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El verano estaba nuevamente a la vuelta de la esquina.
Hacía calor, pero aun así habíamos quedado todos para despedir a Julio, que volvía a marcharse durante unos meses a otro de sus cruceros.
Estuvimos un rato debatiendo dónde quedar.
La mayoría prefería hacerlo en el centro, en algún sitio donde pudiéramos refugiarnos del sol.
A mí se me ocurrió otro lugar.
—Podríamos hacerlo en el paseo —propuse animada—. Que Julio se lleve la guitarra y vuelva a tocar en su poyete antes de marcharse. Todos sabemos que le gusta.
Aunque en realidad, yo tenía otro motivo.
Durante algún tiempo, la figura de aquel extraño del perro había estado rondándome la cabeza.
No quería reconocerlo demasiado, pero tampoco quería volver a negarme la posibilidad de sentir ilusión por alguien.
Hacía mucho tiempo que me protegía de aquello.
Desde que había terminado con Edu, había preferido mantener cualquier posibilidad de relación sentimental a una distancia prudencial. Era más fácil así. Si no dejaba entrar a nadie, nadie podía hacerme daño.
Pero quizá había llegado el momento de dejar de decidir por adelantado cómo tenían que salir las cosas.
Quizá podía dejar que la vida me sorprendiera.
Hubo algunas negativas por parte de Marcelo y Sara, pero al final fue Julio quien decidió que mi idea no estaba nada mal y que, de todas las opciones, era la que más le apetecía.
Me alegré.
Y, aunque intenté disimularlo, me hizo ilusión.
Cogí mi bloc de dibujos. Lo miré durante unos segundos, sonreí y lo guardé en el bolso.
Sara y yo llegamos las primeras.
Nos sentamos en una mesa cerca del paseo, frente al mar.
La playa estaba llena de gente.
El paseo, también.
Personas caminando de un lado a otro, familias bajando a la arena, niños corriendo y perros que parecían disfrutar tanto del día como sus dueños.
Pedimos dos cervezas y nos enfrascamos en una conversación divertida.
Sebas había decidido aparecer en algún momento y a Sara le hacía ilusión que se integrara con nosotros.
Marcelo apareció a lo lejos. Levantó la mano antes de llegar y sonrió, haciendo un gesto para que pidiéramos por él.
Llamé al camarero y pedí otra cerveza, pero enseguida Sara pidió una más y señaló hacia el paseo.
Julio venía caminando despacio, con la guitarra a cuestas.
Durante un rato estuvimos charlando y bebiendo tranquilamente, hasta que decidimos pedir algo de comer.
Julio devoró lo que había pedido en una sentada y, en cuanto terminó, cogió la guitarra y se fue hacia el poyete.
—¡Julio, por Dios! ¡Que vas a pillar una insolación! —protestó Sara, abanicándose con la carta que todavía teníamos sobre la mesa.
Julio hizo caso omiso y comenzó a tocar.
La música se mezcló con el ruido del paseo y el murmullo de la gente.
Algunos caminantes se detenían durante unos minutos a escucharlo. Otros esperaban a que terminara una canción para felicitarlo o preguntarle por sus redes sociales.
Julio parecía estar en su salsa. Pero hasta el calor pudo con él.
Regresó a nuestra mesa, se sentó bajo la sombrilla con la guitarra entre las piernas y siguió tocando allí mientras nosotros pedíamos un café.
Una ligera brisa comenzó a correr bajo la sombra y todos la agradecimos.
Mientras escuchaba las notas de la guitarra, me sorprendí mirando de un lado a otro.
Buscando entre la gente.
Marcelo se dio cuenta.
Se tapó la boca para contener la risa, pero no dijo nada.
Me conocía mejor de lo que yo creía.
En aquel momento apareció Sebas y Sara se levantó de un salto con una sonrisa de oreja a oreja.
Sebas me saludó animadamente y Sara hizo las presentaciones a los demás.
Se sentó con nosotros y, en apenas diez minutos, parecía que hubiera pertenecido al grupo desde siempre.
Mientras Julio seguía a lo suyo con la guitarra y Marcelo y Sara charlaban animadamente con Sebas, se me ocurrió sacar el bloc. Podía relajarme dibujando algo.
Miré a lo lejos los acantilados que sobresalían de la Loma del Puerco y decidí que podía dibujarlos.
Cuando alcé la vista, noté un vuelco en el estómago.
A lo lejos divisé a alguien con el cabello blanco y un perro grande.
Me quedé mirándolo durante unos segundos hasta que se fue acercando.
Me había equivocado.
Sonreí y volví a bajar la cabeza.
Si volvía a verlo, sería mucha casualidad.
Podía ocurrir, claro, pero era una posibilidad entre muchas.
El sol comenzó a caer.
Julio había dejado la guitarra a un lado y mantenía una animada conversación con los demás. La única que seguía perdida en mi mundo era yo.
Dejé el bloc sobre la mesa, con el dibujo a la vista. Ya no me importaba. Y me uní a ellos.
Entonces noté una sombra a mi espalda.
—¡Hombre, la artista!
Me giré rápidamente.
Y allí estaba.
Durante unos segundos me quedé en shock, sin saber cómo reaccionar.
Faby sonreía mientras me miraba y después dirigía la mirada hacia el bloc.
Saludó a todos educadamente y volvió a mirarme.
—¿Qué tal?
Yo parecía haberme quedado muda.
Marcelo escondió nuevamente una sonrisa.
—Bien, bien. Todo genial —conseguí decir al fin.
—Me alegro.
No sabía por qué, pero no podía apartar la mirada de aquellos ojos.
—Oye… siéntate un rato con nosotros —propuso Marcelo, sonriente.
Lo fulminé con la mirada, aunque enseguida intenté esconder una sonrisa.
Faby nos miró durante unos segundos, como si estuviera dudando.
Después me miró a mí.
Sonrió.
—¿Por qué no?
Tomó una silla vacía de una de las mesas de al lado y se sentó junto a nosotros.
Sara me lanzó una mirada rápida. Una de esas que no necesita palabras.
Yo fingí no verla y cogí mi cerveza para dar un trago.
No podía dejar de sonreír.
Hacía mucho tiempo que no sentía aquella pequeña ilusión por conocer a alguien.
Y, aunque una parte de mí seguía intentando poner distancia, esta vez no quise escucharla.
No sabía absolutamente nada de Faby.
No sabía si volveríamos a vernos, si aquello se quedaría en una conversación de aquella tarde o si acabaría convirtiéndose en algo más.
Y podía salir mal.
Claro que podía.
Pero también podía salir bien.
Durante demasiado tiempo había intentado protegerme de todo aquello que podía hacerme daño.
Había escondido mis dibujos para que nadie pudiera juzgarlos y había cerrado las puertas de mi vida para que nadie pudiera entrar demasiado.
Quizá ya era hora de dejar de vivir a la defensiva.
Miré mi bloc, que seguía sobre la mesa.
Ya no necesitaba esconderlo.
Y entonces lo miré a él.
Faby estaba hablando con Marcelo y Julio, mientras Sara se reía de alguna de las ocurrencias de Sebas.
Sonreí.
No sabía qué iba a pasar.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, quería averiguarlo.
Y si alguna vez tenía que volver a caer, ya aprendería a levantarme.
Porque quizá vivir también consistía en eso.
En atreverse a descubrir qué había al otro lado del miedo.