17
Las semanas siguientes me las pasé buscando información sobre ECM por todas partes. YouTube, Google… Un pódcast me llevaba a otro, y este a otro más. Cada entrevista me descubría un nombre nuevo, y cada nombre me abría una puerta distinta.
Mientras esperaba mi siguiente adquisición de Amazon —el nuevo libro de Brian Weiss—, no dejaba de buscar.
Me pasaba las tardes sentada en mi rincón de lectura, escuchando relatos sobre experiencias cercanas a la muerte y personas que hablaban de metafísica, conciencia o despertar espiritual.
Yo no tenía ni la más remota idea de lo que me estaba sucediendo. Solo sentía una necesidad inmensa de entender.
A veces, con mi taza de té entre las manos y observando el movimiento de los árboles desde la ventana, me sorprendía haciéndome preguntas que jamás me había planteado antes.
Y aquellas preguntas me llevaban a querer saber cada vez más.
Después de Brian Weiss vinieron muchos otros.
Cada vez que encontraba un nombre en un libro, terminaba buscando su trabajo y comprando todo lo que había escrito. Era como entrar en un laberinto del que no quería salir. Cuanto más aprendía, más consciente era de todo lo que aún me quedaba por descubrir.
Sara empezó a preocuparse de verdad.
Una tarde estaba enfrascada en uno de aquellos vídeos sentada en mi sillón.
Tenía la mesa llena de libros apilados.
Sin darme cuenta, me estaba haciendo con la biblioteca más grande sobre conciencia y espiritualidad que había tenido nunca.
Sara se plantó delante de mí.
No advertí su presencia hasta que la oí decir:
—¿Ahora vas a montar una biblioteca?
Cogió uno de los libros, le dio un par de vueltas entre las manos y añadió:
—¿O estás practicando para ser gurú?
La miré, sonreí y seguí a lo mío sin hacerle demasiado caso.
Podía entender su preocupación. Lo que no sabía explicarle, porque ni yo misma terminaba de comprenderlo, era que todo aquello me llenaba. Me daba energía. Me devolvía las ganas de seguir adelante.
Dejó caer el libro sobre la mesa con un golpe seco.
Di un respingo y levanté la vista.
Aquella había sido exactamente su intención.
Estaba muy seria.
Mala señal.
Algún sermón se avecinaba.
—He conseguido entradas a mitad de precio para el cine.
—Ah, qué bien —respondí sin apartar la vista de la pantalla.
—Entonces… ¿te vienes?
—No, gracias. No me apetece.
—Ni siquiera me has preguntado qué película es.
Paré el vídeo y levanté por fin la vista.
—¿Qué película es? —pregunté con desgana.
Más para contentarla que por verdadera curiosidad. Porque curiosidad, la verdad, no tenía ninguna.
Sara miró un momento el móvil.
—Hamnet.
—Mmm… no.
—Vale, igual es un peñazo. Pero… ¿y si nos tomamos un café?
—Me acabo de hacer un té, pero gracias.
—Tía, digo en la calle. Una terracita, que te dé el aire. Que podamos charlar un rato.
La miré un instante.
—Ya charlamos durante el día.
—¿En serio?
Abrió mucho los ojos.
—¿Tú llamas charlar a «te has dejado la ropa en la lavadora sin tender» o «a ver si friegas los platos, que se acumulan»? Hace una eternidad que no hablamos de verdad. De nuestros problemas.
Sonreí.
—Qué exagerada eres.
Volvió a abrir todavía más los ojos.
Entonces dejé el móvil sobre la mesa y, por fin, le presté toda mi atención.
—A ver… cuéntame. ¿Qué te pasa?
Arrugó el ceño, abrió mucho la boca y gritó:
—¡No tengo ningún problema! ¡El problema lo tienes tú!
Me crucé de brazos y la miré con tranquilidad.
Ella se quedó desconcertada.
Y, para ser sincera, yo también.
Unos meses atrás habría saltado a la mínima. Sin embargo, aquella vez me limité a escuchar.
De pronto me quedé pensando.
