23
Hay momentos en los que pienso que el universo elige los días. Como aquel día, que no pudo ser más desastroso y, a la vez, más divertido.
Mi jefa me llamó por teléfono antes de salir de casa para decirme que acababan de poner una alarma nueva en el local.
Quería que llegara más temprano para enseñarme cómo funcionaba.
Antes de las ocho, estaba en la puerta del local: una pequeña tienda de artículos y regalos donde llevaba trabajando más de diez años.
Mi jefa ya era mucho más que eso. Era como mi hermana mayor. Pero, a pesar de la confianza que teníamos, no dejaba de ser mi jefa.
Mila apareció por la esquina con un par de bolsas en la mano y el teléfono pegado a la oreja, como siempre.
Pasó por mi lado y me saludó por lo bajo mientras asentía a lo que estaba escuchando al otro lado del teléfono.
Esperó a terminar la conversación antes de volverse hacia mí.
—Estoy hasta el moño del teléfono.
Yo sonreí.
Sacó la llave del bolso y la metió en la cerradura, pero antes de abrir se volvió hacia mí.
—Quería que llegaras antes para explicarte. La nueva alarma no tiene nada del otro mundo. Solamente hay que pasar este llavero metálico por el cuadro y se desconectará al instante.
Abrió la puerta y, en cuanto entramos, la alarma empezó a sonar.
«Alarma conectada. Por favor, desconecte su alarma».
Una serie de pitidos comenzó a retumbar por todo el local.
—Tenemos cuarenta segundos para pasar el llavero metálico.
Lo pasó y los pitidos cesaron.
«Alarma desconectada».
—¿Ves? Es muy sencillo —continuó—. Luego, para conectarla, solamente hay que darle a este botón de aquí.
Me señaló un botón azul y yo asentí.
—Se pulsa y listo —dijo—. No hay que hacer nada más. Eso sí, tienes cuarenta segundos para salir y cerrar. Si no, la alarma saltará.
—De acuerdo.
Me dio uno de aquellos llaveros metálicos y lo añadí a las llaves del local.
Era fácil.
A media mañana, mi jefa tenía que salir para hacer un par de gestiones con el asesor. A mí, me habían llegado un par de mensajes para recoger unos paquetes para la tienda, en Correos.
Mi preocupación era saber si debía poner o no la alarma cuando saliéramos las dos.
—Mila, cuando salgamos, cierro simplemente. No pongo la alarma ¿verdad? Vamos a venir enseguida.
—Sí, ponla de todas formas. No sabemos cuánto tiempo vamos a tardar.
Asentí.
Ella era la jefa.
Si decía que la pusiera, la pondría.
—Vale —dije—. Entonces solo hay que darle al botón azul y ya está, ¿no? —pregunté a modo de recordatorio, aunque estaba segura de haberlo entendido.
Mi jefa levantó la vista de los artículos que estaba comprobando.
—No. Le das al botón azul y luego pasas el llavero metálico.
Arrugué el ceño.
Aquella mañana me había dicho justamente lo contrario: que el llavero se utilizaba para quitar la alarma y que, para conectarla, solo había que pulsar el botón azul.
—Mila, creo que no hay que pasar el llavero para conectarla.
—Sí. Hay que pasarlo —dijo toda convencida.
—Yo creo que no.
Chascó la lengua y se dirigió hacia la alarma.
—Mira, ven. Que te lo vuelvo a explicar.
Me acerqué y observé atentamente lo que hacía. Aunque estaba casi segura de cómo se ponía y se quitaba, tal vez no hubiese entendido bien la explicación de aquella mañana.
—La alarma está quitada ¿vale?
Pasó el llavero y, al segundo, pulsó el botón azul.
«Alarma conectada».
Y, antes de que terminara de decirlo, volvió a pasar el llavero.
«Su alarma ha sido desconectada».
Me miró.
—¿Lo ves?
Yo me quedé mirándola.
No sé por qué quise seguir insistiendo en que no hacía falta pasar el llavero para ponerla.
Podría haberme callado, asentir y dejarlo estar.
¿Qué me costaba hacerlo?
¿Acaso influía en que la alarma se pusiera o no?
No.
Pero, por alguna razón, seguí insistiendo.
—Yo creo que no hay que pasar el llavero para ponerla.
Mi jefa puso los ojos en blanco y volvió a conectarla.
Esta vez pulsó primero el botón y después pasó el llavero.
«Alarma conect…».
Volvió a pasar el llavero.
«Su alarma ha sido desconec…».
Entonces pulsó de nuevo el botón azul, probablemente porque ya ni ella sabía qué había hecho. Si la había conectado o desconectado.
La alarma volvió a conectarse.
«Alarma conectad…».
Yo la miraba cada vez más desconcertada.
De pronto se encendieron todas las luces de la alarma y dejó de decir nada.
Silencio.
Mi jefa y yo nos miramos.
Ya no sabíamos si estaba conectada o desconectada.
Mi jefa, cada vez más nerviosa, comenzó a tocar todos los botones.
Nada.
—Mila…
—Espera.
Siguió pulsando botones.
Nada.
De pronto, la alarma habló:
«Su alarma quedará conectada definitivamente».
La miré con los ojos como platos.
¿Qué demonios significaba aquello? ¿Que nos íbamos a quedar allí encerradas y la alarma comenzaría a sonar?
