18
Después de aquella tarde, evidentemente, me interesé por la meditación.
Busqué maneras de meditar y encontré todo tipo de métodos.
Muchos eran guiados.
Me sentaba en mi sillón, con mi taza de té preparada para el viaje.
Me ponía los cascos y escuchaba.
Intentaba seguir todos los pasos, pero mi mente se iba de un lado a otro. No conseguía centrarme como lo había hecho en el parque y, más de una vez, terminé frustrada. Pero no me rendí.
Sara se paraba a observarme desde el salón, café en mano, y se reía cada vez que me veía abrir un ojo.
Terminé probando con los sonidos binaurales y… ¡Eureka! Eso sí me funcionó.
La primera vez que conseguí dejar la mente en blanco me puse súper emocionada.
Al principio me costó, como siempre. Pero después empezaron a aparecer, en aquella oscuridad, distintos colores.
Me sorprendió.
Los observé mientras iban y venían, se difuminaban y cambiaban de tono, y aquello hizo que dejara de pensar en cualquier otra cosa.
Cuando abrí los ojos no podía creer que hubiese pasado media hora. Yo habría jurado que habían sido cinco minutos.
Y lo mejor fue la relajación.
Me levanté y todo el cuerpo parecía pesarme. Era como si me hubiese tomado un Valium.
Solté una carcajada de júbilo.
A partir de entonces, me resultó mucho más sencillo concentrarme.
Otra cosa a la que me aficioné fueron los vídeos de reiki. Me habían aparecido mientras buscaba meditaciones.
La primera vez que vi uno me quedé dormida al poco.
Me relajaban aquellos movimientos de las manos. Y aquello también le gustó a Sara, para mi sorpresa, y más de una vez, la vi tumbada en el sofá viendo alguno.
Los libros de Brian Weiss me hicieron darle vueltas a la idea de las vidas pasadas. Era algo que ni creía ni dejaba de creer. Simplemente estaba ahí, rondándome la cabeza.
Y una tarde se me ocurrió que podía probar una regresión guiada con uno de aquellos vídeos.
Cuando se lo expliqué a Sara, abrió mucho los ojos.
—¡Hostias! Yo también quiero hacer eso. ¿Tú crees que funcionará?
Me encogí de hombros.
—No lo sé.
—Tú has dicho que has conseguido meditar. Igual también consigues saber quién fuiste en tu vida pasada.
—Yo que sé. Venga, vamos a intentarlo —dije mientras buscaba el vídeo.
Sara se quedó mirándome, emocionada.
—¿Te imaginas que descubres que en tu vida anterior fuiste Cleopatra? —preguntó abriendo mucho los ojos—. ¿Y que yo descubro que fui Juana de Arco?
Me sorprendió verla tan ilusionada y me reí.
—¿Juana de Arco?
—Sí, tía. A mí me pega más Juana de Arco. Si de verdad hemos tenido vidas pasadas, yo creo que en alguna fui guerrera.
Se quedó unos segundos pensando.
—Bueno… creo que en la mayoría.
—Venga, vamos. Ya lo tengo. Empezamos.
—Espera, espera. Yo quiero el mismo vídeo que tú. Pásame el enlace.
Se lo mandé a su móvil y nos sentamos en el suelo.
—Espalda recta y manos juntas. E intenta relajarte, ¿vale?
Asintió.
El vídeo comenzó con unas respiraciones profundas y oí a Sara tomar aire como si no hubiese un mañana. Aquello me hizo gracia, pero intenté concentrarme.
Después nos indicaba que visualizáramos un lugar tranquilo.
—La playa —soltó Sara.
—Vale, la playa. Sigue.
Al poco nos dijeron que visualizáramos unas escaleras y que las bajáramos poco a poco mientras contaban.
—No veo las escaleras, Malu. ¿Tú las ves?
Me reí por lo bajo.
—Imagínatelas.
Así era imposible relajarse, pero me hacía gracia. Era divertido y, sobre todo, me gustaba compartir todas aquellas cosas con ella.
Después llegó el momento de visualizar una puerta dorada que deberíamos abrir.
Al otro lado aparecerían las imágenes de nuestra supuesta vida pasada.
