16
Bartolo se quedó con nosotros durante la comida y, al final, terminó aceptando pasar la tarde, e incluso la noche.
Volvimos un rato a la playa.
Descansamos sobre la arena, nos quemamos por no llevar sombrilla —como siempre— y, sorprendentemente, no nos importó demasiado. La tarde estaba siendo demasiado buena.
Una puesta de sol impresionante, la playa vaciándose poco a poco, Bartolo tocando la guitarra mientras el mar hacía de acompañamiento. Y nosotros allí, entre canciones, bromas y conversaciones sin ningún sentido que, por alguna razón, parecían tener todo el sentido del mundo.
Cuando empezó a caer la noche decidimos ir a cenar.
Marcelo y Sara se adelantaron para buscar una mesa, mientras Bartolo y yo nos quedábamos unos metros por detrás caminando despacio.
La conversación volvió sola a la numerología.
Aunque, en realidad, ya no era la numerología lo que me rondaba por la cabeza. Era aquello de conocerse a uno mismo.
—¿Y cómo te dio por todo esto? —le pregunté.
Bartolo sonrió.
—Curiosamente, no empecé por la numerología.
Lo miré intrigada.
—Todo empezó por una amiga.
—¿Qué le pasó?
—Tuvo una experiencia cercana a la muerte.
Me quedé mirándolo.
Aquella respuesta no era, ni de lejos, la que esperaba.
Sin que yo lo supiera, aquella conversación estaba a punto de abrir una puerta que terminaría cambiando muchas cosas dentro de mí.
Bartolo debió de darse cuenta porque se recolocó la guitarra sobre el hombro y siguió hablando con toda naturalidad.
—¿Nunca has oído hablar de las ECM?
Negué despacio.
Las siglas no me decían absolutamente nada.
—Estuvo clínicamente muerta durante unos minutos. Cuando volvió empezó a contar cosas que, en teoría, no podía saber. Aquello me dejó tan descolocado que empecé a leer sobre el tema. Después descubrí a Brian Weiss. Luego llegaron la meditación, la conciencia… y una cosa llevó a la otra.
No intentaba convencerme de nada. Simplemente lo estaba contando. Y quizá por eso me impresionó tanto.
—Si algún día te entra curiosidad, léete a Brian Weiss. Aunque luego no estés de acuerdo con todo, hace pensar.
No añadió nada más.
Sonrió y aceleró un poco el paso para reunirse con Marcelo y Sara, que ya nos saludaban desde una terraza.
Yo tardé unos segundos más en alcanzarlo.
Sin saber muy bien por qué, aquella conversación seguía dando vueltas en mi cabeza.
De camino al Pico de la Ola, Sara se puso a mi lado y me miró de reojo.
—Te has tirado toda la cena demasiado callada y pensativa.
Me encogí de hombros y sonreí.
—No estarás pensando en hacer un curso de numerología ahora, ¿verdad?
Me conocía demasiado bien.
Negué con una sonrisa.
—¡Que no, pesada!
Y le di un ligero empujón.
Me pasó un brazo por los hombros y me dio un beso.
Nada más entrar, Marcelo fue directo a la barra y lo seguimos.
Cerveza para todos.
Esta vez encontramos una mesa alta desde la que se veía bastante bien la pista.
Nos apoyamos allí tranquilamente, pero Sara apenas tardó dos minutos en cansarse.
—Venga, vamos a bailar.
Me agarró de la muñeca y tiró de mí.
La seguí sonriendo.
Dejamos a los chicos junto a la mesa mientras nos abríamos paso entre la gente.
Nos pusimos a bailar sin darnos cuenta de que, entre toda aquella multitud, alguien nos observaba desde hacía un rato.
De pronto apareció delante de mí con una sonrisa de oreja a oreja.
El argentino.
Me sorprendió verlo allí otra vez y, para qué negarlo, me hizo ilusión.
Lo saludé con dos besos y enseguida le presenté a Sara.
Al principio empezó a hablar con ella mientras yo seguía bailando a mi aire, pero no tardó en volver a acercarse.
—¿Te invito a una cerveza?
Le enseñé la que ya tenía en la mano.
—Todavía voy por ésta.
No pareció importarle demasiado.
Supuse que aquello de invitar a beber debía de ser su forma de ligar.
Como conmigo no terminaba de funcionar, decidió probar suerte con Sara.
Error.
Sara era bastante menos diplomática que yo. Y, a los pocos minutos me agarró de la mano y me arrastró de vuelta hasta la mesa.
—Vámonos con los niños.
El argentino nos siguió sin captar la indirecta. Pero en cuanto vio a Marcelo, todo cambió.
Lo abrazó como si fueran amigos de toda la vida.
Marcelo, encantado, le presentó a Bartolo y, antes de que nos diéramos cuenta, los tres ya estaban charlando entre risas como si se conocieran desde hacía años.
