Nacidos en sangre CAPÍTULO 2 YELENA #2
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CAPÍTULO 2 YELENA #2

—En el despacho, hablando con Olga —respondió mi hermano.

Arrugué la nariz. ¿Qué narices hacía hablando con Olga a esas horas?

No, a esas horas no… qué narices hacía hablando con Olga.

Crucé los brazos sobre el pecho respirando hondo, rezando para que no estuvieran en una de esas fases en las que Olga aparecía por aquí, se emborrachaban y volvían a acostarse.

—Ve a asearte, mi niña, debes estar agotada del viaje —dijo Polina tomándome de las manos con una sonrisa, aunque en cuanto giró la vista hacia Maxim y Pavel, su expresión se torció—. Vosotros dos, ayudad a Boris a poner la mesa. Estoy terminando mi famoso borsch .

Maxim y Pavel se miraron de reojo, ahogando una carcajada.

«Famoso» no es precisamente la palabra que usaríamos para describir su borsch .

Polina se percató de sus sonrisitas y volvió a levantar la cuchara de madera, espantando a los dos hombres más grandes que mi padre tenía a sus órdenes.

Si nuestros enemigos supieran lo que pasaba de puertas para adentro, seríamos el hazmerreír del crimen organizado.

Negué con la cabeza, observando cómo desaparecían por la puerta de la cocina, y me dirigí escaleras arriba a mi habitación para darme un baño mientras mi padre terminaba su conversación con Olga y se acababa de preparar la cena.

Me sumergí en el agua caliente de la bañera con un suspiro de puro placer.

Si había algo que extrañaba más que cualquier otra cosa en el mundo eran los baños largos y sin prisas.

Eso y dormir hasta las tantas sin que una corneta me despertase antes de que saliera el sol. Pero no podía entretenerme mucho.

Solté el tapón de la bañera y tomé la toalla limpia que colgaba en la pared.

Al salir a mi habitación, el aroma inconfundible de los platos rusos de Polina me envolvió de inmediato; un golpe de nostalgia instantáneo.

Echaba de menos esa mezcla de especias y carne tanto como la bañera con patas de mi cuarto de baño. Me hacía sentir en casa.

Me vestí con lo primero que encontré en mi viejo armario y bajé al comedor, donde mi padre ya estaba sentado en su sitio en la cabecera de la mesa y charlaba con los muchachos. En cuanto me vio, su rostro se iluminó con esa calidez familiar y abrió los brazos.

Sonreí, me acerqué a él y recibí su abrazo. Puede que mi padre sea el pakhan de la bratva que gobierna media Nueva York, pero siempre ha estado presente en la vida de Viktor y en la mía.

— Malysh —murmuró con voz cálida. Me incliné y sus labios tocaron mi frente en un beso dulce. Al volver a incorporarme, vi a Kiril y Roman intercambiar una mirada fugaz, demasiado sospechosa.

—¿A qué ha venido eso? —Los encaré entrecerrando los ojos.

—Nada, nada —respondieron al unísono, bajando la vista hacia sus platos vacíos.

Mis ojos se estrecharon más, pero decidí dejarlo pasar, ocupando el asiento al lado de mi padre, justo en frente de Viktor.

Nuestras cenas familiares siempre han sido…

peculiares. Un minuto estamos hablando sobre la última película que pusieron en la tele y, al siguiente, Boris comenta con absoluta normalidad que el hombre que lleva días torturando en el sótano de casa se ha meado en los pantalones al arrancarle las uñas.

Aleksei entró en el comedor mientras aún nos reíamos de lo que Boris acababa de contarnos. Se dejó caer en la silla junto a Viktor y comenzó a llenar el plato con las sobras que quedaban.

—¿El viaje bien? —me preguntó con la boca llena.

—Como dormir en una cuna —respondí con sarcasmo antes de devolverle la pregunta con una sonrisa ladeada—. ¿El polvo bien?

Aleksei levantó el pulgar, satisfecho, y siguió comiendo sin inmutarse por lo que acababa de soltarle en plena mesa.

Polina negó con la cabeza y nos echó una mirada de desaprobación. Nunca le ha gustado que hablemos de ese tipo de cosas en la mesa; ni de sexo ni de negocios. Se levantó, dándole un codazo a Boris para que le ayudase con los platos, y se dirigió a la cocina para traer el postre.

—Polina, ¿puedes traer el vodka? —gritó mi padre.

Volvió a aparecer con una bandeja en la que traía dos botellas y unos vasos. Boris llevaba el postre en otra; era como ver a un oso llevando té con pastas.

—¿Y el mío? —protestó Aleksei cuando vio que todos teníamos un vaso menos él.

