15
A la mañana siguiente pasó lo mismo que la vez anterior.
El sol pegaba de lleno en la furgoneta y el calor sofocante me despertó.
Marcelo dormía a mi derecha y Sara a mi izquierda.
Los dos seguían vestidos como la noche anterior y tapados hasta arriba. Yo, en cambio, llevaba solo un pantalón corto y una camiseta de tirantes y estaba sudando a mares.
Levanté las manos al techo de la furgoneta y exclamé sofocada:
—Otra vez no. Marcelo, por Dios… abre una ventanita. Vamos a instaurar esto como tradición.
Lo oí soltar una carcajada mientras Sara gruñía y se desperezaba.
No podía aguantar allí ni un minuto más, así que empecé a salir de entre los dos buscando la puerta.
Marcelo se adelantó y me la abrió.
Salté al exterior y cogí aire como si acabara de salir de un búnker, mientras él se partía de risa detrás de mí.
—A este paso, el día que durmamos con las ventanas abiertas va a ser noticia nacional. No sé cómo habéis podido dormir vestidos y tapados hasta las cejas. Por poco me asfixio ahí dentro.
—Yo he dormido como un tronco. Ni me he enterado del calor.
—Sara tampoco —aseguré.
—Yo creo que fueron las cervezas de anoche.
—Yo también lo creo. Hoy no pienso beber nada que no sea agua.
Sara salió de la furgoneta con cara de hámster recién levantado.
Sin decir una palabra, cogió la otra garrafa e hizo exactamente lo mismo que yo.
Sabía que hasta que no se tomara un café no empezaría a hablar.
Marcelo se frotó las manos.
—¿Qué os parece un buen desayuno y después un rato de playa?
—Me parece un planazo. Necesito un café, una buena tostada y luego un baño en el mar. Así que vamos.
Sara siguió sin abrir la boca. Se limitó a asentir y a seguirnos.
Así que nos preparamos y salimos pitando.
El Palmar ya estaba completamente despierto.
Las terrazas estaban llenas de gente desayunando, el paseo empezaba a llenarse de familias y las sombrillas de colores salpicaban la arena.
Nos sentamos en el mismo sitio donde habíamos desayunado la última vez y pedimos café y tostadas.
El camarero nos miró con la libreta en la mano.
—¿Y las tostadas de qué las queréis?
—Yo de paté. Me da igual cuál, mientras sea ibérico.
Marcelo y Sara soltaron una risa.
—Pues tres de paté.
Después de desayunar nos quedamos un rato en la terraza disfrutando de la brisa marina.
—Qué bien me ha sentado el desayuno —dijo Sara por fin con una sonrisa.
—Un buen café con leche hace milagros.
Sara asintió y yo sonreí intentando disfrutar de aquel momento mientras durara. Pero, a los pocos minutos, Marcelo dio una palmada sobre la mesa y se levantó.
—¡Venga! Bajemos a la playa.
—Sí, pero pasemos antes por el súper —dijo Sara, levantándose también.
Los miré con un poco de pena. Aquel momento de tranquilidad se había acabado y yo me habría quedado allí un rato más. Aunque, pensándolo bien, bajar a la playa tampoco sonaba mal, así que se me pasó enseguida.
En la tiendecita apenas había gente.
Entramos a curiosear un poco y, mientras Sara buscaba unas patatas para picar más tarde, Marcelo abrió la nevera y sacó una cerveza.
Sara y yo lo miramos con cara de pocos amigos.
—¿Qué? —preguntó, encogiéndose de hombros con la botella en la mano.
—Yo hoy solo voy a beber agua —dije tajante.
—Y yo —añadió Sara.
—Bueno… pues yo quiero una cerveza.
Sara y yo nos miramos y negamos con la cabeza.
No tenía remedio.
Cogí una botella de agua del estante, pero Sara me la quitó de las manos.
—Tía, esa no. Fría.
Abrió la misma nevera de Marcelo y sacó una botella de agua fría.
—Se va a calentar igual. ¿Qué más da? —protesté.
—Da igual. Yo la quiero fría.
—Pero la fría es más cara y dentro de cinco minutos va a estar igual.
—Pues que se caliente. Yo la quiero fría.
Cogió también una bolsa de patatas sabor jamón, unos vasos de plástico y nos dirigimos a la caja.
Después de un buen baño que nos despejó por completo, nos dejamos caer sobre las toallas.
De pronto Sara sonrió.
—¡Oye!… ¡Mañana yoga!
Marcelo y yo la miramos un segundo hasta que entendimos la broma y los tres estallamos en una carcajada.
—¿Tú crees que habrá hecho yoga? —preguntó Marcelo.
—Seguro —dije convencida.
—Con la que llevaba anoche, me extraña mucho que se hubiera levantado temprano —respondió Sara.
Volvimos a reírnos.
—Cada vez que me acuerdo de la cobra que le hiciste… alucino —continuó.
Marcelo volvió a reír.
—Lo mejor no fue la cobra. Lo mejor fue el ¡Noooooo! Pobre chaval. Fue una cobra con todas las letras.
Durante un buen rato seguimos recordando la noche anterior. Y cuanto más hablábamos, más surrealista nos parecía todo. No podíamos parar de reír.
Sara cogió la botella de agua, se sirvió un vaso y me llenó otro.
Le dimos un par de sorbos.
Estaba templada.
Marcelo abrió la cerveza.
En cuanto oímos el psss del gas al salir, Sara y yo levantamos la cabeza al mismo tiempo.