Empecé a preocuparme.
Todo aquello había sido por mi culpa.
¿Por qué no me había callado?
Mi jefa siguió toqueteando durante unos segundos sin conseguir nada.
Entonces, vi cómo poco a poco se iba poniendo blanca.
Se tambaleó y acabó apoyándose contra la pared.
Pensé que le iba a dar algo.
Y justo cuando iba a acercarme a ella la alarma dijo:
«Alarma desconectada».
Mi jefa se incorporó recuperando el color.
Me miró, y dijo:
—Si te vas, da igual. No vayas a conectar la alarma. Ya la conectaremos cuando nos vayamos.
Salí del local todavía intentando asimilar lo que acababa de ocurrir.
De camino a Correos, la escena comenzó a darme vueltas en la cabeza. Y no pude evitar reírme.
Lo curioso era que, unas semanas atrás, aquella situación me habría dejado completamente agobiada.
Seguramente habría pasado el resto del día dándole vueltas, sintiéndome culpable y pensando que todo había ocurrido por mi culpa.
Pero esta vez no.
Sí, me había puesto nerviosa cuando la alarma anunció que quedaría conectada definitivamente.
Y cuando vi a Mila ponerse blanca.
En aquel momento, pensé que nos iba a dar algo a las dos.
Pero después, cuando finalmente se desconectó, lo único que sentí fue alivio. Y unas ganas tremendas de reírme.
Además, en el fondo sabía que yo tenía razón.
Yo había intentado decirle que dejara que la máquina terminara de hacer lo que tuviera que hacer antes de volver a tocarla.
Pero ella había seguido pulsando botones como si estuviera jugando a la lotería.
Así que no.
No iba a cargar con algo que no me correspondía.
Y mientras esperaba a que me dieran los paquetes, me descubrí sonriendo otra vez.
Quizá aquello de estar en mi centro empezaba a funcionar de verdad.
Y mientras se me volvía a escapar la risa, la gente de la cola se volvía para mirarme.
Al final, algunos terminaron riéndose conmigo sin tener ni idea de qué me hacía tanta gracia.
Cuando regresé a la tienda, solté los paquetes en la pequeña oficina trasera y seguí con lo que había dejado pendiente.
Menos mal que no había tenido que lidiar con la puñetera alarma.
Aun así, nada más recordarlo me reí de nuevo.
Mila llegó unos minutos más tarde.
—¿Recogiste los paquetes? —preguntó mientras entraba en la pequeña trastienda.
Pero antes de que pudiera responderle, vio los paquetes encima de su escritorio.
—¡Ah! ¡Perfecto!
Mientras seguía trajinando por la tienda, me llegó un mensaje de Marcelo.
Cuando vi que era un audio, dejé un momento lo que estaba haciendo, me coloqué los cascos y pulsé el botón para escucharlo.
Era música.
Al segundo me escribió:
«Este es el guitarrista que me llamó para que fuese su percusionista».
Empecé a escucharlo prestando un poco más de atención.
La guitarra sonaba bien, pero la melodía era extraña.
La percusión al principio no estaba mal, pero poco a poco empecé a notar que se perdía.
La guitarra tenía subidas y bajadas que el percusionista no terminaba de seguir bien.
A veces se paraba y otras entraba a destiempo.
Aquel percusionista era para echarlo a los leones. Marcelo se lo comería con papas.
Me aparté un poco de la trastienda y le mandé un audio.
—Mira Marcelo. Te voy a decir algo. Este percusionista es «una porquería». Yo creo que tú lo vas a hacer mucho mejor, ya lo verás. Así que no te preocupes. Como dices tú, todo va a salir maravilloso.
Le di a enviar súper contenta por poder aportarle toda mi energía positiva.
Seguí con mi trabajo y, dos minutos después, volvió a sonarme el móvil.
Miré la pantalla.
Marcelo me había respondido. Y cuando abrí el mensaje, me quise morir.
«El percusionista soy yo».
Detrás había un par de emoticonos con la mano en la frente y otros de risas.
Había metido la pata hasta el cuello.
Me quedé unos segundos asimilándolo y, de repente, rompí en carcajadas.
Me aparté todo lo que pude para que mi jefa no se enterara.
Inútil.
La tienda era un «peo» de pequeña.
Le mandé varias veces una disculpa mientras no podía parar de reírme. Pero cuanto más intentaba disculparme, más me reía. Incluso mientras escribía los mensajes de disculpa tenía que parar porque las carcajadas me salían solas.
Marcelo terminó uniéndose a la risa.
Me mandó un par de audios en los que podía oírlo descojonarse.
Aquello me hizo todavía más gracia y no pude dejar de reír durante un buen rato.
Mila se asomó un momento desde la trastienda y volvió a desaparecer.
Seguro que pensaba que estaba loca.
Y entonces le mandé otro audio a Marcelo:
—Creo que a esa música no le pega demasiado la percusión.
Me respondió con un pulgar hacia arriba.
«Estoy de acuerdo».
Aquello me hizo volver a reír.
Al final, no era que el percusionista fuese malo.
Quizá simplemente aquella guitarra y aquella percusión estaban destinados a no encontrarse nunca.
Y seguí riéndome durante un buen rato.
Por una vez sentía que no había nada que solucionar.