Nacidos en sangre CAPÍTULO 2 YELENA
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CAPÍTULO 2 YELENA

El barro me cubría hasta los tobillos. Lo sentía en cada paso, pesando, cediendo, queriendo tragarse las botas.

Pero ya no era algo que me molestase. Con el tiempo, todo se vuelve parte de la rutina.

El frío que se cuela por debajo del uniforme, el olor a humedad, el silencio cortado solo por la respiración medida del pelotón que avanzaba conmigo…

Había algo en esas caminatas hacia el cuartel que me encantaba.

El edificio apareció en la distancia, al final del camino empapado.

Al llegar, me detuve junto al pelotón, ocupando mi posición en la primera fila.

Ese sitio no había sido un regalo. Me lo gané, por más que algunos me critiquen por la posición privilegiada en la que me encuentro gracias a quién es mi padre.

Como si ser la hija del pakhan de la bratva te ayudase a ascender.

El teniente coronel Graves apareció con la expresión endurecida de siempre. Parecía esculpido en mármol, con la espalda tan recta como el cargo exigía y la mirada afilada. Recorrió la fila con los ojos, evaluándonos en silencio.

—Saludo.

El sonido del saludo militar rasgó el aire y quedó suspendido en el momento, preciso y sincronizado.

Graves asintió con aprobación.

—Descansen.

Bajamos las manos, pero nadie se movió hasta la siguiente orden.

—Rompan filas.

El grupo se disolvió al instante, aunque yo no me moví.

Nos quedamos en silencio, observando cómo los demás se alejaban.

Sus ojos azules me buscaron cuando el último soldado desapareció.

Sin una palabra, hizo un gesto con la cabeza y comenzó a caminar al interior del cuartel.

Atravesamos el pasillo en silencio. Al llegar a la puerta del final, Graves entró primero y yo lo seguí.

Sus manos estaban en mi cintura nada más cerrar la puerta, empujándome contra la pared con la fuerza de un soldado que ha esperado demasiado.

Nuestras bocas chocaron con el mismo desenfreno de siempre.

El protocolo, la disciplina, la jerarquía…

Todo se esfumó mientras nos deshacíamos de los pantalones.

Luego me tumbó sobre su escritorio, tras apartar los papeles con la mano.

Sin dejar de besarme, rebuscó en su bolsillo y sacó el preservativo que siempre llevaba, entrando en mí sin comprobar siquiera si estaba lista. Sus caderas golpeaban contra las mías con una urgencia cruda. Me sujeté al borde de la mesa, conteniendo un jadeo que no terminaba de salir.

No tardó en correrse con un último gemido ahogado en el hueco de mi cuello y la espalda tensa. Yo, en cambio, no estuve ni cerca.

Se incorporó apenas para mirarme, aún jadeando y con unas gotas de sudor perlando su frente.

—Lo siento, cariño, me pone demasiado verte tan sudada tras la carrera —se disculpó, apartándome uno de los mechones húmedos que caían por mi rostro. Y no precisamente por el sexo que acabábamos de tener, si es que se lo podía llamar así.

Puse los ojos en blanco y apoyé la cabeza en la superficie fría de la mesa, dejando escapar un suspiro pesado.

Lo sentí salir de mí, seguido del sonido del cinturón mientras yo aún estaba medio desnuda sobre su escritorio.

Me moría por recordarle que también tenía manos, pero no me dio tiempo a abrir la boca.

—Ha llamado tu padre. —Se dejó caer en su silla, acomodándose lo que quedaba del uniforme—. Me encanta tenerte así —añadió con una sonrisa, enredando uno de los mechones que se escapaban de mi trenza.

Le dediqué una mirada de hastío y bajé de un salto.

—¿Qué quería?

Di unos pasos hacia mis pantalones tirados en mitad del despacho, me agaché para recogerlos y volví a ponérmelos bajo su atenta mirada.

—Que te concediera un permiso extraordinario. Necesita que vuelvas a casa unos días. Ah, y Polina te manda saludos.

Terminé de abrocharme el cinturón y me dejé caer en la silla frente a él, pasando un brazo por el respaldo. ¿Un permiso extraordinario? Esos son muchos días.

—¿Entonces este polvo rápido ha sido una despedida? Qué triste. —Chasqueé la lengua.

No sé en qué momento decidí que liarme con él era una buena opción.

Casi podía contar con los dedos de una mano los orgasmos que me había dado los últimos tres años.

Quizás era el morbo de poder ser descubiertos lo que me había mantenido a su lado todo ese tiempo, aunque me daba que no era un secreto del todo.

Eso y que me encantaba la cara de mi padre cada vez que lo nombraba; no lo soporta.

Porque sabía que Graves estaba colado por mí; sin embargo yo…

no tanto. Era mono, sí: rubio, ojos azules, mandíbula cuadrada y nariz recta…

, pero sin más. Muy aburrido para mi gusto.

Estoy acostumbrada a otro tipo de hombres; hombres poco cuerdos, como los que me han criado.

—Descuida, cariño; cuando vuelvas, me encargaré bien de ti. —Graves me sonrió con una expresión de suficiencia que me daba ganas de borrar a golpes—. Tu padre ha mandado un helicóptero a recogerte. Llegará a mediodía.