De pronto Sara abrió mucho los ojos y señaló a lo lejos.
—¡Mañana yoga!
Todos nos giramos.
Allí estaba el profesor de yoga y su amigo, esta vez dándole la brasa a dos chicas.
Los tres soltamos una carcajada al instante.
Bartolo y el argentino nos miraban sin entender absolutamente nada.
—¿Tendrán cerveza en el chill out cuando cierre todo? —bromeó Marcelo.
—¡Vamos a saludarlos! —dijo Sara mientras me agarraba del brazo y tiraba de mí.
Me planté.
—Ni de broma. Si esta mañana se ha escondido de nosotros. ¿Cómo vamos a ir ahora a saludarlos?
—Venga, tía… Quiero ver la cara que pone cuando nos vea.
—Además, están hablando con dos chicas. No me parece muy bien presentarnos allí de golpe.
Marcelo, sorprendentemente, salió en defensa del profesor.
—Tiene razón. Déjalo tranquilo. Bastante tiene con intentar ligar. No le fastidies la jugada.
Sara resopló.
—Joder… sois unos muermos.
Bartolo soltó una carcajada.
—Sara… tú tienes mucho peligro.
Y entonces el argentino, que hasta ese momento había permanecido callado, sonrió y dijo con toda naturalidad.
—A mí me gustan las mujeres peligrosas.
Sara abrió los ojos como platos.
Nos miró un segundo y se dio media vuelta desapareciendo entre la gente.
El argentino salió detrás de ella sin pensárselo dos veces, mientras que nosotros nos quedábamos mirándolos un instante y, acto seguido, rompíamos a reír.
Marcelo levantó su cerveza.
—Bueno, pues hoy ha ligado Sara.
Entre charlas y risas vimos a Sara cruzar varias veces la pista como una flecha, intentando perderse entre la gente. Y, detrás de ella, el argentino.
Aquello nos hizo tanta gracia que terminamos llorando de la risa.
En uno de esos momentos vi al profesor de yoga levantar la vista.
Sara pasó corriendo delante de él y la siguió con la mirada unos segundos.
Después empezó a buscar entre la gente hasta que me encontró sentada con Marcelo y Bartolo.
En cuanto me reconoció, desvió la mirada como si no me hubiera visto.
—Es que no te quiere ni ver —soltó Marcelo, que también se había dado cuenta—. Esta noche nos hemos quedado sin cervezas.
Bartolo negó con la cabeza.
—No seas agorero. Ya verás cómo aparecen por otro lado.
De pronto la música se apagó, y las luces se encendieron de golpe, iluminando demasiado el local.
—¿Ya son las tres y media? —pregunté.
Se me había pasado la noche en un suspiro.
En ese momento apareció Sara completamente agotada. Y, unos pasos detrás, el argentino.
Llegó hasta mí, me agarró del brazo y me susurró al oído:
—Quítame a este pesado de encima, por favor.
No pude evitar reírme. La situación era demasiado absurda.
—Bueno, pues parece que ya es hora de volver a la furgo.
Sara hizo una mueca.
—¿En serio?
Bartolo se puso en pie, se colgó la guitarra al hombro y sonrió.
—¿Y si nos vamos un rato a la playa? Tocamos unas canciones y echamos el cierre allí.
—¡Sí! —aplaudió Sara al instante.
La idea nos gustó a todos y salimos del local entre risas.
Sara iba prácticamente pegada a mí intentando mantener la mayor distancia posible con el argentino. Pero por supuesto, éste nos siguió. Parecía decidido a no dar por terminada la noche.
La gente salía del local igual de desanimada que nosotros.
Mientras caminábamos hacia la playa, un par de chicos nos pararon.
—¿Ya está todo cerrado? Hemos intentado entrar en varios sitios y no nos dejan.
Les explicamos que era la nueva norma y que los vecinos se habían quejado del ruido.
Los dos se miraron resignados.
—Pues vaya… Venimos de Extremadura porque nos habían hablado del ambiente de El Palmar.
Sara sonrió.
—Nosotros nos vamos a la playa. Un amigo lleva una guitarra y vamos a seguir allí un rato.
Los chicos intercambiaron otra mirada.
—Nosotros tenemos una nevera llena de cerveza en la caravana. ¿Os importa si nos unimos?
Marcelo giró la cabeza en cuanto oyó la palabra «cerveza».
—¿Cerveza? ¡Claro que podéis venir!
Bartolo soltó una carcajada.
—¿Ves? Te lo dije. Las cervezas siempre aparecen.
Lo miré sonriendo. Tenía razón.
Pensé que aquello sería el broche perfecto para terminar el día.
Qué equivocada estaba.
Lo que no sabía entonces, es que aquellas cervezas iban a terminar reuniendo a un grupo de desconocidos que acabaría viviendo una de las noches más surrealistas de todo el verano.
