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Cuando abrí los ojos, la claridad de la mañana entraba por los huecos de la persiana.

Miré la cama de Marcelo y la encontré vacía y perfectamente hecha.

Me levanté y comprobé que las habitaciones de Julio y Sara seguían cerradas, pero no vi a Marcelo por ninguna parte.

Me duché, me vestí y le mandé un mensaje.

«¿Dónde demonios estás?»

Al instante respondió.

«Desayunando».

Y me mandó la ubicación.

A los diez minutos llegué al bar.

Estaba sentado cerca del ventanal y me saludó sorprendido.

—Qué pronto has llegado.

—Está cerca.

—¿Cerca? Yo he tardado en llegar hasta aquí.

El camarero se acercó para tomarme nota.

—Un café con leche y una media, por favor.

Miró a Marcelo.

Por el vaso y el plato vacío, deduje que ya había desayunado, pero aun así me acompañó con otro café.

—Va a ser un día bonito —dijo mirando por la ventana, por donde entraba el sol con fuerza.

—Pero hace frío fuera.

—Deja que empiece a apretar el sol.

Suspiré mientras observaba por la ventana la gente que ya comenzaba a pasear por aquellas calles.

—Qué fuerte lo de anoche —dijo sonriendo—. Conociéndote, seguro que también llevas el tarot en la maleta.

Sonreí, pero no dije nada. Y abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

Y soltó una carcajada.

—Pero, ¿cómo se te ocurre ir cargada con todas esas cosas?

El camarero apareció con mi pedido. Lo dejó sobre la mesa y yo hice oídos sordos a su pregunta mientras comenzaba a untar el tomate en la tostada.

Al rato, Sara preguntó dónde estábamos y le mandé la ubicación.

Diez minutos después apareció por la puerta.

—¡Coño! Otra… ¿Cómo habéis llegado tan pronto? —preguntó Marcelo mirándonos con curiosidad.

—Está cerca —dijo Sara, sentándose a mi lado sin darle importancia—. Buah… me muero de hambre.

El camarero se acercó de nuevo para tomar nota.

Yo todavía tenía el café a medias, pero Marcelo ya se lo había terminado, así que pidió otro.

Lo miré levantando las cejas.

Él hizo un gesto quitándole importancia.

—Le acabo de mandar la ubicación a Julio —dijo Sara.

Y, efectivamente, diez minutos después Julio entró por la puerta.

Marcelo se quedó mirándolo completamente sorprendido, pero esta vez no dijo nada. Nos miró a los tres, se encogió de hombros y siguió con su café.

Después del desayuno decidimos dar una vuelta y visitar la Mezquita.

Según el Google Maps de Marcelo, estaba a solo cinco minutos de donde nos encontrábamos.

Como estábamos tan inmersos en nuestras conversaciones, lo seguimos.

Y lo seguimos.

Y seguimos.

Cuando ya llevábamos más de media hora andando, Sara se paró en seco.

—¿No estaba a cinco minutos?

Las calles por las que nos había metido eran estrechas, llenas de pequeñas tiendas de souvenirs y rincones que nos entretenían, así que tampoco habíamos prestado demasiada atención al tiempo.

A unos metros vimos aparecer una enorme pared.

—Creo que esto es la Mezquita —aventuró Marcelo—. Solo tenemos que rodearla y buscar la entrada.

Sara lo fulminó con la mirada.

—Tu Google Maps es una porquería.

—Como el percusionista —bromeó Julio, lanzándole a Marcelo una mirada divertida.

Finalmente encontramos la entrada.

Y cuando atravesamos la puerta, la sensación fue completamente distinta.

Ante nosotros apareció aquel bosque interminable de columnas y arcos. Filas y filas que parecían no terminar nunca.

Las columnas de piedra, los arcos de herradura con sus franjas rojizas y claras y la perspectiva que se perdía hasta el fondo daban la sensación de estar entrando en otro lugar.

Me quedé unos segundos contemplándolo.

Caminamos despacio entre las columnas, mirando hacia arriba y hacia los lados. Había algo hipnótico en aquella repetición de arcos, como si todos fueran iguales y, al mismo tiempo, ninguno lo fuera.

Sara no paraba de hacer fotos.

—Malu, ponte ahí.

—¿Ahí dónde?

—Ahí. ¡En medio!

—¿Para qué?

—¡Para la foto!

Y allí que fui.

Después quiso una foto con Julio, otra con Marcelo y otra los cuatro juntos.

Aquello terminó convirtiéndose en una pequeña sesión improvisada.

Recorrimos los distintos rincones, admiramos los detalles, las puertas, los techos y la mezcla de estilos que hacía que cada espacio pareciera contar una historia diferente.

Yo había estado allí de niña con el colegio, pero apenas conservaba recuerdos de aquella visita.

Ahora era distinto. Y quizá porque ahora podía mirar las cosas de otra manera.

Me pareció mucho más grande, mucho más impresionante. Y, sobre todo, mucho más viva.

Cuando salimos, caminamos apenas un minuto y llegamos al Puente Romano, sobre el Guadalquivir.

El sol había comenzado a calentar un poco y el paseo estaba lleno de gente.

Había músicos, dibujantes y artistas callejeros repartidos por los alrededores. Y nos detuvimos frente a un chico que tocaba la guitarra.

A Julio le gustó cómo tocaba y nos quedamos allí un rato escuchándolo.

Córdoba tenía algo especial.

No sabía si era la ciudad, la gente, la música o simplemente que llevaba demasiado tiempo sin hacer algo así.

Pero estaba disfrutando.

Marcelo sacó el móvil y nos enseñó la pantalla.

