25
Un sábado decidí quedarme en casa.
Mientras leía, me vino a la mente mi antigua afición.
Me encantaba pintar.
Sí, era un hobby que, desde pequeña, me había hecho perderme durante horas en mi mundo.
Cerré el libro que estaba leyendo y busqué mi antigua libreta de dibujos.
Cuando la encontré, me recreé en mis antiguos bocetos.
¿Qué había hecho que dejara de hacer aquello?
Me quedé pensando durante unos minutos.
Mi vida ajetreada, mi trabajo, el estrés y, sobre todo, mis relaciones amorosas habían hecho que aquello que siempre me había encantado quedara guardado en un cajón.
Hasta tal punto que apenas lo recordaba.
Me quedé mirando durante un rato una página en blanco.
Después busqué el carboncillo y comencé a dibujar.
Al principio no sabía exactamente qué estaba pintando. Pero, al cabo de un buen rato, me di cuenta de que había dibujado el árbol que tenía frente a mi terraza.
Aquel enorme árbol que me acompañaba durante tantos momentos de introspección.
Miré bien el dibujo y reconocí que sus ramas no eran completamente perfectas, pero era él. Sin duda.
Sonreí al ver lo que había conseguido crear y me sentí bien.
Durante buena parte de la mañana había estado completamente sumida en mi dibujo. No había pensado en nada más. Y aquello me sorprendió.
Nunca me había parado a pensar que pintar pudiera transportarme de aquella manera.
Era como meditar. Y sonreí al darme cuenta.
Había encontrado otra manera de evadirme del ruido y nunca antes me había dado cuenta.
Dejé la libreta sobre la mesa y observé aquel enorme montón de ramas y hojas que se mecía al compás del suave viento.
Por un instante me pareció que el árbol me estaba dando las gracias por haberlo inmortalizado en mi cuaderno de dibujos.
Había tenido puesta de fondo música clásica durante todo el tiempo.
Mientras la música seguía sonando, cerré los ojos, hice unas cuantas respiraciones profundas y me relajé aún más.
Había estado tan relajada mientras pintaba que no me costó entrar en un estado de relajación más profundo.
Durante un rato, la música se fue tornando en colores ante mi visión con los ojos cerrados.
En un momento dado, sentí que mi cuerpo se volvía completamente ligero. Sentí que flotaba.
Evidentemente, era fruto de la relajación, pero la sensación era tan real que me imaginé como si yo fuera una bola suspendida en la nada, mientras aquellos colores pasaban por delante de mí al compás de la melodía.
Cuando abrí los ojos, mi pulsera inteligente había registrado cuarenta y cuatro minutos de siesta.
Abrí los ojos como platos.
—¿Perdona? —le pregunté a la pulsera, mirándola con recelo.
La pulsera, imperturbable, seguía convencida de que había estado durmiendo.
Yo sabía perfectamente que había estado consciente todo el tiempo, escuchando la música y viendo aquellos colores que aparecían detrás de mis párpados.
—No estaba durmiendo bonita. Estaba alcanzando la iluminación —bromeé.
Aunque había un poquito de verdad en mi tono.
La pulsera no contestó.
Supongo que tampoco estaba preparada para ese nivel de espiritualidad… o simplemente pensaba que me había quedado frita.
Sara apareció de la nada y me miró con desconfianza.
—¿Con quién estás hablando?
Levanté la vista, sorprendida.
No me la esperaba allí, y sonreí.
—Mi reloj se empeña en hacerme creer que he estado cuarenta y cuatro minutos durmiendo, pero en realidad he estado meditando.
Sara enarcó una ceja.
—Es un reloj inteligente.
—Pero aquí se equivoca. No he estado dormida. Recuerdo perfectamente haber estado consciente.
—A lo mejor te has dormido y no te has dado cuenta.
La miré como si me hubiese insultado.
—¿Tú también te vas a poner de su parte?
Sara se encogió de hombros y no contestó. Simplemente me dejó seguir creyendo lo que yo decía.
Entonces su mirada se detuvo en el boceto que había estado haciendo del árbol.
Lo cogió con cuidado y su expresión cambió.
Pasó del escepticismo a la admiración.
—¡Hala! ¡Qué chulo! Hacía muchísimo que no dibujabas. ¡Me encanta!
Sonreí ante el cumplido.
—¡Gracias! Yo también me he sorprendido bastante. He perdido práctica, pero no está mal.
—Deberías retomarlo. Se te da bastante bien dibujar.
Me encogí de hombros.
—Bueno… me defiendo. Pero no dibujo súper bien.
Sara volvió a mirar el dibujo y suspiró.
—No deberías ser tan autocrítica.
—Si no lo fuera, me estaría engañando a mí misma.
—Oye… no tienes por qué. Hay personas que lo harán mucho mejor, claro que sí, pero tú lo haces muy bien. Y eso también es importante. No todo es blanco o negro.
La miré durante unos segundos.
Nunca había pensado en ello de aquella manera.
Quizá no tenía que hacerlo perfecto.
Quizá simplemente tenía que disfrutarlo.
Volví a mirar el dibujo del árbol que Sara tenía entre las manos y sonreí.
Durante mucho tiempo había hecho las cosas pensando en si servían para algo. Si me iban a aportar algo, si eran productivas, si tenían algún sentido. Incluso había llegado a pensar que perder el tiempo era hacer algo que no tuviera una finalidad.
Y quizá ahí estaba el error.
No todo tenía que servir para algo.
A veces podía simplemente sentarme en mi terraza, coger un lápiz o un carboncillo y pasarme una mañana entera dibujando un árbol.
Sin más.
No necesitaba convertirlo en una afición, ni hacerme buena, ni enseñárselo a nadie.
Solo disfrutarlo.
Miré de nuevo el dibujo y sonreí.
Quizá recuperar aquellas pequeñas cosas que había ido dejando atrás también era una manera de recuperarme a mí misma.