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Cuando entramos en Córdoba, no teníamos muy claro por qué calle teníamos que llegar hasta el apartamento que Marcelo había alquilado para esos días.

Dimos tres vueltas a la misma avenida antes de conseguir encontrar la calle.

El Google Maps parecía tener una opción diferente a la nuestra sobre dónde estábamos y, por más que le hacíamos caso, nos llevaba de un sitio a otro.

Cuando por fin conseguimos llegar, una chica nos esperaba en la puerta del apartamento.

Por la cara que tenía, sospeché que llevaba allí bastante rato.

Nos indicó un parking justo al lado de la entrada y Marcelo consiguió meter el coche después de unas cuantas maniobras.

Bajamos las maletas y seguimos a la chica hasta el apartamento.

Supuestamente estábamos en pleno centro de Córdoba.

El apartamento era un bajo que daba directamente a la calle.

Como ya se había hecho de noche, cuando entramos estaba todo completamente oscuro. La chica encendió la luz y delante de nosotros apareció un pasillo.

Un pasillo larguísimo. Tan largo que durante unos segundos tuve la sensación de que aquello no era un apartamento, sino el comienzo de una prueba de supervivencia.

No dijimos nada. Simplemente seguimos a la chica.

A la derecha de la entrada estaba la cocina, aunque apenas le prestamos atención. Teníamos pensado comer fuera, así que en aquel momento lo último que nos interesaba era saber dónde estaban los fogones. Nuestra prioridad era descubrir dónde demonios terminaba aquel pasillo.

A mitad de camino apareció una pequeña habitación.

Bueno… habitación era decir demasiado.

Aquello era un zulo. Pequeñísimo, sin ventilación y sin una sola ventana.

La miré durante un segundo y seguí andando.

No la vi demasiado bien, pero desde luego esperaba no tener que dormir allí.

El pasillo continuaba.

Y continuaba...

Y continuaba.

Hasta que por fin llegamos al salón.

Allí descubrimos la verdadera dimensión del apartamento.

El salón era pequeño, con un sofá frente a la entrada del pasillo, un sillón pegado a él, una mesa y un par de sillas. Desde allí salían los dos dormitorios: uno de matrimonio, con un pequeño aseo que no invitaba precisamente a pasar demasiado tiempo dentro, y otro más pequeño con dos camas.

Al otro lado estaba el cuarto de baño bastante más grande y mejor acondicionado.

Soltamos las maletas y nos miramos.

No estaba mal. Era… peculiar. Pero aquel pasillo… aquel pasillo parecía sacado de la casa del terror.

Pero en ese momento, ninguno parecía darle importancia. De modo que nos fuimos a conocer Córdoba y a buscar un sitio donde cenar.

Al fin y al cabo, habíamos venido a pasarlo bien.

El apartamento podía esperar.

Andamos durante un buen rato sin saber muy bien hacia dónde nos dirigíamos, simplemente dejándonos llevar y contemplando la ciudad de noche.

Eran las siete y media y la noche ya había caído. Las luces iluminaban las calles, abarrotadas de gente.

Córdoba era un hervidero. Visitantes y cordobeses se mezclaban por las callejuelas mientras los bares y restaurantes comenzaban a llenarse.

Jóvenes y no tan jóvenes daban por inaugurado su fin de semana.

Marcelo había puesto el Google Maps para saber por dónde debíamos ir, aunque ninguno de nosotros se fiaba demasiado de la aplicación. Ya nos había hecho dar unas cuantas vueltas nada más entrar en la ciudad.

Julio sacó el móvil, lo miró durante unos segundos y se detuvo mientras leía un mensaje.

Nosotros hicimos lo mismo y lo miramos expectantes. Tal vez Carmen le estaba escribiendo.

Pero la sorpresa llegó cuando levantó la cabeza.

—Es Jose. Pregunta que dónde estamos.

Todos nos quedamos mirándolo.

—¿Qué Jose? —preguntó Sara.

Era la pregunta que los demás habíamos pensado. Conocíamos a varios Joses.

—Jose —repitió Julio. Y entonces me miró.

Noté cómo se me encogía el estómago.

Jose era amigo de Edu. En realidad, era amigo de todos, aunque con él tenía una relación más cercana porque trabajaban juntos desde hacía mucho tiempo.

Nosotros lo habíamos conocido a través de Edu y de los lugares donde solíamos movernos. Julio, además, había trabajado muchas veces haciendo bolos en la sala de fiestas donde ellos trabajaban, así que terminaron coincidiendo con frecuencia. Con el tiempo, Jose se había convertido en uno más.

Lo miré interrogante.

—Está en Córdoba también. Se ha enterado de que estamos por aquí y me está preguntando por dónde andamos. Viene con su mujer. Dice que es un viaje de reconciliación.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Tío, si vienen de viaje de reconciliación, mejor que se queden solos, ¿no creéis? —dijo Sara.

Marcelo soltó una risita por el comentario de Sara.

Luego me apretó el brazo.

—Bueno, pues vamos a lo nuestro entonces —dijo Julio, avanzando como si nada mientras se guardaba el móvil en el bolsillo.

No habíamos recorrido ni dos metros cuando el teléfono de Marcelo comenzó a sonar.

Se detuvo, miró la pantalla y, aguantándose la risa, nos la enseñó.

Era Jose de nuevo.

—Me da palo no responder.

Aceptó la llamada, lo saludó y se apartó unos metros para intentar aislarse del ruido de los bares que nos rodeaban.

