14
Aquello estaba hasta arriba. Muchísimo más lleno que el Savage y a Sara se le iluminó la cara.
—¡Ahora sí!
Yo, en cambio, pensé que la noche empezaba a torcerse justo hacia el lado contrario de lo que tenía pensado. Pero decidí no adelantar acontecimientos. A saber cómo acababa aquello.
Nos abrimos paso entre la gente hasta la barra, pedimos unas cervezas y Marcelo nos empujó hacia la pista de madera donde la última vez habíamos acabado bailando con los franceses.
—No me traigáis otro francés, por favor —dije riéndome.
Nos mezclamos con la gente y durante un buen rato nos pusimos a cantar Tacones Rojos a pleno pulmón.
Cuando me giré para decirle una tontería a Sara había desaparecido.
La busqué con la mirada y Marcelo señaló hacia el fondo.
—Ha ido al baño.
Justo en ese momento mi vejiga decidió recordarme que yo también necesitaba ir. Le hice un gesto a Marcelo y él levantó el pulgar.
Cuando llegué, la cola era interminable.
Vi a Sara bastante más adelante, hablando animadamente con un chico mientras esperaba, pero ni se me ocurrió intentar llegar hasta ella. Tal y como estaba aquella cola, si me colaba me llevaban por delante.
Me resigné y me puse casi al final.
Al poco rato la cola de los chicos empezó a ser casi tan larga como la nuestra y alguien hizo una broma con aquello.
—¿Qué pasa? ¿Hoy también hacéis cola vosotros?
Uno de ellos soltó una risa.
—Es que están dejando entrar a algunos grupos de chicas en nuestro baño.
—¡Con razón!
Ahora todo tenía sentido.
—Pero ni por esas anda la nuestra —dije riendo.
El chico que había contestado me miró sonriendo.
—Por cierto… me gusta tu look.
Le sonreí.
—Gracias.
Se presentó y comenzamos a hablar mientras la cola avanzaba a paso de tortuga.
—¿Y tú a qué te dedicas? —le pregunté.
—Soy profesor de yoga.
Lo miré de arriba abajo.
—Pues yo necesito unas cuantas clases. A ver si consigues que deje la mente en blanco, porque la mía parece un mercadillo.
Se echó a reír y me dijo:
—Pues si mañana por la mañana estás por aquí, podemos quedar para hacer yoga. Yo estaré en la playa.
La conversación siguió agradable. Sin más. De esas que tienes con alguien mientras esperas en una cola eterna.
Yo era así. Hablaba con cualquiera. Hasta con las piedras, si hacía falta.
Cuando por fin llegó mi turno, nos despedimos con dos besos y cada uno entró en su baño.
Cuando salí y volví donde estaba Marcelo, vi que Sara ya había regresado.
No venía sola.
Estaba con el chico con el que había estado hablando en la cola. Nos lo presentó y empezamos a charlar los cuatro.
Apenas llevábamos un par de minutos hablando cuando apareció el profesor de yoga. Llegó sonriendo, pasó un brazo por los hombros de su amigo y nos saludó.
—¡Hombre! Ya habéis hecho las presentaciones.
Nos echamos a reír. La casualidad era buenísima. Sara había conocido a uno. Yo al otro. Y resulta que habían venido juntos de vacaciones.
Estuvimos un buen rato entre charlas y risas hasta que, de pronto, la música cesó y todas las luces se encendieron demasiado.
Todos miramos extrañados sin saber qué estaba pasando.
Alguien comentó que ya estaban cerrando y nos sorprendió.
—¿Qué hora es? —pregunté.
Marcelo miró su reloj.
—Las tres y media.
—¿Y ya están cerrando?
Aquello me extrañó, pero alguien detrás de nosotros nos explicó.
—Es una nueva norma. A las tres o tres y media tienen que cerrar todo. Los vecinos se han quejado.
Sara puso cara de fastidio.
—Joder, hoy que vengo yo se acaba la fiesta.
Yo, en cambio, lo agradecí.
—Oye, nosotros tenemos alquilado un chill out aquí cerca. Tenemos cervezas, por si os apetece tomaros la última —dijo el profesor de yoga.
A Marcelo se le iluminó la cara.
—Donde haya cerveza, allí voy yo.
Yo quise oponerme, pero entonces vi la sonrisa de Sara y asentí.
—Vale.
Sara me miró y su sonrisa empezó a torcerse lentamente, como la del payaso de «It».
Mierda.
La había cagado.
Necesitábamos urgentemente aprender a comunicarnos con gestos.
Aquello nos habría ahorrado muchos problemas.
Los chicos nos hicieron una señal para que los siguiéramos, y antes de movernos, paré a Marcelo.
Sara se volvió hacia nosotros completamente agobiada.
—Tío… yo no quiero ligar con este chico. Es muy guay, me parece muy majo, pero no es mi tipo.
Marcelo la miró, pero antes de que pudiera decir nada añadí:
—Yo tampoco tengo ninguna intención de ligar con el profesor de yoga.
Marcelo nos miró a las dos con cara de póker.
—No se puede ser tan simpáticas. Ahora me da palo decirles que no.
