19
Aquella noche tuve un par de sueños extraños que, más tarde, me harían pensar y hasta darme cuenta de cuál había sido mi herida.
Soñé que estaba en el salón de mi casa, rodeada de mucha gente que no conocía, pero que eran familiares de mi madre.
En el sueño yo era inmortal y, si conseguían sacarme a bailar al centro del círculo que habían formado, perdería mi inmortalidad.
Y lo hicieron.
Me sacaron a bailar.
Me sentí vulnerable, pero la rabia comenzó a apoderarse de mí. Empecé a tirar todo lo que había a mi alrededor y a romperlo. Todo lo que partía pertenecía a la familia de mi madre. Todo era de ellos y, aun así, yo no dejaba de tirar cosas y destrozarlas.
Mi madre me miró con desaprobación.
Entonces me dirigí hacia ella y le grité.
Lo sorprendente fue que desperté gritando aquellas palabras.
—¡Que no se puede ser tan buena! ¡Que Dios no te quiere por ser buena, te quiere por ser tú!
Me sorprendí incorporada en la cama, todavía gritando.
Me quedé quieta, completamente impresionada por aquel sueño.
Pero lo fuerte es que había sentido un tremendo alivio al soltar aquella frase.
De pronto, la puerta se abrió y apareció Sara.
—¿Qué pasa?
Tenía los ojos medio cerrados.
—Nada. Estaba soñando.
—Joder… qué susto.
—¿Has oído lo que he dicho?
—No. Solo te he oído gritar. Y he venido corriendo. Pensé que pasaba algo.
—No. Tranquila.
Me tumbé de nuevo en la cama y, para mi sorpresa, Sara se tumbó a mi lado.
—Una mala noche.
—Sí.
—¿Estás nerviosa por lo de mañana?
Sara sabía que Edu vendría a por su chaqueta. Se lo había contado cuando llegó.
Respiré hondo.
—No lo sé. Solo quiero dormir.
Sara me abrazó.
—Vale. Voy a hacer que te duerma. Te voy a hacer un poquito de reiki.
Y empezó a mover las manos delante de mi cara.
Aquello me hizo sonreír.
Luego empezó a acariciarme el pelo y, poco a poco, volví a quedarme dormida.
Esa noche volví a tener otro sueño.
Iba con Sara y una chica que no conocía de nada.
Andábamos buscando mi coche.
Había fiesta en la calle y todo estaba lleno de gente.
Cuando conseguimos encontrarlo, la chica se subió al asiento del conductor y se lo llevó.
Me quedé sorprendida y corrí detrás de ella.
Había desaparecido, pero no me quedé de brazos cruzados. La busqué por todas partes.
La gente me paraba y me hablaba de cosas absurdas, pero yo solo quería encontrar mi coche.
Alguien me dijo que la chica estaba a la vuelta de la esquina y corrí hacia allí.
Y la encontré.
Allí estaba, sentada tranquilamente, con mi coche aparcado a su lado.
Corrí hacia ella y empecé a gritarle:
—¡Es la última vez que te llevas mi coche! ¡Ya no lo vas a hacer más!
La chica me miró con tranquilidad, sonrió y me dijo:
—Qué exagerada.
Me puse hecha una furia y le dije que era la última vez que me veía.
Volví a despertarme sobresaltada. Pero al igual que el sueño anterior, sentí esa misma sensación de haber soltado algo.
Sara se dio cuenta y volvió a acariciarme el pelo hasta que conseguí dormirme de nuevo.
Al otro día, a las doce, ya estaba vestida y arreglada.
Me senté en el sillón, con una taza de té entre las manos, a esperar que llegara Edu.
Sara me había dejado sola. Se había ido con Sebas para darme privacidad.
Yo no sabía qué iba a suceder.
Cuando me levanté aquella mañana parecía estar tranquila, pero a medida que pasaban los minutos y se acercaba la hora, me iba poniendo más y más nerviosa.
A las doce y media mi cuerpo era una cuerda en tensión.
Hice un par de ejercicios de respiración para relajarme y pareció surtir efecto.
Miré el reloj cada cinco minutos.
Era la una menos diez y Edu no aparecía. Yo había quedado con Marcelo, así que decidí llamarlo. Era muy capaz de haberse olvidado de venir a por la chaqueta.
