CAPÍTULO 3 MATTEO
César permanecía de brazos cruzados a unos pasos de nosotros, asegurándose de que ninguno metiera las narices donde no lo llamaran.
No respondí porque lo había pensado. Porque, durante un segundo, cuando sentí el peso del cuchillo en mi mano y lo vi sentado allí, hablando de mi matrimonio como de un maldito contrato de los suyos, ignorando una vez más que yo también estaba en esa mesa…
no hubo otra cosa en mi cabeza que la necesidad de hundírselo en la garganta.
Y Bastian lo supo. Claro que lo supo. Por eso me paró.
—Si hubieras sido más discreto, al menos habríamos tenido la oportunidad de hacer algo más inteligente para impedirlo.
—Su voz se volvió más tensa—. Pero no, tenías que apretar el cuchillo hasta que casi se te rompieran los dedos.
¿Sabes cómo te miraban todos? Si hubieras movido un músculo más, no habrías salido de allí con vida.
Resoplé y me pasé la mano por el rostro, arrastrando la fina capa de sudor que cubría mi piel.
No podía discutirlo. Algunos de los hombres de mi padre habían llegado a desenfundar sus armas cuando clavé el puto cuchillo en la mesa.
No habrían dudado en dispararme, incluso lo habrían disfrutado.
No todos los días tienes el permiso para matar a un Lombardi.
—¿Cómo está María? —solté en un intento vano de desviar la conversación.
Bastian apretó la mandíbula. Me estudió en silencio, debatiéndose entre dejarme escapar de la charla o arrastrarme de vuelta.
—¿Cómo esperas que esté? Se asustó cuando casi te tiras al cuello de padre. Temía por ti.
Me removí incómodo y me di la vuelta, haciendo girar mis hombros hacia atrás.
—¿Padre la tocó? —inquirí, desviando la mirada un instante.
—Conmigo delante, no, pero es probable que lo hiciera luego. No me sorprendería.
Cerré los puños. La imagen de María me vino a la cabeza, con su mirada cansada y su sonrisa dulce.
Era lo único bueno que había en ese infierno de casa, la única persona que de verdad se había preocupado por nosotros mientras mi padre abusaba de ella y se desquitaba pegándole cada vez que tenía la oportunidad.
Por suerte, al cabo de los años se cansó de ella y se centró en sus otras amantes.
«Si le ha puesto una mano encima…».
—No vas a hacer ninguna estupidez, Matteo —me advirtió Bastian, leyéndome la mente.
Le sonreí.
—Yo nunca hago ninguna estupidez.
Bastian se pellizcó el puente de la nariz con la paciencia agotada y negó con la cabeza.
—Vístete y ven a la oficina cuando termines. Todavía quedan cosas por hablar. Asegúrate de que lo haga —ordenó a César, que nos observaba junto al saco de boxeo con su sonrisa de comemierda, disfrutando de que me echaran la bronca como a un jodido crío.
Chasqueé la lengua y le di otro sorbo a la botella de agua, mirando de reojo cómo Bastian se alejaba y salía del gimnasio.
—Deja de sonreír o te tragas la botella —le advertí a César.
—A la ducha —respondió.
Resoplé, agarré mis cosas del suelo y me dirigí a los vestuarios.
Al abrir la puerta, solo tuve que dirigirles una mirada a los hombres de dentro para que se largaran a medio vestir.
No necesité palabras. Nunca las necesito.
Mis ojos son suficiente para que entiendan que no quiero compañía, aunque César no se dio por aludido.
Entró detrás de mí y se dirigió a las duchas abiertas tras coger su toalla de la taquilla.
«Joder, ni que fuera a salir huyendo».
Me quité la ropa y me metí bajo una ducha, dejando dos de separación entre la suya y la mía. El agua caliente cayó con fuerza sobre mi espalda, en un intento inútil de arrastrar la rabia con ella. No había pegado ojo en toda la noche, y no precisamente por las pesadillas.
Me froté la cara con fuerza, esta vez intentando borrar el maldito almuerzo de mi cabeza.
El cuchillo. Mi mano cerrándose sobre el mango.
La garganta de mi padre a escasos centímetros…
El jodido disparo taladrando mi cabeza una y otra vez.
Cerré los ojos y los volví a abrir cuando apoyé las palmas contra los azulejos fríos, inclinando la cabeza bajo la ducha mientras observaba las gotas caer en espiral por el desagüe.
Un solo movimiento y todo habría acabado. Solo un puto movimiento.
Pero no.
Solté una maldición entre dientes y le di un golpe seco al grifo. El agua se cortó de golpe, pero el calor seguía bajo mi piel, ardiendo por dentro.
