CAPÍTULO 4 YELENA
Me observé en el espejo del baño, ladeando un poco la cabeza mientras me pasaba los dedos por el cabello.
Aún quedaban un par de horas para la boda y ya estaba buscando formas de hacerla más entretenida.
Supongo que eso decía bastante sobre mi entusiasmo.
Vale, sí, yo misma accedí a este disparate de boda, pero eso no significaba que me agradara la idea.
Para mí no era más que una misión con un objetivo claro, solo esperaba que acabara pronto.
Mis ojos se dirigieron hacia el bote sobre el lavabo.
Teñirme el pelo de un color escandaloso no era una gran idea, pero era una idea estúpida y tentadora.
Alargué la mano y agarré el bote de tinte.
Por lo que tenía entendido sobre los italianos, valoraban mucho la imagen personal.
Seguro que alguno se atragantaría con el champán si me veían aparecer con unas mechas rojo neón.
La otra opción era el negro. Más sutil, pero con el mismo potencial de arruinar su idea de «novia perfecta».
Me mordí el labio, considerando ambas posibilidades, cuando un par de golpes sonaron en la puerta.
—Soy yo, sestrenka . —La voz de Viktor llegó amortiguada por la madera.
—Adelante.
Viktor se detuvo nada más cruzar el umbral al verme en bata frente al espejo.
—¿Todavía estás así? —Cruzó los brazos sobre su pecho y alzó una ceja.
—Estoy decidiendo algo importante —respondí, levantando el bote de tinte a modo de evidencia—. Dime, ¿qué color te gusta más? ¿Rojo neón o negro?
Viktor me observó a través del espejo, tomándose su tiempo.
—Mhh… Rojo.
Asentí y empecé a agitar el bote.
—Ni se te ocurra. —Cruzó la distancia en dos zancadas y me quitó el bote de las manos, impidiéndome aplicar una sola gota de tinte.
—Tampoco es que fuese a teñirme toda la cabeza —protesté, intentando recuperarlo sin éxito—. Solo unas mechas. Discretas.
—Mentirosa —bufó, medio riéndose—. A los italianos no les hará gracia.
—Exacto. Por eso lo estaba considerando. ¿No se supone que soy una pobre novia obligada a casarse? Es lógico que quiera rebelarme un poco. Nada grave. Un acto simbólico de protesta capilar.
Viktor soltó una carcajada ante mi dramatismo.
—Sí, pero te recuerdo que ahora eres sumisa y obediente, sestrenka . Lees, cocinas y bailas ballet.
—Espero que no quieran una demostración de mis habilidades —respondí con sorna—. No tengo ni idea de ballet, y si alguien prueba mis talentos culinarios será bajo su propio riesgo. Y no me hagas hablar de lo de sumisa.
—Por lo que tengo entendido, las bodas de la mafia son bastante aburridas, como todos ellos. Y para lo de sumisa… saca a florecer tus dotes de actuación, sestrenka . Si has aguantado tanto tiempo con tu teniente coronel, es que las tienes.
Resoplé y asentí, ignorando la mención a Graves. Sí, mejor no llamar la atención así de primeras.
—¿Me has traído lo que te pedí? —pregunté, abriendo el grifo de la ducha para que el agua se fuera calentando.
—Está en la caja de la liga, junto al reloj. Y date prisa. Polina vendrá enseguida a ayudarte con el vestido y todo lo demás —dijo, volviendo a salir del cuarto de baño.
—No hay prisa —respondí alzando la voz para que me escuchara desde el otro lado.
Volví a mirarme al espejo y suspiré. Toda esa farsa con los italianos iba a ser un auténtico suplicio. Fabiano Lombardi había pedido a mi padre información sobre mí; sin embargo, él no se había dignado a darnos ninguna información sobre su hijo, como le habíamos pedido. Según él, ya lo conocíamos.
Era curioso cómo el acuerdo matrimonial funcionaba solo en una dirección.
No saber ni siquiera qué aspecto tenía mi enemigo no me hacía gracia, así que lo busqué en internet.
Una cara bonita y fama de mujeriego. Nada que no fuera de esperar.
Para mí era simple y llanamente Matteo Lombardi. Mi futuro esposo. Mi objetivo.
No había nada romántico en esta unión y, por mucho que mi padre quisiera disfrazarla de una alianza beneficiosa, no hacía falta casarme con el hijo de Fabiano Lombardi para hacer una maldita tregua y darse apoyo mutuo contra los Vasilyev, pero ellos no lo entendían.
Me desabroché la bata de seda con un movimiento perezoso, la dejé caer al suelo y entré en la ducha.
El agua caliente me golpeó la piel, relajando los músculos tensos por el estrés acumulado en los últimos días.
Lo único que me había mantenido cuerda ante el caos por la boda era patearle el trasero a Maxim en el gimnasio de casa.
Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y me pasé las manos por el pelo.
No quería casarme con él. No quería que un estúpido italiano me pusiera las manos encima, no quería compartir una casa con él, ni siquiera quería escuchar su voz.
Pero la bratva necesitaba esta alianza, y yo debía cumplir mi papel.
Era una soldado, después de todo. Una Ivanova. Y los Ivanov no huyen.
Dejé que el agua se llevara los pensamientos estratégicos por un momento.