Era Jose.

Otra vez.

Sara puso los ojos en blanco.

—Pero vamos a ver… Se supone que han venido a reconciliarse. Estar todo el día con nosotros no es muy romántico.

Los demás nos encogimos de hombros.

Cuando Marcelo le dijo dónde estábamos, nos explicó que ellos estaban bastante lejos y que ya nos verían más tarde.

—Menos mal —dijo Sara.

—Bueno, yo creo que va siendo hora de una cervecita ¿no? —propuso Marcelo mientras guardaba el móvil.

Todos estuvimos de acuerdo. Pero cuando Julio miró la hora, abrió los ojos.

—Ya casi es hora de comer.

Se quedó unos segundos pensando.

—¿Y si recojo la guitarra y comemos en el Mercado Victoria? A las seis y media tocamos, pero sobre las cinco tendremos que montar.

—Me parece bien —dije.

Los otros dos asintieron también.

Emprendimos el camino de vuelta al apartamento. Y nuevamente, se nos hizo eterno.

Otra vez calles que no conocíamos. Otra vez caminos que ninguno recordaba haber recorrido. Y otra vez el Google Maps de Marcelo demostrando que tenía una curiosa manera de entender lo que significaba «cinco minutos».

Pero llegamos.

Julio recogió la guitarra y nos dirigimos hacia el Mercado Victoria. Y esta vez no nos pareció tan lejos.

Quizá porque ya sabíamos dónde íbamos. O quizá porque teníamos hambre.

Cuando llegué al Mercado Victoria, entendí por qué Julio había propuesto comer allí.

Nada más entrar, nos encontramos con un espacio enorme y lleno de vida. A ambos lados aparecían todos esos puestos de comida y, aunque todavía no habíamos avanzado ni unos metros, ya era imposible decidir qué queríamos comer.

—¡Dios mío! ¡Aquí se engorda solo de mirar! —exclamó Sara mientras lo recorría todo con la mirada.

Había de todo.

Comida cordobesa, tapas, hamburguesas, pizzas, comida asiática, mexicana, argentina… cada puesto tenía algo diferente y todos parecían competir por llamar nuestra atención.

—¿Y aquí cómo se supone que comemos? —pregunté mirando a un lado y a otro.

—Cada uno que compre lo que quiera y nos sentamos —explicó Marcelo.

Eso parecía bastante sencillo. El problema era decidir qué quería cada uno.

Fuimos recorriendo los puestos mientras mirábamos las cartas y señalábamos lo que nos llamaba la atención.

Uno quería una cosa, otro otra completamente diferente.

Cada uno podía elegir lo que le apeteciera y después encontrarnos todos en las mesas del centro con nuestra particular mezcla de platos.

Al final, aquello parecía más una competición gastronómica que una comida.

—Yo quiero mexicano —dijo Sara mirando con entusiasmo.

—Pues yo prefiero la comida italiana —dije buscando con los ojos.

—¿Eso qué es? —preguntó Marcelo señalando un plato muy extraño.

—Ni idea —respondió Julio—, pero tiene buena pinta.

Y así, entre puestos, olores y conversaciones, terminamos reuniendo nuestra comida como si cada uno hubiese hecho la compra en un país diferente.

Nos sentamos juntos y fuimos colocando los platos sobre la mesa.

Miré todo lo que habíamos comprado.

—Bueno… ¿y esto se supone que combina?

Marcelo soltó una carcajada.

—Aquí no hemos venido a combinar nada. Hemos venido a comer.

Todavía no había probado mis maravillosos espaguetis a la parmesana, cuando el teléfono comenzó a sonarme con insistencia.

Lo agarré, y al ver el nombre en la pantalla, sonreí. Descolgué, pero no contesté. Se lo pasé directamente a Julio.

—Tu madre —dije.

Julio me miró sorprendido, pero al momento respondió.

—Mamá. A ver si cambias ya el nombrecito en la agenda hija. Estás llamando otra vez a mi amiga. ¡Que lucha!

Los otros dos nos miraron asombrados, sin entender absolutamente nada.

Julio y yo habíamos sido vecinos durante muchos años y conocía a su madre. De hecho, teníamos nuestros números guardados en nuestras respectivas agendas.

—Ya… ya sé que te has equivocado. Sí… estamos bien. Lo estamos pasando genial. Un beso.

Colgó y me pasó el móvil antes de hundir el tenedor en su plato.

—Mi madre… que tiene una amiga que también se llama Malu y siempre se equivoca. ¡Una lucha!

—Pues dile que cambie el nombre —dije entre risas.

—Eso intento, pero no hay manera.

Los demás seguían mirándonos como si aquella conversación perteneciera a otro idioma.

De pronto una voz a nuestras espaldas nos sobresaltó.

Todos nos giramos a la vez.

Carmen apareció cargada con una mochila.

Su cabello rojo era llamativo e inconfundible.

Detrás de ella apareció su marido, cargado con todavía más cosas y con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Chicos! ¡Qué sorpresa! No esperaba veros tan pronto.

Nos saludaron uno a uno y dejaron los bártulos a un lado.

Carmen echó un vistazo a la mesa.

—Me muero de hambre.

Miró nuestros platos con los ojos abiertos.

—¡Ala! ¡Que pintaza tiene todo! Vamos a pedir y ahora nos unimos.

—Pues date prisa —dijo Sara—. Aquí cada uno se ha buscado la vida.

Carmen soltó una carcajada.

—Perfecto. Así me gusta. Cada uno a lo suyo.

Y salió disparada hacia los puestos de comida mientras su marido la seguía detrás.

Miré mi plato. Por fin podía probar mis espaguetis.