—Estoy harta de decirte que no llegues tarde a la cena —respondió Polina, volviendo a tomar asiento junto a su marido.

Mi padre sirvió el vodka, dejó la botella en el centro de la mesa y, cuando Aleksei alargó la mano para tomarla, lo ignoramos.

Di un sorbo a mi vaso, dejando que el silencio se asentara solo un par de segundos. Una pregunta llevaba rondándome desde que llegué, o más bien desde que Graves me dijo que mi padre quería verme después de ese polvo tan deprimente en su despacho.

—¿Por qué querías que viniera? ¿Te estás muriendo?

—Algún día diré que sí y te echarás a llorar —refunfuñó.

—No sé yo… Te quiero, pero estás bastante mayor, papá —me burlé, haciendo girar el vaso.

—Ya se lo he dicho yo —suspiró Viktor, echándose hacia atrás en la silla—, pero se niega a jubilarse y dejarme al mando.

—¿Qué otra cosa iba a hacer con mi vida?

—Podrías mirar residencias. Tienen muchas actividades interesantes. Incluso las hay con bingo y piscina —propuse conteniendo una sonrisa.

—¡No soy tan mayor! —bramó, con una indignación que nos hizo reír a todos.

Pero la risa se desvaneció tan rápido como había llegado.

Crucé los brazos y lo miré en silencio. Él sabía que yo no era tonta.

Mi padre no me llamaría al cuartel solo porque me extrañaba.

Si ese fuera el caso, habría pedido que me tomara unos días libres, no que Graves me concediera un permiso extraordinario.

Mi padre dejó el vaso sobre la mesa con un golpe sordo y medido, y su expresión cambió en un segundo.

—Necesito que hagas algo por mí, malysh —dijo con ese tono serio que solo usaba cuando hablaba de negocios.

Alcé una ceja, esperando la bomba.

—Las tensiones con Vasilyev están aumentando.

Puse los ojos en blanco. La maldita bratva Vasilyev había decidido expandir su negocio por Estados Unidos y no dejaba de jodernos a todos.

Mi padre había hecho negocios con ellos en el pasado, y las relaciones fueron más o menos cordiales hasta ese cambio de planes para extender su negocio a nuestro territorio. Aunque podía olerme por qué lo hacían.

—Sí que le sentó mal mi rechazo a Yuri.

Yuri había ido detrás de mí desde que teníamos, no sé, ¿catorce y dieciséis años? Había salido con Yuri un par de veces, pero nunca llegó a más por mi parte. Esa forma que tenía de mirarme me ponía los vellos de punta, esa obsesión enfermiza por tenerme… Entonces, algo hizo clic en mi cabeza.

—No pienso casarme con él —solté, señalando a mi padre con el dedo.

—Ni en broma permitiría que te casaras con ese malnacido —gruñó, golpeando la mesa con el puño. Suspiró y volvió a reclinarse en su silla, mirándome con una sombra de culpa en los ojos—. He pactado una alianza con los italianos.

Una punzada de alarma me atravesó. Una alianza solo podía significar una cosa, y si yo estaba ahí significaba que esa cosa me implicaba a mí directamente. Mierda, me iba a casar.

—¿Quién es el desafortunado? —pregunté con desdén fingido, aunque ya intuía la respuesta.

—Matteo Lombardi.

Alcé una ceja. En realidad creía que sería Bastian Lombardi, aunque el hombre no importaba. No quería casarme, y no porque buscase un matrimonio con amor, sino porque directamente no creo en el amor.

—¿El hijo pequeño de Fabiano Lombardi? —quise confirmar, sin molestarme en ocultar mi cara de asco.

—Bueno, pequeño… —Viktor ladeó la cabeza, divertido—. Tiene tres años más que tú, sestrenka .

—Da lo mismo. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué él? No es que me importe, los dos me dan el mismo asco, pero lo lógico sería casar al mayor, ¿no?

—El futuro don no puede estar casado con una sucia rusa —bromeó Viktor, y se llevó el vaso de vodka a los labios.

Puse los ojos en blanco. Quizás Fabiano Lombardi no lo había dicho con esas palabras, pero seguro que lo había pensado.

Me bebí el vaso de vodka de un solo trago. Lo necesitaba para digerir el plan de mi padre.

—Es solo temporal —continuó él—. Hasta que nos deshagamos de Vasilyev. Luego, si quieres meterle una bala en la cabeza, eres libre de hacerlo, pero avisa para estar preparados.

Me crucé de brazos. Lógica no le faltaba. No es que me entusiasmara casarme con un desconocido, y menos con un italiano con pinta de tener un palo metido en el culo. Seguro que hasta Graves tenía más gracia que ellos, y eso ya era decir.