Ya los retomaría cuando fuera el momento adecuado.
Me enjaboné el cabello con calma, masajeando el cuero cabelludo.
¿Por qué demonios no le insistí a Harvey para que me consiguiera información sobre él?
Habría sido útil saber a qué me enfrentaba.
Sus debilidades, sus fortalezas, todo. Después de la boda, me aseguraría de hacerlo.
Cerré la ducha, deslicé la puerta de la mampara y alargué la mano para tomar el albornoz que había colgado en la percha. Al abrir la puerta del cuarto de baño, me encontré con Polina esperándome con todo un arsenal de cepillos, secador, plancha del pelo y un montón de maquillaje que odiaba usar.
—¿De verdad todo eso es necesario? —pregunté, dejándome caer en la silla frente al tocador.
—Es el día de tu boda, mi niña.
—No es una boda real. Podría pintarme los labios de rojo y ya está.
—Confía en mí, no se notará. Y te haré uno de los recogidos que te gustan.
Chasqueé la lengua, cruzando los brazos con resignación.
—Pues menos mal.
«Una novia “perfecta” para un matrimonio “perfecto”. Pura hipocresía».
Dejé que Polina me arreglara el pelo, observando por el rabillo del ojo cómo hacía trencitas y ponía florecillas blancas en algunos mechones antes de volver a entrelazarlas en una más grande que abarcaba media melena desde la raíz.
No me di cuenta de que me había quitado el móvil hasta que el peso en mi mano desapareció.
Parpadeé y vi que lo dejaba sobre el tocador, lejos de mi alcance.
—Estaba respondiendo un mensaje —me quejé.
—No, estabas perdiendo el tiempo con el idiota ese.
Mi mirada se deslizó hasta la pantalla sobre el tocador. Graves seguía mandándome mensajes empalagosos, asegurando que me extrañaba y que no podía esperar a tenerme de vuelta en su cama —o en su escritorio—. Me llevé una mano al pecho con dramatismo.
—Pobrecito.
Se me había olvidado mencionarle que eso no iba a pasar en un futuro próximo.
Ni en ninguno, en realidad. No sé cómo se habría tomado lo de mi inminente boda, pero tampoco es que me importase mucho.
No quiero un hombre que solo habla de sí mismo y que ignora lo que tengo que decir, especialmente cuando ese algo es que, por una vez, me haga llegar al maldito orgasmo.
Cerré los ojos con fuerza cuando Polina agarró una brocha y me la pasó por la cara con la delicadeza de quien limpia una estantería olvidada.
—Yo también sé maquillarme, aunque no lo haga mucho —farfullé, cerrando los labios en una fina línea cuando la brocha pasó sobre ellos—. Se supone que no debo comerme los polvos.
—Si te estuvieras quieta, podría hacerlo mejor —me replicó—. Y pintarse los labios o hacerse la raya de ojos no es maquillarse; al menos, no para una boda.
—Yo no me muevo —repliqué.
—No dejas de poner caras.
—Es que solo de pensar en el insípido de mi futuro marido me dan arcadas.
Polina suspiró.
—Es temporal, mi niña.
—Todos decís eso —mascullé, entreabriendo los labios mientras me pasaba la barra por encima.
—Ya está. ¿Ves? Es sutil —me dijo Polina, dejando que me mirara al espejo.
Polina me enseñó a maquillarme cuando era una niña, cuando el intento de mi padre por enseñarme hizo que me pareciera más a un payaso de feria que a una chica que estaba a punto de ir a su primer baile.
—Lo admito, me veo increíble —dije, inclinándome hacia adelante para inspeccionarme mejor.
Ella sonrió y depositó un beso en la cima de mi cabeza antes de acercarse a la percha donde colgaba el vestido que había escogido para mí.
—Bien, ahora quítate todos esos pendientes que llevas en las orejas y los anillos de los dedos. No queda bien que una novia lleve piercings el día de su boda. Ya te los pondrás mañana.
Moví los labios, imitándola en silencio mientras me quitaba el primer pendiente.
Alguien llamó a la puerta. Nos miramos un segundo y luego dirigimos la mirada hacia la entrada.
—Soy María Lombardi —dijo una voz femenina al otro lado.
Puse los ojos en blanco.
—Espero que no venga a darme lecciones de sumisión —susurré a Polina.
—Y si lo hace, asentirás como la buena niña que sé que eres en el fondo —dijo Polina con tranquilidad—. Te recuerdo que esta es su casa.
Suspiré.
—Adelante —respondí. Dejé los pendientes y los anillos sobre el tocador y me puse en pie para que Polina me ayudara con el vestido.
La mujer entró a la habitación. Era esbelta, con el cabello castaño ondulado y unos ojos oscuros que arrastraban cansancio, pero con una sonrisa dulce en los labios.
—Perdón por la interrupción. Pensé que podríais necesitar ayuda —dijo, cerrando la puerta tras ella con un movimiento suave—. Hasta hace un momento no sabía que no tenías a nadie para asistirte con el vestido.
—Tengo a Polina —respondí mirándola de reojo.
María me dedicó esa mirada paciente y casi maternal de quienes ya están curtidos por lidiar con respuestas cortantes. Polina, por su parte, me dio un pellizco discreto en la cadera para obligarme a recordar mis modales.