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Un día me levanté con ganas de hacer algo.

Era sábado y llevaba bastante tiempo sin salir de casa después de nuestro viaje a Córdoba. Había estado demasiado metida en mis cosas, encerrada en mi propio mundo.

Así que llamé a Marcelo y le propuse quedar para tomar algo.

Sara había quedado con Sebas y estaba emocionada. Su relación iba bien y me alegraba verla así. Me encantaba comprobar la seguridad que había encontrado al lado de alguien en quien podía confiar.

—¿Ves como hay vida más allá de una aplicación?

—le había dicho una tarde en la que hablábamos de su relación—.

Conociste a Sebas por casualidad, en una terraza.

Eso es maravilloso. No digo que todos los que están en una app sean un desastre.

Pero creo que la vida, a veces, te sorprende sin que tengas que programarla.

Yo también estaba empezando a confiar más en ella.

En la vida.

En dejar que las cosas sucedieran sin intentar controlarlo todo.

En aceptar que algunos acontecimientos serían buenos y otros no tanto, pero que incluso de los que dolían podía terminar aprendiendo algo.

Julio se apuntó también a nuestro encuentro y decidimos quedar en el paseo marítimo.

Me parecía un lugar increíble, sobre todo en aquella época del año.

La primavera empezaba a notarse.

Las tardes eran más largas, la brisa más suave y todavía no había llegado el calor sofocante del verano.

Julio tenía que organizar varias cosas para su próximo crucero y dijo que llegaría un poco más tarde.

Marcelo también tenía algunos asuntos que solucionar, así que decidí salir primero.

Cuando llegué, me senté en una terraza frente al mar.

La playa empezaba a llenarse.

Los primeros bañistas se atrevían ya con el agua mientras los niños jugaban con la arena y las olas.

Los paseantes iban y venían por el paseo y algunos caminaban tranquilamente con sus perros.

Era uno de esos días en los que parecía que todo el mundo tenía algo que celebrar.

Julio apareció poco después con su guitarra a cuestas.

—¡Qué lucha! —soltó cuando llegó hasta donde yo estaba sentada.

Sonreí.

—¿Tocas hoy? No sabía nada.

Negó con la cabeza.

—Echo de menos tocar en la playa.

A Julio le gustaba sentarse en el poyete del paseo con su guitarra y tocar para los paseantes y para la gente que se sentaba junto al mar en las terrazas.

Aquello me hizo recordar otros tiempos.

La pandemia.

Recordé a Julio sentado en aquel mismo poyete, tocando durante horas mientras nosotros nos reuníamos en una terraza cercana, por aquel entonces todavía en grupos reducidos, tomando cervezas mientras lo escuchábamos de fondo.

De vez en cuando, Marcelo se levantaba para acercarle una caña y Julio seguía tocando.

Hasta que un día se cansó y se sentó con nosotros con mala cara.

—Creo que he tomado demasiado sol —dijo pasándose una mano por la frente—. No me encuentro muy bien.

Era diciembre, pero aquel día de sol apretaba de lo lindo y pensamos que quizá había cogido una insolación.

No tardaríamos mucho en descubrir que no era precisamente eso.

El lunes siguiente, varios empezamos a encontrarnos mal.

Uno se hizo la prueba y dio positivo.

Los demás hicimos lo mismo.

No había muchas dudas.

Habíamos conseguido contagiarnos de COVID en grupo.

Aquella semana creamos un grupo de WhatsApp en el que no faltaron las bromas.

Julio seguía asegurando que él no tenía nada.

Nosotros, naturalmente, estábamos convencidos de que había sido él quien nos había contagiado.

Recordarlo nos hizo reír otra vez.

Julio sacó la guitarra de la funda y se dirigió hacia el poyete.

Yo me quedé sentada esperando a Marcelo mientras lo escuchaba tocar.

Entonces recordé que había llevado conmigo el bloc de dibujo.

Lo saqué del bolso y lo dejé sobre mis piernas.

Me quedé mirándolo durante unos segundos.

Después levanté la vista hacia Julio.

Estaba sentado en el poyete, concentrado en la guitarra, completamente ajeno a mí.

Abrí el bloc.

Cogí el lápiz. Y mis dedos comenzaron a dibujar.

Al principio sentí una sensación de agobio.

Hacía un trazo y levantaba la vista para mirar a mi alrededor. Intentaba averiguar si alguien me observaba o si desde alguna de las mesas cercanas podían ver lo que estaba haciendo.

Poco a poco me fui relajando.

Nadie estaba pendiente de mí. Todo el mundo iba a lo suyo.

Hasta que conseguí concentrarme en el dibujo y perdí la noción del tiempo.

—¿Lo estás dibujando a él?

La voz me sobresaltó.

Lo primero que vi fue un perro. Un enorme pastor alemán que me observaba con unos ojos marrones y penetrantes, mientras mantenía la lengua fuera.

