21
Llevaba meses intentando procesar todo aquello.
Seguí como siempre, con mis libros y mis podcasts, pero ahora había ampliado un poquito el campo.
Antes buscaba respuestas porque necesitaba entender qué me estaba pasando. Ahora intentaba entenderme a mí misma.
Así que seguí con Jung y con todo lo anterior, pero empecé a interesarme también por la psicología: la autoestima, los límites, los patrones, los apegos…
A veces, una sola idea bastaba para desmontar algo que yo había dado por cierto durante años.
Me parecía de lo más interesante. Y no me cansaba.
Sara comenzaba a impacientarse conmigo. Quería hacer cosas. Porque Sara era un culo inquieto y siempre quería hacer cosas.
—Tía, ya hace mucho que estás en tu mundo. En tu santuario Na Más Té y nunca mejor dicho —dijo señalando mi taza.
Yo sonreí.
—Te he dejado tu espacio —se quedó pensando unos segundos—. Bueno, te hemos dejado tu espacio —rectificó—. Pero creo que ya va siendo hora de que regrese nuestra Malu, ¿no?
La miré un momento y luego enarqué una ceja.
—Es que tal vez la Malu de antes ya no es la de ahora.
Sara se quedó callada e hizo una mueca.
—No, si cambiada estás. Pero no sé yo si me termina de gustar la nueva Malu.
Yo sabía que no lo estaba diciendo en serio. Me estaba buscando las cosquillas.
—Pues creo que os vais a tener que acostumbrar.
—¿Tú crees?
Me encogí de hombros. Porque aún no tenía la respuesta.
—Venga, vamos a tomarnos algo. Celebremos que es viernes.
Miré un momento por la ventana.
Estábamos a mediados de febrero y las tardes eran muy cortas.
El sol comenzaba a declinar y fuera tenía que hacer un frío de narices.
Me encogí en el sofá.
—La verdad es que no me apetece.
Vi la decepción en la cara de Sara.
Sabía que Sebas no podía quedar algunos fines de semana con ella por cuestiones de trabajo y que, en aquellos momentos, la persona más cercana que tenía era yo.
Pero no me apetecía.
Se dejó caer en el sofá con un gesto de fastidio, apartó la mirada de mí y encendió la tele.
Algo dentro de mí comenzó a removerse. Me sentía mal dejándola así.
Tal vez podía salir un rato. Una cerveza, unas tapas… tampoco era para tanto.
Me levanté despacio. Y llamé su atención, porque me miró de nuevo.
—Bueno, venga. Un rato solo.
Sara levantó una ceja.
—¿Por qué dices que sí ahora?
La miré sorprendida.
—Pues porque no quiero que te quedes ahí con la cara enfurruñada viendo la televisión.
Sara se incorporó un poco y me miró con perspicacia.
—¿Pero tú realmente quieres hacerlo? ¿Quieres salir?
Me sorprendió que me hiciera esas preguntas. Pero lo cierto es que me dejaron pensando unos segundos hasta que respondí.
—No.
Sara mostró una sonrisa ladeada mientras entrecerraba los ojos.
Se revolvió en el sofá y, señalándome con un dedo, me dijo:
—Creo que aún te queda mucho.
Me quedé a cuadros y ella, sonriendo, continuó.
—Si no te apetecía, solo tenías que decir que no.
Fruncí el ceño, sin entender.
—Pero si has sido tú la que me has estado haciendo chantaje emocional con esa cara de pena.
—¿Y por eso tienes que aceptar? Si no quieres, no quieres.
Y le dio volumen a su serie favorita mientras me dejaba pensando.
Tenía razón.
Aquello era mucho más difícil de lo que parecía.
Esa noche me llamó Marcelo. El lunes sería su cumpleaños, pero él quería celebrarlo al día siguiente, que era sábado.
—Me ha llamado Marta y me ha dicho que le gustaría prepararme el cumpleaños. La verdad es que me ha hecho mucha ilusión.
Marta era una amiga con la que habíamos salido muchísimo, pero había vuelto con su expareja y ahora llevaba otro ritmo de vida.
Yo me quedé un momento pensando.
—¿Y sabes qué tiene planeado?
La idea de salir de fiesta al día siguiente no me parecía atractiva, pero era el cumpleaños de Marcelo y no podía decirle que no… ¿O sí? No… era su cumpleaños.
—Quiere reservar en una pizzería de la playa. Dice que así los niños estarán más cómodos.
Aquello me hizo clic.
No era la primera vez que organizábamos algo pensando en que los niños estuvieran cómodos y tranquilos. Lo entendía perfectamente. Cuando tienes hijos, es normal buscar planes que funcionen para todos. Pero, esta vez, sencillamente, no me apetecía.
—No creo que me apunte —dije.
Hasta yo me sorprendí al oírme.
Sara me miró con los ojos muy abiertos. Había puesto el manos libres porque aquello también le incumbía. Por supuesto, ella también estaba invitada.
Durante unos segundos no oí nada al otro lado de la línea.
—¿Cómo? ¿He entendido bien? ¿No vas a venir a mi cumpleaños?
En el momento en que Marcelo propuso el plan, se me encogió el estómago y la primera sensación que tuve fue de rechazo.
—El plan no va conmigo, Marcelo. La verdad es que no me apetece estar mañana en un restaurante rodeada de un montón de gente y, sobre todo, de un montón de niños. Y no es que odie a los niños, pero ahora mismo no es lo que quiero. No me voy a sentir bien y prefiero no ir.
Quería muchísimo a Marta y a su familia, pero aquel plan no me apetecía.
Marcelo no dijo nada. Y Sara me seguía mirando con aquella expresión de sorpresa.
—Pero, de verdad. Vosotros id. Pasadlo bien. Y te propongo algo.
Lo pensé durante unos momentos, hasta que en mi cabeza sonó bien.
—El domingo quedamos nosotros en un lugar más tranquilo y nos tomamos unas cañas y unas tapas. ¿Qué te parece?
Marcelo lo pensó durante unos momentos y al final respondió:
—Me va a dar mucha pena que mañana no estés con nosotros, pero respeto tu decisión. De acuerdo. Quedada el domingo tú y yo.
—¡Y yo! —soltó Sara desde el sofá.
—Loca, tú vienes mañana. A ti sí que te esperamos.
—¡Sí, sí! ¡Por supuesto! Pero el domingo también me apunto.
Y me miró con una amplia sonrisa.
Marcelo soltó una carcajada a la que me uní.
Habíamos acordado un plan alternativo.
Después de colgar, Sara me hizo un gesto de aprobación con el pulgar y siguió viendo su serie.
Me quedé allí unos segundos, saboreando aquella extraña sensación.
Había dicho que no. Y no había pasado nada.
Sentía alivio.
Era bueno.
Muy bueno.