28 #2
Cuando terminamos de comer, estuvimos un rato charlando. Nos alegraba mucho estar con Carmen y su marido. Eran una pareja estupenda. De esas personas con una energía tan positiva que te gusta tener cerca.
Cuando ellos se marcharon para montar, Marcelo, Sara y yo nos dimos una vuelta por todo el mercado para hacer tiempo, hasta que llegó el momento de verlos tocar.
No habíamos dado ni dos vueltas cuando aparecieron Jose y Ana.
—¿Otra vez vosotros? —preguntó Sara, mirándolos divertida.
Jose sonrió como si aquello fuese la cosa más normal del mundo.
—Hombre claro, sabíamos que tocaban aquí y hemos venido a verlos.
Al final, se quedaron con nosotros.
La supuesta escapada de reconciliación empezaba a parecer más bien una escapada de reconciliación… con cuatro acompañantes.
Y así, cuando llegó el momento de verlos tocar, volvimos a colocarnos juntos frente al escenario.
Como siempre, aquel dúo que formaban en el escenario era increíblemente magnético.
Julio era una maravilla con la guitarra. Y Carmen… ¿qué podía decir de Carmen?
Carmen era pura magia.
Tenía una voz maravillosa, aunque de vez en cuando se inventara las letras de las canciones. Cuando estaba sobre el escenario te hipnotizaba. La voz, la sonrisa, los movimientos… Además, era capaz de cantar cualquier cosa que le echaran.
Tenían una complicidad única. Y se notaba.
Julio era callado e incluso parecía serio cuando se trataba de su trabajo. Era todo un profesional. Carmen, en cambio, era la que ponía la chispa. Y precisamente por eso funcionaban tan bien juntos.
Después de terminar una de las canciones, Carmen se acercó al micrófono y señaló a Julio con una sonrisa.
—Un aplauso para este niño.
El público aplaudió y ella continuó:
—Este niño que me tenía loca… pero al final me casé con aquel.
Señaló hacia nuestra mesa, donde su marido estaba sentado con nosotros.
Las risas inundaron el local.
—Y ahora —continuó Carmen—, después de la broma. A mí me encantaría cantar algo.
Miró a Julio durante unos segundos.
—Pero sé que mi compañero no es muy amante de estas cosas.
Julio apretó los labios y la miró desafiante, provocándola desde detrás de la guitarra.
—Me encantaría cantar algo de María Jiménez.
Julio negó con la cabeza inmediatamente.
Carmen sonrió.
—Pero mejor vamos a cantar algo de Zas.
Recorrió el público con la mirada.
—¿Hay algún francés por aquí?
Todos los que la conocíamos rompimos en carcajadas.
En un momento de la canción, durante un largo solo de guitarra, Carmen bajó del escenario y comenzó a saludar a la gente con su sonrisa. Cuando llegó hasta nosotros, se inclinó y nos dijo en voz baja:
—¡Pedid María Jiménez, por favor!
Y volvió al escenario.
Cuando terminó la canción, todo el local comenzó a aplaudir.
Sara fue la primera en gritar:
—¡María Jiménez, María Jiménez!
Los demás nos unimos y, en pocos segundos, todo el local estaba pidiéndolo a gritos con nosotros.
Julio se tapó la cara con una mano.
Carmen lo miró desde el escenario, triunfante.
Se había salido con la suya.
Como siempre, el concierto resultó maravilloso. La gente salió encantada, acercándose a saludarlos entre sonrisas y felicitaciones.
Recogieron sus cosas y Carmen y su marido se despidieron. Ellos tenían otros planes.
—Ahora toca un grupo de rock, y me encantaría verlos —dijo Julio—. Pero antes tengo que dejar la guitarra.
—Yo te acompaño —se ofreció Marcelo.
—Buah… pues entonces hasta dentro de un par de horas. Os perdéis seguros. Te aconsejo que pongas tu Google Maps Julio.
Los dos se marcharon entre risas.
Cuando regresaron, media hora después, el concierto ya había comenzado.
Nosotros nos habíamos quedado fuera, sentados con unas cervezas mientras esperábamos.
Los chicos decidieron adentrarse entre toda la marabunta de gente, pero cuando las chicas vimos aquella aglomeración, preferimos quedarnos fuera.
Durante la conversación, Ana se abrió más con nosotras. Intentaba por todos los medios que su relación mejorase. Quería que aquel viaje fuese algo especial, una oportunidad para volver a conectar y recuperar lo que habían tenido al principio, cuando todo estaba bien.
—Por eso no me parece ni medio normal que Jose esté constantemente intentando estar rodeado de gente —dijo Sara, cada vez más enfadada—. Necesitáis intimidad.
Ana suspiró y se encogió de hombros.
Aquello me entristeció.
—Mira, ¿sabes qué? Ahora mismo voy a entrar a buscarlo y lo voy a sacar de ahí, aunque tenga que hacerlo a rastras por los pocos pelos que tiene.
Sara se levantó decidida y se dirigió hacia la entrada.
Ana y yo nos quedamos mirándola, incapaces de detenerla.
Cuando Sara se proponía algo, era imparable.
Al poco rato, apareció de nuevo, seguida de Jose, que venía sonriendo tímidamente.
—Nosotras nos vamos, Jose. No queremos dejar a Ana sola. A ella no le apetece venir —dijo Sara mientras recogía su bolso.
Jose se sentó al lado de Ana.
—¿Te apetece que vayamos a cenar a algún otro sitio? —le preguntó.
Ella asintió con una sonrisa.
—Perfecto. Tenéis muchas cosas de que hablar. Vamos Malu.
