29
Al día siguiente nos levantamos algo tarde.
Lógico.
Nos habíamos acostado tardísimo entre pitos y flautas.
Comenzamos a recogerlo todo y a preparar las mochilas porque a las doce teníamos que dejar el apartamento.
—Vamos a dejarlo todo en el maletero del coche y nos movemos por ahí antes de marcharnos —propuso Marcelo.
—La guitarra no la pienso dejar en el coche.
—Vale, la guitarra te la llevas.
Lo pensó durante un segundo.
—Pero no veas con la guitarra por todos lados ¿no?
—Como quieras.
—No, no. Me la llevo.
Sara puso los ojos en blanco.
—Me muero por un café. Vamos a desayunar primero, ¿no?
Marcelo la miró enarcando una ceja.
—¿Desayunar? —miró el reloj—. Mejor una cerveza. Ya casi son las doce. Ya ha bebido el cura.
Sara lo miró de lado.
—Una cerveza sin nada en el estómago…
—Bueno, pues te pides unas aceitunitas, hija.
Dejamos todos los bártulos en el maletero y, justo cuando íbamos a marcharnos, Julio se acordó de algo.
—Mi chaqueta. Me la he dejado en el apartamento.
Marcelo negó con la cabeza.
—Menos mal que todavía no he soltado las llaves en el buzón. Precisamente por esto. Venga, te acompaño y echamos un último vistazo.
—Nosotras nos vamos a buscar algún sitio donde tomar algo —dijo Sara.
—Vale. Mandadnos la ubicación en cuanto estéis.
Caminamos durante unos minutos por una callejuela peatonal hasta que encontramos una pequeña terraza al sol.
—Esta es perfecta —dije.
Nos sentamos y les mandamos la ubicación a los chicos.
Después pedimos un par de cañas y unas aceitunas para echarles algo al estómago, que desaparecieron de la mesa casi al instante.
A los cinco minutos los vimos aparecer muertos de la risa.
Sara los miró con desconfianza.
—De qué os estaréis riendo…
Julio miró a Marcelo divertido.
—Anda, díselo.
Pero Marcelo era incapaz de hablar de la risa.
—Se acaba de dar cuenta de que lleva todo el viaje con el Google Maps en modo bicicleta.
Sara lo fulminó con la mirada.
—¿¡Qué!?
—Sí —consiguió decir Marcelo entre carcajadas—. Por eso todo estaba a cinco minutos y luego estaba a tomar por culo.
Julio ya estaba doblado de la risa.
—Y no solo eso. Nos ha estado metiendo por todas las calles por las que podían ir las bicicletas.
Sara abrió los ojos.
—¡Tócatelo con las dos manos!
Yo no pude evitar echarme a reír.
De repente, todas aquellas rutas interminables, los desvíos absurdos y aquellas calles por las que no recordábamos haber pasado empezaban a tener sentido.
—O sea… —comenzó a decir Sara todavía incrédula—. ¿Hemos estado haciendo turismo por Córdoba siguiendo las rutas de las bicicletas?
Marcelo levantó mi cerveza.
—Turismo sostenible —dijo antes de darle un largo trago.
—Ya puedes pedir tres más —le dije entre risas.
Cuando decidimos buscar algún sitio para comer, Marcelo se dio cuenta de que, justo en la esquina donde habíamos estado, había una bodega.
Desde fuera apenas se veía el interior. La puerta estaba abierta y, al fondo, unas cuantas personas se agolpaban alrededor de un largo mostrador de madera.
—Vamos a probar un vinito de aquí.
Sara lo miró con aquella cara que ella siempre ponía cuando Marcelo proponía algo que no terminaba de convencerla.
—Marcelo, que tienes que conducir.
—De aquí a que nos vayamos, tengo el vino en los pies.
Y nos arrastró hasta la bodega.
Al entrar, el cambio de luz fue inmediato. Después de estar bajo el sol, aquel lugar parecía casi en penumbra.
Era una bodega antigua, de esas que parecían llevar allí toda la vida. El mostrador ocupaba buena parte del local y la madera, oscurecida por los años, le daba un aire de otro tiempo.
El olor era intenso. A vino, a madera, a humedad. Un olor profundo que parecía haberse quedado impregnado en las paredes.
Nos acercamos al mostrador y pedimos unos vinos de la zona.
Con las copas en la mano, salimos de nuevo a la calle y nos sentamos en los escalones de la casa de al lado.
El cansancio se notaba.
No podíamos con nuestros cuerpos.
Julio miró a su alrededor y soltó una risita.
