28 #3
Las dos escuchábamos embobadas hasta que su pareja, otro chico también monísimo, apareció y tiró de él del brazo.
—Deja de darles la brasa a las muchachas, anda.
Sonreímos mientras se alejaban diciéndonos adiós con la mano, prácticamente arrastrado por su pareja hacia el interior del local.
En ese momento aparecieron por fin Marcelo y Julio.
Julio venía dispuesto a todo.
—Esta noche tengo ganas de ligar —anunció muy convencido—. Pero con vosotras al lado va a ser difícil. Así que tú, Malu, vas a ser mi hermana.
Me señaló.
—Y tú, Sara, mi sobrina. ¿Vale?
Sara asintió divertida.
—¿Y éste? —preguntó señalando a Marcelo.
—Seré su «road manager».
—Eso —confirmó Julio—. Venga, vamos.
Entramos en el pub.
Los chicos se perdieron entre la gente y, como siempre, se pusieron a hacer el ganso en medio de todo el mundo. Bailaban entre ellos haciendo gestos exageradamente sexys, completamente ajenos a las miradas que empezaban a recibir.
Sara y yo nos acercamos a la barra para pedir algo.
Una chica se acercó a ella. Le apartó suavemente el pelo de los hombros y la miró sonriente.
Sara le devolvió la sonrisa y siguió a lo suyo.
La chica volvió a llamar su atención, pero Sara apenas le hizo caso. Estaba demasiado entretenida viendo a Julio y a Marcelo hacer el tonto.
Yo me quedé unos minutos observando el ambiente hasta que comprendí algo.
Allí, Julio lo tenía complicado.
Las chicas no parecían prestar demasiada atención a los chicos. Más bien se prestaban atención entre ellas.
Si no, que se lo contaran a Sara.
Y los chicos tampoco parecían especialmente interesados en nosotras.
A mí, sinceramente, aquello me daba bastante igual.
Hasta lo prefería.
Sonreí mientras seguía mirando a los dos bailar con aquella soltura absurda que los hacía todavía más graciosos.
Julio se acercó a la barra unos minutos después para pedir.
Venía animadísimo.
Lo miré y dudé si decírselo.
Pero Sara se me adelantó. Ella también se había dado cuenta.
—Julio, cariño… aquí me parece que de ligar, nati de nati. Te vas a comer los mocos.
Julio la miró sin entender.
Después echó un vistazo alrededor. Observó el ambiente durante unos segundos. Y enarcó una ceja.
—Joder… —bufó—. Para una vez que me animo.
Marcelo, que acababa de llegar, soltó una carcajada.
—Vamos a llevarlo a algún sitio donde pueda ligar y sentirse bien.
—Sí —dijo Julio, recuperando inmediatamente el entusiasmo—. Necesito sacar todo mi encanto. Vámonos.
Terminamos en un lugar que parecía estar al aire libre, cerca del río. La gente se agolpaba en la puerta, formando una cola enorme para entrar. Tuvimos suerte y conseguimos pasar antes de que aquello se hiciera todavía más grande.
Dentro estaba repleto, pero conseguimos hacernos con una mesa alta junto a un par de columnas.
Sara las señaló y nos miró divertida.
—Habéis elegido el sitio a postas, ¿verdad?
Julio y Marcelo se miraron y se echaron a reír.
A Julio le gustaba bailar con las columnas. Le parecía gracioso y Marcelo, cuando estaba con él, siempre terminaba imitándolo.
La música era buena.
Nada de reguetón. Algo que, por una vez, nos invitaba a quedarnos.
Julio seguía empeñado en su plan.
—Recordad —dijo mirándonos a Sara y a mí—: mi hermana y mi sobrina.
—Y tu «road manager» —añadió Sara señalando a Marcelo.
—Exacto. Vamos a por unas copas. Vosotras quedaos aquí y guardadnos el sitio.
Los vimos alejarse hacia la barra, sorteando como podían a toda la gente.
Junto a Julio se colocó una chica altísima para pedir.
Sara y yo observábamos la escena divertidas cuando vimos a Julio girar lentamente la cabeza hacia ella.
Primero la miró de lado.
Después levantó la cabeza.
Y siguió levantándola.
Se quedó así unos segundos, mirando hacia arriba, completamente impresionado.
Supusimos que estaba alucinando con la altura de la muchacha. Nosotras también.
Cuando regresaron hasta nuestra mesa, todavía seguían hablando de lo ocurrido en la barra.
—En serio… —decía Julio—. El culo me llegaba a los hombros.
Marcelo soltó una carcajada.
—¿Habláis de la chica alta? —preguntó Sara.
Julio la miró con los ojos muy abiertos.
—¿La habéis visto?
Antes de que pudiéramos responder, la chica apareció entre la gente acompañada de su amiga y vino a apoyarse precisamente en las columnas que teníamos delante.
Le hice una seña a Julio.
Él miró hacia allí. Abrió mucho los ojos y, después nos miró a nosotras.
—Igual te está buscando —dijo Sara, divertida—. Lo mismo le has gustado.
Pero entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.
La chica apoyó una mano en la columna y empezó a bailar con ella como si fuese una persona.
Todos nos quedamos mirándola.
Sara fue la primera en reaccionar.
—¡Julio, esta es de las tuyas!
Sin poder contener la risa, le dio un empujón.
Julio no se lo pensó dos veces. Se acercó al otro lado de la columna y empezó a bailar también.
