32
Llegué a la tienda antes que mi jefa.
Abrí con toda la seguridad del mundo. Ya iba a hacer casi un año que me había hecho amiga de la alarma, así que entré sin problemas.
Dejé la carpeta sobre el mostrador y la miré durante unos segundos.
Dentro estaban mis dibujos.
Solo de pensar en lo que había decidido hacer con ellos, sentí un pequeño cosquilleo en el estómago.
Respiré hondo y me puse a abrir las ventanas y a preparar el local para empezar la mañana. Tenía algunas cosas que guardar en la trastienda y aproveché para entretenerme ordenándolas.
Oí ruido en la puerta y salí.
Mi jefa acababa de llegar.
Todavía no había soltado el bolso cuando ya había abierto mi carpeta y estaba ojeando los dibujos.
Sentí un calor que me subía desde el estómago hasta la cara y me planté a su lado en dos segundos.
—¿Qué es esto? —preguntó Mila, sorprendida—. ¿Quién lo ha traído?
Durante unos segundos dudé.
Incluso llegué a pensar en quitarle la carpeta de las manos.
Pero ya estaba hecho.
Cogí aire.
—Son míos.
Mila abrió mucho los ojos.
Volvió a mirar los dibujos.
Cogió uno, lo observó detenidamente y después hizo lo mismo con otro.
Yo permanecí a su lado, intentando no parecer demasiado nerviosa.
Durante las últimas semanas, había pasado algunas tardes en el puerto de La Casería, sentada con el bloc sobre las piernas.
En uno de los dibujos había intentado plasmar la bahía.
El agua ocupaba buena parte del papel y, al fondo, Cádiz aparecía recortada en el horizonte.
El puente nuevo atravesaba el paisaje como una enorme línea suspendida sobre el agua. No había conseguido dibujarlo exactamente como era, pero sí transmitir lo que yo veía cuando lo miraba.
En otro había dibujado varios barcos amarrados al puerto. Los cascos, las cuerdas, los mástiles que se cruzaban unos con otros y el reflejo tembloroso sobre el agua. Me había pasado bastante tiempo intentando captar aquellos pequeños detalles que normalmente nadie mira.
Y, casi sin darme cuenta, se me había ocurrido llevar algunos a la tienda.
—No sabía que dibujabas —dijo Mila.
Me encogí de hombros con una sonrisa tímida.
Notaba las mejillas ardiendo.
—Son buenos. Me gustan.
Aquellas dos palabras me hicieron bajar la mirada.
—Había pensado ponerlos por aquí. Para darle un poco de vida a la tienda.
Señalé una pared cerca de la puerta.
—Podría colgar uno ahí… y el otro quizá junto a aquella ventana.
Mila me miró sorprendida.
—¿Puedo? —pregunté tímidamente.
—¡Pues claro que puedes! —exclamó, sonriendo—. Pensé que querías venderlos.
—¡Oh, no! No, no. Para nada. Solo quiero ponerlos en algún lugar bonito.
Mila volvió a mirar los dibujos.
—Y has elegido la tienda. ¡Me encanta! Les buscaremos unos buenos marcos y los colgaremos donde has dicho.
Dejó los dibujos de nuevo en la carpeta y me sonrió.
—Gracias por el detalle.
Después se metió en su oficina.
Yo me quedé allí, junto al mostrador, mirando la carpeta cerrada.
Solté el aire lentamente. Seguía sintiéndome un poco abrumada. Pero no había escondido los dibujos.
Esta vez había sido yo quien había decidido enseñarlos.
Los miré una última vez antes de volver al trabajo. Y sonreí.
No eran perfectos.
Pero eran míos.