—No es por nada, pero parecemos los quinquis de la zona. Sentados en un escalón bebiendo vino.
Los cuatro miramos nuestras copas y después nos miramos entre nosotros.
—Nos falta el perro —añadió Sara.
Y volvimos a reírnos.
Terminamos en la terraza de una pizzería, en los jardines del Paseo de la Victoria, junto a la Puerta de Almodóvar. El arco de piedra se alzaba frente a nosotros, inmóvil, mientras decidíamos comer allí, al aire libre.
Después de comer, Julio sacó la guitarra de la funda y nos amenizó un rato con su música.
Jose volvió a llamar un par de veces.
—Pero bueno… este chico parece que no se entera —dijo Sara.
—Le he dicho que ya nos vamos dentro de poco —respondió Marcelo.
Mientras escuchábamos las notas que Julio iba arrancando a la guitarra, nos quedamos en silencio durante un rato.
—Qué pena que no me haya traído mi cajón —dijo Marcelo con cierta nostalgia.
—Mejor. El percusionista es una porquería —soltó Julio, para sorpresa de todos.
Nos echamos a reír.
—Malu se podría haber traído también su cuaderno de dibujos —continuó Marcelo—. Este es un buen lugar para dejar volar la imaginación y la creatividad.
Sara me miró durante unos segundos.
Yo le devolví la mirada, intrigada.
Había algo que quería decirme.
La animé con un gesto.
—A propósito de eso… el otro día le enseñé algunos de tus dibujos a un amigo.
Arrugué el gesto.
—¿A un amigo?
—Sí. Es un amigo que tiene una galería de arte en Jerez. Hace exposiciones y muchas veces ayuda a gente que está empezando, dejándoles exponer allí. Estábamos hablando y… le mandé un par de fotos de tus dibujos.
Julio dejó de tocar.
Me miró con una expresión que no auguraba nada bueno.
—Uy, uy, uy… la que se puede liar aquí —soltó.
Sara bajó la mirada.
—No debería haberlo hecho. Lo sé. Lo siento.
Sentí cómo la rabia empezaba a subirme por el cuerpo.
Durante unos segundos no dije nada.
Sabía que Sara lo había hecho pensando que me estaba ayudando. Pero eso no cambiaba el hecho de que había decidido enseñar algo mío sin preguntarme.
En otro momento, habría reaccionado de otra manera. Me habría levantado envuelta en cólera y le habría cantado las cuarenta.
Pero ya no estaba ahí.
Abrí los ojos y la miré.
—No Sara, no ha estado bien. Espero que no vuelvas a hacerlo.
Ella se mordió el labio inferior.
—Lo siento de verdad.
Se levantó y me abrazó.
Sentí cómo se estremecía ligeramente y, cuando se separó, pude ver que tenía los ojos llenos de lágrimas.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Hasta Julio había dejado la guitarra a un lado.
Fue Marcelo quien rompió el silencio.
—Bueno… sabemos que ha estado mal. Pero ahora nos hemos quedado intrigados. ¿Se puede saber qué te dijo de los dibujos?
Lo fulminé con la mirada.
No quería saber qué opinaba nadie de mis dibujos. Mucho menos alguien que ni siquiera conocía.
Pero Sara respondió antes de que yo pudiese decir nada.
—Le encantaron. Me dijo que, cuando quisiera, podía ayudarla y organizar una exposición.
Me quedé mirándola.
—¿Una exposición?
—Sí.
Aquello me dejó completamente desconcertada.
¿Mis dibujos habían gustado?
Los tres me miraban, esperando mi reacción.
—No voy a exponer nada —dije finalmente—. Dibujo para mí. No pretendo exponerlos en ningún sitio.
Sara me observó durante unos segundos.
—¿Por qué tanta inseguridad?
No respondí.
—¿De qué tienes miedo?
Aquellas dos palabras resonaron en mi cabeza.
«Inseguridad».
«Miedo».
Me quedé pensando un rato.
Quizá el problema no estaba en mis dibujos. Quizás estaba en mí.
Tal vez llevaba demasiado tiempo pensando que no eran lo bastante buenos para que alguien más los viera.
Levanté la mirada hacia Sara. Ella seguía observándome en silencio, como si estuviera esperando que yo misma encontrara la respuesta.
No sabía qué iba a hacer con aquella sensación.
Pero algo dentro de mí acababa de empezar a moverse.
Y, aunque todavía no lo sabía, aquel viaje iba a hacerme mirar muchas cosas de una manera diferente.