NA MÁS TÉ 22
61%

22

Cuando llegó la primavera, Julio regresó.

Estaría con nosotros algunos meses.

Todos esperaban que no se marchara antes del verano, pero cuándo se iría solo lo sabía él.

En cuanto llevaba un tiempo en tierra, ya estaba buscando algún crucero donde trabajar como músico.

Las primeras semanas, me insistía cada día para tomar café.

Como todos, pensaba que me había encerrado demasiado y que necesitaba salir de casa.

Lo que la gente no entendía era que, en mi encierro, yo me encontraba de maravilla.

A veces me decían cosas como:

—No vayas a caer en una depresión.

Y yo me reía. Porque lo que yo entendía por depresión era algo completamente diferente a lo que estaba sucediendo conmigo.

—Si estuviera entrando en una depresión, como decís, no estaría tan bien en casa.

Y yo estoy de maravilla. Leo, escucho música, medito, veo vídeos, me paso el día aprendiendo cosas.

Hasta me estoy entreteniendo analizándome a mí misma —explicaba—.

Así que no. No estoy deprimida. Estoy estupendamente.

Y lo aseguraba completamente convencida.

Otro motivo era que había decidido tomar distancia de algunas personas.

Había personas con las que simplemente había dejado de sentirme cómoda. Con las que había coincidido bastante porque nos relacionábamos en los mismos lugares y con la misma gente.

Durante aquel tiempo, mientras repasaba situaciones que habían sucedido, me di cuenta de que había cosas que antes toleraba y que ahora ya no estaba dispuesta a aceptar.

No pensaba que fueran malas personas. Simplemente había visto determinadas cosas que no me habían terminado de encajar.

Y luego estaban las personas a las que quería muchísimo y que también me habían demostrado su cariño. El problema era que formaban parte del mundo de Edu y, para mí, seguir relacionándome con ellas era seguir teniendo un pie dentro de una vida que necesitaba cerrar.

No quería cortar con ellas porque hubieran dejado de importarme.

Simplemente necesitaba tomar distancia y cerrar aquella etapa de verdad, sin seguir buscando excusas para volver a entrar en ese bucle.

Solo sentía que ya era hora de bajarme de ese tren.

Una tarde, Julio, me escribió.

—¿Qué pasa, titi? ¿Hacemos un café? O dos, o tres. Estoy pensando en darme una vuelta por la playa. Hoy hay jam session y, aunque llevo ya unas horas practicando con la guitarra, tengo mono de hacerlo con público. ¿Te vienes? ¿O todavía no te decides a salir de la cueva?

Me reí con su ocurrencia, pero no me lo pensé.

—Me encanta que te acuerdes de mí, pero hoy rechazo la propuesta. No me apetece ir a ese lugar y tampoco me apetece ese ambiente. Otro día, si te quedas por el centro, me avisas y nos tomamos algo. Diviértete.

Al minuto, me puso unos iconos con caritas de risa y de pulgares arriba.

Creo que me entendió mejor de lo que yo creía.

Cuando todavía no me había acomodado en mi sillón con mi nuevo libro en la mano, el móvil comenzó a sonar de nuevo.

Cuando vi el nombre de Marcelo, puse los ojos en blanco. Descolgué al segundo tono y dije rotundamente:

—No, Marcelo. No voy a ir a la jam session.

—¿De qué estás hablando, loca? No me ha dado tiempo ni de saludarte.

—Sé que me vas a decir que vais a la playa y no me apetece. Julio ya me lo ha propuesto antes y no. Mi respuesta es no.

Marcelo se quedó unos segundos callado.

—Vale. Y me parece perfecto. Pero no te llamaba por eso.

Me sentí estúpida.

—Te llamaba porque hoy me han propuesto algo. Y estoy muy emocionado. Tenía que contárselo a alguien.

Sentí curiosidad.

—Cuéntame.

—Me han propuesto tocar la percusión en un grupo. Tocaría el cajón con un dúo. Un guitarrista y un violinista.

—¡Qué original! Me gusta la idea.

Marcelo tardó unos segundos en responder.

—La cosa es que han tenido otros percusionistas antes, pero por lo visto no les duran mucho.

—¿Y tú qué les has dicho?

—Todavía no les he dicho nada. Me lo han propuesto hoy y quería pensármelo.

Marcelo hizo una pausa.

—La verdad es que estoy muy nervioso. Sabes que me encanta el cajón y que disfruto muchísimo tocando, pero nunca he tocado en un grupo.