Seguí el recorrido de la correa hasta llegar a la persona que estaba de pie frente a mí, mirando con curiosidad el dibujo.

Era un hombre alto, de buen cuerpo.

Tenía el cabello largo y completamente blanco, igual que la barba. Sin embargo, a pesar de las canas, su rostro tenía algo sorprendentemente joven.

Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos.

Había algo bondadoso en ellos.

Sonrió.

—Me gusta —dijo señalando el dibujo.

Mi primera reacción fue cerrar el cuaderno contra mi pecho y esconderlo. Pero me detuve.

Ya lo había visto. No tenía sentido esconderlo ahora.

Aflojé los brazos y dejé el dibujo a la vista.

—Dibujas bien —añadió.

Sonreí, algo incómoda.

—Gracias.

—Me llamo Faby.

Me tendió la mano.

Llevaba varias pulseras de cuero.

Entonces me fijé mejor en su ropa. Pantalones gastados, una camiseta básica bajo una camisa también sencilla, unas zapatillas deportivas bastante usadas y varios colgantes que parecían llevar mucho tiempo acompañándolo.

Le estreché la mano.

Su sonrisa se ensanchó hasta hacer que sus ojos se achinaran.

—Te había visto alguna vez por aquí, pero no sabía que fueras artista.

Aquello me dejó un poco desconcertada.

No sabía qué me sorprendía más: que se hubiera fijado en mí o que me considerara una artista.

—No soy artista —me apresuré a responder—. Solo me gusta dibujar.

Faby sonrió.

—Bueno, pues dibujas muy bien.

Volví a mirar el cuaderno.

El dibujo todavía estaba a medias.

Había empezado a captar la silueta de Julio con la guitarra y aún me faltaban muchos detalles.

En aquel momento apareció Marcelo.

—Hola. Perdona por llegar tan tarde.

Miró al hombre que estaba junto a mí y le tendió la mano.

—Soy Marcelo.

—Faby.

Se saludaron.

Faby volvió a mirarme y sonrió.

—Ha sido un placer. Ya nos veremos.

Lo vimos alejarse lentamente por el paseo hasta perderse entre la gente.

Marcelo esperó unos segundos antes de mirarme con una sonrisa burlona.

—Oye… qué guapete, ¿no?

Le di un pequeño puñetazo en el hombro.

—¡Cállate! Lo acabo de conocer.

—Ya, ya.

—Se ha quedado mirando el dibujo y me ha dicho que le gusta.

Marcelo miró el cuaderno.

—A ver.

Lo cogió y lo observó durante unos segundos.

—No está nada mal.

Lo miré de lado.

—Pero tampoco está perfecto de la hostia.

Marcelo levantó una ceja.

—¿Y quién te ha dicho que tiene que estar perfecto?

—Faby me ha llamado artista.

Solté una pequeña risa.

—Y no soy artista.

Marcelo volvió a mirar el dibujo.

—Malu, es un boceto.

—Ya lo sé.

—Y está bien.

—Se parece a Julio, pero no es él.

—Pues claro que no es él.

Me miró divertido.

—Si quisieras hacerle una foto, le hacías una foto.

Me reí.

Marcelo dejó el cuaderno sobre mis piernas.

—¿Sabes qué? A mí me dijiste el otro día que soy una porquería de percusionista.

—Lo siento.

—¿Y tú crees que por eso he dejado de tocar?

Lo miré sin responder.

—Sé que no soy el mejor. Y también sé que hay canciones en las que me pierdo como un hijo de puta. Pero me gusta tocar. Así que sigo haciéndolo. Porque tampoco tengo que ser perfecto para que me guste.

Me quedé callada.

—Pues con tus dibujos igual. Habrá cosas que se te den de maravilla y otras que tengas que practicar más. Pero si esperas a hacerlo todo perfecto para enseñárselo a alguien, no vas a enseñar nada nunca.

Bajé la mirada hacia el dibujo.

—Y que a alguien no le guste no significa que sea malo. Ni que tú seas mala dibujando. Y mucho menos que seas menos por eso.

Volví a mirar el dibujo durante unos segundos.

Quizá llevaba demasiado tiempo esperando sentirme segura para atreverme. Y quizás funcionaba justo al revés: tenía que atreverme primero para empezar a sentirme segura.

—Vaya… otra vez el señor Julito en el poyete. Qué recuerdos.

Marcelo sonrió.

—Creo que te has acordado de lo mismo que yo.

—Sí… espero que esta vez no pillemos de nuevo el COVID.

Nos reímos.

—Según Julio, él nunca se contagió.

—No, no. Claro —respondió poniendo los ojos en blanco.

Pidió una cerveza mientras yo volvía la mirada hacia el paseo, a la gente que caminaba frente a nosotros y, finalmente, al cuaderno que tenía entre las manos.

Por primera vez, no sentí la necesidad de esconderlo.

Cogí el lápiz, y seguí dibujando.