Yo me levanté y la seguí.
Cuando nos habíamos retirado lo suficiente, la miré.
—¿Y nosotras a dónde vamos?
Sara sonrió de oreja a oreja.
—Nos vamos a un concierto.
Miré hacia atrás. Los chicos seguían dentro, disfrutando del suyo.
—¿Al de ellos?
—No a ese no.
Hizo una pausa, como si acabara de descubrir el mejor plan del mundo.
—He visto que hay un tributo a Mecano cerca de aquí. Vamos.
La miré unos segundos.
—¿Un tributo a Mecano?
—Sí.
Y echó a andar como si la decisión estuviera tomada desde hacía horas.
La seguí.
Con Sara, nunca sabía muy bien cómo iba a terminar la noche.
Cuando llegamos, el local estaba lleno de gente. El ambiente era estupendo y, poco a poco, nos fuimos abriendo paso hasta colocarnos casi pegadas al escenario.
La voz de la chica era fantástica. Se parecía muchísimo a la de Ana Torroja y, durante todo el concierto, Sara y yo disfrutamos cantando a voz en grito cada una de las canciones.
En un momento de la noche, mientras estábamos disfrutando del concierto Sara me dio un codazo y me señaló discretamente hacia mi derecha.
Me giré y me sobresalté.
Había un chico que era idéntico a Edu.
Bueno… idéntico no. Era mucho más joven. Pero el parecido era tan increíble que, si hubiese tenido unos cuantos años más, habría jurado que estaba viéndolo a él.
—Tía… —dijo Sara mirándolo—. Si tuviera diez años más, hubiese jurado que era Edu.
—Es increíble el parecido.
—¡Total!
El chico estaba hablando con una chica. Sonreía, bailaba y parecía estar pasándoselo tan bien como nosotras.
Durante un rato no pude evitar mirarlo de vez en cuando. Cuanto más lo observaba, más me sorprendía el parecido.
Hasta que decidió acercarse a la barra.
Pidió dos copas y regresó hacia la chica con ellas en las manos. Iba tan entretenido mirándola que no vio uno de los bafles que había junto al escenario.
Tropezó.
Las dos copas salieron disparadas y todo su contenido terminó encima de la chica.
Sara soltó una carcajada.
Yo intenté contenerme, pero fue imposible.
—Tía… Mister Magoo dos.
Aquello terminó de rematarme.
Me doblé de la risa mientras veía al pobre chico intentando disculparse con la muchacha, que lo miraba con una mezcla de resignación y sorpresa.
—Pero ¿cómo es posible? —conseguí decir entre carcajadas—. ¡Dos personas pueden parecerse hasta en la forma de actuar!
Sara se secó las lágrimas de la risa.
—Ya te digo. Como sea igual de desastre en todo, la pobre está apañada.
Era como si alguien hubiese cogido los rasgos de Edu, los hubiese metido en una batidora y hubiese creado una versión diez años más joven. Y encima con el mismo talento para liarla.
El concierto de los chicos había terminado y nos preguntaron dónde estábamos.
Sara les mandó la ubicación, pero tuvimos la mala suerte de que el concierto acabó antes de que ellos llegaran.
El ambiente dentro del local comenzó a cambiar y decidimos salir fuera a esperar.
Mientras estábamos allí, volvimos a recordar la anécdota de Mister Magoo dos y nos entró otra vez la risa.
Cuando por fin conseguimos calmarnos, Sara me miró.
—¿Cómo lo llevas?
La pregunta me sorprendió.
Era la primera vez que me lo preguntaba directamente en mucho tiempo.
Suspiré y sonreí.
—La verdad es que bien.
Sara me sostuvo la mirada.
—Me he dado cuenta estos días de que ya no te afecta cuando lo nombramos. Incluso lo nombras tú y no haces ningún drama.
Sonreí.
Era verdad.
Hasta yo me había dado cuenta.
—¿Sabes? Últimamente pienso en muchas cosas. Tengo otras cosas en las que sumergirme.
Sara empezó a enumerarla con los dedos.
—El tarot, las varillas, tus vídeos, tus dibujos…
—Sí. —Me reí—. Tengo entretenimiento para rato.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—Creo que Edu ha quedado atrás —dije finalmente.
Sara asintió.
—Yo también lo creo.
Miré hacia la calle, llena de gente que iba y venía sin tener ni idea de todo lo que estaba pasando dentro de mi cabeza.
—Últimamente me he dado cuenta de que hay mucho más ahí fuera. Muchísimo más que una persona.
Sara asintió de nuevo.
—Estabas muy perdida.
La miré.
Tenía razón.
Había estado tan pendiente de una relación, de lo que había pasado y de lo que había perdido, que había terminado olvidándome de algo mucho más importante.
De mí.
Y ahora, poco a poco, estaba volviendo a encontrarme.
Un chico monísimo que estaba cerca se nos quedó mirando a las dos y, sin saberlo, nos obligó a cambiar de tema.
Se acercó a Sara y abrió mucho los ojos.
—Nena, eres guapísima. Tienes unos ojos increíbles.
Después me miró a mí. Apartó con delicadeza el flequillo que me caía sobre la cara y volvió a hacer el mismo gesto de admiración.
—Y tú no te tapes el rostro con el pelo. Parece que no quieras que te vean. Y eres preciosa, chiquilla.
Sara y yo sonreímos agradecidas por el cumplido.
El chico tenía una forma de hablar y de moverse muy expresiva y era absolutamente encantador.
Estuvimos hablando con él durante un buen rato. Nos contó que era estilista y que había visto mucho potencial en nosotras.