Yo sabía que tenía ritmo y disfrutaba tocando, pero hasta entonces siempre lo había hecho entre amigos, sin ninguna presión y a su aire.

No sabía qué podía pasar.

Podía salir muy bien o podía descubrir que aquello no era lo suyo.

Pero ¿por qué no intentarlo?

—Pues tío, adelante. Inténtalo. Prueba esa nueva experiencia.

Marcelo dudó un instante.

—¿Tú crees?

—Claro que sí. Además, si te gusta, ¿qué tienes que perder?

Se quedó unos segundos en silencio.

—Tienes razón.

Su voz sonaba más animada.

—Nunca lo sabrás si no lo pruebas.

—Pues voy a lanzarme. A ver qué sale de esto.

Marcelo parecía mucho más animado.

—Ya me contarás qué tal —le dije antes de despedirnos.

—Serás la primera en saberlo.

Sonreí.

Me alegraba por él.

Había algo bonito en ver a alguien ilusionarse con algo nuevo, aunque no supiera todavía cómo iba a salir.

Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé unos minutos pensando.

Quizás eso era lo que todos necesitábamos de vez en cuando: no saber si algo iba a salir bien y, aun así, atrevernos a probar.

Me coloqué los cascos y puse música.

Me sentía bien. Estaba contenta.

Me puse a bailar mientras iba hacia la cocina.

Cogí el cazo, lo llené de agua y lo puse al fuego.

Mientras esperaba, cerré los ojos y me dejé llevar por la música.

Minutos después, llené mi taza y cogí un sobrecito de té. Lo sumergí dentro y me fui de nuevo hacia la terraza.

Solté la taza sobre la mesa y algo muy pequeño llamó mi atención.

Allí, había una pequeña cochinilla que, al parecer, se había colado por la ventana.

La pobre se movía lentamente, buscando por dónde salir.

Me quedé mirándola.

Los insectos siempre me habían desagradado un poco.

En otro momento le habría dado un manotazo y asunto arreglado. Pero ahora veía las cosas de una manera muy diferente.

Todos los animales, todos los insectos… todo, absolutamente todo, tenía sentido en la vida. O eso había oído en algún sitio.

Tal vez era un dicho de Buda. O de alguien que se parecía a Buda.

Yo qué sé.

La cuestión es que no quería dejarla vagando por la casa.

Y se me ocurrió algo mucho mejor.

Agarré la portada del libro, la deslicé con cuidado por debajo del insecto y, muy despacio, la llevé hasta el alféizar de la ventana.

Durante unos segundos me quedé observándola mientras se alejaba lentamente.

Sonreí, orgullosa de mi pequeña buena acción.

Me giré para volver a sentarme en el sillón.

La imagen de Sara plantada frente a mí me hizo dar un grito.

No me la esperaba.

—¡Dios! ¡Qué susto!

Me quité los auriculares y me quedé esperando lo que tenía que decirme.

Sara me miró durante unos segundos, con las cejas levantadas.

—¿De verdad has cogido a un bichito y lo has sacado por la ventana?

Sonreí, satisfecha conmigo misma.

—Sí. No hay que matarlos.

Sara asintió lentamente.

—Claro. A una cochinilla la coges con todo el cuidado del mundo y la dejas marchar por la ventana…

Hizo una pausa y me señaló con el dedo.

—Pero a la cucaracha que encontraste el otro día en el baño la matas sin pensártelo dos veces.

La miré, intentando mantener la dignidad.

—No es lo mismo.

—¿Ah, no?

—No.

Sara cruzó los brazos.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Es una pobre cochinilla que estaba deambulando por la mesa, la cucaracha… la cucaracha…

Intentaba pensar en alguna excusa, pero no encontraba ninguna.

—No es lo mismo ver una cucaracha de noche haciendo parkour por el baño, ¿no? —dijo Sara por mí.

—¡Eso es! ¡No es lo mismo!

Sara sonrió irónicamente.

—¡Ah bueno! Entonces queda todo perfectamente justificado.

Sara negó con la cabeza.

—¿Y si la próxima vez es una araña?

Me quedé pensándolo.

—Depende de la araña. Algunas pican.

Sara se echó a reír.

—Tía, tú estás fatal.

—Estoy evolucionando —dije convencida.

—Mira, eso mismo creo que dijo Peter Parker.

Me encogí de hombros y miré hacia la ventana.

La cochinilla ya había desaparecido.