Mierda. Ahora entendía por qué mi padre estaba hablando con Olga.

—Lo haré con una condición —solté, porque casarme con el italiano había dejado de ser el mayor de mis problemas al acordarme de ella.

Mi padre me miró con cautela.

—¿Cuál?

—Que Olga no venga a la boda.

—¡Es tu madre!

—No, no lo es. Si lo fuera, no habría pasado toda mi vida en Rusia.

—Si no viene, me hará parecer débil.

—Entonces no me caso —lo amenacé, cruzando los brazos sobre el pecho.

Mi padre dejó escapar un gruñido de frustración. Sabía que hablaba en serio; que si decía que no iba a hacerlo, no lo iba a hacer. Y él no me obligaría a algo así.

—Está bien. Diremos que está indispuesta.

Sonreí con satisfacción.

—Genial. —Le arranqué la botella de vodka a Aleksei y me serví otro trago que me bebí de un sorbo—. ¿Cuándo será?

—La semana que viene.

Me incorporé tan rápido que casi se me salió por la nariz el vodka que acababa de tragarme.

—¡¿Tan pronto?!

—No es un matrimonio real, malysh . Son negocios.

Solté un suspiro pesado, dejándome caer sobre el respaldo antes de preguntar:

—¿Qué sabemos de él?

—No mucho. Tiene mala fama en la mafia, dicen que es algo inestable —dijo Viktor, captando de inmediato mi atención.

—Como una bomba de relojería —comentó Maxim—. Me encantaría poder apretarle las tuercas un poco, ver qué ocurre. —Giré la cabeza en dirección a Maxim; tenía esa sonrisa infantil que ponía al hablar de armas, la que dejaba al descubierto sus dientes. Mi padre le dirigió una mirada de advertencia.

—Y por lo que he escuchado, la mitad de la población femenina de la ciudad ha pasado por la cama de Matteo Lombardi —añadió Aleksei—. Eso es casi tanto como yo.

—No es la clase de información que quería, Aleksei. —Hice una mueca—. Y yo que solo los elijo para molestar a papá —murmuré, lo bastante alto como para que mi padre lo oyera. Me lanzó una mirada fulminante que ignoré sin el menor esfuerzo.

Él lo sabía. Todos en esa mesa lo sabían. La prueba viviente era Aleksei, sentado junto a su tío y con la cabeza aún sobre los hombros mientras daba otro generoso trago a la botella de vodka como si la cosa no fuera con él.

—También le he pedido a Harvey uno de sus relojes con localizador, por si llegara a ocurrir algo —continuó mi padre con un suspiro—. Nunca se sabe. Ah, y Kiril y Roman han ido a por tu vestido esta mañana.

Me froté los párpados con la yema de los dedos, haciendo caso omiso a lo del rastreador.

«Por eso la miradita de antes».

—Por favor, dime que no les has dejado elegirlo. Esos dos tienen gustos cuestionables —suspiré.

—Estamos presentes —se quejaron, ofendidos.

—Por supuesto que no. Polina fue con ellos —aclaró mi padre, ignorándolos.

Solté un suspiro de alivio.

—Menos mal. Si voy a casarme con un idiota, al menos quiero llevar un maldito vestido en condiciones.

—Será mejor que no lo insultes a la cara cuando lo conozcas —se rio Viktor—. Los italianos son un poquito sensibles.

—Lo tendré en cuenta —murmuré con hastío.

—Le pediré a Harvey que te envíe toda la información que logré reunir sobre él y los Lombardi antes de la boda, pero Lydia está a punto de dar a luz y no tiene mucho tiempo.

—Está enfadado con él porque lo mandó a la mierda cuando le dijo que quería cambiar las cámaras de seguridad del perímetro que instaló el año pasado —aclaró Viktor con una sonrisilla.

«Esta bratva no es seria».

—De todos modos —mi padre carraspeó, recuperando nuestra atención—, quedé con Fabiano Lombardi en que me mandaría algo sobre su hijo. Y si descubres información nueva, lo añadiremos. Nunca está de más conocer a tu enemigo.

—¿No se supone que la boda es para formar una alianza? —inquirí, arqueando una ceja.

—Cuando todo haya acabado y te cargues al italiano, las cosas cambiarán —respondió, alzando su vaso de vodka.

Lo miré por un segundo, ahí llevaba razón. Cuando diéramos con Yuri y me cargara a Matteo Lombardi para poner fin a ese matrimonio, la guerra con la mafia estallaría, y yo ya estaría de vuelta en el cuartel, lejos. Levanté mi vaso y lo choqué con el suyo en un brindis.

—Cierto —murmuré.

Sí, definitivamente, mi familia es muy rara.