Se quedó unos segundos pensando.
—Aunque… hay cerveza. Tengo una idea.
Nos agarró a las dos por los hombros y él se quedó en medio.
Cuando salimos del local, los chicos se quedaron mirándonos algo extrañados.
—¿Alguna de las dos es su pareja? —preguntó uno de ellos refiriéndose a Marcelo.
—Las dos —soltó Marcelo con una sonrisa.
Sara y yo nos miramos, pero no dijimos nada.
—¿Las dos?
—Sí, las dos. Somos un trío.
Y se quedó tan pancho.
—Bueno… ¿dónde está ese chill out? ¿No había cervezas?
Los chicos asintieron entre risas algo avergonzados, pero nos indicaron el camino.
Nos llevaron por un carril oscuro como la boca de un lobo.
Sara y yo nos pegamos mucho más a Marcelo. Y pensé: «ni los niños de quince años hubiesen seguido a dos desconocidos por un camino así».
Al fondo empezamos a ver unas luces que parecían de verbena. Finalmente los chicos nos llevaron hasta el chill out y nos pareció una pasada. Era pequeño, pero muy cuco.
Nos sentamos en unos pufs y ellos nos invitaron a unas cervezas.
—Bueno… antes he hablado con Malu y le he dicho que podríamos hacer yoga mañana.
Marcelo y Sara me miraron con una sonrisa extraña.
—¡Anda, qué bien! —exclamó Sara.
—¡Pues mañana yoga! —gritó el profesor emocionado mientras chocaba su lata de cerveza con las nuestras.
La conversación fluía, pero empecé a darme cuenta de que todos estábamos un poco perjudicados ya.
Bueno… todos no. El profesor de yoga tenía un nivel superior. Creo que había desbloqueado otro estado de conciencia.
De pronto sacó una cachimba.
—Vamos a echar un poquito de humo.
Pero mientras intentaba montarla la tiró dos veces, derramó el líquido y volvió a colocarla en la mesa. Cuando por fin consiguió ponerla en pie, intentó colocar la boquilla y volvió a tirarla, partiendo el tubo.
Nos quedamos sin cachimba.
Y entonces Sara tuvo una idea.
—¡Anda! Creo que Malu se ha traído las cartas del Tarot.
Todos me miraron sorprendidos.
Yo no sabía dónde meterme.
—Bueno… yo… estoy aprendiendo. Pero no creo que sea el mejor momento.
—Venga va, nos lo podemos pasar bien. Va a ser divertido.
Miré a Sara.
En cuanto llegáramos a la furgo le iba a decir cuatro cosas.
—Venga, solo una tirada —insistió el profesor de yoga.
La verdad es que estaba algo mareada. En otro momento, con un poco más de lucidez, seguramente me habría negado. Pero saqué mi baraja emocionada. Era mi oportunidad de practicar con alguien que no fuera Sara.
—¿Quién va a ser el primero?
El profesor de yoga levantó la mano como un niño en clase.
—¡Yo!
Lo miré sonriente.
—Vale, a ver… ¿qué quieres preguntar?
—¿Vamos a hacer yoga mañana?
Todos nos quedamos mirándolo.
«¿En serio?», pensé.
«Este chico tiene un problema».
—Yo voy a preguntar —dijo el otro entre risas—. Quiero saber si voy a conocer a alguien especial.
Todos soltamos una carcajada.
Empecé a barajar, pero el profesor de yoga intentó quitarme el mazo.
—Déjame que las baraje. Lo estás haciendo mal.
Aparté las cartas rápidamente.
—No. Mis cartas no se tocan.
Insistió otra vez y ahí me di cuenta de que aquello empezaba a desmadrarse.
Quizás era el momento de irnos.
—Bueno… ha sido una velada maravillosa, pero yo ya estoy cansada —dije mientras guardaba el mazo en mi bolso.
Marcelo se levantó y Sara lo siguió como un resorte.
—Sí, Malu tiene razón. Mejor que nos vayamos a dormir.
Los chicos protestaron como niños pequeños, pero nosotros ya habíamos tomado la decisión.
—Bueno, por lo menos vamos a despedirnos —dijo el que había conocido a Sara en el baño.
—¡Y mañana yoga! —soltó el profesor.
Le dieron la mano a Marcelo.
El chico que había estado hablando con Sara le dio dos besos y el profesor se acercó hacia mí.
Demasiado cerca.
Y antes de que pudiera reaccionar intentó besarme.
No se me ocurrió otra cosa que hacer una cobra en toda regla y poner mi mano delante.
—¡Nooooo!
Se quedó mirándome sorprendido y, sin decir nada, se giró y entró en la caravana.
El otro chico se disculpó por él.
—Está un poco achispado.
Salimos de allí agarradas a Marcelo y caminando más rápido de lo normal.
Cuando llegamos a la furgo respiramos tranquilos y empezamos a reírnos.
Recordamos cada momento de la noche, desde la cachimba destruida hasta el tarot improvisado. Y acabamos riendo a carcajadas hasta quedarnos dormidos.
El final de la noche había sido completamente surrealista.