NA MÁS TÉ 27 #2
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27 #2

Nos despedimos de ellos cuando llegaron a su destino y seguimos andando hasta nuestro apartamento.

El camino de vuelta se nos hizo más largo de lo que debería según el Google Maps de Marcelo, que volvió a meternos por calles que no recordábamos haber recorrido antes.

Aquella era solo la primera noche y ya empezaba a sospechar que Córdoba iba a darnos bastante más juego del que habíamos imaginado.

Cuando por fin llegamos al apartamento, todos estábamos deseando quitarnos los zapatos y tirarnos en cualquier sitio. Pero había un pequeño problema. Teníamos que decidir dónde dormiríamos cada uno.

Nos quedamos los cuatro mirando las habitaciones.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Todos habíamos visto lo mismo.

La habitación de matrimonio era oscura y aquel cuarto de aseo siniestro que tenía no invitaba precisamente a pasar la noche allí. No sé qué tenía, pero nos había dado yuyu desde el primer momento. Y, curiosamente, ninguno parecía tener intención de mencionarlo.

Hasta que Sara habló.

—Yo quiero la del pasillo.

Los tres nos volvimos hacia ella.

—¿El zulo? —preguntó Marcelo.

—Sí.

—¿Tú quieres dormir ahí?

—Sí, claro.

Sara abrió la puerta y nos enseñó una cama que ninguno de nosotros había visto cuando nos habían enseñado el apartamento.

—Mira, hay una cama.

Nos asomamos los tres.

Y era cierto.

Había una cama pequeña encajada en aquel espacio que parecía más un trastero con pretensiones de dormitorio que una habitación.

—¿Y tú vas a dormir ahí? —pregunté.

—Sí. A mí me gusta.

Nos miramos entre nosotros.

Bueno.

Problema resuelto.

Solo quedábamos tres y dos habitaciones.

Marcelo y yo nos miramos al mismo tiempo.

—Yo ahí no duermo —dije señalando la habitación de matrimonio.

—Yo tampoco —añadió él.

Julio nos miró divertido.

—¿Y qué problema tenéis con esa habitación?

—Ninguno —respondimos casi al unísono.

—Entonces, ¿por qué no queréis dormir ahí?

—Porque no —volvimos a decir.

—Ah, bueno. Argumento de peso —dijo Julio.

Nos quedamos mirando la habitación de matrimonio y ni Marcelo ni yo dijimos nada más, pero nuestras caras hablaban por sí solas.

Julio suspiró.

—Pues a mí me da igual. Duermo yo en la de matrimonio.

—Perfecto —dije rápidamente.

—Por mí también —añadió Marcelo.

Julio nos miró con cara de no entender absolutamente nada.

—Pero bueno… ¿qué os pasa con esa habitación?

—Nada.

—Sí, sí… nada.

Fue entonces cuando Sara me miró.

Y en su cara se dibujó una sonrisa traviesa.

—Malu…

Yo ya sabía por dónde iba.

—No —respondí al instante.

—Saca las varillas.

Marcelo y Julio nos miraron.

—¿Qué varillas? —preguntó Julio.

Sara se echó a reír.

—Las que se ha traído.

Suspiré, pero al final metí la mano en el bolsillo de mi maleta, que aún estaba en el salón, y saqué las dos varillas de radiestesia.

Los dos se quedaron mirándolas.

—¿Para qué coño es eso? —preguntó Marcelo.

—No preguntes —le contesté.

Julio cogió una de ellas y la observó con curiosidad.

—Hostias... ¿con esto se puede hacer música?

Julio hacía música con cualquier cosa que le pusieran por delante. Le valía un mechero, una mesa o un montón de copas y vasos.

—Tú eres capaz de hacer un concierto con esto —le dije.

—Dame cinco minutos.

Sara le quitó la varilla de las manos y me la entregó de nuevo.

—Vamos a ver qué nos encontramos por aquí. Venga, dale.

Y en aquel momento, lo que había empezado como una simple discusión por las habitaciones se convirtió en una investigación paranormal improvisada.

—Vamos allá —dije, cogiendo las varillas y colocándolas en posición.

Las dos apuntaban hacia delante y comencé a caminar despacio por todo el salón.

Todos se pusieron en fila detrás de mí y me siguieron.

Parecíamos una procesión.

Solo faltaba que Julio comenzara a tocar el tambor con cualquier cosa. Ahí se acabaría el misterio y empezarían las risas.

Pero no.

Estaban tan intrigados como yo.

Entramos en la habitación que habíamos elegido Marcelo y yo. Las dos camas estaban enfrentadas. Entré despacio y comencé a recorrer el cuarto mientras los demás se agolpaban en la puerta, observándome expectantes y, al mismo tiempo, con cierta precaución.