Apenas me daba cuenta de cómo pasaban las horas. Un vídeo llevaba a otro. Un libro me llevaba al siguiente y, cuando levantaba la vista del móvil o del libro, ya era de noche.
Tal vez Sara tenía razón.
La vida se me estaba pasando en un suspiro.
Me levanté como un resorte y sonreí.
—Vale. Vamos a tomarnos un café.
Sara me miró sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Dame unos minutos que me visto.
—Un café… o una cerveza —dijo mientras pasaba por mi lado como un rayo.
—¡Vale!
Corrí hacia la habitación dejándola atrás con cara de pasmo y una sonrisa triunfal. Tal vez pensó que, por fin, había conseguido sacarme de mi letargo.
Me puse una falda verde de gasa, perfecta para una tarde de otoño. Un top blanco, mis botas marrones y la chaqueta vaquera con las mangas remangadas.
En aquellos meses me había crecido bastante el pelo y tenía un aire más bohemio.
Y me gustaba.
Me coloqué mis pendientes largos, mi colgante con mi piedra y sonreí.
Aquel nuevo look me encantaba.
Me hacía sentir mucho más yo.
Sara sonrió al verme.
Me miró de arriba abajo y dijo:
—Me encanta.
—Y a mí —respondí contenta.
La agarré del brazo y, mientras nos dirigíamos hacia la puerta, dije:
—Vamos a por esa cerveza. Tarde de chicas.
Nos sentamos en una terraza cerca de casa, concurrida a aquellas horas de la tarde y con muy buen ambiente.
El sol comenzaba a bajar por el oeste, aunque todavía quedaban unos minutos de luz.
El camarero nos trajo las cervezas.
Sara levantó la suya con una sonrisa.
—Brindemos. Por la amistad.
Sonreí, choqué mi botella con la suya y di un sorbo.
De pronto me indicó con la mirada una mesa situada un poco más a la derecha, donde había dos chicos.
—Mira. Qué majos. El de la chaqueta negra es monísimo. Y el otro tampoco está nada mal.
Yo ya me había dado cuenta de que se había fijado en ellos desde que llegamos.
La miré levantando una ceja.
—Sé por dónde vas, Sara. Y no. No me interesa.
Me miró con cara de enfurruñada.
—Pero igual son interesantes.
—Ahora mismo no me interesa conocer a nadie.
—A ver, no digo que te enamores. Solo podrías conocer a alguien y divertirte un poco. Hace mucho que lo dejaste con Edu.
Negué con la cabeza.
—Ahora mismo no es mi prioridad —repetí.
Sara arqueó las cejas.
—Pues antes no te importaba. Cada vez que lo dejabas con Edu conocías a algún otro chico.
Me quedé pensando en lo que acababa de decir.
—Y no sé qué conseguía con ello. Siempre terminaba en una relación peor que la anterior.
Me quedé unos segundos en silencio antes de seguir.
—Lo cierto es que, cuando terminaba con Edu, me sentía tan mal que solo quería dejar de sentirme así. Pensaba que conociendo a alguien nuevo conseguiría olvidarme de él, pero al final solo volvía a cometer los mismos errores. Incluso acababa regresando con Edu cada vez que me lo proponía.
—No es nada del otro mundo. Es lo que hago yo.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Creo que ese no es el camino.
No sabía muy bien por qué había llegado a esa conclusión, pero sentía que tenía todo el sentido del mundo.
—Pues a mí me sirve para olvidarme del mameluco.
Sonreí.
—Sí. Y luego te buscas otro mameluco.
Sara se quedó mirándome.
—Bueno… eso también es verdad.
Las dos nos echamos a reír.
Yo también había hecho aquello alguna vez.
Pero ahora no me apetecía conocer a nadie.
Necesitaba estar sola un tiempo.
Entender qué me estaba pasando.
Averiguar por qué siempre terminaba repitiendo las mismas historias.
—No. Ahora mismo no es lo que me interesa.
—¿Y qué es lo que te interesa ahora? Aparte de los vídeos, los libros y el tarot.
Noté el sarcasmo en su voz y sonreí.
—¿Nunca te has preguntado para qué estamos aquí?