La chica lo vio, sonrió y enseguida empezó a seguirle el juego. Y al final, terminaron bailando juntos alrededor de la columna.
Era un cuadro.
Julio no era bajo, pero tampoco especialmente alto. Sin embargo, al lado de aquella mujer parecía un niño.
Después de un rato, Julio regresó hasta nosotros muerto de risa.
—Le he dicho que sois mi hermana y mi sobrina.
Sara levantó las cejas.
—Ya, ya… Te la estás ligando entonces, ¿no?
Julio la miró y enarcó una ceja.
—La verdad es que no me imagino abrazándola.
Se quedó pensativo durante un segundo.
—Terminaría besándole el ombligo.
Cuando encendieron todas las luces, nos sorprendimos.
Aquello nos recordó a las noches del Palmar. Solo había una pequeña diferencia.
Miré el reloj.
Las cinco y media de la mañana.
—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. Pero si parece que hemos llegado hace diez minutos.
Lo estábamos pasando tan bien que las horas habían desaparecido sin más, aunque nuestros cuerpos ya empezaban a pedirnos a gritos una cama.
Julio y Marcelo terminaron intercambiando los teléfonos con la chica alta y su amiga mientras Sara y yo los esperábamos fuera.
Cuando Julio llegó hasta nosotras, sacó el móvil.
—Esta noche tenemos que inmortalizarla. Agrupaos.
Nos juntamos los cuatro y nos hizo un selfie.
Una de esas fotos que, en aquel momento, parecen una tontería y que años después terminan convirtiéndose en un recuerdo.
Llegamos al apartamento deseando meternos en la cama, pero Sara fue la primera en lanzarse al baño antes de que ninguno pudiera utilizarlo.
Julio se dejó caer en el sofá mientras esperaba.
—Oye, que hay un aseo también en la habitación de al lado —nos recordó Sara desde el baño, con cierta ironía.
Marcelo y yo nos miramos.
—Preferimos esperar —contestamos casi al mismo tiempo.
—Yo tengo mi cepillo de dientes ahí —añadió Julio con un bostezo.
Yo me había sentado en el pequeño sillón, justo al lado del oscuro y larguísimo pasillo.
Marcelo lo miró durante unos segundos.
Después me miró a mí.
—Es bonito el pasillo, ¿eh, Malu?
Volví la cabeza hacia él.
Y entonces recordé las varillas.
Los pelos se me pusieron de punta.
Y entonces pensé:
Perfecto… había llegado el momento de vengarme.
Lo miré con una sonrisa.
—Aligera un poco, Sara, que estamos todos muertos…
Fui bajando el tono mientras giraba lentamente la cabeza hacia la habitación de matrimonio.
Mis ojos se abrieron de par en par.
Me levanté despacio.
Muy despacio.
Y empecé a alejarme por el pasillo sin dejar de mirar hacia la habitación.
Marcelo se levantó de un salto.
—¡No me jodas! —exclamó—. ¿Qué coño has visto, Malu?
No se atrevió a mirar hacia atrás.
Yo seguí retrocediendo lentamente, cada vez más seria.
Hasta Julio, que estaba sentado en el sofá, me miraba completamente blanco.
Marcelo dio un paso hacia mí.
—¿Qué coño hay ahí?
Y no pude aguantar más.
Me doblé de la risa.
Sara apareció en la puerta del baño justo a tiempo para ver la escena.
—¡Ha sido para grabarte, Marcelo! —exclamó Sara desde la puerta del baño.
—¡Qué pedazo de hija de…! —se dejó de caer de nuevo en el sofá, llevándose una mano al pecho—. ¡Qué pedazo de susto me has dado!
Sara se fue a su cuarto sin poder parar de reír. Y Julio entró en el baño para lavarse los dientes.
—Eso te pasa por querer asustarme —dije mientras esperaba mi turno en el baño.
—Te juro que ya no te asusto más —respondió Marcelo todavía blanco.
—Más te vale.
—Bueno… hasta mañana, chicos —se despidió Julio cuando salió del baño y entró en el dormitorio—. Buenas noches, acompañante —añadió dirigiéndose a la habitación.
La carcajada de Sara al oírlo desde el zulo resonó en todo el apartamento y los demás la imitamos.
Cuando finalmente nos acostamos, Marcelo volvió a adoptar la misma postura de la noche anterior.
Tapado.
Esta vez, casi hasta los ojos.
Me reí por lo bajo.
—¡A dormir, Malu! ¿Eh?
—¡Que sí!
Apagué la luz y me quedé unos minutos sonriendo en la oscuridad.
Entonces, justo cuando empezaba a notar que el sueño me vencía, el móvil que había dejado sobre la mesita comenzó a vibrar.
El sonido extraño que hizo al moverse sobre la madera nos sobresaltó a los dos.
—¿Qué coño es eso? —preguntó Marcelo, tapándose todavía más.
Volví a soltar una carcajada.
—Es mi móvil. Duérmete.
Lo cogí y encendí la pantalla.
Era un mensaje de Julio.
Desde la otra habitación me había enviado el último selfie que nos habíamos hecho aquella noche.
Abrí la fotografía y me quedé mirándola durante unos segundos.
Los cuatro aparecíamos sonrientes, despeinados y con esa cara de cansancio feliz que solo se tiene después de una noche que ha merecido la pena.
Sonreí.
Aquella foto quedaría para el recuerdo.
Aquel viaje nos estaba dando muchas más historias de las que habíamos imaginado.