Solté una risa seca.

—Fantástico. Por si no tenía suficiente atención en el cuartel, ahora sí que van a mirarme todos cuando vean aparecer el helicóptero con la señal de la bratva .

—Seguro que lo suben a tu club de fans.

Fruncí el ceño. Eso no era tan gracioso. Aún me daba escalofríos saber que algún idiota había creado una página sobre mí. Ni en el colegio llegaron a tanto.

Sabía que me estaban mirando incluso antes de escuchar el rugido creciente del helicóptero.

No era difícil adivinarlo. En ese lugar, cualquier movimiento ajeno al protocolo se convertía en espectáculo.

Que me observaran ya no me sorprendía; lo que me costaba era decidir si debía fingir que me importaba.

¿Qué se supone que querían? ¿Que los saludara con la mano como si fuera la primera dama?

No me molesté. Me limité a avanzar hacia el helicóptero con paso firme, como había aprendido a hacer incluso en terreno hostil.

Fingir seguridad a veces es más útil que tenerla.

Subí sin detenerme a mirar los rostros de los soldados apostados en el campo de aterrizaje y, una vez arriba, les lancé una última mirada seca, apenas un gesto mecánico que rozaba la indiferencia, y cerré la puerta tras de mí con un golpe que resonó en la cabina.

Ilya me tendió los cascos desde el asiento del piloto con su habitual sonrisa.

Se los arranqué de las manos y me senté en el asiento a su lado, ajustándomelos para poder escucharlo.

—Ya podíais haber tapado el símbolo de mi padre antes de venir a por mí —me quejé.

—¿Y que Maxim se eche a llorar por borrar su obra de arte?

—¡Que le den a Maxim!

El despegue sacudió el aparato con un leve tirón, y luego solo quedó el sonido constante de las hélices cortando el cielo encapotado.

El paisaje se volvió una mancha gris a nuestros pies mientras nos alejábamos de la base.

Para cuando aterrizamos en el jardín del chalet de mi padre, ya era de noche.

Me quité los cascos y salí del helicóptero dando un salto.

Viktor se dirigía hacia mí desde el fondo del jardín con esa sonrisa ancha y desvergonzada.

El tiempo y la distancia nunca habían significado nada entre nosotros.

Abrió los brazos de par en par y, sin dudarlo, corrí hacia él, lanzándome de lleno a su abrazo.

Me rodeó con fuerza y hundió la cara en mi cabello.

—Cuánto tiempo sin verte, sestrenka —murmuró con esa voz grave y tranquila que tanto había echado de menos.

—Demasiado —respondí, dándole un empujón juguetón.

—Porque tú quieres. Podrías venir los fines de semana. —Su brazo se deslizó sobre mis hombros con familiaridad, guiándome hacia la casa—. Ah, no, espera… que estás muy ocupada con el teniente Graves.

—Teniente coronel Graves —lo corregí, dándole un codazo en las costillas—. Y no me tires de la lengua.

Viktor soltó una risa y sacudió la cabeza de lado a lado.

Era mi hermano mayor, pero no tenía ningún reparo en contarle mi último fiasco con Graves.

A fin de cuentas, el ambiente en el que me he criado no es precisamente discreto.

Cuando tenía diez años encontré a mi hermano metiéndole mano a una chica en el sofá, el mismo sofá en el que solíamos ver películas por las noches cuando no tenían trabajo.

Me limité a saludarla y seguí caminando hacia mi cuarto.

Entramos por la puerta doble de cristal del jardín. El caos familiar me dio la bienvenida encabezado por Pavel y Maxim gritándose desde lados opuestos del salón, por algo que, con toda seguridad, era culpa de Ilya, pero Pavel había terminado pagando los platos rotos.

La puerta principal de la mansión se abrió y, segundos después, Aleksei cruzó el salón a toda prisa, tirando de la mano de una mujer a la que no había visto en mi vida y que intentaba ocultar la cara, visiblemente avergonzada.

Luego desaparecieron por una de las puertas que conducían a las habitaciones del piso inferior.

No se quedaría a cenar y él, con toda seguridad, se retrasaría.

Desde la cocina, el inconfundible alarido de Boris resonó como un eco de guerra; seguramente Polina le había vuelto a atizar con la cuchara de madera al intentar meterle mano a los oladyi.

Polina salió de la cocina con la cuchara en mano sin dejar de gritarle a Boris para poner fin al escándalo que Maxim y Pavel estaban montando en el salón; no me había equivocado.

Al verme, frenó en seco y dio un grito que hizo que Maxim y Pavel se detuvieran.

—¡Mi niña está aquí! —exclamó en ruso. Me atrapó en uno de sus abrazos aplastantes llenos de esa calidez maternal que solo ella tenía.

—¿Me has traído algún juguete nuevo? —Maxim se acercó con una sonrisa de crío.

—No puedo robar granadas del cuartel cuando me plazca —respondí.

Maxim se encogió de hombros y me dio un abrazo, levantándome del suelo como cuando era una niña pequeña. Luego fue el turno de Pavel, que casi me asfixia más que Polina.

—¿Dónde está mi padre? —inquirí, soltándome de él.