Nacidos en sangre CAPÍTULO 1 MATTEO
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Nacidos en sangre

Nacidos en sangre

Por Sunny White

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CAPÍTULO 1 MATTEO

El puto vaivén de la pelota entre las manos de Bastian era lo único que lograba seguir.

« Izquierda. Derecha. Izquierda otra vez » .

Iba de un lado a otro, de forma mecánica, mientras él y Salva hablaban de algo que no conseguía procesar.

Ni quería. Solo seguía el maldito movimiento como un perro persiguiendo un hueso.

La apretaba fuerte y volvía a pasarla de una mano a otra en un bucle enfermizo que no llevaba a ningún sitio, pero que, de alguna forma… funcionaba. Me obligaba a quedarme ahí, en ese sofá, con ellos. No en el lugar al que mi cabeza insistía en volver.

Bastian se giró hacia mí. Vi sus labios moverse, pero sus palabras no me llegaban.

Mi hermano es el único que de verdad entiende cómo de jodida está mi cabeza, o al menos eso creo; después de todo es mi hermano, me conoce de sobra, quizás mejor que yo mismo.

Él sabe cómo no perderse en la oscuridad de los recuerdos. Ojalá yo supiera hacer lo mismo.

—Matteo.

La voz de César me atravesó desde algún punto remoto. Sentí su mano sobre mi hombro, presionando ligeramente para traerme de vuelta a la realidad. Miré su mano unos instantes y luego dejé caer la cabeza en el respaldo, observándolo.

—¿Estás con nosotros? —Esta vez fue la voz de Bastian la que llegó difusa, mezclada con todo el ruido en mi cabeza.

Volví a enderezarme hasta mirar a mi hermano a los ojos.

«Qué pregunta tan absurda».

—No.

No les estaba haciendo ni puto caso. Mi mente se pierde con facilidad. Bastian lo sabe, lo ha visto mil veces y no hay nada que podamos hacer. Mi cabeza está jodida desde aquel día.

Mi hermano dejó escapar un suspiro pesado, recostándose en el asiento que ocupaba al frente de nuestra improvisada base en el sótano de Modesta.

—Clay ha llamado. —Volvió a pasarse la dichosa pelotita de gomaespuma de una mano a la otra—. El cargamento no ha llegado y ya empieza a tocarles los cojones. Tenemos que averiguar quién diablos está interceptando nuestros envíos. Padre quiere que lo rastreemos.

Sonreí. Me encanta ir de caza. Es la mejor parte de nuestro trabajo. Miento. La segunda mejor. Primero está hacer gritar a los cabrones que se lo merecen.

—¿Vasilyev?

—Lo más probable —respondió Enzo.

Giré el cuello lo justo para ver por encima del sofá. Enzo estaba en el billar, con el portátil sobre la mesa y esa cara de concentración chulesca que se gasta cuando se siente el rey del puto mundo.

—Acaban de pasarme la información de los rastreadores —Tecleó algo más sin levantar la vista—. La ruta cambió poco después de salir. Algún inútil pensó que no lo notaríamos.

—César, Bruno y tú iréis esta noche a por el conductor —intervino Bastian. Luego me miró, deteniendo la pelota en su mano derecha—. Confío en que no llames la atención.

—Nunca lo hago —respondí con una sonrisa afilada.

Solo aquellos que de verdad me conocen saben lo que significa. Nadie me ve hasta que ya es demasiado tarde. Me gusta acechar a mis presas, jugar con ellas. Y lo mejor de todo… nunca se me escapan.

Bastian cerró la carpeta con un chasquido seco y se la pasó a Salva para que la guardara.

—¿Algo más? Porque hemos abierto hace un rato y me muero por una copa antes de ir a por ese hijo de puta. —Bruno se levantó alisándose la camisa.

Antes de que Bastian terminara el gesto con la mano, ya estaba abriendo la puerta del despacho. No esperaba menos. Si hay alcohol, música y una mujer con piernas largas, lo tienes ahí. Cualquier cosa que nos haga olvidar la mierda que llevamos dentro siempre es bienvenida.

Enzo y Salva salieron detrás, pero César se tomó su tiempo. Lo observé de reojo, luego mi vista viajó hacia Bastian y volvió a César. Se encaminó hacia la puerta con su habitual calma y se detuvo a lanzarle una mirada a mi hermano, que no se había movido del asiento.

