30
Llevaba varias semanas dándole vueltas a lo que Sara me había dicho el último día del viaje.
El trabajo conseguía distraerme, aunque a veces me descubría pensando en ello incluso allí. Pero cuando llegaba a casa, mi sillón se había convertido en mi nuevo espacio para pensar.
Sin darme cuenta, empecé a analizar diferentes situaciones de mi vida. Intentaba comprender por qué había actuado de una manera u otra, qué había detrás de algunas de mis decisiones y, sobre todo, si existían creencias que estaban condicionando mi forma de actuar.
No se trataba de romperlas de golpe. Quizá algunas cosas no podían desaparecer simplemente porque uno decidiera que ya no las quería en su vida. Tal vez se trataba de reconocerlas primero y aprender, poco a poco, a superarlas.
Cogí las varillas y las miré durante un rato.
Al principio las había utilizado por simple curiosidad. Incluso me había divertido llevarlas conmigo y hacer preguntas y cosas absurdas, como si estuviera jugando a descubrir cosas que no sabía.
Pero, últimamente, había empezado a observarlas de otra manera.
No sabía exactamente qué estaba ocurriendo.
Había quien pensaba que las varillas respondían a algo espiritual. Otros decían que era el propio cuerpo el que reaccionaba de manera inconsciente a algo que ya sabíamos en nuestro interior.
Yo no tenía ni idea de cuál de las dos cosas podía ser. Y, sinceramente, tampoco necesitaba decidirlo.
Lo único que sabía era que, cuando hacía una pregunta cuya respuesta realmente me importaba, las varillas parecían responder.
¿Era algo externo?
¿O quizá era yo misma, respondiendo sin darme cuenta?
Fuera lo que fuese, había algo que me resultaba inquietante.
Porque si aquellas respuestas salían de mí, significaba que quizá ya sabía muchas cosas que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
Me senté en el sillón y coloqué las varillas en posición.
Ya había estado haciendo preguntas días antes y algunas de sus respuestas me habían impresionado. Esta vez quería comprobar si seguían siendo las mismas.
A mi lado coloqué un cuaderno y un bolígrafo.
Había preparado una lista con las preguntas que quería repetir y, junto a ellas, había anotado las respuestas que había obtenido anteriormente.
No quería recordar las respuestas mientras preguntaba.
Quería comprobarlas.
Una por una, fui formulando las preguntas y anotando lo que indicaban las varillas.
No tardé demasiado.
Cuando terminé, dejé las varillas sobre la mesa y miré el cuaderno.
Había respuestas que no coincidían.
Otras sí.
Pero fueron algunas de esas coincidencias las que hicieron que volviera a leer mis anotaciones desde el principio.
Había un patrón.
Y cuanto más lo miraba, más claro empezaba a verlo.
Comencé a leer las respuestas afirmativas en voz alta, como si escucharlas pudiera darles todavía más realidad.
—¿Tengo miedo de mostrar lo que hago?
Las varillas habían respondido «sí» todas las veces.
—¿Tengo miedo de que juzguen mi trabajo?
De nuevo, «sí».
—¿Tengo miedo de no ser suficientemente buena?
«Sí».
—¿Este miedo influye en que esconda mis dibujos?
«Sí».
—¿Tengo miedo de mostrarme demasiado ante otras personas?
«Sí».
—¿Me cuesta dejar que alguien se acerque demasiado?
Otra vez, «sí».
Dejé de leer.
Me quedé mirando el cuaderno durante unos segundos.
Aquello iba mucho más allá de mis dibujos.
Quizá llevaba mucho tiempo protegiéndome de la posibilidad de que no me aceptaran a mí.
Si no enseñaba lo que hacía, nadie podía juzgarlo.
Si no dejaba que alguien se acercara demasiado, tampoco podía rechazarme.
Pensé en Edu.
Había pasado mucho tiempo desde que habíamos terminado y yo creía haberlo dejado atrás. Quizá lo había hecho.
Pero algunas cosas no desaparecen cuando termina una relación. Se quedan contigo de maneras mucho más silenciosas.
Tal vez aquella necesidad de protegerme fuera una de ellas.
Había aprendido a protegerme evitando exponerme.
Y entonces comprendí algo que hasta ese momento no había querido ver.
Al intentar protegerme del miedo, también había terminado protegiéndome de muchas cosas que quería vivir.
Me quedé en silencio.
No sabía si las varillas estaban señalándome una respuesta o si, de alguna manera, era yo misma quien estaba encontrándola.
Pero eso ya no era lo importante.
Lo importante era que, por primera vez, podía ponerle un nombre.
Miedo.
Inseguridad.
Quizá no pudiera hacer que desapareciera. Pero sí podía decidir que no fueran el miedo y la inseguridad quienes eligieran por mí.