Me pasé las manos por el pelo, arrastrando el agua de mi cara, y salí desnudo hacia las taquillas. Abrí la mía de un tirón, tomé la toalla y me sequé rápido. Ni siquiera miré el puto traje colgado en su percha cuando lo agarré y me vestí, dejando los botones superiores de la camisa abiertos.
Al llegar a Modesta, Bastian me esperaba con Salva en la oficina del sótano. Me dejé caer en el sofá subiendo una pierna y me froté los ojos con la yema de los dedos. Me ardían como el infierno.
—¿Cuánto has dormido hoy? —preguntó Bastian sin despegar la mirada de los papeles sobre su mesa.
—¿Cuánto? —repetí, dejando escapar una carcajada corta y seca—. Hoy estás gracioso, hermano.
Bastian levantó la mirada de los papeles que estaba revisando; fría y seria, como es habitual en él.
—Al menos tiene la mente ocupada con otra cosa —murmuró Salva a su lado, lo bastante alto para que lo escuchara.
Le lancé una mirada que hablaba por sí sola, pero llevaba razón, aunque me jodiera admitirlo. Mi estúpida boda había desplazado todo lo demás, al menos por el momento.
Bastian cerró la carpeta que tenía abierta, la sostuvo un segundo entre los dedos y luego me la extendió. Alcé una ceja sin intención de agarrarla.
—¿Qué es?
Al ver que no pensaba moverme, me la lanzó.
Bastó con abrirla para entenderlo. Dentro había una fotografía de una mujer recortada de forma tosca, con los bordes irregulares y el papel desgastado. Parecía que alguien la había arrancado de un álbum familiar.
Me quedé mirándola sin saber por qué me incomodaba tanto. Quizás porque no era lo que esperaba. La imagen capturaba un momento espontáneo, una risa a medio camino y una mirada brillante. Parecía sorprendida por algo fuera de cámara que la había hecho reír de verdad.
Cabello dorado, rasgos suaves, pómulos altos, labios carnosos que se veían demasiado fáciles de imaginar bajo los míos…
Y luego estaban esos ojos. Color avellana y salpicados en el centro por un verde suave, brillantes, con una chispa difícil de pasar por alto.
No la clase de chispa que encuentras en mujeres delicadas y sumisas, sino algo más vivo.
Y, sin embargo, nada en la descripción cliché que venía después encajaba con esa imagen.
—Es la información que Ivanov nos ha proporcionado sobre tu futura esposa —explicó Bastian volviendo a recostarse sobre su asiento.
Leí el informe una vez más, buscando la conexión entre la mujer en la foto y la información plasmada en el papel, pero no había nada. Lo único que alcanzaba a ver era algo en esa sonrisa y esos ojos que tiraban abajo todo lo demás.
—Ya lo veo —murmuré, deslizando la mirada por los pocos detalles escritos.
Sí, un puto cliché.
Ballet. Cocina. Lectura. Criada para ser una esposa sumisa y obediente. Una joya moldeada por la bratva para encajar perfectamente en nuestro mundo. Qué sorpresa más aburrida.
Cerré la carpeta con una mueca de fastidio y la dejé caer al lado, intentando borrar la incomodidad que me había dejado por dentro.
—Esperaba algo más de la principessa de la bratva . Qué poco originales —mascullé, cruzando los brazos sobre el pecho.
Bastian me miró con la ceja arqueada.
—Yelena Ivanova es justo lo que tiene que ser, Matteo. Una mujer sumisa y obediente que no se entrometa en nuestros asuntos y te ponga las cosas fáciles. Es lo que necesitas, deberías estar agradecido.
Me llevé una mano a la cara, apoyando la cabeza en el reposabrazos del sofá, y solté una risa sin humor.
—Qué aburrido. —Cerré los ojos sintiendo algo de alivio al instante. Con suerte, esa noche lograría dormir un par de horas.
—La alianza con la bratva Ivanov es importante —me recordó Salva—. Yelena Ivanova es la clave para asegurarla.
—Claro, porque casarme con una principessa de la bratva va a solucionar todos nuestros problemas —solté con sarcasmo, abriendo un ojo para mirarlo—. ¿Y si resulta que ella es tan aburrida como su currículum? ¿Qué hago entonces? ¿Puedo devolverla?
—Ya sabes que no —dijo Bastian conteniendo una sonrisa.
Alcé la cabeza y me quedé mirándolo.
Lo que me faltaba. Mi hermano, el mismo cabrón que vivía en un mundo donde todo era blanco o negro, que tenía la expresión de una jodida estatua de mármol, ahora intentaba no sonreír a mi costa.
Fantástico.
Si hasta él encontraba esto divertido, estaba realmente jodido.