Sara frunció el ceño.
—Porque quiero tomarme una cerveza y charlar un rato contigo.
No pude evitar reírme.
—Me refiero a… ¿por qué estamos en este mundo? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué pasamos por todo esto si luego nos vamos a ir y todo se va a acabar?
Sara me miró como si estuviera completamente loca.
—Tía… me estás asustando.
—Piénsalo. Tal vez podríamos ser como las plantas o los animales. Nacer, vivir y ya está. Entonces… ¿por qué nosotros somos conscientes de que existimos? ¿Por qué nos hacemos preguntas?
Sara se encogió de hombros.
—A lo mejor los animales también son conscientes. Eso no lo sabes. Pero viven sin complicarse tanto la vida. Y eso es lo que deberías hacer tú.
Levantó la mano para llamar al camarero.
—Venga… otra cerveza. Todavía vas por la primera. Espera a la tercera. Igual acabas diciéndome que has visto un ovni.
Soltó una carcajada.
—Pues como vea un ovni, te aseguro que no voy a necesitar el tarot para saber que estamos jodidas.
El camarero se acercó y pedimos otras dos cervezas.
Decidí guardarme mis pensamientos y disfrutar de la tarde sin más.
Mientras esperaba, miré hacia la mesa donde estaban los chicos y me di cuenta de que ambos nos observaban.
Les sonreí por educación.
El chico de la chaqueta negra me devolvió la sonrisa y dijo:
—Hola. Creo que te conozco de algo.
—¿Ah, sí? Pues yo a ti no.
Para sorpresa de Sara, me presenté.
—Soy Malu.
El chico se levantó.
—Yo soy Sebas. Y él es David.
David resultó ser más tímido, pero también se levantó para saludarnos.
Entonces presenté a Sara.
Después de las presentaciones, los dos decidieron sentarse con nosotras.
Se invitaron solos, pero preferí no decir que no.
Miré a Sara de reojo.
Tenía una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Y me alegré por ella.
Durante un rato, la conversación giró en torno al cine.
Yo, en realidad, apenas prestaba atención. No estaba incómoda, pero tampoco me apetecía estar allí.
Sara habló de las entradas que había conseguido y de la película que quería ver.
—Vaya, qué casualidad. Nosotros estábamos hablando precisamente de ir a verla.
—Pues podríamos ir. Aún llegamos a la siguiente sesión. ¿Qué te parece Malu?
Fue entonces cuando sentí que quería marcharme.
Y, por una vez, no tuve que buscar una excusa para hacerlo.
Me levanté sonriendo.
—Creo que voy a pasar del plan. Me apetece volver a casa.
La decepción se reflejó en los rostros de los tres.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de hacer algo solo para no defraudar a los demás.
Lo que realmente me apetecía era marcharme.
Y eso era suficiente.
—Bueno, espero que lo paséis muy bien. Ha sido un placer conoceros.
—Nos veremos en otro momento —dijo el de la chaqueta negra levantando una mano para despedirse.
—Seguro.
Me agaché y le di un beso en la frente a Sara.
—Te quiero —le susurré con una sonrisa.
Ella sonrió.
—Y yo.
De camino a casa crucé el parque y, de pronto, sentí unas inmensas ganas de sentarme en uno de los bancos.
Estaba completamente desierto.
Las farolas empezaban a encenderse mientras los últimos tonos anaranjados desaparecían en el cielo, dando paso a la noche.
Me quedé allí, simplemente sentada.
En silencio.
Durante unos minutos no hice absolutamente nada.
Solo escuché.
El murmullo de las hojas movidas por el viento.
El ladrido lejano de un perro.
Algún gorrión que todavía piaba entre las ramas.
Una moto cruzando una calle cercana.
Y entonces pensé:
«¿Será esto meditar?»
Nunca lo había conseguido.
Siempre que lo intentaba mi cabeza saltaba de un pensamiento a otro. De una preocupación a la siguiente.
Pero aquella tarde, no.
No sentía ninguna prisa.
Ninguna preocupación.
Solo estaba allí.
Respirando.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí una paz difícil de explicar.
Sonreí.