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Había retomado mi nuevo hábito: el dibujo.

Muchas tardes me bajaba al parque con mi cuaderno y dibujaba todo lo que veía.

Estaba encantada.

Me fijaba en cómo la luz de la tarde iba cambiando el ambiente, cómo los árboles se tornaban más oscuros con las sombras y en todos esos pequeños detalles que antes pasaban desapercibidos.

Sara agradecía que no pasara tantas horas encerrada en casa y aprovechaba para pasar más tiempo con Sebas mientras yo me perdía en mi recién retomada afición.

Una tarde, el móvil me sonó varias veces.

Estaba tan ensimismada con mi dibujo que apenas presté atención, hasta que el sonido terminó por sacarme de mi concentración.

Sonreí al ver el nombre de Marcelo.

—«Jelou» —saludé con nuestro habitual saludo.

—«Jelou», preciosa. ¿Te he interrumpido?

Cerré el bloc y le presté toda mi atención.

Ya había caído la tarde y era hora de volver a casa.

—No te preocupes. Ya estaba a punto de recoger.

—Tengo ganas de ver ese maravilloso cuaderno de dibujos.

Sonreí, agradecida por tener esos amigos.

—Ya te lo enseñaré.

—Me encantará verlo. Pero ahora tengo algo que proponerte.

—Tú dirás.

Oí la risa de Marcelo al otro lado y eso me intrigó.

—¡Prepárate para un fin de semana en Córdoba!

Me quedé callada durante unos segundos.

¿Había oído bien?

—¿Cómo?

—Que nos vamos a Córdoba. Julio ha sacado un bolo con Carmen para el sábado y, como yo soy su road manager, quiero que nos acompañes. Y, por supuesto, Sara se ha enterado y se ha apuntado. Era de esperar.

Sonreí al oírlo.

Lo de road manager era una manera bastante generosa de llamar a «el que conducía».

Y lo de Sara era típico.

Se apuntaba a todo lo que le propusieran y a lo que no también.

Me quedé unos segundos pensando.

Unos meses atrás probablemente habría buscado cualquier excusa para decir que no.

No porque no quisiera estar con ellos, sino porque todavía necesitaba sentirme a salvo en mi pequeña burbuja.

Pero esta vez fue diferente.

No sentí miedo, ni pereza, ni esa necesidad de protegerme de todo.

Simplemente me apeteció ir.

Y algo dentro de mí me decía que ese viaje podía ser divertido.

—Vale. ¿Cómo iremos?

—En mi coche. Soy el road manager, ¿recuerdas?

—Es verdad. ¿Pero vamos a caber todos con todos los trastos musicales?

—Carmen va con su marido aparte, en su furgoneta. Nos encontraremos allí.

—Perfecto entonces. Pues… nos vamos a Córdoba.

La verdad es que la propuesta me emocionó.

Un fin de semana fuera y en buena compañía.

Con los míos.

Los que yo había decidido quedarme para mí.

—¿Estamos todos preparados? —preguntó Marcelo, sentado al volante.

Yo, sentada en el asiento del copiloto, sonreí.

Miré hacia atrás, donde Julio y Sara estaban acomodados.

Los tres asentimos casi al unísono.

Marcelo arrancó.

—Allá vamos, Córdoba.

Nada más salir a la carretera, las confrontaciones por la música comenzaron.

—Pásame el móvil para poner yo la música —pidió Sara desde atrás—. A mí no me vais a llevar todo el camino oyendo el Kanka.

Julio la apoyó inmediatamente.

—Eso. Por una vez, estoy de acuerdo contigo.

Lo que no sabía era que aquella alianza iba a durar muy poco.

Marcelo le pasó el móvil, me miró y ambos sonreímos. Conocíamos los gustos musicales de los dos que teníamos detrás y sabíamos que se avecinaba una batalla campal en el asiento trasero.

Camela comenzó a sonar a todo volumen.

Marcelo no paraba de mirar por el espejo retrovisor y yo me volví para ver la cara de Julio, que abrió mucho los ojos al oír la música.

—¿Pero qué has puesto?

Y entonces intentó quitarle el móvil de las manos a Sara.

—¡Y una mierda voy a ir oyendo esto por el camino!

Sara aguantó estoicamente, con el móvil en la mano derecha y el brazo pegado a la puerta para que Julio no pudiera quitárselo.

—Va a ser solo un ratito —aseguró ella con una sonrisa.

—Quita eso, chiquilla —se quejó Julio, intentando alargar el brazo para agarrar el móvil sin conseguirlo. Y dio un golpe en el asiento de Marcelo para que le prestara atención—. ¡Quillo, quita eso, por favor!

Aquello iba a ser peor que llevar a dos niños de viaje.

—¡Qué lucha! —soltó Julio con un bufido.

Y nosotros seguimos riendo mientras Sara cantaba a voz en grito.

A la media hora, cuando Julio ya había asumido que aquel grupo iba a acompañarnos durante buena parte del trayecto, Sara cambió de canción.

Pero, para sorpresa de todos, esta vez el que saltó en Spotify fue El Arrebato.

Julio se tapó la cara.

—¿En serio? —preguntó, mirando a Sara con los ojos como platos—. ¿No te gusta otro tipo de musiquita, hija?

Sara siguió cantando, pero en aquel momento no se dio cuenta de que había dejado el móvil demasiado cerca de la mano de Julio.

Él aprovechó la oportunidad y se lo arrebató de un manotazo.

Sara se quejó durante unos segundos, pero Marcelo medió.

—Deja que él oiga algo que le guste también.

Sara cruzó los brazos, enfurruñada como una niña pequeña, pero no rechistó.

Al minuto, el «bolillón» de «No me pises que llevo chanclas» comenzó a sonar.

Marcelo y yo nos miramos, pero enseguida vimos que los dos estaban coreando el estribillo y eso nos tranquilizó.

—¿Lo ves, hija? ¿Ves cómo mi música también te gusta?

Sara hizo un mohín.

—No toda, ¿eh?

Durante un rato estuvieron entretenidos, hasta que volvieron a pelearse por la canción que cada uno quería escuchar.

Entonces Marcelo los mandó callar, pidió el móvil y puso a El Kanka.

—Ea. Ni para uno ni para otro. Para Malu y para mí.

Julio levantó las manos, derrotado.

—Pues yo me pondré con mi Duolingo.

Sacó el móvil y abrió la aplicación.

—¿Duolingo todavía? —preguntó Sara.

Julio ya se defendía bastante bien en inglés, pero aquello no le impedía seguir estudiándolo como si algún día fueran a examinarlo de Oxford.

—Tengo que perfeccionar mi inglés —respondió sin mirarla.

—Pero si ya sabes inglés —siguió ella.

—Sí, pero quiero saber más.

—Como sigas así vas a terminar dando tú las clases.

Julio se puso los auriculares, completamente ajeno a la pulla.

—The girl is drinking coffee. ¿Sabéis lo que quiere decir? —preguntó.

Lo miré por el retrovisor.

—Importantísima lección para el viaje —le dije sonriendo.

—Nunca sabes cuándo puede hacer falta. Pero hay otra que me gusta más. I would like a beer, please.

—Hombre… esa sí puede ser útil —soltó Marcelo con una carcajada.

—¿Ves? —dijo satisfecho—. Yo estudio cosas prácticas.