Cuando regresó, nos contó:

—Están cerca de aquí. A unos minutos, en un restaurante. Me ha dicho el nombre. Quiere que nos acerquemos.

Todos nos miramos sin saber muy bien qué hacer.

—Yo creo que deberíamos acercarnos, saludarlos y tomar algo con ellos. Luego nos vamos nosotros y los dejamos con su escapada romántica —propuso Marcelo.

—Su escapada de reconciliación —rectificó Sara.

—Bueno, de lo que sea. Pero sería muy cutre por nuestra parte no saludarlos sabiendo que están aquí.

—Opino lo mismo —aceptó Julio.

Yo asentí.

—Vamos entonces. ¿Queda muy lejos el restaurante?

Marcelo sacó el móvil y miró el Google Maps.

—No. Está a solo unos minutos de aquí.

Asentimos y comenzamos a seguirlo.

Desandamos el camino que habíamos hecho porque el restaurante estaba en dirección contraria.

Íbamos inmersos en nuestras conversaciones cuando Sara reparó en que llevábamos ya un buen rato caminando.

—Oye… ¿no decías que estaba a solo unos minutos? Llevamos más de un cuarto de hora andando y todavía…

—Mira, ahí está.

El local se encontraba en una pequeña callejuela llena de bares y restaurantes. El nombre se veía iluminado desde fuera.

Nos acercamos y echamos un vistazo dentro. Estaba completamente lleno.

El ambiente era bueno.

Ante nosotros se abría un enorme salón que imitaba un gran patio andaluz, con luces colgantes que recordaban a las de una verbena. A la derecha había mesas preparadas para comer y, a la izquierda, mesas altas donde la gente esperaba tomando algo.

Entonces una mano se alzó al fondo.

Vimos a la pareja sonriente sentada en una de aquellas mesas altas.

La alegría se reflejaba en el rostro de Jose.

Ana sonreía a su lado.

Era una chica rubia, muy guapa, cuya apariencia siempre me había parecido amigable y cercana, aunque nunca había tenido la oportunidad de conocerla a fondo. La había visto pocas veces.

Pedimos unas cañas con ellos y estuvimos un rato charlando, hasta que Jose llamó al camarero que andaba cerca.

—Perdona, ¿puedes apuntar a cuatro más en nuestra mesa?

El chico asintió y nosotros nos quedamos un poco pillados.

—No queremos entrometernos. Supongo que sería una cena romántica —dijo Marcelo algo cortado.

—De reconciliación —volvió a rectificar Sara por lo bajo.

La fulminamos con la mirada.

Jose sonrió.

—No pasa nada. Tenemos dos días más. Hoy vamos a celebrar este encuentro, que me parece tan casual y tan especial.

Yo le di un sorbo a mi cerveza y no dije nada.

No sabía si aquello seguía siendo una escapada romántica o si acabábamos de convertirnos oficialmente en parte de su viaje de reconciliación.

La conversación dio muchos giros y, de vez en cuando, aparecía el nombre de Edu. Era completamente normal. Había pertenecido a nuestro grupo. Nuestros recuerdos estaban enlazados y, por mucho que quisiera ignorarlos, era imposible.

Pero hubo algo que me sorprendió.

Cada vez que escuchaba su nombre, ya no notaba aquel pinchazo en el estómago.

Ya no me sentía mal.

Hasta yo misma me sorprendí cuando empecé a nombrarlo de vez en cuando al recordar alguna anécdota.

Cuando el camarero nos llevó a la mesa un rato después, me senté junto a Ana. La conversación entre nosotras fluyó como si nos conociéramos de toda la vida.

Ana tenía una hija con problemas de corazón. Estaba demasiado ocupada intentando cuidarla y por eso no salía tanto. Me contó que Jose y ella se conocían desde que eran adolescentes.

Empecé a sentir un cariño especial por ella. Me parecía una mujer increíblemente fuerte. Alguien que, a pesar de todos los problemas, seguía luchando por una relación que había construido desde muy jovencita.

Se notaba que estaba completamente enamorada y, aunque mi situación no se parecía en nada a la suya, entendía perfectamente aquel sentimiento de querer que algo funcionara.

Cuando salimos del restaurante, Jose propuso tomarnos la última copa en un pub cercano.

Entramos y nos sentamos en una mesa.

Llevábamos unas cuantas cervezas y, a esas alturas, ya todo parecía darnos un poco igual. El hecho de que ellos estuvieran intentando tener una escapada de reconciliación había pasado a un segundo plano.

La noche se había convertido en un escenario divertido. Un grupo de amigos pasándolo bien en otra ciudad. Un reencuentro fortuito que estaba resultando mucho más divertido y agradable de lo que cualquiera de nosotros había imaginado.

Julio fue el primero que quiso acabar la noche.

—Yo estoy súper cansado. Mañana me queda un día largo. Queremos ver algo de la ciudad y, a las seis de la tarde, toco con Carmen. Creo que yo doy por finalizada la velada.

Jose lo miró sorprendido.

—¿En serio que tocas con Carmen?

—Toco en un local del Mercado Victoria.

Jose miró a Ana.

—Eso no nos lo podemos perder.

Ana sonrió.

—Claro que no. Mañana vamos a veros.

—Pues mañana será otro día —dijo Julio levantándose.

Todos dimos la noche por finalizada y salimos del pub.

Casualmente, durante un rato nuestro camino coincidía con el suyo hasta que ellos llegaran al hotel.