Al segundo tono me lo cogió.
—Hola.
—Hola, Edu. ¿No ibas a venir por la chaqueta?
—Sí. Pero me dijiste a las dos y media.
Me quedé a cuadros.
—No. Te dije a las doce y media porque a la una había quedado.
—No, no. Me dijiste a las dos y media, Malu.
Su tono era alterado.
Empecé a dudar de mí misma y miré el mensaje que le había mandado la noche anterior.
Allí estaba.
Las doce y media.
—Edu, mira el mensaje.
Hubo un silencio y después resopló.
—Joder, lo siento. Tienes razón. Pensé que eran las dos y media.
Voy para allá.
Colgué.
Y entonces me di cuenta de algo.
Siempre había pasado lo mismo.
Siempre había conseguido hacerme dudar de mí misma.
Llamé a Marcelo y retrasé nuestra cita.
Mientras esperaba, empecé a pensar en todas las veces que había vuelto Edu.
Quizás lo más difícil de explicar era por qué había vuelto tantas veces.
Yo lo admiraba muchísimo. Me fascinaba verlo en su mundo, haciendo aquello que tan bien sabía hacer.
Con él me divertía muchísimo. Me hacía reír.
Había momentos en los que estar juntos era fácil, divertido y bonito.
Supongo que por eso las idas y venidas me trastocaban tanto.
Cuando estábamos juntos, yo volvía a sentir que aquello podía funcionar. Cuando se alejaba, intentaba hacer mi vida. Y cuando regresaba, una parte de mí volvía a creer.
Nunca terminaba de saber si aquella relación era sólida o si, en cualquier momento, volveríamos a estar cada uno por su lado.
Y vivir así, sin saber nunca muy bien dónde estaba pisando, terminó agotándome.
Quizá por eso aquella mañana estaba tan nerviosa.
No sabía qué iba a sentir cuando volviera a verlo.
No habían pasado ni veinte minutos cuando sonó el timbre.
Cogí la bolsa donde había metido la chaqueta y me dirigí con paso firme hacia la puerta.
Pero antes de abrir, respiré hondo.
«No pasa nada», me dije a mí misma.
Había intentado convencerme de que serían solo cinco minutos: cogería su chaqueta y se iría.
Pero mi cuerpo no parecía estar de acuerdo conmigo.
Solté el aire sacudiendo todo mi cuerpo.
Como si eso desprendiera lo que estaba sintiendo.
Abrí.
Allí estaba.
Era como si una parte de mí hubiera reconocido su presencia antes de que mi cabeza pudiera reaccionar.
En cuanto me vio, me dedicó una leve sonrisa.
Yo también le sonreí.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Entonces se acercó y me dio un abrazo.
Esperé aquel nudo en el estómago que tantas veces había sentido al tenerlo cerca.
Esperé la tristeza, las ganas de llorar, aquella mezcla de rabia y necesidad que tantas veces me había dejado sin saber qué hacer.
Pero no llegó nada.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Sonreí antes de contestar.
—Bien.
Y me sorprendió la seguridad con la que lo dije.
Le tendí la bolsa.
—Aquí la tienes.
La miró durante unos segundos.
Después volvió a mirarme y sonrió.
—Muchas gracias, Malu.
—Cuídate.
—Tú también.
Me dio un beso en la mejilla y se marchó.
Cerré la puerta. Y me quedé allí, quieta.
Entonces me dejé caer contra ella.
Poco a poco, una sonrisa comenzó a dibujarse en mi cara.
Había pasado.
Había estado frente a él.
Lo había abrazado.
Le había dado dos besos.
Habíamos hablado con normalidad.
Y yo había estado bien.
Poco a poco, mi sonrisa fue ampliándose.
Había comprobado algo.
Algo que me había tenido en tensión desde que Edu me llamó la noche anterior.
No había sentido nada.
Ni rabia. Ni tristeza. Ni ese nudo en el estómago que tantas veces había sentido al estar frente a él.
Nada.
Y aquella ausencia de emociones se sintió como una pequeña victoria.
Por primera vez, había podido verlo, abrazarlo, despedirme de él y cerrar la puerta sin sentir que una parte de mí se quedaba al otro lado.
Sonreí.
Quizá, sin darme cuenta, ya estaba empezando a estar bien.