Bastian asintió, tal vez pensando que no me daría cuenta, pero lo hice. César salió y nos dejó a solas.

—¿Ahora os ponéis ojitos? No te tomaba por uno de esos, hermano. —Sonreí, dejando al descubierto mis dientes.

—Padre quiere vernos —soltó, ignorando mi comentario—. Quiere que vayamos a comer mañana.

La sonrisa se me borró de golpe. Comer en casa de nuestro jodido padre no es buena señal.

Nunca lo es. Él no es el tipo de padre que se preocupa por sus hijos, o al menos no en el sentido normal.

A Bastian puede que lo tolere, incluso puede que lo respete; después de todo, algún día todo este imperio será suyo.

Él será el don . Pero ¿yo? Para él, siempre he sido un error, el hijo que nunca debió tener.

Si no fuera por…

Bang.

Cerré los ojos. El puto disparo volvió a retumbarme en la cabeza y taladrarme los oídos. Vi la sangre salpicando el suelo. Casi podía percibir su olor metálico.

—Matteo.

La voz de Bastian irrumpió en mi cabeza, cortando de raíz el recuerdo que ya empezaba a arrastrarme hacia el pasado.

Abrí los ojos y le dediqué una sonrisa depredadora.

—Por supuesto. Quizás debería llevarle un premio al Padre del Año por acordarse de que tiene dos hijos en vez de uno.

Bastian se inclinó sobre el escritorio, entrelazando los dedos con un suspiro.

—Intenta dormir algo más esta noche. No sé qué quiere, pero mañana tendrás que controlarte.

Controlarme. Qué palabra tan jodidamente hilarante. Como si contener este desastre fuera tan fácil como apretar un botón. Todo el asunto era culpa suya, y algún día le hundiría mi cuchillo en la garganta. O quizás, para variar, en un sitio más creativo… Si Bastian no lo hacía antes.

—Si no es por tu vida, hazlo por María —me recordó.

Sentí cómo la rabia me subía por la espalda como un maldito animal.

—Si ha vuelto a pegarle…

—No harás nada —me cortó.

Le dediqué una sonrisa. Mi mejor sonrisa. Esa que no significa absolutamente nada.

—No moveré ni un puto músculo —mentí sin pestañear. Diga lo que diga, María no merece ese infierno que le hace vivir mi padre, y mucho menos ser el saco de boxeo emocional de nadie—. ¿Algo más?

Bastian me hizo un gesto con la mano mientras sacaba el móvil para llamar a Samantha.

Me levanté del sofá casi de un salto, saliendo del puto despacho.

Recorrí el pasillo de hormigón hasta las escaleras que llevaban a Modesta y subí los escalones de dos en dos.

Este es uno de los negocios legales de la organización, nuestra mejor tapadera y, al mismo tiempo, nos sirve para blanquear grandes sumas de dinero e impulsar nuestro negocio con las drogas.

No es un club exclusivo sin drogas y alcohol de por medio.

Pero esa no fue la razón por la que lo montamos.

Necesitábamos escapar de alguna forma, un lugar que fuera solo nuestro y donde nuestro jodido padre no metiera las manos.

Por eso Bastian es el único propietario, aunque los que nos encargamos seamos nosotros.

Mi padre jamás habría permitido que el club saliera adelante de saber que había sido idea mía.

La música de Modesta se filtró nada más abrir la puerta oculta de la pared, inundando el pasillo del sótano. Volví a cerrarla y salí del almacén.

Bruno estaba en la barra, sirviendo copas mientras coqueteaba con una rubia que le había pedido un gin-tonic .

Conociéndolo, en cinco minutos la tendría contra la pared en algún rincón oscuro o, si tenía suerte, en el reservado, antes de que sonara la hora de cumplir con el encargo del cabrón de mi padre.

Barrí la pista de baile con la mirada en busca de mi presa.

Entre la multitud vi a Enzo; había conseguido un ligue en tiempo récord esa noche, lo cual no significaba que fuera a ser la escogida al final de la velada.

Arriba, en el reservado, Salva y César evaluaban el terreno entre sorbos de whisky, midiendo el ambiente como depredadores antes del ataque.

—¡Matteo! —La voz chillona de Grace se alzó por encima de la música.

Justo lo que necesitaba, un polvo rápido para alejar mis demonios internos y concentrarme en ese hijo de puta al que me moría por cazar más tarde.