Parecían estar esperando que en cualquier momento fuese a explotar algo.

Yo intentaba mantener la seriedad. No quería reírme, pero cada vez que aparecía uno de aquellos pensamientos en mi cabeza tenía que contenerme. Si empezaba a reírme, aquello perdería toda credibilidad.

—Esto está tranquilo —dije mientras bajaba las varillas.

Me senté en una de las camas y asentí satisfecha.

—Y esta va a ser mi cama.

—Y aquella la mía —señaló Marcelo mientras lanzaba su mochila sobre la otra cama.

La mochila cayó justo en medio con un golpe seco.

Julio nos miró a los dos.

—Eso ya lo sabíamos.

—Mira ahora la otra —insistió Sara con una sonrisita.

La miré divertida.

Me levanté, coloqué de nuevo las varillas en posición, pasé junto a ellos y entré muy despacio en la de matrimonio.

Ninguno quiso entrar detrás de mí.

Al principio, las varillas permanecieron rectas. Pero en cuanto comencé a moverme despacio por la habitación, empezaron a inclinarse hacia el pequeño y siniestro aseo.

Sara contuvo un grito y se tapó la boca de modo teatral.

Los demás se volvieron hacia ella.

—¿Y eso qué coño significa? —preguntó Julio.

—Las varillas han detectado algo —susurró Sara, intentando poner voz misteriosa.

Julio la miró con una ceja levantada. Después me miró a mí.

—¡Claro, coño! ¡El agua! Esos cacharros sirven para buscar agua, ¿no? Y además el otro baño está justo pegado. Está detectando las tuberías del apartamento. No te jode.

Sara le tocó el hombro.

—También detecta oro —murmuró simulando entusiasmo.

—Metales —la corrigió Marcelo.

Sara lo miró y arrugó el ceño.

—¿Y el oro es pan? —preguntó ella con ironía.

Julio señaló el aseo.

—Mira dentro, Malu. Igual se han dejado alguna medallita o alguna cadena, y eso es lo que está marcando.

—Sí, la cadena del váter —añadió Marcelo.

—Chavales. Esto no es serio —dije intentando recuperar la compostura.

Salí de la habitación y me dirigí hacia el pasillo.

—Ahí, ahí quería yo que miraras también —soltó Marcelo detrás de mí.

Comencé a caminar lentamente por aquel largo pasillo y las varillas empezaron a cerrarse y a abrirse.

Me paré en seco.

—¡Aquí parece que hay actividad!

—Sí, claro que sí. Cuatro carajotes en fila pendientes de unas varillas —soltó Julio desde el final de la fila—. Yo me voy a dormir. ¿Vale? —siguió, intentando convencernos de que hiciéramos lo mismo.

Pero antes de que pudiéramos despedirnos, me dirigí lentamente hacia el zulo que había escogido Sara.

Ella corrió y se plantó delante de la puerta antes de que pudiera entrar.

—¡Ah, no! Aquí no.

Todos la miramos sorprendidos.

—¿No quieres saber si ahí también se mueven los palitos? —preguntó Julio, divertido.

Sara negó con la cabeza.

—No. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Todos nos reímos.

Bajé las varillas y di la sesión por terminada.

—Es mejor hacerle caso a Julio y acostarnos. Mañana será otro día.

Y mientras que nos dirigíamos hacia nuestros cuartos se oyó a Julio desde la puerta del dormitorio:

—¡Que duermas bien, Sara!

—¡Y tú, saluda a tu compañero! —le respondió ella desde el pasillo.

—De tu parte. Igual bailo con él la macarena.

Marcelo y yo nos reímos por el comentario mientras oíamos cerrarse ambas puertas.

Cuando salí del cuarto de baño después de cambiarme y entré en la habitación, Marcelo ya estaba metido en la cama, tapado hasta el cuello.

Me miró desde su lado y susurró:

—¿Esa mierda de varillas funcionan de verdad?

Me reí.

Me metí en la cama, apagué la luz de la mesilla y me tapé.

—Duérmete. No tienes que creértelo todo.

Lo oí murmurar algo por lo bajo y sonreí.

Pero lo cierto era que, durante un buen rato, me quedé observando la oscuridad atentamente.

Aquello me había provocado un poquito de miedo.

Tenía que reconocerlo.

Agudicé el oído.

El apartamento, que hacía apenas unos minutos había estado lleno de charlas y risas, estaba ahora completamente en silencio.

Solo podía escuchar la respiración pausada de Marcelo, que, al parecer, ya se había quedado dormido.

Seguí intentando captar algún sonido extraño. Un crujido, un golpe. Cualquier cosa. Pero no escuché nada.

Poco a poco, el sueño terminó venciendo al miedo y cerré los ojos.