20
Durante semanas estuve dándole vueltas a aquellos sueños que había tenido y que me parecían tan potentes.
Muchas veces me sorprendía pensando en ellos, intentando analizarlos, pero como no tenía ni idea de interpretar sueños, decidí buscar algún método que me ayudara a entender qué intentaba decirme mi mente mientras dormía.
Oí que era importante tener un cuaderno de sueños y así lo hice.
Durante varias noches apunté todo lo que recordaba al despertar, aunque ninguno me daba la impresión de ser tan importante como aquellos dos.
Aun así, seguí anotándolo todo.
Sin saberlo, estaba empezando a prestar atención a una parte de mí que hasta entonces había ignorado por completo.
Fue entonces cuando descubrí a Jung.
Había oído hablar de él, pero nunca me había dado por investigar nada relacionado con este tema y, de pronto, me encontré, igual que cuando me dio por el tarot, viendo vídeos y leyendo todo lo que encontraba. Pero por mucho que veía y por mucho que leía, no conseguía encajar las piezas.
No quería obsesionarme, así que decidí seguir con mis meditaciones y con la vida que hasta entonces me estaba funcionando.
Hasta que un día, mientras navegaba por internet, me encontré con un post de una psicóloga que hablaba sobre las heridas de la infancia.
Lo leí con curiosidad, hasta que me quedé petrificada al reconocerme en todos los puntos de una de ellas.
«Dificultad para poner límites».
Aquello me hizo pensar inmediatamente en Edu. En todas las veces que algo me había molestado y, aun así, había preferido callarme.
En las veces que había dicho que sí para evitar una discusión, que había cedido aunque no me apeteciera o que había hecho como si algo no tuviera importancia cuando, en realidad, sí la tenía.
Siempre había encontrado una razón para no decir lo que pensaba. Para no enfadarme. Para no montar un problema.
Y así, poco a poco, había aprendido a tragarme muchas cosas.
«Necesidad de agradar a los demás».
También me reconocí en aquella.
Pensé en todas las veces que había aceptado planes que no me apetecían, que había hecho favores aunque estuviera cansada o que había dicho que sí simplemente porque me costaba mucho decir que no.
No quería decepcionar a nadie.
Prefería adaptarme yo antes que hacer sentir mal a otra persona.
Y casi siempre encontraba una manera de convencerme de que no me importaba tanto.
Pero entonces apareció una pregunta que nunca me había hecho de verdad:
¿Y yo? ¿Dónde quedaba yo en todo aquello?
Seguí leyendo.
«Miedo a pedir».
Si era incapaz de negarme a los demás, tampoco sabía pedir para mí.
Me sentía mal si pedía algo. Siempre terminaba haciéndolo sola.
Me creía autosuficiente.
Hasta que terminaba rompiéndome.
Incluso comprarme ropa podía hacerme sentir culpable.
Durante mucho tiempo había pensado que gastar dinero en algo que no necesitaba era un lujo innecesario.
Aunque eso también estaba cambiando.
Después de tantos años pensando que tenía que conformarme, últimamente había decidido que también podía hacer cosas simplemente porque me apetecían.
Y bueno… quizá me estaba pasando un poquito.
Solo había que mirar la cantidad de tarots, libros, pendientes y demás cosas que había acumulado en los últimos meses.
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
Los cumplía todos.
Y, por primera vez, me pregunté de dónde venía todo aquello.
Nunca había pensado que yo pudiera tener una herida de la infancia.
Mi infancia había sido tremendamente feliz. Mis padres me querían y yo nunca me había sentido menospreciada, ni poco querida.
Pero entonces empecé a recordar otras cosas.
Cuando era pequeña, en casa no teníamos demasiado. No nos faltaba lo necesario, pero aprendí muy pronto que había cosas que simplemente no se podían pedir.
Sabía que no había dinero para todo.
Lo veía en la ropa que heredaba, en los regalos de Navidad, en esas pequeñas cosas que para otras niñas parecían normales y para mí eran un lujo.
Nunca me quejé. Sabía que mis padres hacían lo que podían.
Así que aprendí a no pedir.
A no necesitar demasiado.
A conformarme.
Y, sobre todo, a no molestar.
Con quince años empecé a trabajar mientras estudiaba. Quería ayudar en casa, pero también empezar a conseguir por mí misma aquellas cosas que necesitaba.
Y supongo que ahí terminé de aprender a hacerlo todo sola.
A sostenerme.
Y luego estaba mi madre.
Era una mujer maravillosa, pero la religión estaba muy presente en su manera de entender la vida. Yo nunca la viví de la misma forma, aunque algunas de aquellas enseñanzas se quedaron conmigo.
Había que ser buena.
No buscar problemas.
Perdonar.
Poner la otra mejilla.
Y yo, que siempre había tenido bastante carácter, terminé creyendo que enfadarme, decir que no o pensar primero en mí no estaba bien.
Y, de repente, todo encajó.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Las noté calientes, mojándome la cara.
Al principio fue un llanto silencioso, pero poco a poco se convirtió en el llanto más desgarrador que había tenido en mucho tiempo.
Ese día me lo pasé llorando.
Cuando Sara entró por la puerta y me vio tumbada en el sofá, a moco tendido, se asustó.
—¡Malu! ¿Qué ha pasado?
Pero yo no podía hablar. Solo pude abrazarla y seguir llorando.
Sara me preparó un té con toda su buena intención.
Cuando me lo llevó, se sentó a mi lado.
Al principio se quedó unos minutos esperando que me calmara. Pero no pude.
Cada vez que recordaba todo lo que había descubierto, volvía a notar aquel nudo en el estómago y en la garganta, y rompía a llorar otra vez.
Noté a Sara preocupada, pero no se separó de mí ni un solo segundo.
Se quedó a mi lado, rechazando incluso la propuesta de Sebas para salir un rato.
No intentó hacerme hablar en ningún momento ni me pidió que le explicara nada. Simplemente se quedó allí conmigo.
A veces, sin hacer nada.
Otras, cuando me veía algo más calmada, encendía la televisión. Hasta que yo volvía a romper en llanto y la apagaba.
Se mordía los labios, impotente, y me acariciaba.
Simplemente estaba allí.
Durante todo aquel tiempo me acompañó en silencio.
Y en aquellos momentos, eso era exactamente lo que necesitaba.