Grace se acercó a mí moviendo las caderas. Llevaba un vestido rosa chillón que reflejaba las luces del local con cada paso que daba. Se echó el pelo a un lado con un gesto estudiado antes de posar una mano en mi pecho, deslizando sus uñas largas y brillantes por la apertura de mi camisa.

Le sostuve la mirada con esa sonrisa que siempre funcionaba.

—¿Me has echado de menos? —ronroneó, moviendo despacio esas pestañas postizas que llevaba.

«Ni me acordaba de tu existencia».

—¿Una copa? —respondí, ignorando la pregunta.

Se enderezó dedicándome una sonrisa sensual, convencida de que esa noche conseguiría arrastrarme.

Lo tenía jodido. Grace era sexo fácil cuando no tenía tiempo o no me apetecía buscar a otra, pero ya no entraba en mis planes malgastar más preservativos con ella; se estaba encariñando demasiado y no me gusta repetir más de la cuenta.

Lo que no significaba que no estuviera dispuesto a follarme su boca.

Pedí a Bruno la mierda esa con frambuesa que le gustaba tomar a Grace y un whisky cargado para mí. Se necesita algo fuerte para aguantar la palabrería incesante de la chica.

—No puedo quedarme mucho.

Lo único bueno que tiene Grace es que su padre es un cabrón que hace negocios con nosotros y no necesito darle explicaciones de ningún tipo. Así fue cómo nos conocimos.

—¿Por qué no vamos a un lugar más privado? —preguntó, jugueteando con uno de los botones de mi camisa.

¿He dicho «lo único»? Me he equivocado. También sabe cuándo ir al grano, lo que facilita mucho las cosas.

En cuanto Bruno dejó los vasos en la barra, agarré el mío con una mano y con la otra atrapé la muñeca de Grace, tirando de ella hacia la puerta trasera con el cartel de «Prohibido el paso».

Podría haberla llevado al despacho del piso de arriba como otras veces, pero no quería que se formara una idea equivocada.

Nada más cruzar la puerta del baño del personal, se enganchó a mi cuello como si se tratara de algo más que lo que era. Quiso besarme, pero eché la cabeza hacia atrás antes de que sus labios rozaran los míos.

—Ya te he dicho que no tengo mucho tiempo.

—Eso tiene arreglo —sonrió, dándole un trago a su copa antes de dejarla en el lavabo con un golpe confiado.

Se arrodilló y desabrochó mi pantalón sin apartarme la mirada.

El frío que había dejado el hielo en su lengua me arrancó un gruñido bajo cuando me rodeó la polla con la boca.

Dejé el vaso junto al suyo y enterré los dedos en su pelo marcando el ritmo.

El calor fue reemplazando al frío y me perdí en la sensación húmeda de su boca, en la forma en la que Grace se ahogaba cada vez que la embestía con fuerza.

El placer subió en espiral hasta que un último temblor me recorrió, derramándome con un gruñido ahogado.

Grace se incorporó, con ese brillo idiota en los ojos, y empezó a bajarse las bragas. Creía que haberme corrido en su boca dejaba claro que aquí acababa nuestro encuentro de esa noche.

—Tengo que irme. —Agarré el vaso del lavabo y salí de allí antes de que pudiera replicar.

Bruno estaba a punto de irse con una pelirroja, pero lo intercepté antes de que diera un paso fuera de la barra.

—Nos vamos —le dije al acercarme.

Chasqueó la lengua, le hizo un gesto a la pelirroja para que esperara y me miró como si acabara de interrumpirle el mejor polvo de su vida.

—Un poco pronto, ¿no?

—Necesito quitarme a Grace de encima, se está poniendo pesada.

Bruno ladeó la cabeza, mirando más allá de mi hombro hacia el reservado.

—César se va a cagar en ti. —Sonrió de medio lado—. Y yo también.

Me giré y miré hacia arriba. El muy cabrón ya se había llevado a una morena al reservado y Salva ni siquiera estaba a la vista.

—Podéis pedirles el número para luego —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Y arriesgarme a que lo guarde? Olvídalo —bufó.

La pelirroja pareció oírlo. Le lanzó una mirada asesina, pero él ni se inmutó. Se limitó a rodear la barra, dejando a la chica plantada. Otro de los nuestros ya cubría el sitio. Todo bajo control, como debe ser.