24
A veces pensaba que mi vida había entrado en una especie de pausa.
No era una pausa triste. Ni siquiera era una pausa que quisiera terminar.
Simplemente, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa.
Los días pasaban tranquilos entre libros, meditaciones, vídeos y mis interminables tazas de té.
De vez en cuando aparecía algún plan, alguna llamada o alguna situación absurda que rompía la rutina, como la de la alarma o el desastre del percusionista de Marcelo. Pero la mayor parte del tiempo estaba en casa tranquila.
Y me gustaba.
Había descubierto que podía pasar horas sola sin sentir que me faltaba nada.
Quizá por eso tenía tanto tiempo para curiosear.
Y cuando algo despertaba mi curiosidad, me metía de lleno.
Después de todo aquel universo que había empezado a descubrir casi sin proponérmelo, ya no me sorprendía encontrarme una noche viendo un vídeo sobre algo que, unos meses antes, me había parecido una auténtica locura.
Aquella tarde estaba sentada en mi sillón, con el portátil delante y una taza de té apoyada en la mesa.
No recuerdo exactamente qué estaba buscando.
Probablemente nada concreto.
Pero entonces apareció algo que llamó mi atención.
Radiestesia.
Leí la palabra dos veces.
—¿Y esto qué coño es? —murmuré.
Seguí leyendo.
Varillas.
Péndulo.
Energías.
Respuestas del cuerpo.
Aquello prometía.
Y, como siempre que algo conseguía despertar mi curiosidad, hice lo que mejor se me daba últimamente.
Seguir investigando.
Y mientras investigaba, entre vídeo y vídeo, me encontré pidiendo unas varillas de radiestesia en Amazon.
Por supuesto, no le dije nada a Sara. Estaba segura de que lo tomaría como otra de mis nuevas locuras espirituales.
Pero el día que llegaron las varillas, me miró y me preguntó:
—¿Qué se supone que vas a hacer con eso? ¿Te vas a ir a la playa a buscar metales?
Me reí de su ocurrencia y le expliqué por encima en qué consistían.
—Entonces, ¿las varillas te dicen las cosas?
—Bueno… más o menos.
—¿Más o menos?
—Se supone que responden a las preguntas que les haces.
Sara me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Y cómo saben ellas las respuestas?
—No lo sé.
Se quedó mirándolas unos segundos.
—No te creerás ahora el cuento de que tus guías te responden, ¿verdad?
Yo me quedé unos segundos pensando, y Sara puso los ojos en blanco.
—¡Ay Dios! Pues estamos bien.
Desde luego que ni creía ni dejaba de creer en todo lo que había oído, pero la curiosidad me podía.
—Ay tía no lo sé. Tengo que probarlas —dije entusiasmada.
—Claro, porque si lo dice internet…
—No seas así.
—No, si yo no digo nada. Yo te dejo con tus investigaciones.
Cogió una de las varillas, la observó durante unos segundos y me la devolvió.
—¿Y qué se supone que tienes que hacer con esto?
—Preguntar.
—Vale, ¿pero preguntar qué?
—Cualquier cosa.
Sara levantó una ceja.
—Pues pregúntale si mañana va a llover.
—No creo que funcione así.
—¿Y entonces? ¿Cómo funciona?
La miré.
Durante unos segundos no supe qué responder. Y me encogí de hombros.
—No tengo ni idea.
—Malu, te has comprado dos palitos y no sabes ni para qué sirven.
—Por eso voy a investigar.
—Ah, bueno. Entonces me quedo tranquila —soltó irónica.
Y se marchó hacia la cocina, dejándome allí con las dos varillas en las manos.
Las miré, y la verdad es que no sabía muy bien qué esperaba de ellas.
Pero tenía curiosidad. Y decidí probar.
Me senté con las piernas cruzadas en mi sillón de la terraza e hice unas cuantas respiraciones profundas, mientras Sara me miraba por encima de su taza de café.
—¿Me llamo Malu?
Las varillas se cruzaron, y ese era el sí que había establecido.
Sonreí. Iba bien.
—¿Me llamo Sara?
Sara me miró con los ojos muy abiertos.