Marcelo se sirvió tranquilamente un vaso.
Nosotras nos miramos.
Sin decir una palabra, vaciamos el agua en la arena y le tendimos los dos vasos.
Marcelo abrió mucho los ojos.
—¡Pero si hoy no ibais a beber cerveza!
—Ya… —respondió Sara muy seria—. Pero el agua está caliente.
No pude evitar echarme a reír mientras me tapaba la boca con el brazo.
Sobre las dos, Marcelo propuso subir a la cervecería donde siempre comíamos.
Tuvimos que esperar un rato hasta que quedó una mesa libre.
Aquello estaba a reventar.
Al fin nos sentamos.
Mientras esperábamos la comida, estábamos charlando tranquilamente cuando, de pronto, Sara se quedó callada mirando un punto fijo a lo lejos.
Marcelo y yo nos giramos.
No vimos nada. Solo gente paseando de un lado para otro.
Sara levantó el dedo y señaló.
—¡Mañana yoga!
Volvimos a mirar y, entonces lo vimos.
El profesor de yoga caminaba con su amigo buscando una mesa por la terraza.
En cuanto levantó la vista y nos reconoció, dio media vuelta de golpe y salió andando en dirección contraria.
Su amigo se quedó completamente desconcertado.
Miró hacia nosotros, volvió a mirarlo a él y, sin entender absolutamente nada, terminó siguiéndolo.
Desaparecieron entre la gente.
Nosotros estallamos en una carcajada tan sonora que varias personas de las mesas de alrededor se giraron a mirarnos.
Pensé que si algún día hacía un documental sobre huidas legendarias, aquello merecía un capítulo entero.
—No te quiere ni ver —dijo Sara entre lágrimas de la risa.
—Ha sido buenísimo. Nos ha visto y ha girado como un Playmobil.
Durante un segundo me sentí casi orgullosa. Pocas cobras en la historia habían tenido semejante efecto disuasorio.
—Joder… me siento fatal —dije entre risas.
—Sí, sí… fatal… —respondió Sara riéndose todavía más—. Pero el chaval tiene una buena pedrada.
En aquel momento apareció por allí otro amigo nuestro, Bartolo.
Iba con la guitarra a cuestas.
El pelo largo y desgreñado le caía sobre los hombros y le daba ese aire bohemio que parecía llevar de serie.
En cuanto nos vio, se le iluminó la cara y se acercó a saludarnos.
—¡Qué sorpresa! —exclamó Marcelo sonriendo.
Enseguida le buscamos una silla y se sentó con nosotros.
—¿Tocas hoy por aquí? —preguntó Sara señalando la guitarra.
—No. He venido a dar una vuelta. Pero siempre la llevo conmigo… por si acaso.
Sonreímos.
Bartolo se volvió hacia Marcelo.
—Oye, ¿qué pasó al final con el coche? Me enteré de que te lo destrozaron estando aparcado.
Marcelo y Sara se giraron automáticamente hacia mí.
Yo me removí en la silla, entre incómoda y divertida. Aquella anécdota seguía haciéndome gracia cada vez que la recordaba.
—Buah… de eso hace ya un montón. Ya está solucionado. Al final todo salió bien. Al final siempre sale todo bien.
Bartolo sonrió por lo bajo.
—Tío… tú seguro que eres un uno.
Marcelo frunció el ceño.
—¿Un uno?
—Sí. En numerología.
Los tres nos lo quedamos mirando.
—A ver, espera… ¿qué significa eso de que puede ser un uno? —preguntó Sara.
Bartolo apoyó la guitarra junto a la mesa.
—Es muy sencillo. Según tu fecha de nacimiento tienes un número que habla un poco de tu personalidad.
Marcelo soltó una carcajada.
—Pues venga. Ilumínanos.
Bartolo cogió una servilleta, sacó un bolígrafo de la mochila, le preguntó la fecha de nacimiento y empezó a hacer cuentas.
Cuando terminó, sonrió satisfecho.
—Lo sabía. Eres un uno.
—¿Y eso qué significa?
—Que eres optimista por naturaleza. Te lanzas a todo. Siempre piensas que las cosas van a salir bien. Aunque todo esté ardiendo, tú eres de los que dicen: «Bueno… ya veremos».
Sara y yo nos miramos.
—¡Es verdad! —dijimos las dos al mismo tiempo.
Marcelo se echó a reír.
—Hombre… tampoco soy para tanto.
—Sí que lo eres —respondimos otra vez al unísono.
Bartolo siguió contándonos algunas cosas y, al final, Sara y yo terminamos suplicándole que nos hiciera el nuestro también.
Todo aquello me pareció fascinante.
Sobre todo cuando dijo:
—Lo que más me gusta de la numerología es que no intenta adivinar el futuro. Habla más de conocerte.
Aquella frase se me quedó dando vueltas en la cabeza.
Conocerme…
Eso era exactamente lo que yo llevaba tiempo buscando.
Me quedé callada unos segundos, escuchando cómo Bartolo seguía hablando, hasta que sentí el codazo de Sara.
—Eh… que te conozco. Con las cartas ya tienes bastante.
La miré levantando una ceja.
—¿Cartas? —preguntó Bartolo con curiosidad.
—Le ha dado ahora por el tarot —respondió Sara.
Todos soltamos una carcajada.
—Dale cinco minutos y la tienes apuntándose a un curso de numerología —remató Sara.
—Qué exagerada eres —me quejé.
Aunque, pensándolo bien… tampoco era tan mala idea.