—¿Una puerta dorada? —protestó Sara—. No veo la puñetera puerta dorada. Ni que fuéramos Dorothy. Al final nos vamos a encontrar con el Mago de Oz.
Me quité los cascos.
—Así es imposible.
Sara se tiró en el suelo boca arriba, a todo lo largo, mientras se quitaba los cascos también.
—Esto ha sido una caca.
Me tiré junto a ella.
—Cuando consigas meditar, lo volvemos a intentar —le dije entre risas.
—Entonces puedes esperar sentada. O mejor ahí tirada.
Su paciencia brillaba por su ausencia.
Cogió el móvil, buscó una canción de El Arrebato y, en cuanto empezó a sonar, me miró sonriente.
—Esto mola más que la mierda esa de regresión a vidas pasadas.
Se puso de pie y empezó a cantar a voz en grito, especialmente emocionada cuando llegó el estribillo de Búscate un hombre que te quiera.
Yo no podía parar de reír.
De pronto se calló. Miró el móvil y sonrió ilusionada.
—Vaya. Es Sebas. Quiere que vaya con él a tomar algo. Lo siento, te dejo con tu regresión. Luego me cuentas cómo te ha ido. Voy a arreglarme.
Y salió corriendo hacia su habitación.
Me alegré por ella.
Hacía varios meses que se veía con Sebas y me caía bien. Parecía un buen chico. Solo esperaba que no le saliera rana como los anteriores.
Cuando Sara se despidió de mí, me quedé un rato mirando por la ventana.
Los pensamientos iban y venían, los observaba pasar sin aferrarme a ninguno.
De pronto, mi móvil sonó.
Miré la pantalla y el corazón me dio un vuelco.
El nombre de Edu apareció en la pantalla y todo mi cuerpo se puso en tensión.
¿Para qué me llamaba?
¿Qué demonios quería?
En un segundo aparecieron decenas de escenarios en mi cabeza.
Ni Netflix habría hecho una película como la que me acababa de montar.
Le di al botón de aceptar despacio y respondí:
—¿Hola?
—Eh… hola, Malu. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Respiré hondo antes de responder.
—Bien —dije.
—Te llamaba para preguntarte si, por casualidad, me dejé ahí mi chaqueta marrón de pana. Hace mucho que no la veo.
Cerré los ojos.
¿En serio?
Edu iba perdiéndolo todo. No me extrañaría que hubiese perdido la chaqueta en cualquier sitio.
—¿Te importa mirar por si está ahí?
Yo juraría que no quedaba nada suyo en casa, pero, con desgana, me levanté y fui a comprobarlo en mi armario.
Busqué entre toda la ropa colgada y en los estantes y, cuando ya iba a decirle que no estaba, mis ojos se toparon con algo marrón en el suelo del armario.
Lo cogí.
Allí estaba.
Hecha un burruño.
Cerré los ojos, respiré hondo y dije:
—Pues sí. Aquí está.
Antes de que pudiera decirle que alguien se la llevaría, respondió:
—Bien. ¿Te importa que pase mañana por ella?
Lo pensé unos segundos.
Si le hacía falta, no podía hacer otra cosa.
—Está bien —me oí decir.
—Gracias. ¿A qué hora puedo pasarme?
Recordé que había quedado sobre la una con Marcelo.
—Ven sobre las doce y media. Más tarde no, que he quedado.
—Gracias.
Y colgó.
Me quedé unos minutos allí parada con la chaqueta en la mano, sin saber muy bien qué sentía.
Me preparé un té y volví a sentarme en mi sillón, pero esta vez intenté sumergirme en uno de mis libros.
Sobre las nueve de la noche, me llegó un mensaje y me sacó de la lectura. Había conseguido evadirme de lo ocurrido, pero cuando miré el móvil, allí estaba de nuevo un mensaje de Edu.
Seguro que cancelaba venir por la chaqueta. Edu era así.
«Perdona, Malu. ¿Sobre qué hora me dijiste?»
Suspiré.
Era incorregible.
Le puse la hora que le había dicho, dejé el móvil sobre la mesita y me dispuse a prepararme la cena.
El día ya había terminado por hoy y estaba deseando meterme en la cama.