Y las varillas se volvieron a juntar. Y entonces me quedé mirándolas muy desconcertada.
—¿Eso era un sí?
La miré y asentí.
—Algo estoy haciendo mal —dije.
Sara me miraba con las cejas levantadas y una sonrisa divertida.
No tenía ni idea de si aquello funcionaba realmente.
Tampoco sabía si yo estaba haciéndolo bien.
Había personas que llevaban años utilizando las varillas y aseguraban obtener respuestas con ellas.
Yo no tenía motivos para ponerlo en duda, pero tampoco para darlo por cierto. Simplemente sentía muchísima curiosidad, como con todo, y quería experimentar por mí misma.
De pronto se me ocurrió una idea.
Si las varillas detectaban energía, sentía curiosidad por algo.
Me levanté y, con las varillas apuntando al centro, me puse a recorrer la casa muy despacio.
Sara me siguió con la mirada, y luego se puso detrás de mí haciendo conmigo todo el recorrido que yo hacía.
Empecé por el salón. Nada.
Me fui hacia mi habitación. Nada.
Pasé las varillas de un lado a otro y nada.
Entonces llegué a la habitación de Sara.
Justamente en la silla donde Sara dejaba toda la ropa amontonada, las varillas comenzaron a cruzarse.
—Anda… —dije con curiosidad.
Volví a pasar por el mismo sitio y se cruzaron otra vez.
Me quedé mirando las varillas.
—Aquí hay algo.
—Mi ropa.
Sin hacer caso de lo que Sara acababa de decir, recordé algo que me había dicho un amigo hacía tiempo.
Él decía ser un poco sensitivo.
Yo, como en todo, ni creía ni dejaba de creer, pero cuando vino a casa, me aseguró que había visto a alguien sentado precisamente en aquella silla.
Volví a mirar las varillas que se volvieron a cruzar.
—Esto se está poniendo interesante.
Sara me miró con curiosidad.
—¿Recuerdas lo que dijo aquella vez Andrés?
Sara se quedó unos segundos pensativa y, de pronto, recordó.
Me miró espantada y me quitó las varillas de las manos.
—¡Ahí el único espíritu que hay es el de mi ropa! Déjate de tonterías que duermo esta noche contigo.
Yo volví a quitarle las varillas.
Dejé la habitación atrás y seguí recorriendo la casa.
Sara se pegó a mí como una lapa. Y para mi sorpresa, las varillas volvieron a cruzarse en otros lugares.
En la cocina.
Y luego en el baño.
Me quedé callada unos segundos.
—Vale. Aquí o hay mucha actividad espiritual…
—O muchas tuberías —soltó Sara.
Y las dos rompimos en carcajadas.
Seguimos recorriendo la casa durante un rato más, aunque cada vez teníamos más claro que aquello podía estar detectando cualquier cosa.
Finalmente dejé las varillas sobre la mesa y me senté de nuevo en mi sillón.
—Bueno —dije—. Creo que por hoy ya hemos tenido bastante.
—Yo también lo creo.
Se quedó unos segundos pensativa.
Luego me miró.
—¿Puedo dormir esta noche contigo?
Solté una carcajada y ella me abrazó riéndose también.
—Has conseguido acojonarme, pedazo de capulla —dijo.
Y las dos volvimos a reírnos.
—Solo te aviso. Malu, como sigas intentando detectar espíritus, me mudo.
—Basta de detectar espíritus. Palabrita del Niño Jesús.
Crucé los dedos delante de su cara y las dos volvimos a reír.
—Venga. Y ahora vamos a preparar algo de cena —dijo dirigiéndose a la cocina.
Y antes de seguirla, volví a mirar las varillas que descansaban sobre la mesa.
No sabía si aquello funcionaba, si era mi cabeza, si eran las tuberías o si los espíritus de mi casa estaban especialmente activos aquel día.
Pero tenía que reconocer una cosa.
Me divertía.
Tampoco sabía si aquello serviría para algo ni qué esperaba encontrar exactamente. Pero había algo que sí sabía.
Quería seguir probando.
Y, sobre todo, quería hacerles una pregunta que llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza.
Pero antes tenía que seguir investigando para poder hacerlo bien.