italianos, eso ya había pasado.
Pero yo nunca huyo. Espero, observo y analizo.
Y cuando el momento es el adecuado, elimino a mi objetivo.
Viktor me tendió el brazo con una sonrisa de solemnidad que acepté sin nada de gusto.
—¿Lista para tu boda, sestrenka ?
—Pienso emborracharme con vodka en cuanto me siente a la mesa.
Viktor hizo una mueca que no me gustó nada. Por favor, necesitaba vodka para pasar esa farsa sin volverme loca.
Me ayudó a bajar las escaleras, sosteniendo la cola del vestido para que no la pisara y cayera de bruces.
La boda se celebraba en una de las propiedades de la organización italiana, una mansión a las afueras que no tenía nada que envidiarle a la casa donde me había criado, salvo que todo era oscuro y sobrio.
La pequeña capilla privada ocupaba una de las alas laterales.
No era tan pequeña como la llamaban; tenía espacio de sobra para los miembros de la famiglia , sus esposas y el resto del séquito.
Por nuestra parte, quitando a unos pocos, los hombres de mi padre habían venido solos, y no porque no tuvieran ninguna mujer bajo la manga que los acompañara.
A mi padre no le gusta salir sin las espaldas bien cubiertas, y celebrar esa boda en territorio italiano nos ponía en desventaja; era mejor evitar distracciones.
Cuando la puerta de la capilla se abrió, vi a Matteo Lombardi de pie frente al altar, flanqueado por dos hombres que supuse que serían sus padrinos.
En la primera fila, mi padre ocupaba su lugar junto a Fabiano Lombardi y su esposa.
Como había prometido, Olga no estaba, y nadie ocupaba el asiento vacío a su lado.
Mi padre permanecía inmóvil, con los brazos cruzados como una barricada, y la mandíbula tan tensa que podía distinguirse el filo de sus huesos bajo la piel.
—¿Ese es el idiota italiano? —le susurré a mi hermano en ruso, sin apartar la mirada de Matteo, mientras avanzábamos por el pasillo.
—Será temporal —respondió. Esas dos palabras que llevaba días escuchando empezaban a ponerme de mal humor.
—Al menos está bueno. No me molestará acostarme con él un par de veces.
—Como te oiga papá, lo estrangulará.
—Hoy me caso con él, ¿qué piensa que va a ocurrir en mi noche de bodas? ¿Qué echemos una partida a las cartas mientras tomamos vodka y…? ¿Qué beben ellos? ¿Insípido vino tinto?
—Compórtate, sestrenka , no queremos estropear esto. Y cuidado con las caras; solo te faltan los subtítulos.
Tuve que respirar hondo para dejar de gesticular.
—Esto va a ser un desastre —murmuró Viktor. Al parecer, no me contuve con mucho éxito.
—Alegra esa cara, hermanito, tu hermana pequeña se casa —sonreí.
Nos detuvimos frente al altar. En vez de besarme en la mejilla como sé que habría hecho en una boda normal, se posicionó a mi lado, cumpliendo su papel de guardaespaldas que vigila que la novia no salga corriendo por la puerta lateral. Me dieron ganas de reír. A todos se les daba bien fingir.
Me giré hacia Matteo, ignorando la voz en mi cabeza que me decía que debía seguir actuando como una novia asustada, obligada a casarse por su padre. Quería ver de cerca cómo era el hombre con el que estaba a punto de contraer matrimonio.
Tenía los ojos del color de una tormenta, grises, fríos.
No el tipo de frialdad distante, sino la que te atraviesa y disecciona sin necesidad de tocarte.
Su rostro era todo ángulos, con sombras que acentuaban cada línea y una mandíbula afilada, cubierta de una ligera barba que lo hacía ver peligrosamente atractivo.
Parecía que se había peinado pasándose las manos por el cabello oscuro, sin molestarse mucho en preservar la imagen perfecta que llevaba el resto de los hombres de la mafia.
Había algo en él que gritaba peligro. Y tal vez por eso no podía apartar la vista.