La playa estaba escasamente iluminada por las luces del paseo.
Al fondo, la oscuridad del mar solo se rompía con el blanco de la espuma de las olas.
Nos sentamos todos en corro.
Los extremeños dejaron la nevera en medio, la abrieron y comenzaron a repartir latas de cerveza.
Bartolo empezó a tocar.
Al principio, canciones tranquilas.
Unos minutos después, todos estábamos coreando No puedo vivir sin ti, de Coque Malla.
Marcelo sacó el móvil y empezó a grabar la escena.
—Esto va para Julio.
Solté una carcajada al instante.
Julio odiaba aquella canción.
Decía que, con todas las canciones buenas que tenía Coque Malla, habían hecho famosa la peor. Además, era la que todo el mundo pedía siempre y había terminado aborreciéndola.
Al poco se acercaron dos chicos y una chica.
Al principio se quedaron a unos metros, algo tímidos, pero terminaron sentándose también con nosotros.
Uno de ellos fue a por un cajón flamenco que había dejado en el coche.
En cuanto lo trajo, Marcelo se adueñó de él.
Le encantaba la percusión.
Bartolo sonrió.
—Esto se está poniendo bonito.
Marcelo le devolvió la sonrisa mientras marcaba el ritmo con las manos.
Sara no había parado quieta en toda la noche.
Cambiaba constantemente de sitio y, por supuesto, el argentino iba siempre detrás.
En uno de esos momentos, el argentino empezó a hablar con uno de los chicos extremeños y Sara aprovechó para tumbarse junto a Marcelo.
Se tapó con una de las toallas que habían dejado los últimos en llegar y cuando el argentino volvió la vista y empezó a buscarla sin encontrarla, pensé que le iba a dar algo.
Marcelo, que también se había dado cuenta, me miró y los dos estallamos en una carcajada.
El chico del cajón apareció con otra nevera llena de cerveza y Marcelo no tardó ni un segundo en sentarlo a su lado.
Tenía una habilidad especial para adoptar personas. Le bastaban cinco minutos para tratar a un desconocido como si fuera amigo de toda la vida.
La noche estaba templada.
Con la emoción del momento, alguien se quejó del calor.
—Joder… hace un calor insoportable.
—Pues el agua está ahí —respondió el del cajón señalando el mar.
Todos nos miramos sin decir nada.
—Yo no me pienso bañar —dije convencida.
—Yo tampoco —añadió Marcelo.
Cinco minutos después, uno de los extremeños se acercó a la orilla con los pantalones remangados.
La chica que venía con el del cajón se acercó también y el chico le lanzó un poco de agua.
Pensé que igual le había sentado mal. Pero al segundo ella le devolvió la salpicadura entre risas. Y, casi sin darnos cuenta, todos estaban ya en la orilla, jugando como niños.
De pronto, la chica empezó a quitarse la ropa.
Pensé que aquello iba a convertirse en un espectáculo incómodo. Pero ocurrió justo lo contrario.
Todos los chicos se giraron al mismo tiempo y le dieron la espalda hasta que ella entró en el agua.
Un minuto después, Sara hizo exactamente lo mismo.
Marcelo y yo nos miramos completamente sorprendidos. Aquello no nos lo esperábamos.
Enseguida los demás fueron entrando también, pero dejando varios metros de distancia entre ellas y ellos, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Jugaban, se salpicaban y no dejaban de reír, cada uno desde su sitio.
No sé por qué, pero aquel gesto me emocionó muchísimo.
Marcelo, Bartolo y yo nos quedamos sentados observando cómo aquella noche seguía desmadrándose delante de nosotros.
Sara fue la primera en salir del agua y Marcelo cogió la toalla con la que había estado escondiéndose unos minutos antes y corrió hacia ella para cubrirla.
Cuando todos volvieron a vestirse, regresamos al corro.
La música cambió.
Bartolo seguía tocando la guitarra, pero ahora las canciones eran mucho más tranquilas.
Poco a poco el cielo empezó a clarear por el este.
La noche se estaba despidiendo.
Miré a mi alrededor.
Éramos una mezcla de amigos, conocidos y completos desconocidos. Y, sin embargo, allí sentados sobre la arena, parecía que nos conociéramos de toda la vida.
Mientras los observaba, pensé que unos meses antes me habría quedado en casa, encerrada en mi tristeza, convencida de que mi vida era una auténtica mierda. Y, sin embargo, allí estaba ahora.
Descalza.
Sentada sobre la arena.
Escuchando una guitarra mientras amanecía, rodeada de amigos, y de personas que unas horas antes ni siquiera conocía.
Sonreí.
A lo mejor la vida no empezaba a arreglarse cuando aparecía alguien para salvarte.
A lo mejor empezaba a arreglarse cuando, poco a poco, volvías a encontrarte a ti misma.